SOBRE “EL MATADERO” / Angel Faretta

Fue escrito hacia 1838-40 por Esteben Echeverría, en Las talas, cerca de Luján, donde se hallaba al parecer oculto de las fuerzas de la mazorca, brazo armado de la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Recién fue publicado en 1871; es decir que el estado de recepción del relato se da en un momento ya francamente apto para recibirlo y ponderarlo; puesto que Rosas es por entonces la negatividad absoluta para la élite liberal que gobierna el país y lo seguirá haciendo por largo tiempo.En rigor se discute su inclusión dentro del estricto marco del género relato. Pues participa también de la sátira, la diatriba política, la crónica de costumbres -real o simulada.Echeverría comienza su texto ironizando sobre la historia en general y los historiadores españoles en particular. Nítido trazo de uno de los blancos polémicos de la primera generación romántico-liberal, cuyo jefe de escuela será indudablemente el propio Echeverría.
Lo español casi de inmediato sumado a lo católico, tanto como parte de ese lastre ideológico que de consuno con la herencia hispánica era para esta mentalidad el origen del atraso argentino, y cuyo epítome es el propio Rosas.
Es época de cuaresma y por lo tanto de ayuno, lo que refuerza la sátira a ciertas costumbres que el ideario liberal del autor da como atrasadas. Solo se permiten entrar al matadero del sur (el actual Parque de los Patricios) los novillos necesarios para los niños y enfermos excluidos del ayuno.Aquí surge la primera metáfora del relato de Echeverría. Una lluvia copiosa y una inundación que cercan a la ciudad toda. Ese vendaval anuncia prologalmente la ordalía final del relato. Digamos mejor que este primer desborde de violencia es un producto de la naturaleza, mientras el salvajismo de los matarifes y de los sicarios federales, tanto con las bestias como con un unitario caído en sus manos y al que vejan, es producto de la historia. Es que con Echeverría aparece en nuestras letras y pensamiento el primer atisbo de historicismo, herramienta política del liberalismo que ve en la historia y solo en la historia lo valioso y racional de la acción humana.El agua que anega la ciudad forma un fango que será otro de los elementos simbólicos fundamentales de relato. Agua, fango, sangre, grasa/vísceras.El agua hace que el suelo del matadero se vuelva barro donde se faenan los cincuenta novillos regalos del Restaurador. Así este fango al que se sumará la sangre y la grasa de las vísceras se vuelve emblema de la barbarie, donde Echeverría funde y confunde ex profeso a los carniceros y achuradores con los propios animales que faenan. Contaminación que será llevada hasta las últimas consecuencias cuando se ceben en el unitario al que han prendido y someten a toda serie de sevicias, hasta que la sangre de su interior estalla a borbotones cuando está a punto de ser sometido a lo que el autor sugiere como una violación.Es esta sangre que estalla por los cuatro costados como el reverso simbólico de la sangre animal y del hombre-animal que se ha desarrollado hasta ahora en el matadero.En cuanto la serie grasa-vísceras-achuras-tripas es la interioridad opuesta a aquella que saldrá a borbotones del interior del unitario apresado por “la chusma”.Echeverría, como se ha dicho, pertenece a la corriente del historicismo liberal, un romanticismo sobre todo acuñado en Francia y que poco o nada tiene que ver con el alemán. Si Victor Hugo y Lamartine son sus númenes poéticos son L’Herminier y Volney sus “faros” filosóficos. Este romanticismo historicista, que será el de toda la generación del ’37, tiene por oriente un continuo, constante avanzar de las luces por sobre la oscuridad; lo que luego se llamará polémicamente “civilización y barbarie”. Está la naturaleza y el hombre que la somete a su escrutinio. Para ello debe diferenciarse, tomar distancia del mundo de la naturaleza. En el matadero la casi igualación de los sicarios rosistas con los animales que matan y destazan, emblematiza la pertenencia de ellos y de su líder al mundo todavía no separado del todo de la naturaleza, de allí esa mezcolanza de barro y sangre en la que parecen casi sumergidos, indiferenciados.El unitario que no monta en pelo sino en “silla inglesa”, indica por este simple expediente que se ha separado mediante la montura –creación humana o del trabajo humano- de lo animal.Finalmente tenemos tres registros estilísticos en “El matadero”. El del narrador y cronista omnisciente, el de la turba del matadero y finalmente el del unitario vejado. El primero y el tercero son similares para graficar la pertenencia ideológica del narrador con su personaje del unitario.Por ejemplo el empleo culterano de “sayones”, primero por el narrador comparando a la chusma que se apresta a vejar al unitario como “los “sayones” al Cristo” y luego en un comentario “Está rugiendo de rabia -articuló el sayón”. Finalmente será el propio unitario quien lo diga: “Infames sayones ¿qué intentan hacer de mí?”La primera frase le servirá para unir la vejación sufrida por el unitario con la pasión de Cristo. “Quedó atado en cruz”. “A ver –dijo el juez- un vaso de agua para que se refresque” “Uno de hiel te haría beber yo infame”.Con ello se tiene también otro rasgo del imaginario de Echeverría puesto que con el historicismo romántico se funda la idea de un Cristo emblema, personaje histórico de la libertad y opuesto -según esta mentalidad- al