ESCRITO EN LAS ESTRELLAS / Diego E. Avalos

 

“Signos y prodigios, ¿eh? ¡Lástima si no hay nada prodigioso en los signos, y nada significativo en los prodigios!”  Herman Melville, “Moby Dick”

Un texto es clásico no sólo por lo intemporal de su contenido o la clase que adjudica a quien lo lee, sino que además lo es por la clase que imparte, “por lo que enseña” en palabras del maestro Ángel Faretta. Atención, esto mismo se puede aplicar a una película o una composición musical. En definitiva a cualquier objeto artístico que sea clásico. Está claro que uno puede entender la historia del cine viendo una película como “El Padrino” y comprender el despliegue histórico de la ópera escuchando a Verdi. Un texto narrativo entonces no estaría tan solo en condiciones de proporcionarnos una historia, sino de ofrecernos también una reflexión activa sobre el sentido mismo de la escritura. Un verdadero amigo que nos susurra sus secretos en voz alta.

Leamos un fragmento del capítulo 99 de “Moby Dick” de Herman Melville. En él, Stubb, el segundo oficial a bordo, ya se encuentra en plena crisis profética. Él, como ningún otro, comprende que se están dirigiendo hacia un abismo con forma de animal. Y, como le sucede a todo profeta trágico, nadie presta real atención a sus palabras. En un momento Stubb toma su almanaque y, contemplando las figuras ilustradas del zodíaco, dice lo siguiente:
“Mira, Doblón, este zodíaco que tienes aquí es la vida del hombre en un solo capítulo redondo, y ahora lo voy a leer, tal como sale del libro. ¡Vamos, Almanaque! Para empezar: ahí está Aries, o el Carnero, animal lujurioso, que nos engendra; luego, Taurus, el Toro: nos embiste para empezar; luego Géminis, los Gemelos, esto es, la Virtud y el Vicio; tratamos de alcanzar la Virtud, cuando he aquí que viene Cáncer el Cangrejo, y nos arrastra detrás; y ahí, saliendo de Virtud, Leo, un León rugiente, se tiende en el camino: da unos pocos mordiscos feroces y lanza malhumorado un zarpazo; escapamos, y saludamos a Virgo, ¡la Virgen!; es nuestro primer amor; nos casamos y creemos ser felices para siempre, cuando, paf, sale Libra, o la Balanza: la felicidad pesada y hallada escasa; y mientras estamos muy tristes por eso, ¡Señor, qué rápidamente brincamos, cuando Scorpio, el Escorpión, nos pica en el trasero!; nos estamos curando la herida, cuando ¡bang! las flechas llueven alrededor: se está divirtiendo Sagitario, el Arquero. Mientras nos arrancamos las flechas, ¡a un lado!, ahí viene el ariete, Capricornio, el Macho Cabrío; lleno de ímpetu, llega precipitado, y somos lanzados de cabeza; entonces Acuarius, el Aguador, vierte todo su diluvio y nos inunda; y para terminar, dormimos con Piscis, los Peces. Hay ahora un sermón, escrito en el alto cielo, y el sol lo recorre todos los años, y sin embargo sale de él vivo y animado. Alegremente, allá arriba, rueda a través de fatiga y apuro; y así, aquí abajo, hace el alegre Stubb”.
Este texto tiene una triple función. La primera, la esencial, darnos cuenta del estado espiritual de Stubb. En el plano literario es un resumen de toda la trama de “Moby Dick”. Si Aries marca el inicio de cualquier historia, es lógico que al comienzo de la novela se ponga un nombre a lo creado. Es el famoso inicio: “Llamadme Ismael”. Al final, con los signos de Acuario y Piscis se nos anuncia lo inevitable: una inundación, un hundimiento, un devorar que culmina con un sueño conjunto en las entrañas del gran pez. Pero además este texto también es una manera de explicar simbólicamente todo el proceso de transformación que cualquier héroe debe padecer.
En “Lo Sagrado y lo Profano” Mircea Eliade nos dice:
“El simbolismo y el ritual iniciáticos que implican el ser engullido por un monstruo han desempeñado un papel importante tanto en las iniciaciones como en los mitos heroicos y las mitologías de la Muerte. El simbolismo del retorno al vientre tiene siempre una valencia cosmológica. El mundo entero, simbólicamente, regresa, con el neófito, a la Noche cósmica, para poder ser creado de nuevo, es decir, para poder ser regenerado”.
Los personajes de “Moby Dick” no han muerto en vano. Todos regresan a la vida gracias a la resurrección previa de Ismael, quién ha muerto y renacido para dejar testimonio sobre la presencia de lo sagrado en el mundo, aún cuando el hombre moderno se esfuerza en cerrar los ojos para creerse su propia ceguera. La tripulación retorna al vientre oscuro y renace en las palabras del escritor, quién aquí se emparenta con el mismísimo Creador. Podríamos decir que Moby Dick crea a Ismael para que él cree personajes, lectores y escritores.
A este esquema de los doce signos lo podemos emparentar, como ya lo señalamos, con el proceso heroico de todo personaje protagónico en un texto dramático. Señalemos las partes del texto original y veámoslo desde esta perspectiva.
