ENCIERROS, INFIERNOS Y MARES TORMENTOSOS / Melina Cherro Notas sobre “La Sirena”, de Margaret Millar

Este texto está dedicado a la memoria de Alicia Carosio, gran lectora de Margaret Millar, excelente escritora, y con quien mantuve unos pocos pero hermosos meses de amistad.
“La muchacha le llamó la atención aún antes de entrar a la oficina. Era un día ventoso y todo estaba en movimiento excepto su rostro. Su abrigo golpeaba contra sus piernas como alas cautivas, y sus largos cabellos parecían querer enredarse. El cartel que colgaba en la puerta: SMEDLER, DOWNS, CASTELBERG, MACFEE, POWELL, ABOGADOS, se bamboleaba como si los socios estuvieran luchando entre sí.”
La muchacha que llama la atención es Cleo, una joven “diferencial” como se hace llamar ella misma o como le enseñaron en la “escuela especial”. Esa forma diferencial, eso que llama la atención en Cleo, es lo propio de una joven que no encaja en las formas normales que se esperan para una chica que pertenece, a lo que podría llamarse, alta burguesía industrial norteamericana. Y lo que llama la atención en este párrafo inicial, es la forma en que Margaret Millar comienza la construcción simbólica de su personaje.

La idea de sirena. Aclaremos que no hay durante la novela ningún personaje mitad pez mitad mujer. Y ya que estamos, recordemos que en el contexto de esta trama policial -que se inscribe en la saga del personaje detective-abogado Tom Aragon- la posibilidad de una sirena sería sin más, una alegoría.
La sirena como personaje mitológico tiene diferentes variantes y versiones desde los relatos griegos hasta los católicos, pero más allá de sus variantes hay una serie de elementos coincidentes: la sirena simboliza una presencia ligada a lo diabólico, a una belleza sensual y seductora pero asexuada –al no poseer genitales femeninos está incapacitada para la concreción del acto sexual y reproductivo- y su canto es fatal para los navegantes. En un comienzo las sirenas tenían cuerpo de pájaro y luego apareció el cuerpo de pez. Volvamos entonces ahora si, al párrafo inicial de la novela.
“Era un día ventoso y todo estaba en movimiento excepto su rostro.” El viento y el movimiento presentan una idea de tempestad, de tormenta que se avecina, nos sitúa así en un clima marítimo –espacio propicio para la aparición de las sirenas. En oposición, el rostro inmóvil de Cleo le da un aire de algo diferencial, casi fantástico.
“Su abrigo golpeaba contra sus piernas como alas cautivas, y sus largos cabellos parecían querer enredarse.” El abrigo como alas o cola y los largos cabellos propios de la imagen de la sirena.
“El cartel que colgaba en la puerta: SMEDLER, DOWNS, CASTELBERG, MACFEE, POWELL, ABOGADOS, se bamboleaba como si los socios estuvieran luchando entre si.” Los infaltables marineros, que encantados por la presencia de la sirena luchan entre sí.
El poder de Millar de simbolizar. Sin nombrar nada de todo esto, en un pequeño párrafo comienza a construir una idea que se irá desarrollando a lo largo de la novela. Aclaremos por las dudas, todos los elementos son parte real de ese mundo, esa oficina de abogados que para aquellos que acompañamos a Tom Aragon -joven abogado que trabaja para estos socios luchadores-, conocemos a la perfección, pero que ahora y gracias a la presencia de esa muchacha se ha transformado en otra cosa.
Y es que convertir a esos socios abogados, que son tan solo nombres en un cartel, en marineros que pelean, es la punta del hilo de una de las ideas centrales de la novela.
Si la idea de sirena está reservada para Cleo, es porque todo en el universo de la novela responde de alguna manera a construir una mirada sobre este mundo en plena movilización total que ha perdido su nexo con lo sagrado, porque ahora lo que rige es la ley del capital.
Es entonces que el castillo se ha convertido en una escuela para niños y jóvenes con “problemas”, los marineros ya no se lanzan a la aventura y a descubrir mares desconocidos porque ahora son abogados que tienen como clientas a “mujeres ricas” (tal como Aragon describe a su jefe Smedler), y el barco propiamente dicho –el Spindrift-, es un lugar de fiestas con drogas y alcohol, marineros que no respetan a su capitán porque es un mujeriego que usa uniforme para seducir a sus amantes, y no porque sepa algo de navegar los mares.
Así entonces, en un mundo despojado de sus funciones sagradas y míticas, Margaret Millar nos invita – con una estructura de “novela policial negra”- a reconstruir esas funciones.
La sirena se construye en Cleo como reflejo de esas mujeres que no encajan en los posibles modelos femeninos que la sociedad nos impone.
Hilton, su hermano mayor y responsable de su crianza, quiere que Cleo sea esa joven virginal que guarde su tesoro para un posible y perfecto marido. Para eso la esposa de Hilton le ha enseñado a Cleo a ir de compras por las mejores tiendas de Santa Felicia –ciudad en la que se ubica el bufete de abogados y las tres novelas que Tom Aragon protagoniza- y los buenos modales que toda chica debe tener. Mientras tanto en la escuela uno de los tutores intenta enseñarle a Cleo esos “derechos civiles” que tiene. Estos derechos son el motivo por el cual Cleo consulta a Tom Aragon y desde allí el enlace hacia la trama detectivesca o policial.
Todo esto, es decir las enseñanzas de la cuñada, las exigencias del hermano, los derechos del tutor y el intento de “normalización” por parte de la directora de la escuela, colisionan en Cleo.
