BREVE TRATADO TEOLOGICO POLITICO / Angel Faretta

 

Carl Schmitt

I

Lo que alguna vez fue central o formó parte de la centralidad se vuelve, al ceder ese centro, en excéntrico. Lo cual hace que muchas veces esa excentricidad se tome por lo que no es, o tan solo se la tome por su superficie, algo que se opone –absurdamente- al régimen central imperante con anterioridad; siendo que esta excentricidad actual es por lo común impulsada por haber llegado tarde o no haber podido formar parte de esa centralidad.
Corolario. Los gestos rebeldes, transgresivos y “outsiders” vistos en relación con una totalidad existente y plenamente operativa con anterioridad, son por el contrario gestos y actitudes conservadoras.
En paralelo a lo anterior, el centro ahora decaído sigue irradiando formas y matices diversos de numinosidad. Tanto en intensidad, calor, extensión, reverberación, eco, etc. Estas ondas, señales, matices no son -ni pueden ser- percibidos por todos los llegados después, históricamente, de la misma forma y modo. Por lo tanto refractan en sus personas singulares de manera diversa.
La persona singular implica aquí no la sola persona numérica sino aquellas que por familia, sociedad, partido, clan, grupo, club, etc., son influidas por

una determinada persona singular portador o receptor de tales reflejos y ecos numinosos. Esta influencia se ejerce como reverberación o difracción en segundo plano siendo, como es lógico, que tal irradiación anterior en la persona singular -que ya viene atenuada y diluida en su canal histórico de transmisión-, llegue a su vez a esta segunda persona o grupo singular (clan, partido, élite) de manera aún más tenue, distante y directamente confusa. Puesto que el receptor singular anterior no estaba -por lo que sea- en condición de soportar, llevar, portar tal eco numinoso de un centro ahora en declive, extinción o copado por fuerzas que le son, necesariamente, hostiles.
Corolario, toda difracción, reflejo, eco, etc., proveniente de un centro descentrado o desde un centro en declive o directamente caído, sigue necesariamente emitiendo señales de su antiguo esplendor, i. e. centralidad. De su carácter planetario. Pero sus ecos y reflejos atenuados -como una estrella muerta hace miles de años luz- se refractan necesariamente en personas singulares que, lo quieran o no, actúan siempre como figuras satelitales.
Las centralidades pueden dividirse en: religiosas, reales, o religiosas- reales, es decir imperiales; en nómicas -es decir como consecuencia de una toma de posesión terrena-; estéticas y carismáticas: diversas formas de liderazgo, no interesa aquí su origen o dirección supuestamente espacial o geométrica en la historia occidental reciente.
Claro está que todo centro crea sus círculos concéntricos sin los cuales no puede no sólo expandirse sino permanecer. Estos topoi concéntricos pueden muchas veces o tan siquiera ocasionalmente detenerse en su rotar. Porque deben girar alrededor de la figura planetaria ¿O porqué se piensa que al planeta Saturno se lo denominó de ese modo?
Pero tales anillos, tales círculos concéntricos -vistos en forma terrena-, se detienen muchas veces obnubilados por su propia fascinación rotativa. Pues todo movimiento no es positivo per se, puesto que tenemos aquello que se conoce por inercia. Claro que en el plano en que nos movemos aquí, inercia implica influencias exteriores y errantes. Muchas de estas influencias errantes son restos numinosos, a su vez, de una centralidad anterior que antes de hacer impacto en personas singulares, lo hace contra los círculos concéntricos que giran y rodean ahora a ese otro centro activo y operativo.
Corolario, los diferentes formas que toma la centralidad emiten necesariamente o forman sus respectivos círculos concéntricos. Esto que fuera ya visto modo sui por Aristóteles en su Política y de que cada forma de gobierno tiene su degeneración (v. g. aristocracia, oligarquía), asume aquí, según nuestro desarrollo teórico, características planetarias. Se trata de la centralidad en la época de la movilización total. Y en medio de ella más que centralidades tenemos concentricidades que pugnan a veces violentamente por ocupar o más bien re ocupar el centro.
Las concentricidades que intentan re ocupar el, o un centro mejor dicho, pugnan por lo general violentamente entre sí. Es decir entre segmentos del mismo círculo concéntrico. Con lo cual se arriba a una segunda fase de inmovilización total, sumada a la anterior, cuando se formaba parte de una serie de círculos concéntricos -bien diferenciados- girando alrededor de un centro planetario.
 Corolario, todo círculo concéntrico de lo que fuera un centro planetario, es atacado por dos formas o instancias de inercia. Aquella que proviene de la propia efectividad operativa del centro que hace que se traduzca mentalmente al primer motor con un artefacto que ha logrado convertirse en movimiento continuo; olvidándose entonces que su centralidad se debe a su primacía ontológica, no a una creación artificial ex nihilo. Y -derivada de la anterior- que esa singular operatividad-operativa al ser diluida en “movimiento continuo”, se crea o se ilusione que puede formar su propia esfera planetaria…
N. B: el  leviatán hobbesiano es la respuesta o remedio desesperado a un estado de cosas como el antes descrito, conocido también como guerra civil o estado de “guerra de todos contra todos”. Pero se trata aquí -repetimos- de una ficción mecánica con cobertura mítica. Un mito ya absolutamente tecnificado, y de donde se derivan todos los posteriores artefactos liberales. En esto el cordobés Belisario Tello tiene razón sobre el prusiano Carl Schmitt.

