CHARLE PÉGUY, LO “POPULAR” Y EL “POPULISMO” / Angel Faretta

Charles Péguy fue un hijo, nieto —y posiblemente descendiente luego de generaciones que llevarían hasta los romanos—, de campesinos. Narra con emoción el trabajo diario de su madre —que era sillera—, la vida en su pueblo natal y la región de la Orleans de donde provenía; los olores y comidas y sus gentes, etc. Por una beca logra ingresar en el Escuela normal, es decir en el centro de la tabula rasa positivista y secularizante, sin más anticatólica en la práctica, instalada en diversos países, sobre todo Francia, para borrar toda huella de tradición (que se leía sin más como cristiana) en las jóvenes mentes -que no en las almas- de los que se inician en la vida.
De igual modo y derivativamente se procedió en la Argentina con Sarmiento y sus maestras normales; en este caso su preferencia fueron las norteamericanas como apelación de origen controlado.
El joven Péguy hizo el cursus honorem completo correspondiente a todo joven normalista. Perdió su fe, coqueteó con el anarquismo y luego con el socialismo mientras se embriagaba con pernod en las aceras parisinas y mientras teorizaba sobre obreros –no campesinos, atención- que había elaborado -como todos sus camaradas- a la distancia de sus libros de texto. Fundó una revista —Cahiers de la Quinzaine— con un grupo de colaboradores que a cada número editado era más reducido, donde intentó que la publicación tuviera todas las características artesanales de impresión, tipografía, papel. Breve: con los citados “Cuadernos”, el joven Péguy comenzó a dar la vuelta a lo artesanal-originario, lo banáusico, sin abandonar por lo demás sus veleidades socialistas. Hasta que por una de esas trampas de lo que otro francés —al que consideraba su maestro— llamaría memoire involontaire, regresó mental, sensible, odoríficamente incluso, hasta sus lares familiares mientras intentaba practicar cierta forma de artesanía en el París de la tercera república.
Ese regreso primero sentimental, luego intelectual, lo llevó a un regreso a lo religioso. Digamos que como tantos siguió rigurosamente el sendero trazado por Kierkegaard con sus tres estadios en el camino de la vida: el estético, el ético y el religioso.
Péguy volvió a sus raíces primero como reacción a lo feo e informe del mundo industrial, burgués-liberal. Luego comprendió que a esa fealdad, visible, palpable, se unía a una atroz falta de ética, la que los socialistas intentaban reducir a simple injusticia “social”, vista ésta a su vez como falta de equidad en la retribución material. Ello lo llevó a su vez a ver que esa sociedad fea, luego no ética, era también anticristiana. Obviamente si se es francés, y sobre todo un francés paysan, el cristianismo no puede ser otra cosa que el catolicismo (1) La vuelta a casa se hizo completa.
A partir de ese momento los Cahiers de la Quinzaine toman un rumbo cristiano y su poesía se vuelca sin más a la catolicidad y a la exaltación de la figura-tipo de la Francia católica: Juana de Arco. Este último lapso terminaría en mil novecientos catorce —a pocos días de iniciada la primera guerra mundial— cuando como voluntario, apenas comenzada la batalla del Marne, Péguy cae en combate en el momento en que alentaba al ataque a las tropas bajo su mando.
La herencia que deja Péguy es algo compleja. Es el creador, digamos, del “socialismo cristiano”, también del nacionalismo católico, y hasta de una conjunción y amalgama de ambos; nudo en parte gordiano que llegara así anudado hasta estas playas.
Péguy exalta al catolicismo porque tiene antes una ética y todavía antes una estética que se opone literalmente al mundo burgués liberal-positivista. Péguy es francés y por lo tanto el cristianismo es el catolicismo de viejo cuño, aquel de su amada Juana de Arco, otra campesina (2). La exaltación del catolicismo como forma estética, ética, y como fe que se opone, necesariamente, al mundo feo, no ético y descreído de la tercera república iluminista y su “moral de taller” —frase que a él se debe— lo lleva, necesariamente también, a una exaltación de Francia. Pero la Francia auténtica. Y si ella es la campesina y no la citadina, aquella refiere a esa Francia interior o secreta (3) que permanece así no sólo por una estética —como la sillería de su madre—, ni por una ética —las enseñanzas orales en relación con su trabajo, también de la madre— sino por la fe de esa mujer de “pueblo” por cuyo trabajo —además Péguy logra entrar en la Escuela normal; via regia hacia la universidad y para ser un sabio— en el sentido de erudito- y corifeo del positivismo.
La suerte está echada y si en estos pasos y razonamientos vemos a la sombra de Descartes —un Descartes recristianizado— diré que sí. Autor al que dedica por otro lado uno de sus Cahiers . Porque Descartes es francés y eso es una forma francesa de razonar. Nacen el “nacionalismo” y el “populismo” casi de consuno. Que lleva por ejemplo a las aporías de exaltar en paralelo al anticatólico Victor-Hugo y al judío —aunque muy cercano al catolicismo— Henri Bergson de quien fuera una suerte de discípulo a la distancia; una práctica que luego se volverá habitual de un modo de vida que oscilará entre el dandismo y la doble vida o vida secreta.
Borges contaba que su maestro Macedonio le dijo una vez —al ver que éste simpatizaba con todos los gobiernos argentinos sucesivos— que “los argentinos no pueden equivocarse”. Tal lo pensado -quizás por primera vez- por Charles Péguy. Francia no se equivoca. Francia tiene un destino. Y entonces  Jean D’Arc y Bonaparte, Descartes y Victor Hugo y contemporáneamente Bergson, no pueden estar errados. Porque son franceses. Y Francia tiene un destino. Pero se trata ahora de conciliar al anticatólico de Hugo y al modernista —y hereje para mucho— de Descartes. Y al agnóstico Bonaparte (4) y a la santa francesa par excellence, aunque trágicamente Péguy no llegará a ver su canonización (5)
De allí el estilo de sus ideas. Abunda el modo gonflé, casi tan par excellence francés como la propia Doncella de Orleáns. Luego el epigrama memorable —“El cristianismo será revolucionario o no será”—. La pesquisa hermenéutica que rastrea los orígenes secretos y los imperativos que mueven a la sociedad liberal-industrial con una agudeza tal que parece adelantarse a los razonamientos de un Carl Schmitt o de una Simone Weil, y continuar los de un Alexis De Tocqueville. Pero también la diatriba que se pierde en confusiones, en ajustes de cuentas particulares, en incisos entre descriptivos y subjetivos.
Ni hablar de su poesía que adelanta todo lo peor de su vergonzante seguidor Paul Claudel, quien por su parte era incapaz de reconocer la deuda con nadie. Con nadie vivo o cercano. Por eso sus alabanzas a Rimbaud, muerto y en la oscuridad; al menos por aquellos años. Alguien seguramente mucho más estrictamente católico que el luego católico oficial Claudel.
Como decimos la poesía de Péguy es pesada, repetitiva, hinchadamente “mística”. Posiblemente lo que alguien surgido o escapado del ateísmo imagina como tal. Usa un lenguaje que cree alto y es tan sólo ingenuo; pero no es la “ingenuidad” —o supuesto de tal— auténtica de sus canciones campesinas y de los villancicos cantados por su madre.
Ahí está el problema. El paso por la Ecole Normal lo ha infatuado de “estilo” y lo ha manchado de literatura. Cuántos regresos que se sucederán con el correr del tiempo, así como sus propias contradicciones, no anuncian este retorno de Péguy a las fuentes de lo “popular”.
Para complicar aún más las cosas Péguy jamás ingresó en la religión católica. Murió al parecer bautizado -claro está- por haberlo hecho su legendaria madre a los pocos días de nacido. Pero en vida no hizo profesión de fe, ni mantuvo buen trato con los medios clericales —lo cual demostraría también lo auténtico y puro de su catolicismo. Al morir comienzan a disputárselo entonces una “derecha” como la de la Action Française fundada por Charles Maurras y luego una “izquierda” como la del catolicismo social, o cosa semejante, que desembocaría en el “personalismo” de Emmanuel Mounier.
Maurras -a quien tanto se le parece Péguy- al igual que éste era cultural, política y estéticamente católico. Pero aquél mantuvo su agnosticismo particular por el resto de su vida. Péguy no, pero su fe católica se tradujo en lo cultural y en lo estético y su cruce en lo político. Fue auténticamente católico en tanto lo católico es lo auténticamente cultural y lo auténticamente político, es decir histórico.

