LOS VEDAS Y LA TRADICION POLAR / Javier Lodeiro Ocampo

En su “Orion o estudios sobre la antigüedad de los Vedas”, publicado en 1893, Bal Gangadhar Tilak había probado, mediante el hallazgo de datos astronómicos ocultos en los himnos védicos y en las Brahmanas, que la antigüedad de los Vedas era anterior en unos 2000 años a la época que les había sido asignada por los eruditos occidentales —que estaba basada, principalmente, en observaciones lingüísticas—. La obra causó cierto revuelo en el mundillo académico de la época porque contradecir sus argumentos parecía casi imposible, pero tanto “Orion…” como su sucesor — “El hogar Ártico en los Vedas” (1903)—, fueron casi ignorados en occidente aún a pesar de que su punto de vista era rigurosamente histórico. A más de cien años de su aparición, hoy es difícil dar con un ejemplar de cualquiera de esos textos [1] y más aún encontrar una referencia a las ideas que exponen, al menos en estudios “serios”.

Brahmán de nacimiento, Tilak era para la época en que publicó ambas obras un veterano líder del movimiento independentista indio; era un nacionalista cuyos objetivos aspiraba a lograr promoviendo un resurgimiento cultural y religioso de su pueblo sin despreciar para ello el uso de medidas enérgicas —que podían incluir desde el boicot hasta el atentado—; matemático, periodista y agitador social, hubo de pagar con la cárcel su oposición radical a los ingleses. Fue durante su estadía en prisión que Tilak comenzó a escribir “El Hogar ártico en los Vedas”, obra que comentaremos brevemente.

IN ILLO TEMPORE

“Si rastreamos la historia de cualquier nación hacia atrás en el pasado, terminamos llegando a un período de mitos y tradiciones que eventualmente se desdibujan en la oscuridad impenetrable”. Con estas palabras comienza “El hogar Ártico en los Vedas”, pero a partir de aquí el autor no habrá de profundizar en la verdad contenida en los mitos de los textos védicos objeto de su estudio —es decir, su simbolismo—, sino que se dedicará a refutar la interpretación que de ellos hicieron los antiguos nairuktas indios, y sobre todo los académicos occidentales, siempre desde un punto de vista novedoso pero exclusivamente profano. Así, desde un principio queda delimitado el terreno intelectual en que el autor piensa moverse, y en esto es posible adivinar las urgencias políticas de Tilak, que lo obligaban antes que nada a contender en su propia arena moderna con los estudiosos europeos que se arrogaban la interpretación correcta de la herencia de sus mayores.
Según Tilak, los Vedas —uno de los más antiguos testimonios escritos de la humanidad— estaban basados en antiquísimas tradiciones orales y contenían evidencias suficientes para probar que el hogar original de sus compositores, los arios[2], no habría estado nunca en alguna parte del Asia central, como era la opinión generalizada entre los western scholars, sino en el Polo Norte o en sus regiones inmediatas, de donde los expulsó la llegada de la última glaciación. Tilak basaba su hipótesis en tres descubrimientos por entonces recientes de la ciencia moderna, a saber: a) la extraordinaria duración de los períodos de luz y oscuridad en el polo —es decir día, noche, amanecer y atardecer—; b) el descubrimiento de que el hombre ya existía sobre la tierra en períodos anteriores a la última glaciación; c) que los períodos interglaciales anteriores a esta fueron épocas de importantes cambios climáticos que habrían hecho de las regiones árticas zonas templadas, donde la vida humana no sólo habría sido posible sino placentera.
Con método irreprochable, el autor demuestra que muchos pasajes ininteligibles de los Vedas eran descripciones, poéticas pero precisas, del movimiento de los astros en una región en donde el día tenía una duración aproximada de diez meses, la noche sesenta días y el amanecer y el ocaso tardaban hasta una semana en hacer surgir o en ocultar al sol en el horizonte; todas ellas características exclusivas de las regiones polares.