II

Tras quedar las concentricidades separadas de su centro o, mejor dicho, si éstas parten de una inercia que se cree particular e intentan actuar como formación planetaria, pasan a fraccionarse en restos, fragmentos corpusculares de esos círculos concéntricos. A lo cual podría denominárselo doble fraccionamiento. Este intento de planetizar una mera astilla, un fragmento de círculo concéntrico puede resolverse en intentar por todos los medios a su alcance de fijar una formación satelital con el paso del tiempo.
Pero toda formación satelital que olvida en su propia rotación -cuando en rigor sigue rotando alrededor de un planeta alejado, desconocido o de uno que ha estallado ya en la distancia sideral- su estado anterior, cae en el girar en el vacío de su espacialidad, que se torna especialidad.
Corolario. Todas las formaciones especiales, o primero desgajadas de una totalidad planetaria, pasan de una diáspora espacial-histórica a una confrontación con una centralidad opacada o ya inexistente -a veces intencionadamente oculta-, confrontación que más que nunca toma la figura cinética del girar en el vacío. Tras ello, ese propio girar crea un campo de imantación que atrae a otras partículas de los otrora densos anillos concéntricos que forman su propio campo de gravitación. Pero la gravitación se vuelve gravedad porque ha partido de un propio y particular girar en el vacío.
Corolario. Las briznas de anillos concéntricos, como los que devienen de fragmentaciones satelitales que durante siglos o milenios giraron alrededor de un centro planetario, intentan alcanzar su propio campo magnético atrayendo a otros fragmentos más pequeños, de poco peso y consistencia, y por ende más alejados de lo que fuera centro y más a la deriva espacial (decimos aquí “espacial” como símil también de lo histórico), hacia su propia órbita, o lo que se cree o se toma como propiedad orbital.
Vico
Toda construcción espacial deviene de un centro anterior. El llamar “artificiales” a estas construcciones es reclamar por un demiurgo rebajado a mecánico inerte.
Las ficciones pueden dividirse en construcciones históricas -estados, familias, propiedades, territorialidades- y ficciones poéticas, es decir aquellas devenidas del mito y traducidas en su devenir como mitologemas. “Ficción”, “artificio”, “construcción”, pueden ser tanto términos apologéticos como polémicos e, incluso derivativos. No se arriba a ninguna meta filosófica y menos a una decisión política con discutir por el etymon de tales conceptos, pero sí por el etymon espiritual de los mismos.
Es decir  por el uso, empleo, manejo, hechura de tales términos vueltos conceptos.
 N. B. lo dicho por Vico, “Verum et factum reciprocantur seu convertuntur” (“lo verdadero y lo hecho convergen recíprocamente”) o “Verum ipsum factun” (“lo verdadero es igual a lo hecho”) i. e.: sólo conocemos como verdadero aquello que hacemos.
Claro que este hacer es un pro-ducir. Un abrir y llevar, un conducir que es también un desocultar.
Diferencia. El término es el final; la meta de una definición. El concepto es esa meta definitoria vuelta o devuelta como herramienta polémica.
Todo concepto deviene polémico por su propia naturaleza, pero no todo concepto tiene presente, hace presente su origen y transcurso definitorio. Es una meta, un término, pero que a veces se toma erróneamente por totalidad nuclear y no como sucesivos pasos transformativos que han llevado -a veces con innumerables meandros metamórficos- a esa meta que ahora se intenta tomar por totalidad y casi aseidad; y no como hecho hipostático.
Corolario, toda definición que pasa o intenta pasar al estadio de concepto, id est concepto polémico- sin tener presente el método (camino, diáspora, tao) que ha llevado a esa meta definitoria, corre el riesgo de convertir al concepto en marcha hacia lo polémico en un elemento invasor -y hasta en mina de efecto retardado- a su propia territorialidad.

