VIA BARILOCHE / Javier Lodeiro Ocampo

Un poco más allá del puente el protagonista dobla en un camino de ripio. Avanza unos cuantos metros y se detiene en la banquina. Apaga el motor. Los teros se quejan en un campo más adelante. Todavía siente en su cara el olor a ella, a su último beso. Había pasado la noche entera pensando qué iba a decirle. Sabía que la quería, pero cuando llegó el momento se quedó callado, mirándola mientras subía al Vía Bariloche. Dejó que se fuera sin decirle nada. Todavía sigue viéndola; es una imagen que flota sobre el campo de los teros gritones. No puede borrar sus ojos. “Es una mina fuerte”, piensa, “aunque no pudo evitar el llanto”. Antes de encender otra vez la camioneta recuerda que ella le puso un papel en el bolsillo de la campera. Lo saca y lo lee varias veces, en voz alta:

“La alegría es un ave tan difícil de atrapar

la alegría es un ave

distraéte, y se te va”

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