MUJERES QUE SE QUEDAN, MUJERES QUE SE VAN / Melina Cherro

-Este es un salón de baile. No es la vida real.
En la vida real a las mujeres no les gusta que las lleven de un lado al otro.
En un salón de baile esperan que así sea, tienen que ser dirigidas.
De manera, caballeros, que diríjanlas. Ustedes no son máquinas, dirijan.”
(
El Profesor de Baile en “La paredes oyen” Margaret Millar, 1959. El séptimo sello-Emecé Editorial.)
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Una de las tareas que tenemos cuando trabajamos con la obra de un autor, es buscar los ecos, las repeticiones, las simetrías. Elegimos tres o cuatro obras y leemos o miramos intentando descubrir cuál es ése sentido oculto detrás de ese objeto, personaje o palabra que se repite una y otra vez en cada una de estas obras. Y así, si logramos descubrir y recorrer esas repeticiones hay algo más que se nos revela. Es esa mirada secreta del autor, que a través de esas situaciones repetidas nos está diciendo algo.
Por estos días el maestro Faretta nos está deleitando con un enorme trabajo, detallando el uso de los espejos que hacía Douglas Sirk en sus películas. Y así, además de enseñarnos a mirar a Sirk con una nueva y maravillosa perspectiva, nos señala una forma, una manera de pensar y de mirar.
(Se puede leer este trabajo empezando por acá: http://www.angelfaretta.com.ar/escritos32.htm)
Gracias a esta enseñanza de estar siempre atentos, despiertos, casi a ser detectives de la mirada; encontramos en otros autores esas repeticiones, esas simetrías, que entendemos ahora no son casuales.
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Tomemos por ejemplo dos películas de Hawks: “Tener y no tener” y “Río Bravo”. Allí, con un enorme placer podemos descubrir que los diálogos de las parejas protagonista se repiten de película a película.
Se repiten muchas otras cosas, por supuesto, como el personaje que hace el increíble W. Brennan en Tener y no tener y Río Bravo. Pero esa tarea, la de mirar y pensar sobre ese personaje, se la dejo a otro. Aquí me ocupo de los diálogos entre la chica y el muchacho en cada una de las películas. ¿Por qué se repite? ¿Qué es lo que se repite?
Hay algo que empieza en Tener y no tener y que culmina de alguna manera en Río Bravo. Son esos personajes femeninos que buscan dar a la mujer un nuevo lugar. Una tercera forma.
Si durante la revolución industrial la mujer sufrió de esa bilocación que trajo aparejada esas dos figuras: la puta o la esposa, la rubia o la morocha, mujer ángel o mujer demonio, el cine de Hollywood (y también nuestro cine clásico) se ha ocupado de encontrar una respuesta a esta división. Hawks –como muchos otros grandes directores- nos ofrece una solución a este problema.
Las mujeres de estas dos películas (Slim en Tener y no tener, Plumas en Río Bravo) son mujeres que vienen de algo. Hay un pasado que han dejado atrás y al cual –por una razón u otra- no quieren volver. Son mujeres que conocen de la vida, han jugado, han apostado y han –la mayoría de las veces- perdido. No son putas, no. Pero tampoco son esposas. No están dispuestas a ser solamente las que se quedan en casa criando a los hijos. Buscan ser un poco madres, un poco esposas, pero también y sobre todo compañeras. No serán esa mujer que está detrás de un gran hombre. Serán las compañeras, porque son las que entienden que el mundo es fundado por el hombre y la mujer, juntos.
Veamos, por ejemplo, como esta idea toma cuerpo en una repetición. Slim y Harry en “Tener y no tener” se besan por primera vez después de una serie de situaciones y diálogos maravillosos, cigarrillos que se prenden y se apagan, cajitas de fósforos que vuelan de una mano a otra y el famoso “¿Sabés silbar? Solo hay que juntar los labios y soplar”. Sí, después de todo esto, Harry y Slim se besan. Bueno, en realidad ella lo besa y Harry la mira impávido. Pero inmediatamente Harry le corresponde el beso y ahora son los dos. El remate, lo que entendemos y entiende Slim, es que es mejor cuando lo hacen los dos juntos. Así se lo dice también Plumas al Sheriff John T.