Notas:
1: de ahí, por ejemplo, la diferencia un siglo antes, con la actitud de un Novalis quien ya como alemán protestante—aunque “pietista”— no puede reconocer, en su regreso temprano, lo cristiano como lo católico sin más. Prueba de ello —una vez más— es su escrito póstumo “La cristiandad o Europa” donde llega a las puertas de la con-versión. ¿Y cuál es el móvil, canal o excipiente para ello? La Compañía de Jesús.; aquí “campesino” designa estrictamente un estamento y no una clase social. Bernard Shaw con su habitual liviandad, pretendió en el prólogo de su “Santa Juana” divagar sobre su calidad de propietaria dando por sentado que eso no la hacía una campesina. Otra paradoja —pero esta nada voluntaria ni menos epigramática— del improvisado de Shaw. En la época de Juana —por el contrario— ser campesino o “paysan” era ser precisamente propietario. Así la pastorcita de Domremy es una reducción romántica biedermaier de la figura de Juana. En cuando a lo dicho por B S no es más que otra extrapolación fantasiosa y falsa de toda falsedad de los “fabianos” o socialistas ingleses, de los que contemporáneamente Péguy había huido como de la peste.

3: cosa que luego reaparecerá también, y casi intonsa, entre nosotros.  Por ejemplo en Mallea —quien editará dos libros de Péguy— con su “Argentina visible” y la otra “invisible”.
Pero, fíjese, que paralelamente Marcelo Sánchez Sorondo —militante y fundador de grupos nacionalistas católicos a là Maurras— edita un muy temprano y valioso espigamiento de sus frases más epigramáticas… Entre ellas aquella de “El cristianismo será revolucionario o no será”, que poco después aparecerá en boca de Evita —trocado cristianismo en “peronismo”— y que se hiciera uno de sus díctum más célebres, y el que seguramente le fuera dado conocer a ella mediante el jesuita Hernan Benítez, su confesor y —ahora no caben dudas— mentor.

4: claro está que Bonaparte volvió a la fe de sus mayores en Santa Elena. Es bello recordar que el Papa —a quien aquél tuviera como rehén— cuando éste le pidiera un confesor, le envió a un sacerdote genovés para que pudiera recibir su confesión en ese dialecto, llamado por cierto, “xeneixe”.

5: su canonización llegaría recién ¡en 1920!

2 Repuestas a “CHARLE PÉGUY, LO “POPULAR” Y EL “POPULISMO” / Angel Faretta”

Dejá un comentario