NOTA A UN LADO DEL CAMPO DE JINETEADA / Javier Lodeiro Ocampo

“Las vocaciones están determinadas por la propia naturaleza de uno. El hombre alcanza la perfección a través de la devoción a su trabajo propio. ¿Cómo? Alabando en su trabajo propio a Aquel de quien procede la expresión de todos los seres y por quien es extendido todo este universo”.
Bhagavad Gita III.15-35 y XVIII.18-48.*

 

El domingo en Villa Traful. Mientras hago la cola de turistas en el almacén veo entrar dos pibes con el “uniforme” de los participantes de la jineteada: botas de cuero atadas en la pantorrilla, bombacha, camisa celeste y pañuelo rojo… y la infaltable boina, claro. Se apoyan en el mostrador, sonrientes y silenciosos. Esperan pacientes como monaguillos, pienso, o también: como atemorizados ante la ruidosa concurrencia. De tanto en tanto echan rápidas miradas a la cajera, que tipea números en la calculadora a una velocidad por lo menos dudosa.

Una señora de ciudad que estaba en la cola detrás mío se adelanta y arroja varios billetes sobre el mostrador al grito de “¡te dejo los 165 el cambio está justo!”, y huye protestanto por lo bajo. Los pibes se aplastan contra el mostrador para evitar un accidente. La cajera los ve, les sonríe, le chifla al carnicero que está en el extremo penumbroso del almacén. A los pibes se les ilumina la cara cuando el carnicero los llama. “Cuatro kilos”, les dice y les entrega una bolsa de carne bien colorada.Vuelvo al cámping a buscar a los míos y juntos pasamos toda la tarde en la jineteada. Nunca habíamos visto una. El trabajoso ritual de la preparación de cada caballo no nos cansa y vemos pasar más de sesenta con igual fascinación. Tampoco nos arredra el sol que va tostándonos a fuego lento, ni a nosotros ni a la concurrencia que llena el predio arengada sin descanso por el payador. La fiesta es una fiesta local, casi familiar. No hay pomposos llamados a la resurrección de costumbres muertas o que jamás existieron (salvo la fugaz visita de un grupo de danza venido de la capital de la provincia en misión oficial). Lo que hay es la reunión de un pueblo que se ha vestido de gala para celebrar su forma de vida sin aspavientos tradicionalistas. Hay más hamburgers que choripanes, más heinekens que vino, pero lo importante es que la protagonista de la fiesta es la jineteada, ese manojo de segundos interminables en que el jinete se empuja a sí mismo, a los rebencazos, a ese limes en donde se ven las caras la vida y la muerte. Los ojos de los pibes que esperan su turno para montar, sentados sobre el pasto en un rincón del campo, no reflejan miedo ni orgullo, sólo la misma tranquilidad un poco ingenua que les vi a aquellos dos en el almacén. Es la confianza, pienso al mirarlos, del que está esperando cumplir con su oficio (en el sentido de vocación, no de trabajo rentado). Imagino que es eso lo que tienen en mente y no la posibilidad nada remota de que cualquier mal movimiento sea el último movimiento. Pienso que yo quisiera tener esa misma mirada cuando me llegue el turno de encarar mi muerte.

*Texto abreviado por A.K. Coomaraswamy

 

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