PASAJEROS / Javier Lodeiro Ocampo

“Nadie sabe lo que ha venido a hacer en este mundo, a quién corresponden sus actos, sentimientos y pensamientos; cuáles son sus más allegados entre todos los hombres, ni cuál es su nombre verdadero, su inmortal Nombre en el registro de la Luz. Emperador o mozo de cordel, nadie conoce su fardo ni su corona.”
Leon Bloy, “El alma de Napoleón”

 Poco antes de la cinco de la tarde nos detuvimos frente al casino, adonde mi mujer y yo debíamos encontrar a unos amigos antes de seguir hacia Plottier. El sol pegaba fuerte y no había un sólo arbolito. Como los amigos no habían llegado aún, bajé del auto y caminé unos metros para matar el tiempo. De pronto, y sin que lo notara, se me acercó una pareja. Él tendría unos veinte años, ella dos o tres menos, y el bebe que traía en brazos, envuelto en una mantita celeste, no tenía más de dos meses.

Él se me acercó y preguntó con una sonrisa para dónde quedaba Zapala. Señalé la ruta hacia el oeste y le dije que unos ciento ochenta kilómetros en esa dirección. Me agradeció, hizo una seña al resto de su familia y partieron.

Un rato después llegaron los amigos que estábamos esperando —eran estudiantes de fotografía, como mi mujer—. Ellos conocían el camino hasta el lugar en donde iban a hacer la práctica, así que salieron primero. Arranqué detrás, pero antes de llegar a la esquina, antes de subir a la ruta, vi a la parejita esperando el cambio del semáforo, “doscientos metros más cerca de Zapala”, pensé.

Decidimos preguntarles si querían venir con nosotros hasta Plottier, que no era mucho, pero les quedaba en el camino.

—¿Los acercamos hasta Plottier? —dije, bajándome del auto.
Se miraron, ella me pareció un poco asustada.

—¿Queda lejos? —dijo él, con la misma sonrisa.

—Son sólo quince kilómetros, pero podemos dejarlos en la terminal de ómnibus.
Cargué en el baúl los tres bolsitos que eran todo su equipaje, y subieron.

Ya en la ruta, mi mujer pidió ver al bebe. La chica corrió el velo.

—¡Ay, pero qué bonito!

Por el espejo, vi la cabecita perfectamente redonda y pelada, los ojos azules, la sonrisa radiante. Pensé que era igual al “Avatar”, ese personaje del dibujo animado que mira mi hija, y que posee de nacimiento, aunque en potencia, los poderes necesarios para salvar al mundo.

—¿Tienen familia en Zapala? —pregunté yo.

La chica miró a su marido de reojo.

—No —dijo él sin dudar—, vamos para Misiones.

—Pero, Misiones queda para el otro lado.

—¿De dónde vienen? —siguió mi esposa.

Él nombró un pueblo de La Pampa.

—¿Van a ver algún amigo?

Él dijo que no. Por el espejo, noté que la chica se incomodaba otra vez. Pensé en cambiar de tema pero mi esposa se me adelantó:

—¿Y por qué viajan?

—Estamos escapando —dijo él—. A mí me quieren matar porque fui testigo de un crimen.

La expresión de su cara no había cambiado. No parecía estúpido —ni mucho menos irónico— sino más bien simple, tan simple que me pregunté si una cara como esa sería capaz de reflejar sentimientos como la duda.

—Me dieron por muerto y hasta me enterraron vivo —siguió él, levantándose la remera para mostrar las cicatrices que no alcancé a ver por el espejo. Mi esposa dijo después que tenía lo que parecían ser varias cuchilladas a lo largo del torso.

—¿Y cuánto hace que están viajando? —preguntó ella.

—Tres días.

—¿Sabés que Misiones es para el otro lado, no? —insistí yo.

—Primero vamos para Mendoza; me dijeron que teníamos que evitar la jurisdicción de Río Negro porque nos podían agarrar.

Yo me tragué los comentarios sobre geografía. Seguí manejando, con la vista entre la ruta y el espejo, pero con la cabeza en otra parte. Había salido de casa pensando que iba a hacer el papel, quizá aburrido, sin duda lateral, de acompañante de un grupo de estudiantes en pleno trabajo de campo, y ahora tenía la impresión de que había entrado a formar parte de la trama de un destino en el que tenía un papel obligado que cumplir.

—En la terminal de Plottier pueden tomarse un colectivo a Zapala —sugerí, lamentando haber salido con veinte miserables pesos en la billetera, como siempre.

—No —dijo él, con amabilidad implacable—, nosotros viajamos a dedo o caminando.

—Pero entre Plottier y Zapala no hay nada, son ciento cincuenta kilómetros de desierto.

—¿En serio? —Pareció pensar unos instantes—. Entonces nos quedaremos un tiempo en Plottier. Haré alguna changa para darle de comer a ella. Pañales tenemos de sobra.
El avatar sonrió, iluminando el espejo hasta dejarme casi ciego.

Llegamos a la terminal de Plottier, que dormitaba desierta bajo las alamedas. Quince kilómetros era tan poco… Si les daba veinte pesos, pensé, me iba a sentir doblemente miserable. No había un cajero en kilómetros a la redonda. Abrí el baúl del auto para que pudieran sacar el equipaje. Entre los bolsitos llevaban una carpa recién comprada, un rollo apenas más grande que un paraguas. Recordé que no muy lejos de ahí había un camping.

—Por esa calle hay un camping —señalé el lado del río, mientras veía a los amigos fotógrafos que se impacientaban en el otro auto, una cuadra más allá.

La chica se entusiasmó, preguntó si el camping era gratis.

—Creo que sí, es de la municipalidad.

Él me dio las gracias sin dejar de sonreír, como siempre, y me dio un fuerte apretón de manos. Iba a despedir con un beso a la chica y al Avatar pero dudé, y en cambio los saludé con un movimiento de la mano, como si estuvieran muy lejos. Me quedé mirándolos mientras se alejaban, no hacia el camping, sino hacia la ruta. Se fueron charlando muy animados, impermeables a la duda.

Casi a regañadientes, mi mujer y yo nos unimos a los amigos y al final terminamos pasando una tarde hermosa junto al río, bajo las garzas que no paraban de trabajar en lo alto, ocupadas en la construcción de sus nidos. Pero no podíamos olvidar a esa familia y a su bebe. Mal acostumbrados, como todos, a la cantidad como medida de todas las cosas, lamentábamos no haber podido o no haber sabido compartir con ellos algo de nuestra abundancia. ¡Todo había pasado tan rápido! Aún no puedo evitar desear haber sido menos torpe, haber sabido ayudarlos de alguna manera más “efectiva”, pero hay algo que sé y es que no actué a escondidas. Es muy probable que lo que me inspire el deseo de haber cumplido un papel más importante en el destino de esos tres, que parecían tan seguros de sí mismos, no sea más que el orgullo. ¿Cómo saber quién soy yo a su lado? ¿Quién me dice que no di lo que era posible a mi estatura, que, en realidad, no conozco? Recordé que un trío como ese, hace muchos años, cruzó otro desierto en circunstancias muy parecidas. Y uno de ellos era nada menos que Dios hecho hombre.

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