TRES SOLEDADES / Angel Faretta (de un ensayo en marcha)

 

De Chirico, Hopper, Lacamera. Tres formas de soledad. La europea, y las dos europeas transatlánticas, del norte y del sur.
En el italiano, sobre todo en su serie de los muebles y los desiertos, como en las conversaciones entre ruinas, un pliegue en el vestido que se asemeja a una túnica, un templete a lo lejos, una columna o un trozo de mampostería señalan el tiempo, no el paso sino el peso del tiempo.
 
En el norteamericano todo parece cerrado, concluido y sus figuras, casi siluetas, son hombres y mujeres en perfecta soledad. Recuerdan la expresión de Burroughs sobre el tedio norteamericano “se lo encuentra en todas partes, en bares, en hoteles, en carreteras”.
 

Aquí en Hopper tenemos interiores de trenes, moteles, pequeñas salas suburbanas vistas bajo una luz espectral. Playas paradójicamente congeladas bajo un sol que lucha a su modo –y el modo es la paleta del pintor- por no volverse luz artificial, así como sus hombres y mujeres de la muchedumbre solitaria lo hacen para no volverse maniquíes y autómatas. Todos ellos no parecen habitar en interiores, sino en decorados y en sets de filmación; aún los exteriores lo parecen…
En el ítalo-argentino, finalmente, el interior está vacío y la luz es huidiza, casi penumbra, “a media luz”, para citar un motto ya canónico aunque imaginado para otro interior porteño que es su extremo polar en cuanto a decorado y a decoro.
Conversación entre ruinas (Giorgio De Chirico).
El exterior entrevisto por entre visillos, celajes y bucles de tules movidos por la brisa, es La Boca, claro. Pero podría ser cualquier otro barrio porteño. Esa esquina donde parece acechar la diaria repetición, esa calle también repetida, como en el interior la mesa de madera basta, el mueble esquinero y la silla de respaldo recto, pugnan aquí por convertirse, tal vez por metamorfosearse en ritual y por ende en tiempo.
La soledad argentina, porteña, cuyo epos sublime es la lírica del tango y ciertas expresiones poéticas como las de Girri o Gianuzzi, más allá de su diversidad  retórica, también se expresa en las pinturas de Lacamera; es ese mismo tipo de soledad; una llevada con entereza.
 

Conversación entre ruinas (Giorgio De Chirico).

En Giorgio De Chirico acecha el pasado vuelto piedra y ruina, señal y marca de un afuera completo que intenta resguardarse en esos butacones y practicables levantados no en el vacío sino en un demasiado lleno histórico. En Edward Hopper tenemos el eterno presente de la carretera solitaria, la habitación de motel sumida en el silencio de una mística al ras, el oscuro pasillo del cinematógrafo y la puerta abierta que da a un vacío veraniego. Si esto es así, en estos dos pintores, en Fortunato Lacamera la soledad tiene otro peso, otro espesor y hasta otro vacío. Es una soledad que busca adensarse, reemplazando la falta de historia territorial por una reminiscencia que se ayuda y que se apoya en tales interiores en penumbras.
No nos detengamos en cronologías en estos tres cuadros. Sino en la sucesión estilística, que es lo que hace una autoría, sea pictórica, poética, fílmica, et al.
En el primero -desde la izquierda- el interior inerte ha sido abarrotado de cosas. Un retrato femenino -tal vez de la mano del propio pintor- tiene una parte de su marco rodeado por unas ramas de olivo seco, como una corona votiva. Un cabeza de yeso o mármol, tal vez un vaciado que emplea el propio artista como modelo. Un jarrón de cristal con margaritas, algunos jarrones de terracota y una imagen más exigua, posiblemente una estampa religiosa apoyada en una suerte de escabel. Todo este rincón está grávido de cosas; se intenta llenar un vacío como el de ese exterior ciego de intemperie que se atisba por la ventana.
En el segundo, el despojamiento es casi total; solo la maceta sobre el escabel y la flor algo mustia, y más allá el balcón que se abre o más bien se cierra a un muro de casas superpuestas y donde, en primer plano, vemos una ventana cerrada. El afuera no invade sino que cierra este interior y su balcón y hasta le quita luz a la flor exhausta en su maceta.
 
En el tercero, el despojamiento anterior se ha expandido ya por todo el ámbito visto aquí en escorzo y en “gran angular”. La mesa y la silla desnudas. Solo vemos una pequeña ánfora cerrada, que evoca casi a una urna, y sobre la pared cuelga una exigua máscara de reminiscencias clásicas. El ángulo interior se continúa en un afuera que la ventana enmarca, y aquí no es la mole cerrada de la casa enfrentada al balcón sino la proa de un bote y de un barco anclados en ese puerto, y cuando allí era puerto todavía…
El interior vaciado, como tras una mudanza apurada en que se ha dejado olvidado aquello que no se ha podido cargar o embalar, parece simetrizado por esas embarcaciones que reclaman ese pasado anterior, europeo, italiano, que en los otros cuadros se intentó llenar, cubrir con signos materiales propios. Con retratos pintados por la mano del que lo habita, con estampas religiosas y con flores arrancadas de estas tierras y trasplantadas hasta estos mismos interiores a ver si florecen…

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