LLAMADO A LA PIEDAD / Diego E. Avalos

En el cine de Brian de Palma hay un motivo que se reitera, que es el del ruego. Si bien a este motivo lo podemos encontrar bajo distintas modalidades, lo central del asunto es el sentido que De Palma restaura en nuestro tiempo, porque detrás de esta decisión estética hay una clara elección política que, por supuesto, también es metafísica.
De Palma no pone en escena tan solo el lugar de la víctima, cosa por demás corriente en los géneros que transita. En sus films configura también el lugar del piadoso, de aquel que puede compadecerse del dolor ajeno y actuar como agente de salvación. Este rasgo distintivo es el que coloca a su cine en un lugar de arte tradicional, de pura esencia cristiana. Consideramos a esta altura lugar común el juicio al personaje de palmiano como un mero perverso vouyerista. Esta mirada cerrada deja de lado otro posible campo de lectura, uno que tiene en cuenta el verdadero sentido de la contemplación de un acto malvado. Este lugar es el de la acción, el del heroísmo, el del sacrificio por el otro, aún cuando esta decisión llegue demasiado tarde.
Los personajes de De Palma, como así también su mismo público, son colocados en la posición de Simón de Cirene, aquel que por aparente casualidad se ve puesto en el tremendo lugar de sostener la cruz que se supone ajena. Esta llamada inesperada a la acción es la aparición de lo sagrado en la vida ordinaria del héroe de palmiano. Pensemos sino en la periodista de Hermanas diabólicas que contempla una mano ensangrentada detrás de la ventana de su vecina para luego lanzarse a la busca de la verdad. Pensemos en el grito desesperado que le lanza Sally a Jack en el apoteótico final de Blow Out. Pensemos en Kate rogándole a Liz dentro del ascensor de Vestida para matar. De Palma muestra un mundo donde reina el interés egoísta, la utilización del prójimo, la política de lo descartable. Sus héroes, ya caídos desde el inicio, por supuesta casualidad son enfrentados al lugar de la compasión. Son invitados a olvidarse de si mismos para reconocerse en el dolor del otro.
La acción de rogar en el cine de De Palma suele estar acompañada de una mano que clama, gesto trágico de un ruego desesperado, de una rendición que solo espera el milagro. Esta misma mano suele estar manchada con la sangre de la víctima, la muestra máxima no solo de la de la urgencia del acontecimiento sino también de la pura pasión. Es Kate mostrando sus heridas dentro del ascensor, es Carrie exponiendo su sorpresiva sangre menstrual a sus despreciables compañeras. Los ruegos en De Palma suelen ser burlados, repudiados, ignorados. Por eso son los villanos lo que tienen el verdadero rol del vouyerismo perverso, porque son ellos los que se relamen en el dolor ajeno, en la acción del que mirando también asesina. Es Cain de Demente disfrutando con el hundimiento de su esposa mientras ella extiende la mano por ayuda. Es el indio de Doble de cuerpo que al ver la mano extendida y ensangrentada de su víctima solo atina a sonreír. Es la madre de Carrie que levanta el cuchillo y hace la cruz mientras su hija herida cae por las escaleras. El mal se burla del llamado a la piedad, se burla del pedido de clemencia, se burla de la posibilidad del milagro. Por eso mismo la aparición de un héroe salvador no deja de ser una sorpresa, una intervención nunca calculada. En el mundo de De Palma el mero intento de salvar a alguien ya es una posibilidad de redención, por más fracasado que sea ese intento.
Lo brillante de De Palma es como no solo pone en escena la acción del ruego que marca el camino del héroe, sino que incluso se atreve a desmontar como ese ruego, cuando es falso, puede engañar a quién siente piedad y tarda en comprender el alcance del mal en el mundo. Es Ethan en Misión imposible que contempla el ruego de su mejor amigo, momentos antes de que este supuestamente muera cayendo de un puente. Este falso ruego que se disfrazada de signo crístico es la muestra de la soberbia de lo malvado, que actúa despertando compasiones engañadas. Pero es esta misma soberbia la que le hace tender su propia trampa. Jim hace una puesta en escena crística, pasando por alto que el error de su plan se encuentra en un libro que para Ethan es también salvación: la Biblia. Una de las máximas estrategias del mal es dejarnos calmos con la creencia de sabernos buenos. Ese solo conocimiento no alcanza. El bien sólo se conserva en la acción. En el caso de Ethan el bien es enfrentar la verdad de la traición. Es enfrentar al mismo mal por mucho que aún se lo ame.
Los héroes de De Palma fracasan porque llegar tarde. Esta tardanza es nuestra propia invitación como espectadores al movimiento. Si nosotros queremos salvar a Carrie, a Kate, a Sally, es que también queremos salvarnos a nosotros mismos. Ansiamos un mundo donde no haya injusticias, donde no haya dolor, donde no haya desprecios, burlas y miradas que matan. Somos nosotros los que ante la mano que se extiende brindamos nuestra ayuda, nuestra propia mano piadosa. Si una película puede despertar en nosotros la gracia de la piedad que salva, es que todavía, a pesar de la sangre, la muerte y la rabia, tenemos una oportunidad.
Creer en nuestra propia salvación mediante la salvación de otra alma. Esa experiencia visual que se hace carne, en el tiempo en el que nos ha tocado vivir, es la máxima victoria de De Palma.

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