CICLOS Y RITMO / Ruy Santiago Vallarino Miscelánea sobre arte y matemáticas


Las cosas se nos revelan de manera gradual. Su conocimiento se logra poco a poco; pero la comprensión no llega de manera uniforme y constante sino cuántica, de a saltos. Para comprender vamos juntando datos sobre los que actuará “algo” como un leudante, que eleva la masa hasta dejarla lista para pasar a otra etapa –otro nivel. Y en cada nivel trabajamos afanosamente sobre nuevos datos, con la sensación de estar realizando progresos constantes hacia adelante. Pero esto es una ilusión. Hay un período activo -de amasado- y hay un período pasivo, que podríamos llamar de disposición de los ingredientes. Pero hay otro más importante: el período de espera, que es cuando se produce esta fermentación, esta elevación sobre la masa de datos hasta que estamos listos para evolucionar a otro estadio –el salto cuántico. Y este último período suele pasar desapercibido mientras nos empeñamos en acumular más información, muchas veces redundante. De ahí la ilusión de estar progresando continuamente, sin distinguir la sucesión de períodos estacionarios de trabajo y espera (que por lo general se dan simultáneamente) con los saltos providenciales que nos transportan alquímicamente al próximo nivel. Donde otros serán los trabajos y las esperas.
Quienes creen en el progreso continuo y positivo harían bien en pensar que este proceso se da también en la Historia. El trabajo debería ser conservar lo anteriormente logrado y la espera la contemplación de la Eternidad y lo Divino.
 
Observar el desarrollo del instinto rítmico en una persona suele ser apasionante. Permite ver que sólo se puede adquirir aquello que ya se tenía (o como se dice en biología: que el fenotipo sólo puede poner en escena aquello que ya estaba en el genotipo). La impresión que causa el producto final, un músico en este caso, puede servir para constatar que cada persona tiene un ritmo particular –así como un latido, un pulso, hasta una impresión digital- que es único y no comparte con nadie; pero sólo la observación paciente, la atención concentrada del maestro nos hace ver que lo que aparece como perfecto y natural  está perfectamente trabajado con un método muy artificial. Gran paradoja: todos tienen algo particular pero pocos pueden llegar a desarrollarlo; a su vez nadie puede desarrollar sino aquello que ya es.
 
El principio de indeterminación es como la figura en el tapiz, si se ve de cerca se percibe la trama y el detalle pero se pierde el “disegno”, si nos alejamos sucede lo contrario. No podemos tener ambas perspectivas a la vez; así como sólo podemos determinar la masa o la posición de una partícula, no ambas. Lo mismo sucede con la visión de un film, por eso son necesarias varias hasta haber comprendido cómo cada detalle está en función del todo.
 
Si Newton llega a desarrollar el cálculo infinitesimal (o mejor, Leibniz) es porque previamente Descartes había desarrollado la geometría analítica –y esto es por lo cual debería reconocérsele padre del método científico, antes que por sus conceptos filosóficos-; y no sólo en su forma de función de primero o segundo grado –que ya estaban implícitas en la geometría euclidiana[1] y en la empiria-, sino en sus formas más complejas[2]. Ya descubierto –con el cálculo infinitesimal- el mundo de las “magnitudes infinitamente grandes o pequeñas” (i.e. funciones límite o derivadas) estaba abierto el camino hacia el átomo y hacia el espacio.
 
La ciencia moderna se representa la naturaleza de la luz como doble (Einstein ampliando lo postulado por Newton previamente). Ya desde un punto de vista continuo la ve como una onda, ya desde uno discontinuo la ve como una serie de partículas (cuantos). En seguida salta a la vista que el primer punto de vista no alcanza para explicar la oscuridad, que entonces debería ser concebida como una interrupción de la onda por un obstáculo interpuesto a ella. O sea: como algo ajeno a la luz y con sustancia propia. Desde el segundo punto de vista podría argumentarse (un poco caprichosamente) que la oscuridad es el medio en que se propagan los cuantos, pero esto sería elevar la oscuridad al status que tenía en la ciencia tradicional el “quinto elemento” (el éter). Como se ve, cualquiera de estas explicaciones es incompatible con una ciencia que se pretende agnóstica. Para salvar esta dificultad postulan la “existencia de un vacio”, definición que ni siquiera es necesario refutar porque es contradictoria en sí misma[3]. Esta incoherencia y muchas otras surgen de la misma esencia materialista de la ciencia moderna que solo contempla como realidad el universo manifestado, por lo general solo en sus modalidades formales. Desde un punto de vista tradicional (metafísico) la luz sensible es solamente la manifestación formal –indefinidamente extensa pero no infinita- de algo que excede a la comprensión humana (y por tanto a la ciencia) pero que las diversas religiones han llamado Intelecto, Sabiduría, Amor, etc.
En definitiva el “arte abstracto” es un intento de alegorizar ciertas nociones científicas con respecto a la luz, el sonido, el espacio y el tiempo… donde la indefinición en las formas (mejor sería decir lo informe) harían referencia al infinito. Una representación de lo infinito debería incluir en rigor lo inexistente actual (lo no manifestado) y esto solo es posible simbólicamente o por analogía, lo cual implica figuras. El llamado “arte” no figurativo finge resolverlo a través  del espacio sin centro o “cuyo centro está en todas partes”, los sonidos arbitrarios y cacofónicos (música atonal –esto es: sin centro) o su equivalente en pintura: yuxtaposiciones arbitrarias de colores –perdón, valores-; manchas intuitivas producto del infraconciente. Y poesía producto de la libre especulación de “ideas”. Así se ha llegado directamente al disparate: telas en blanco, piezas musicales en silencio, poemas con balbuceos incoherentes.
 