dogmatismo católico, siendo que aquí se da también la serie español=católico=barbarie.Es, o era canónico –aquí se cambia a cada rato para hacer “algo”- el considerar a “El matadero” como emblema de la temprana avanzada estilística argentina en la narrativa, puesto que el cuento, racconto, récit, short story, eran formas recientes practicadas por los países más desarrollados de Europa y de la Europa transatlántica, como los Estados Unidos. Ello debido también a la demanda de un creciente número de periódicos y revistas semanales que necesitaban un material narrativo breve para llenar sus páginas con algo más que noticias o reclames publicitarios.Podría argumentarse también que esta forma de avanzada era paradójicamente, y como suele suceder, el regreso o ricorso de una forma temprana medieval o pre renacentista como los fabliaux franceses y el Decamerone de Boccaccio.Pero se trata aquí del relato moderno, inaugurado por Hoffmann y llevado a su ya ápice metódico por Poe. Para esas fechas, cierto, era poco practicado fuera de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, algo después en Rusia. Es decir, se trata de un relato urbano, subjetivo, con personajes ya individualizados en su patrón social-histórico. Algo desclasados o aristócratas en decadencia –lo cual es casi lo mismo.Nace en su fase fantástica, se deriva hacia esa forma adventicia que es el relato policial o criminal -como preferimos llamarlo-, y toma tanto el carácter de rememoración o conservación de un pasado bárbaro, que se cree abolido, en Rusia, como en la minuta de vida cotidiana; esa iluminación súbita -que canonizara Chéjov-, y esa epifanía, como la llamará -ya en el siglo siguiente- Joyce, y que practicará con mayor fortuna Katherine Mansfield.Será un género que la Argentina no intentará hasta casi un siglo después; más aún, apenas lo intentará con el relato extenso, la novela, sino que su prosa se desplegará en el ensayo histórico-político, oscilando entre el panfleto y una sociología positivista de nefasto traslado hasta esta territorialidad. O con ese libro inclasificable -novela en verso o épica picaresca- que es el irrepetible “Martín Fierro”.El relato reaparece con cierto desdén de amateur en Wilde y Holmberg, y se tendrá su base argentina definitiva con Lugones, sobre todo Quiroga, y con el siempre postergado Chiappori.El hiato comprendido entre la escritura y la edición de “El matadero” parece ser marca de su propio desarrollo estilístico. Puesto que hay varios hiatos en el relato de Echeverría. No hay personajes individuales puesto que el unitario es una silueta, y los matarifes un coro borroso de sombras semi humanas, carente de las luces que portaría el unitario montado en su “silla inglesa”. Tantas luces llevan a que su figura, a pesar de su destacado como viñeta individual, sea otra silueta; apenas con algo más de relieve que el coro de brutos indiferenciados.Otro hiato es la separación campo-ciudad. El extramuros todavía no lo es aquí, sino humus primigenio no vuelto todavía humanidad. Todo tiene una suerte de reverso anti viquiano que seguramente Echeverría no conocería, salvo como equívoca mención en autores franceses iluministas que lo desfiguraron. Pero sí sabemos que Vico era el autor de cabecera del secretario de Rosas -Pietro de Angelis- del cual era un erudito expositor. Siendo esto una fascinante situación polar. Porque lo primitivo sería aquí informe y oscuro frente a las luces que cabalga el unitario. Aunque tampoco es esa exaltación transatlántica del campo y de lo rural de cierto romanticismo, de Nerval en adelante, y que culminaría en el plein air impresionista. Y que es algo más que dominante en el ethos estilístico italiano con su milenaria exaltación del ager sobre la urbs ya formalizada por Horacio y Virgilio, y que pasando por Leopardi llegará hasta Pavese y Pasolini y una de cuyas ramas o etymon espiritual formará la corriente central de la lírica cantable del tango argentino. Claro está que reemplazando la díada polémica ciudad-campo por la de centro-barrio.Con “El matadero” no tenemos la romantización de lo extra urbano, o campesino, pero tampoco su comprensión mítica en sentido viquiano. Si huye de lo que luego se llamará “popular-folklórico”, lo hace no por avanzada estilística o espiritual, sino para recaer o permanecer en el iluminismo más retrógrado ya por el entonces de su escritura.El tironeo con el lenguaje culto –es decir clásico hispánico- forma otro hiato con el alejamiento polémico de todo lo español, cifrado o sinonimizado en lo atrasado, no liberal y sobre todo católico.Lo católico solo puede ser recuperado como pathos metafórico del padecimiento de todo ser iluminado. Aquí parece adelantarse al “cristo” de ciertas sectas espiritistas y neo espiritualistas haciendo de Cristo un iluminado o meramente el posesor de un aura, o ya contaminado de iluminación en sentido liberal-enciclopédico.El último, pero creo que el hiato más importante estilística y simbólicamente, es su indefinición o temor a lo fantástico. ¿Conocería a Poe? A Hoffmann, seguramente en alguna versión francesa. El estallido de sangre a borbotones, ese reventarse como ciertas fantásticas criaturas fílmicas un siglo y medio después -como en “La furia” in fine-, pareciera trazar otra frontera entre las varias que traza el relato, entre lo más realista o pos realista con lo fantástico stricto sensu.  

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