EPIFANIA. LOS REYES SON LOS PADRES PORQUE LOS PADRES SON LOS REYES / Angel Faretta

La infancia de muchos de nosotros y de la generación siguiente fue perturbada por un misterio y un secreto mal planteados. No es nada extraño, puesto que una de las características del mundo conocido como modernidad, o movilización total, es la del odio a todo lo secreto. O que en todo caso fabrica falsos secretos -“secreteos”- como disfraz distractivo de sus operaciones disolutorias.
Obviamente en todo ello es de fundamental importancia la confusión de términos y conceptos que no son para nada arbitrarios, ni estornudos mentales para salir del paso social. Así los conceptos y las palabras que los representan guardan un estricto significado operativo, más allá de los intentos disolutorios de la rama “lingüística” de tales disoluciones, que intenta volver arbitrarios al lenguaje así como a los signos acústico-visuales que los re-presentan.

Desde luego otro disparate pedagógico es el confundir mito con falsedad, y si se es capaz de sobrellevar, de eludir a este Escila, se cae en las fauces del Caribdis sentimental que es la otra forma de reducción de lo tradicional, tal como argumentábamos en otro lugar *.
Así el intríngulis de la ecuación Reyes Magos=los padres de cada quien, fue una de la mayores ciénagas expresivas y conceptuales que hayamos conocido. El secreto, la identidad camuflada, el resto de dato tradicional reducido a lo sentimental doméstico, ocultaban y -peor aún- desfiguraban su sentido estricto, operativo, todavía “a la mano”.
Un mito, o mejor dicho un mitologema -es decir una versión del mito-, no existe sin un ritual correspondiente. Ritual es la repetición intencionada de algo transmitido in illo tempore. El ritual es la actualización, dramatización, incluso la puesta en escena de ese mitologema originario, fuera del tiempo y de la cronología usual.
Ya hemos explicado en otros lugares el significado estricto de “epifanía”. Repetiremos esto tan solo: es la manifestación de algo alto, sublime, dentro de un marco material bajo, que contradice o directamente parece negar tal sublimidad. La figura epónima es la “Epifanía de los Reyes Magos”. Que -son los primeros ajenos, no judíos, llegados de Oriente y ven al Salvador del mundo. ¿Y cómo lo ven? En un establo rodeado de animales y seguramente con olor a estiércol. Pero aceptan, comprenden esa paradoja y contradicción entre los términos. Lo alto, lo más alto, representado o revelado en un marco bajo material. Por cierto, los reyes pasaron satisfactoriamente tal prueba iniciática al entregar su dones (regalos) al recién nacido.
Bien, este es el mitologema, el hecho hondante; cierto que aquí no es un hecho nacido fuera del tiempo, ya que todo lo cristiano es histórico; pero sí es un hecho que cumple y realiza históricamente todos los mitologemas anteriores de carácter epifánico. Por ejemplo, las innumerables veces que los dioses, héroes y semidioses griegos aparecen disfrazados de mendigos y vagabundos.
Pero vamos a lo que más deseamos expresar aquí. Todas la madrugadas del 6 de enero los padres eran ¡y pueden seguir siendo! los Reyes Magos en tanto son los padres quienes repiten intencionadamente un relato o sucedido in illo tempore. En tanto aparecen subrepticiamente esa madrugada, quitan el pasto y el agua, entregan regalos y demás, reconfiguran, representan, más aún, ¡son literalmente los Reyes Magos! En el más estricto sentido tradicional de las representaciones.
Pero -y a fortiori-, el error fue y sigue siendo doble, puesto que es a los chicos de por lo general menos de seis años, o poco más, a los que se les puede decir literalmente esto: que los padres son en ese momento, cada madrugada del 6 de enero, los Reyes magos. Digo esto -y Vico no nos desmentiría- porque a esa edad el niño está todavía dotado, hasta genéticamente, del pensamiento mitopoético, primer lenguaje de la humanidad.
Y esto era y sigue siendo en cierta medida posible –es decir operativo- aún hoy, y antes de que los niños entren en esa máquina de nivelación robótica y a ese desolladero espiritual conocido como “enseñanza obligatoria”.

* “Nota conjunta sobre el melodrama y Hugo del Carril”. En “Cinco films argentinos” Djaen ediciones, 2012

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