En la música barroca o –sobre todo- en el canto medieval puede verse una expresión del espíritu en paz con su medio. Ya en el romanticismo se empieza a percibir ese espíritu más incómodo con su nuevo entorno (urbano/burgués). Por eso a nuestros oídos modernos place la variedad de armonías y la amplitud de intervalos melódicos –lo disonante, lo tenso (e. g. el “intervalo del demonio”, acordes disminuidos). En cambio las melodías de la edad media, con sus intervalos de terceras y sus progresiones armónicas naturales, hablaban a los contemporáneos en su mismo idioma: de total acuerdo con las funciones, con la autoridad.
 
Una composición musical lograda siempre va a contener un equilibrio entre tensión y relajación (lo que en narración dramática sería clímax y anticlímax). Esto se puede lograr mediante la sucesión de acordes y su resolución, mediante una línea melódica clara y mediante un ritmo en series crecientes o decrecientes de pulsaciones (otra forma de clímax y anticlímax)[4]. Analógicamente podemos pensar en un sistema planetario con órbitas o cielos alrededor de un centro; particularmente para el ritmo podemos tomar la respiración, las pulsaciones cardíacas, la circulación de la sangre[5].
 
El punto -que no tiene existencia en el espacio- puede servir para simbolizar las posibilidades potenciales de manifestación[6]. Puesto que para que exista el espacio el punto debe desdoblarse, dando lugar a la recta (y ésta a su vez desdoblarse dando lugar al plano, y éste a su vez…). Esta sucesión geométrica[7] es usada tradicionalmente para representar los “estados múltiples del ser”. En su forma más desarrollada hay que imaginarlo como un plano helicoidal continuo e indefinidamente[8] prolongado en ambos sentidos de la dirección vertical e inscripto en un cilindro indefinidamente ancho. No otra cosa es el ADN, que sin duda representa la posibilidad de manifestación de un organismo vivo. Otra forma más simple de representarlo es por medio de símbolos que se conocen desde antiguo y que son variaciones de la “doble espiral”. Angel Faretta desarrolla y pone en escena esta simbología en algunos artículos[9] y narraciones[10]e inclusive explica detalladamente su relación con la literatura[11] y el concepto del cine[12].
*Parte de lo escrito está inspirado en la lectura de “El simbolismo de la cruz” (René Guenon. Ed. Obelisco)


[1] Ya egipcios y babilonios –por las crecidas de sus ríos- conocían los principios de la trigonometría. A esa descripción del espacio faltaba sólo agregarle su relación con el tiempo y ya estaba creada la función lineal o de primer grado. Probablemente los griegos indagaron en ello, como lo demuestra la célebre paradoja de Aquiles y la tortuga; luego la empiria y la guerra (Arquímedes, ya en pleno mundo romano) conducirían a las funciones parabólicas o de segundo grado.
[2] Algunas proto-formas de funciones logarítmicas, trigonométricas o exponenciales; que son las que  naturalmente llevan al cálculo infinitesimal por su cercanía con la función límite: al trabajar con números irracionales tienden a la partición cada vez más pequeña de la recta numérica.
[3] Si pese a todo quisiéramos hacerlo, desde un punto de vista metafísico podríamos decir que “existente” equivale a “manifestado”; y la manifestación (el universo manifestado) no admite discontinuidad de ningún tipo. Podríamos también decir que ni siquiera hay discontinuidad entre los diferentes estados de manifestación o existencia, así como entre éstos y los estados no manifestados (entre el Ser y el No-ser).
[4] Elementos todos que faltan –salvo algunas excepciones- en la “música” atonal.
[5] Todos ellos paradigmas de lo que los indios llaman Ida y Pingala.
[6] Hasta podría simbolizar la Posibilidad total, que incluye tanto al Ser como al No-ser (posibilidad de manifestación y posibilidad de no-manifestación). En música su equivalente es el silencio, que también implica la posibilidad total.
[7] Pero también la sucesión numérica generada a partir de la unidad.
[8] No “infinitamente”. Porque si es manifestado tiene que tener necesariamente un límite, y éste es lo no-manifestado. Aunque esto no lo podamos concebir y por eso lo tengamos que prolongar indefinidamente.
[9] “El monte análogo”. En www.angelfaretta.com.ar
[10] “Tempestad y asalto”(Ed. Sudamericana), “El carnaval del mundo”(Incluido en “El saber del cuatro” Ed. Sudamericana)
[11] “Notas y comentarios al primer y segundo canto de la Divina Comedia”. En www.angelfaretta.com.ar(Ver especialmente la descripción de la topografía dantesca)
[12] “Nota conjunta sobre Hugo del Carril y la condición melodramática”. (Incluido en “La cosa en cine”. Ed. Djaen y en “Cinco films argentinos”. Ed. Djaen) 

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