LA CAIDA / Sebastián Nuñez (una primera lectura de Galveston, novela de Nic Pizzolatto)

Nic Pizzolatto es el creador y guionista de True Detective, serie policial de televisión que a través de ocho capítulos rigurosos, sugestivos, inquietantes y llenos de material para el análisis (desde lo formal, lo temático y lo simbólico) nos ha llevado a pensar que se trata, sin dudas, de uno de los hechos estéticos más trascendentes de este año que termina. Pero antes de alcanzar esta cima (y el éxito) con la historia de los detectives interpretados por Woody Harrelson y Matthew McConaughey, Pizzolatto había escrito, además de un volumen de relatos, una novela titulada Galveston, editada hace unos meses en castellano y a la que, simplificándola un poco, podríamos incluir también dentro del género policial.
Galveston se centra en la figura de Roy Cady, un matón al que le diagnostican una enfermedad terminal a la vez que su jefe le tiende una trampa como ajuste de cuentas por haberse metido con la mujer equivocada, o mejor dicho, ya ocupada. Sin embargo, Roy logra sobrevivir a la emboscada. Pero como las cosas nunca son sencillas, debe llevarse a cuestas a una joven prostituta llamada Rocky, desconocida para él y que en plena fuga además termina sumando como compañía a una pequeña niña que es, supuestamente, su hermana. Luego de este comienzo no es difícil imaginar las implicancias generales de la historia y los personajes, que deben escapar, esconderse y subsistir en el sur de los Estados Unidos (de New Orleans a Texas), en medio de paisajes decadentes, personajes cuanto menos excéntricos, anclados en un mundo que todo el tiempo parece estar a punto de derrumbarse por completo pero que –y en ello radica lo más inquietante- nunca termina de hacerlo.
Hay, como en True Detective, saltos temporales;  también una notoria predilección por la descripción exacta de ambientes y atmósferas particulares que se impone por sobre el efectismo de la sorpresa o la crueldad excesiva (un vicio muy actual capaz de arruinar incluso a los escritores más interesantes, tal el caso del irlandés John Connolly). Pero lo más importante, y lo que nos lleva a pensar que hay en Pizzolatto un autor digno de atención, es la singularidad de una mirada que en principio, si pecamos de distraídos, podríamos denominar como pesimista, pero que en rigor se presenta más compleja, aunque tal vez no tan sencilla de definir. Y esto se debe a que es el propio estilo de Pizzolatto –y el estilo es siempre la mirada del autor- el que busca esa indefinición. No porque su escritura sea confusa, sino porque lo que resulta impreciso para los personajes de Galveston(y también de True Detective) es el propio sentido del mundo. Es confuso porque es terrible, oscuro, violento y cerrado sobre sí mismo, porque estos personajes no saben bien cómo enfrentar ese estado y porque las herramientas que utilizan para hacerlo –si las tienen- son inútiles. Así, Rust (McConaughey) en principio cree poder enfrentarlo desde una filosofía particular hecha de retazos y mezclas varias; su compañero Marty (Harrelson), lo hace desde un conservadurismo que ni siquiera él mismo puede conservar; y finalmente tenemos al desdichado Roy Cady, quien carece por completo de instrumentos, y apenas si puede tener atisbos de entendimiento (sombras de una vieja -casi atemporal- conciencia) que le permiten describir el estado infernal del mundo. En algún momento, reflexionando sobre sí mismo, Roy dice: “siempre me he imaginado a mí mismo cayendo”, una sentencia perfecta a la que deberíamos tomar como una clave precisa. Porque en definitiva lo que Pizzolatto busca plasmar es el estado de caída permanente de un mundo cuyos habitantes ya no saben cómo redimir.
Pero como nuestro autor, por más oscuro y pesimista que parezca, no es un profesional del cinismo ni mucho menos un apólogo de ese estado de caída que describe, nos brinda a los lectores la posibilidad de encontrar una compensación. Y es en este punto queGalveston se diferencia de True Detective. En esta última, el rito de pasaje final de Rust y su epifanía posterior, nos ponían de frente a la posibilidad concreta de redención, es más, se nos decía que el bien es aún posible. Era un final lleno de fe. Pero en la novela nada es muy claro, y apenas si muy lateralmente se puede adivinar alguna posibilidad de salvación. En todo caso, y aquí es donde radica la gran virtud del autor, Pizzolatto deja en nuestras propias manos esa posibilidad de cura, siempre y cuando seamos capaces de responder la terrible pregunta que nos arroja: ¿qué es lo que nos falta -porque lo hemos olvidado- para dejar de imaginarnos cayendo?

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