III

Si el sistema planetario entra en crisis, se agotan sus energías o las agotan con ayuda exterior y con la incuria interior, no quiere decir que sus permanentes satélites anteriores sigan girando a su alrededor sin querer tomar parte activa en los restos de emanaciones numinosas que el planeta, ahora en declive evidente, sigue sin embargo emitiendo o irradiando.
El suponer que la postura satelital pueda volverse además de pasiva, “fraternal” mediante declaraciones sentimentales, encima propaladas destempladamente por todo el espacio, y reclamos a la hermandad y demás ripios dignos de la peor s. f.,  es algo suicida y que empuja a la figura planetaria no solo a un más rápido declive sino que invita, incita a ser copada y usurpada de sus restos numinosos; aún de aquellos que permanecen tanto en estado de animación suspendida como en forma vicaria.
La relación satelital tras el declive planetario guarda -como casi todas por cierto en este mundo sublunar- un doble vínculo. Por un lado se desea aprovechar el tomar a destajo restos numinosos o vicarios que se encuentran en estado mostrenco debido a la incuria planetaria. Pero, por el otro lado, se detesta a ese propio planeta en extinción por no haber sido lo que los satélites y anillos deseaban -durante su girar- que fuere. O, tal vez, su pasividad era el propio deseo…
Hobbes
 La vicariedad sideral tiene sus extremos dado el amplio espacio -todo- en que pueden desplegarse sus potencialidades. Y el odio es una potencialidad como otras que busca volverse eficiente y activa. Digamos que materializarse (cf. Empédocles: “misos”).
 Para materializarse necesita de un espacio fungible, concreto, palpable y que esté dotado de ciertas numina, aún en estado de animación suspendida. Todos hemos sentido esa presencia invisible, esa aura congelada, casi en estado de estagnación, cuando visitamos sin mucha compañía o directamente solos, un salón, palacete, templo y hasta ruina hacia la hora meridiana. Esto no es mensurable, salvo mediante la intuición histórica aguda, que es otro nombre para el ricorso viquiano.
 Es un aura, un olor; un tiempo que parece convertirse allí en espacio -como se dice en “Parsifal”. Esa objetivación de lo temporal en lo espacial hace, permite que podamos ingresar en su más recóndito lugar, en su sanctasanctórum.
Todo visitante a algo en declive, puede ser turista, mirón, indiferente, snob, llevado por inercia o por su presión intra específica. Puede ser también invasor tras su estadio o etapa turística. Puesto que todo turista desea algo que no tiene y que tal vez ningún lugar físico, geográfico pueda otorgarle.

IV

 Las leyes de la gravedad no existen más allá de cierta altura extraterrena. Allí no se cae ni se recae. Con lo cual cesa la melancolía y cesa todo sentido de lo caído. Esto es debido a que fuera de nuestro planeta somos otros, flotamos en el espacio exterior como en el líquido amniótico en que estuvimos sumergidos antes de ser dados a luz.
Según un apotegma de Simone Weil “Todas las cosas están sometidas a la gravedad menos la gracia”. ¿Pero cómo definir ésta en los términos en que aquí nos movemos? ¿Será el saberse planetario, el intentar por todos los medios conservar y mantener ese carácter? ¿Se trata de mantener ese carácter porque se trata de un país, estado, nación, nacido como planeta, o ha sido por la conciencia de los satélites que lo rodean y que dependen de su mero existir?
Rómulo muerto, es arrebatado a los cielos para formar una figura planetaria junto a Marte y Júpiter. Incluso se lo re-nombra como Quirino y forma junto con los otros dos dioses planetarios la tríada capitolina. Se dice que ese recién nacido o re-nacido Quirino reemplazó en el stellarum a Jano. Las dos caras pasan a ser puertas terrenas y el padre fundador se vuelve figura estelar y planetaria.

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