“Aries, o el Carnero, animal lujurioso, que nos engendra;” Es el momento inocente del futuro héroe, inocente porque no sabe ni quién es ni qué lo espera. Aquí, como todo recién nacido, carga con un pecado, una mancha en sentido griego, del cual deberá liberarse para cumplir su destino.
“Luego, Taurus, el Toro: nos embiste para empezar;” En dramaturgia a esto se lo conoce como detonante, el momento donde la historia de nuestro héroe comienza.
“Luego Géminis, los Gemelos, esto es, la Virtud y el Vicio” El héroe duda de comprometerse en la aventura. Empiezan los golpes que lo confunden. Se debate entre cumplir lo que será su destino o quedarse en la comodidad de quién cree que es. La mayoría de ellos suele ver en el vicio de la comodidad (recordemos que aún no se conocen a sí mismos) a la Virtud.
“Tratamos de alcanzar la Virtud, cuando he aquí que viene Cáncer el Cangrejo, y nos arrastra detrás;” El cangrejo lo lleva para atrás, es decir, lo pone en el camino del conflicto, del problema.
“Y ahí, saliendo de Virtud, Leo, un León rugiente, se tiende en el camino: da unos pocos mordiscos feroces y lanza malhumorado un zarpazo; escapamos,” Ya estamos dentro del segundo acto. Empiezan los problemas, empiezan los ataques del mundo, los cuales, paradójicamente, mientras más le peguen al héroe, más lo empujan a convertirse en quién es.
“Y saludamos a Virgo, ¡la Virgen!; es nuestro primer amor; nos casamos y creemos ser felices para siempre, cuando,” En el segundo acto toda la presencia de amores, amigos, compañeros, es esencial. El héroe debe ir reflexionando sobre lo que le está pasando. Está muriendo y está naciendo. La palabra es el bálsamo duro de esta grave situación.
“Paf, sale Libra, o la Balanza: la felicidad pesada y hallada escasa; y mientras estamos muy tristes por eso, ¡Señor, qué rápidamente brincamos,” Lo que se conoce como el punto medio. El héroe debe cruzar un puente simbólico, aquello que, como una balanza, divide el relato en dos para siempre.
“Cuando Scorpio, el Escorpión, nos pica en el trasero!” La decisión de haber cruzado el puente no permite dolerse demasiado. Enseguida hay que ponerse en veloz movimiento. Empieza la verdadera guerra, la cual será cada vez más violenta. El héroe ya está en el territorio del enemigo.
“Nos estamos curando la herida, cuando ¡bang! las flechas llueven alrededor: se está divirtiendo Sagitario, el Arquero.” Se acrecientan los problemas y las dificultades, nuestro héroe debe sentir que cada vez el mundo lo presiona más. El tiempo se acorta, ya no hay vuelta atrás, pero adelante solo se anuncia el desastre.
“Mientras nos arrancamos las flechas, ¡a un lado!, ahí viene el ariete, Capricornio, el Macho Cabrío; lleno de ímpetu, llega precipitado, y somos lanzados de cabeza;” El golpe mortal que clausura el acto y mata al héroe.
“Entonces Acuarius, el Aguador, vierte todo su diluvio y nos inunda;” en la tercera parte se da el asunto más importante. Nuestro héroe se transforma, el agua limpia su pecado. Es bendecido por la vida. Aquí es digno de tomar el objeto que se disputaba en el conflicto o de renunciar a él. Lo importante es que esta decisión la toma sabiendo ya quién es. Depende la estructura esto puede ocurrir antes, después o al mismo momento de conseguir su objetivo. Lo importante es que ocurra, ya que ese mismo es el sentido del relato, como del ritual o del viaje, todas distintas imágenes para representar lo mismo.
“Y para terminar, dormimos con Piscis, los Peces.” El reposo. El héroe en su propio equilibrio. Otra vez en el líquido originario, durmiendo en paz, hasta que vuelvan los dolores del parto y el animal lo vuelva a lanzar a la vida en un círculo humano eterno.
Volvamos a Mircea Eliade, quién reflexiona sobre esta condición del segundo nacimiento.
“De una religión a otra, de una gnosis o de una sabiduría a otra, el tema inmemorial del segundo nacimiento se enriquece con nuevos valores, que cambian a veces radicalmente el contenido de la experiencia. Queda, sin embargo, un elemento común, invariable, que podría definirse de la manera siguiente: el acceso a la vida espiritual comporta siempre la muerte para la condición profana, seguida de un nuevo nacimiento”.
Al quien llamamos Ismael nos habla para contarnos su resurrección y la de sus compañeros. Sus palabras son testimonio de ello. Nosotros, lectores acompañantes, viviremos esa aventura para ser bendecidos también con la gracia de la experiencia. Al convertirnos estaremos en condiciones de poner también en palabras, o cualquier otra expresión, nuestra propia transformación. Los personajes y las máscaras nos esperan. Solo tenemos que tener coraje. Al fin y al cabo, como ya una vez lo dijimos, escribir es un asunto de héroes.

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