Escenas exactas, simétricas, para decirlo correctamente: Plumas toma la iniciativa y lo besa y él se queda como una piedra. Y luego él le corresponde el beso. Y entonces ella le dice “Me alegro que lo intentáramos una segunda vez. Es mejor cuando lo hacen los dos.”
¿Por qué se repiten? ¿Que nos dice Hawks en esa repetición? ¿Es solo porque encontró ese diálogo y le gustó y entonces decidió repetirlo? No. No es sólo eso. Hay una idea ahí, hay algo que Hawks nos está diciendo.
Y es quizá en la evolución del personaje femenino en donde se cifra esa idea. Slim es una versión previa a Plumas. Ambas son mujeres que vienen huyendo, pero que llegan para quedarse. Son mujeres que conocen el mundo, a los hombres y el juego. Pero que no se sienten víctimas de eso. No desean ser rescatadas, desean ser un par. Son mujeres que entienden la función heroica del hombre y son capaces de esperar. Pero también están allí para cuando se las necesite, ya sea para curar una herida mortal o para defender al Sheriff de los bandidos.
Son muy parecidas, si. La diferencia es que lo que Slim descubre a lo largo de la película, Plumas ya lo ha entendido, lo sabe desde el principio, es en un punto autoconciente. Plumas sabe que ahí, en ese beso y en esa frase, está esa otra forma de mujer. Ni la puta, ni la esposa. Es una tercera forma de mujer, que sabe que en ese beso se funda el mundo.
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El cine nos ofrece respuestas a esa bilocación, y la literatura también. Ya hablamos de “La Sirena” de Margaret Millar, y ahora vamos a agregar algo más, gracias a la lectura de “Las paredes oyen”.
Si la respuesta en Hawks son esas mujeres que vienen de algo pero están para quedarse, porque se quedan junto a ese hombre con quién fundan el mundo en un beso; en Millar las mujeres huyen, se van. Se escapan de esas casas gigantes de esa burguesía próspera en dinero pero decadente en espíritu, porque no encuentran allí una respuesta. Las casas, los maridos, los hermanos y cuñadas las encierran. Las quieren modelar para ser objetos del mercado: una buena esposa, que tenga buen gusto para vestir, sepa mantener adecuadamente decorada una casa y decir las palabras correctas al momento de recibir invitados.
Y las mujeres de Millar no encajan. Son mujeres que se escapan en busca de una libertad que parece no llegar. Buscan ser otra forma de mujer, pero esa otra forma aquí no llega. Claro, en Hawks esa tercera forma es posible porque los mundos hawksianos son mundos que nos devuelven a ese estado mítico necesario, en donde las funciones del hombre y la mujer son devueltas y restauradas. En cambio en Millar, las mujeres –Cleo en La sirena y Amy en Las paredes oyen- son las portadoras de esa función mítica que a su alrededor es ignorada, tapada, oculta. Entonces son, claro está, portadoras de desgracia, muerte y tragedia. Porque cuando lo sagrado, lo misterioso es olvidado, se convierte en eso que nadie quiere ver, y trae desgracias para todos.
Aquello que Millar empieza con Amy en “Las paredes oyen” lo culmina con Cleo en “La Sirena”.
Si en Hawks encontramos escenas y diálogos que se repiten en las parejas protagónicas, en Millar son esos personajes femeninos y su entorno que hacen eco entre una obra y otra. Un hermano posesivo, una cuñada que la desprecia, un perro que ayuda en la huida, una muerte desgraciada.
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Será entonces esa, nuestra tarea. Buscar esos ecos, esas repeticiones para tratar de entender aquello que ha sido cifrado. En esas simetrías se encuentran escondidos los secretos de los autores, no dejemos que se nos escapen. Busquémoslos para que se queden, como Slim y como Plumas. Que se quedan porque saben que si es en un baile, pueden dejarse llevar. Pero si es en la vida… en la vida saben que juntos lo hacen mejor.

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