PILATOS LECTOR DE HORACIO / Angel Faretta

En la célebre oda 11 del primer libro de Odas de Horacio, aparece la ya clásica expresión “carpe diem” que hemos vertido en nuestra versión por “atrapa el día”; aunque podría ser también “cosecha el día” por razones ya explicitadas en la escolia que la acompaña.

Ahora bien, esta sencilla filosofía que los romanos de la época augustea se habían formado tomando partes del estoicismo y partes del epicureísmo se convirtió muy pronto en la más extendida entre las capas de la población romana
, sobre todo en sus capas dirigentes.

Por ello mismo de todos los integrantes del “círculo de Mecenas”, es que Horacio en forma mucho más aventajada que la de su amigo Virgilio -y ni qué hablar de Sexto Propercio- fue el poeta que ayudara a acuñar y luego pregonara una versión ya canónica del modo de vida romano al comienzo del imperio.

Esa filosofía a medio camino entre la nueva exaltación imperial y ya de alguna nostalgia por la vida campesina, que luego será locus classicus en cierta poesía neo latina, tanto española como italiana, era el pan y la sal cotidianas de tantísimos representantes del imperio, cónsules, procónsules y demás.

Lo fue, y ahora puede quedar claro, del gobernador (prefecto) de una alejada y no muy apreciada posesión del imperio -Judea-, llamado Poncio Pilatos.

La actitud de Pilatos frente a Cristo es la de un lector de Horacio cuyo carpe diem sería ya motto de su propia vida. De allí es que pretenda salvarlo, porque le tiene simpatía en relación con la vociferante turba de fariseos y de zelotes que solo grita “¡crucifícalo!” La calma de su prisionero, la impasibilidad, casi la aparente ataraxia -como se dirá luego-, hacen creer al romano que se trata de un par en estoicismo y de allí su intento de liberarlo.
Pero su silencio lo aterra. El breve “Tú lo dices” que da como única respuesta, lo pone todavía en peor trance de entender a quién tiene enfrente.
 “¿Por qué no se pone de mi lado?” -se pregunta- y no se da cuenta que aquí no se trata de “números babilonios” -como dice la misma oda once- y si de escanciar vino; ya que se cuenta de este extraño personaje que no sólo lo bebe y aprecia, sino que lo ha multiplicado para una boda tiempo atrás. Habla un griego cultivado, aunque sabe pasar al demótico, usa figuras y tropoi bellísimos… Entonces ¿por qué no dejamos todo este insensato griterío oriental y nos vamos juntos a discutir sobre si el azar o el número gobiernan al Cosmos?
Pero el así llamado Cristo permanece mudo. Es allí que frente al griterío en aumento de la turba, pide el aguamanil y el aceite aromático y se lava las manos. Gesto todavía visto por algunos puritanos como de escapatoria, cuando es de resignación.

A Pilatos el tipo le cae bien; es un romano, o casi, que podría apreciar las odas horacianas, el vino de Falerno y todo aquello que el cielo nos da.

En las horas siguientes llegaron hasta él ecos del tormento que no pudo evitar, y que fuera hecho lamentablemente bajo formas romanas para conformar a un pueblo incomprensible que tiene a un dios, encima único, todavía más incomprensible.

Su esposa -Claudia Prócula- a la hora octava del día siguiente -viernes- tuvo un sueño muy extraño y que la inquietó durante mucho tiempo…

Algunos años después la mujer de Pilatos se hizo cristiana. Es santa en la iglesia bizantina. Su esposo tuvo otros varios destinos representando al Imperio y la sobrevivió un tiempo. Parece -no es seguro- que finalmente aceptó y entendió también que la filosofía del Nazareno era más que “filosofía”. Al parecer su camino a Damasco fue en algún lugar de Sicilia; mucho mejor…

Como digo, no es seguro lo de su conversión -sí para la iglesia copta que lo ha canonizado junto a su esposa  El tema se ha vuelto ya legendario, tal vez como debe ser.

En todo caso -y como dijo una vez Carl Schmitt de un médico norteamericano, cuando en prisión lo proveyó de papel para escribir y sacó clandestinamente lo escrito-: “Nadie me impedirá rogar por su alma”.

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