EL HOMBRE, PONTIFICAL O PROMETEICO / Javier Lodeiro Ocampo

“En el pasado toda empresa era venturosa. Alguien robaba, al fin, las prohibidas manzanas de oro; alguien, al fin, merecía la conquista del Grial. Ahora, la busca está condenada al fracaso. El capitán Ahab da con la ballena y la ballena lo deshace; los héroes de James o de Kafka sólo pueden esperar la derrota. Somos tan pobres de valor y de fe que ya el happy-ending no es otra cosa que un halago industrial. No podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno”. Este pasaje de Borges —fragmento de Los cuatro ciclos, 1972— fue recientemente citado aquí por Diego E. Avalos en su escrito a propósito del héroe, su búsqueda y los motivos que lo impulsan a la acción. Las líneas que siguen no pretenden agregar nada a lo allí dicho, sino indagar en las razones de esa supuesta decadencia que, según Borges, impediría al hombre de hoy imaginar para sus héroes los destinos que a los héroes del pasado nadie les negaba.

Borges menciona dos carencias: la del valor y la de la fe. Estas faltas interesan ahora no en tanto sean propias del héroe —lo que ya fue tratado por Faretta en su Tema del cine y del héroe— sino como condicionantes de la sustancia intelectual de la que dispone el autor moderno para crear sus personajes. Más adelante volveremos sobre esto; antes, subrayemos algo aparentemente sugerido por el título del texto borgeano, Los cuatro ciclos, y que es fundamental para lo que pretendemos tratar: la doctrina de los ciclos cósmicos.

En Trabajos y días, Hesíodo refiere cómo las estirpes humanas fueron creadas por los dioses y cómo se sucedieron unas a otras desde los tiempos de Cronos hasta los nuestros. La raza primera, la de oro, era entrañable a los dioses bienaventurados y vivía como ellos, “con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria”. Una vez desaparecidos, los hombres de la raza dorada fueron convertidos por Zeus en dáimones benignos, protectores de los mortales, a quienes vigilan desde entonces yendo y viniendo envueltos en niebla por todos los rincones de la tierra. A esta primera raza la sucedieron las de plata, bronce y hierro, cada una más imperfecta que su predecesora y más apartada de la estima de los dioses —y de su compañía—, hasta hacerle decir al poeta que hubiera preferido la muerte a nacer, como lo hizo, entre los hombres de la última estirpe[1].

Como es sabido, este mito se repite con más o menos variantes en otras civilizaciones, en otros tiempos y lugares. Borges cita muchos ejemplos, entre ellos el de Hesíodo, a lo largo de su extensa producción literaria —La doctrina de los ciclos, ensayo destinado a demoler a Nietzsche, es tal vez el más completo. Sus enumeraciones tienen siempre la gracia de un estilo inigualable y además son breves, si las comparamos con los inventarios agobiantes de un Frazer, por ejemplo; pero la mirada que el escritor argentino posa en aquellos mundos antiguos es en su esencia la misma mirada del erudito escocés, y creemos que esto es mucho más importante que el estilo literario. Mientras Frazer celebra que la ciencia haya venido a desalojar la cosmovisión supuestamente infantil de nuestros antepasados, Borges lamenta la gracia perdida, pero la siente irrecuperable y en la práctica la reduce al objeto de una especulación infinita, ingeniosa y desesperanzada.

Hay una noción básica que es común a ambos —y al hombre moderno en general—: la de que todo conocimiento premoderno no es operativo, sino que es, en el mejor de los casos, un escaño deficiente en el camino al verdadero conocimiento, es decir el conocimiento científico tal como es entendido hoy en día. Este criterio implica utilizar, para medir a los hombres de aquellas eras pasadas, en que se podía creer que toda empresa era venturosa, la misma vara con que es lícito medir a nuestros minúsculos contemporáneos y a nosotros mismos.

Dicho esto, aún resta aclarar porqué la época de Hesíodo podía permitirse los finales felices y la nuestra no, siendo que él mismo lamenta haber nacido en la edad de hierro, igual que Borges, y por supuesto todos nosotros.

La doctrina de los ciclos cósmicos postula que toda manifestación está sujeta a la decadencia progresiva, desde la unidad del principio hasta la disgregación final, de cuyo caos debe surgir una vez más la combinación de elementos que posibilite el comienzo de un nuevo ciclo. Pero además, cada fase del ciclo está sujeta, en su nivel, a esta misma decadencia gradual. En el comienzo de esta edad nuestra, la postrera, el arte de los hombres aún reflejaba su visión del mundo de acuerdo a los postulados de una Revelación, ese don concedido por los dioses en compensación por haberse retirado al más allá. Al final de la edad, y habiendo los hombres rechazado la Revelación, su arte refleja la visión personal y fragmentaria que cada individuo tiene de un caos al que intenta encontrar un sentido por sus propios medios.