Cleo no encaja, nada de lo que le dicen parece adecuarse a lo que ella quiere ser. ¿Pero que quiere ser Cleo? Ninguna de las mujeres de la novela parece darle una respuesta. Ni Lisa, la joven universitaria que usa pantalones ajustados; ni siquiera la increíble Charity Nelson –secretaria del bufete- que esta vez está preocupada por mantenerse delgada haciendo una dieta que la tiene muerta de hambre, pueden devolverle a Cleo una imagen posible de mujer.
(Decimos esta vez, porque en las otras dos extraordinarias novelas en las que aparecen Tom Aragon, Smedler y Charity: “Pregunta por mí mañana” y “El asesinato de Mrs Shaw”, Charity está pre-ocupada por otras cosas).
La única imagen posible para Cleo es aquélla que descubre al final de la novela –si, vamos a hablar del final- en donde se descubre a sí misma como Sirena. No es ya una Niña como lo anuncia el nombre de la primera parte de la novela. Ni puede ser Mujer –tal es el nombre de la segunda parte-, ya que ese acto sexual “como lo vi en las películas” no se ha concretado, debido a que el muchacho en cuestión –Ted, el sobrino de Cleo que tiene la misma edad- no la ha desflorado y por lo tanto no la ha fecundado como ella lo cree. Tampoco su tutor homosexual es capaz de desposarla e iniciarla sexualmente.
Cleo no puede ser normal. No tendrá un marido, no ejercerá sus derechos. Será Sirena, y volverá al mar, encantando a todos, los aturdirá, trayendo desgracia y muerte, casi sin querer. Recuperando así su función mítica, original y sagrada.
Cleo no encaja, como no encaja Irena, la heroína de Cat People (Jacques Tourneur 1942). Ambas son portadoras de lo sagrado que se vuelve ominoso a los ojos de esa sociedad que quiere forzarlas a entrar casi como eslabones de la cadena de producción. Pero cuando lo sagrado es apartado, escondido, encerrado en instituciones, aparece como monstruoso. Como mujer pantera o como sirena y atraen todo tipo de desgracias.
Así las escuelas que intentan domesticar son verdaderos infiernos: se puede leer la descripción que hace Millar de Holbrook Hall o se puede mirar el comienzo de “La Séptima Víctima” (Mark Robson 1943). Las dos escuelas-infiernos que intentan moldear a jóvenes para que no pierdan ese tren que es la sociedad liberal que avanza a toda velocidad, o, ya que estamos, ese barco de vapor que va a toda máquina en busca del dinero.
Las mujeres en Millar, esas que tiene que encontrar e intentar defender –a veces de sí mismas- el valiente y noble Tom Aragon, son esas mujeres que no encajan; que viven atrapadas en esos infiernos que las han moldeado y preparado para algo que no existe o que en realidad no entienden. Miranda Shaw -la asesinada del título- atraviesa la novela colgada de un pasado imposible. Gilly Lokwood –la protagonista de “Pregunta por mí mañana”- arma un entramado de venganzas que jamás le devolverá eso que ha perdido. Y Cleo. Cleo se convierte en Sirena.
Tom Aragon merecería unas notas aparte, porque él tampoco encaja. Sus clientes casi nunca le pagan o él les cobra apenas un puñado de dólares. Arriesga su vida arrojándose a mares profundos con tal de salvar inocentes, y está felizmente casado con una hermosa médica que cumple una residencia en San Francisco. A pesar de la distancia se aman, fieles el uno al otro, se extrañan y se ayudan. Muchas de las soluciones se las da su esposa por teléfono en un descanso de su guardia médica. Tom puede admirar la belleza o la valentía y hasta inteligencia de otras mujeres, pero siempre le será fiel a Laurie. Definitivamente Tom Aragon no encaja.
Pero volvamos a Cleo. La conversión de Cleo en sirena es finalmente consecuencia de esa sexualidad prohibida e infantilizada*. Ni los métodos anticonceptivos que suponemos usa Lisa, ni ser la esposa y madre, dan una solución. Tampoco el hermano puritano, ni Ted –el joven sobrino que no ha concretado el acto sexual- mujeriego y liberal.
Cleo subida finalmente al Spindrift –el barco- completará su transformación, que solo entenderá al final, frente al espejo de su habitación. Así Millar le devuelve al barco su función mítica: pasada las fiestas y el alcohol, escenario del sacrificio final y como si fuera una tragedia griega, la muerte de Ted corona la transformación de Cleo.
La Sirena es entonces esa imagen de mujer sin sexualidad, pero con el poder de restaurar un orden mítico. Así finalmente se siente Cleo frente al espejo, así se siente frente al mar que la invita a volver.

* “La imposibilidad efectiva de la condición melodramática es debida a la infantilización y puerilización lisa y llana de las relaciones sexuales y su ritualidad aneja con los componentes adventicios de riesgo, prohibición, tabú –sexual o económico- y diferenciación extrema –de edad, raza o posición-. La condición melodramática era posible por la dificultad práctica –hasta domiciliaria- de llevar a cabo la manifestación concreta de esa pasión. Por eso, dicha inconcretud orgánica alimentaba la caldera del melo. Pero al ser esas imposibilidades no superadas -atención- sino neutralizadas artificialmente por los métodos anticonceptivos, y sus pathos inherente diluido por la infantilización de su realización social y cotidiana, lo melodramático apenas puede concebirse in partibu como condimento de otras acciones y representaciones afectivas y sobre todo, recuperarse al ser desplazado a la forma exclusiva del terror y lo fantástico.”
Ángel Faretta, “La pasión manda” (2009, Djaen ediciones)

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