 

UNA AURORA DE MUCHOS DÍAS

Estos pasajes, concluye Tilak, perdieron gradualmente su significado a medida que los descendientes de los primeros habitantes del Ártico se alejaron hacia tierras meridionales —en donde, es sabido,  la duración de los días, las noches y las estaciones es muy distinta—, pero no desaparecieron de su tradición sino que perduraron inmersos en ella como fósiles cuyo significado ya nadie podía explicar con seguridad.

Un ejemplo: Ushas, la Aurora, es celebrada en unos veinte himnos del Rig-Veda —considerados por varios entre los más hermosos— y mencionada en él más de trescientas veces. Tanta atención, sumada al detalle con que se la describe, parecería inusual para la fugaz aurora diaria de zonas templadas o tropicales, pero no tendría nada de asombroso si se tratase de una aurora que se anuncia en el horizonte tras sesenta días de oscuridad, como sucede en el Ártico, y que en lugar de dejar paso al sol en cuestión de minutos se toma días enteros en hacerlo, girando en torno al horizonte —como lo hace en el Ártico—,  abarcando cada día una porción más grande de la bóveda celeste hasta que por fin el anhelado sol surge, inaugurando su largo reinado. En Rig-Veda VII, 76, leemos:
En verdad, muchos eran los días
Que aún faltaban para la salida del sol
Durante los cuales tú, Oh Aurora, eras vista avanzar
Como hacia un amante,  y no como una mujer que abandona
Tilak analiza palabra por palabra el significado de cada verso en el sánscrito original, después da la interpretación insuficiente que de ellos hicieron sus propios antepasados —los nairuktas, quienes ya habían perdido el sentido auténtico de los antiquísimos versos varios siglos antes de Cristo—, a continuación presenta la exégesis de los eruditos occidentales y finalmente ofrece una conclusión a la luz de su “teoría ártica”. El mismo método es aplicado a numerosos himnos, mitos y leyendas védicas, y cuando las pruebas aportadas ya parecen ser más que suficientes, ofrece otras más categóricas encontradas en su pariente cercano, el Avesta iranio, y muchas otras accesorias extraídas de las tradiciones griega, latina, celta, eslava etc.

MITO Y SABIDURIA

Versiones extravagantes de las ideas de Tilak abundan hoy en internet o en las estanterías de curiosidades “orientales”, pero, como se dijo, no hallaron eco en obras más serias[3]. Por poner un ejemplo, tal es el caso de la “Historia de las creencias y las ideas religiosas” de Mircea Eliade —nada menos—; cuando, en el primer tomo de esa gran obra, el autor se ocupa del mito de la batalla entre Indra y Vritra, adscribe a la interpretación historicista, que parece reducirlo a una versión alegórica de la conquista aria de la India, sin contemplar la posibilidad de su origen en una tradición oral anterior. La sorprendente explicación que da Tilak de este mito central del Rig-Veda no sólo parece ampliamente fundada sino que, más importante aún, coloca al lector casi a las puertas de una interpretación que por fin se ocupe de la verdad contenida en el simbolismo del mito —el punto de vista metafísico, aquel otro orden de conocimiento que el autor había descartado abordar desde un principio y que es superior al meramente histórico.
“…El enamorado de los mitos, que están repletos de prodigios, es por ello mismo un enamorado de la sabiduría”, dice Aristóteles; y agrega Coomaraswamy: “Es en lo maravilloso mismo donde reside la verdad… el mito encarna la más alta aproximación a la verdad absoluta que pueda traducirse en palabras”.


[1]“De El Hogar Ártico…” existe una edición española recientemente agotada y dos en inglés, que el potentado local tal vez pueda comprar por internet en el exterior —una, la india, está editada y resumida—. Además, circula una versión digitalizada del original inglés, con unos cuantos errores de escaneo, que ponemos a disposición del lector en el siguiente vínculo: TILAK.doc

[2]Ārya era el nombre que se daban a sí mismas las tribus que invadieron Irán y el subcontinente indio en el segundo milenio antes de nuestra era, procedentes de los valles del Oxus, Kubha y Rasa —en el actual Afganistán.
[3]“Serias” es un eufemismo por “dentro del ámbito académico”, al que se dirigía Tilak; Guénon, en cambio, lo tiene presente cada vez que habla del simbolismo polar o del origen hiperbóreo de la tradición.

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