Y ahora podemos volver a las carencias mencionadas por Borges en Los cuatro ciclos: “Somos tan pobres de valor y de fe”. La falta de fe es la pérdida de la revelación, porque toda revelación posibilita una visión ordenada del mundo de acuerdo a una cosmogonía, una cosmología y una escatología propias, y por lo tanto es radicalmente opuesta al pensamiento científico —o habría que decir cientificista— del hombre moderno. El valor perdido, en este contexto, es el necesario para poder asumir la inmensa responsabilidad que supone el saberse parte, y además, parte central, de esa cosmología. Recordemos que cosmos = orden ≠ caos.
Para ilustrar la diferencia de visión entre este hombre y el hombre premoderno, que no es otro que el hombre tradicional, nos valdremos de una escena del film The cardinal, de Otto Preminger (1963):

Una chica aseguraba que su marido enfermo había sido curado por la Virgen. Al ir a la iglesia para agradecer, acompañada por la parentela, se encontró con que la estatua de la Maddona sangraba por el pecho. ¡Milagro! Al día siguiente, el cura y el novio de su hermana descubrieron en el entretecho de la iglesia la explicación del prodigio. Los hechos eran los mismos para ambos: una cañería de vapor oxidada goteaba un agua rojiza y espesa sobre el pecho de la estatua; pero ambos partían de puntos de vista diferentes, y llegaban a diferentes conclusiones.

—Si no les decís la verdad, vas a cometer fraude —dijo el cuñado.

—¿Qué es la verdad? —preguntó a su vez el cura.

—¡Que la cañería gotea!

—Eso es sólo un hecho, como que el sol es el centro del sistema solar. Los hechos son sólo pequeñas partes de una verdad mucho más grande, Benny.

—¿Fe?

—Fe. La gente ve sangre brotando del corazón de una estatua, creen que Dios hizo que sucediera.

—¡Pero no lo hizo!

—Pero sí —replicó el cura—. Dios es la causa primera de todo, hizo que esa cañería gotease.

—A juzgar por la cantidad de óxido, habrá estado trabajando en ese truco por un buen rato.

—Toda la eternidad.

El cuñado reduce toda verdad a la medida de su experiencia empírica, que es fragmentaria y subjetiva —lo mismo que la razón de la que se vale para descifrarla— y que le devuelve siempre una certeza parcial y mejorable, según postula el dogma del progreso; el otro, interpreta el mundo que percibe a través de una revelación: un mundo que no es una verdad en sí mismo sino como símbolo, como reflejo de una realidad superior que es trascendente, inmutable, y que, fundamentalmente, le permite hacerse cargo del privilegio que implica el estado humano visto como puente entre el cielo y la tierra.[2]

Este ejemplo, creemos, termina de aclarar cuál es la diferencia entre una y otra manera de encarar el mundo, pero además plantea el interrogante con el que daremos fin a este breve texto —que por supuesto, no pretende ser más que una introducción a un tema vastísimo—. Si suponemos que tanto Benny como el cura son dos poetas, podríamos asumir sin riesgos que el primero sería el pobre de valor y de fe anunciado por Borges, pero, ¿y el segundo? Ambos son contemporáneos, no sólo pertenecen a la misma edad de hierro sino que nacieron en su fase final; y sin embargo, el segundo sí es capaz de percibir un cosmos. Él, que sí puede creer en el cielo, ¿estaría condenado a la derrota como el otro —y como Borges—, o sería capaz de imaginar una empresa cuyo fin fuera sinceramente venturoso, no una mera engañifa industrial?

La respuesta es afirmativa y ya está en las últimas obras de Shakespeare, en el contemporáneo de Borges, C.S. Lewis, y en tantos otros ejemplos individuales. Pero la respuesta más contundente está en el cine clásico de Hollywood, ese movimiento orquestado a conciencia, en plena modernidad, con el objetivo clarísimo de mantener vivo el contacto con una cosmovisión tradicional, al menos en cuanto era posible en semejantes circunstancias. Los desenlaces de films como The searchers, A place in the sun  o Titanic, por citar sólo una ínfima parte, lo demuestran con largueza a quienes quieran y puedan verlo.

[1] Entre la de bronce y la de hierro, Hesíodo intercala la estirpe de los héroes, que desentona notoriamente con la progresión de la serie. Son muchas las explicaciones ensayadas por los eruditos —de las que conocemos, la más interesante es la que propone Toynbee en algún anexo de su interminable Estudio de la historia—, pero lo que es invariable en todas las tradiciones es lo que importa: el esplendor con que comienza el ciclo y la oscuridad con que termina.

[2] En este caso, la revelación que corresponde a las circunstancias espaciales y temporales de los personajes y del autor es la cristiana, en el caso de Hesíodo era la del mundo correspondiente, pero el propósito era el mismo. Aunque no hace a nuestro tema, no podemos dejar de mencionar al pasar que la revelación no es la única via al Principio, pero sí la única disponible a todos los hombres sean cuales fueren sus capacidades intelectuales.

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