ETICA Y POESIA. POESIA O ETICA / Angel Faretta

Es obvio que uno de los más crueles y permanentes enigmas de la naturaleza humana es saber de una forma u otra que cada una de las personas que conocemos en nuestra vida, aún la más grises, viles y hasta incomprensibles, cumplen alguna función y tienen algún significado. Pero como malos lectores o espectadores hacemos lo posible para hojear la página final, o llegar tarde a la función, adelantándonos así, e inútilmente, a designios que sólo comprenderemos en otro lugar.

Una forma de ese “otro lugar” es la poesía.

Cuando decimos poesía hablamos en el sentido lamentablemente poco o casi nada recuperable en castellano de póiesis, de creación o invención humana dada o acuñada mediante la palabra. Así tal concepto engloba el verso y en sus diferentes modalidades -épico, lírico, trágico-; el diálogo, el discurso público; aquello que llamamos un poco más cercanamente, narrativa y que tiende o se tendió a confundir con literatura in toto.

En ese campo de palabras adquieren o logran adquirir un tanto de espesor esa cantidad de figuras que hasta el día mismo de la escritura no eran para nosotros más que siluetas huecas, o a lo sumo recortadas al ras. Así tal carácter opaco, la mayor parte de las veces apenas definido en cuanto a esa comprensión mental que alcanzamos a rozar en la vida cotidiana o de todos, adquiere al ser desplazado a fuerza de palabras una densidad expresiva y hasta simbólica.

O cuanto mucho los rasgos de su Persona son exagerados con los colores de lo melodramático y lo patético o atenuados con el suave plumín del clisé hasta tornarse esos tipos apenas definidos que pueblan las carpetas y álbumes policiales conocidos como identi-kits.

Más no podemos hacer la mayor parte de las veces. Otras, logramos cuanto mucho acercarnos lateralmente, y ello sólo mediante las maniobras distractivas de endilgar a la silueta o a la máscara opaca hecha de delgadísima materia, un rasgo característico, un tono de voz, el lanzar una moneda al aire repetidamente. Quizás un tic que pueda equipararse a una definición caracterológica más espesa que lleve a lo mítico. Aquí las enfermedades y taras hereditarias toman la voz de mando, cuando no las cicatrices, más cercanas en el tiempo las fobias y manías y siempre una renguera o una alergia son de utilidad expresiva.

Pero siempre son tentativas, aun las más logradas, que dejan al escritor con un sabor amargo o por lo menos agridulce al saber que ha trampeado un poco, aunque el resultado, el cociente de la operación lleve a buen puerto numeral o la tarta amañada con leudantes adquiera su punto de cocción adecuado, él solamente sabe que ha recurrido a trucos y trampas y que el detalle característico, la modulación de voz y el repetido gesto de una mano que hace sonar monedas en el bolsillo, la pipa apagada o puesta en la boca con la cazoleta invertida, todo ello no es más que atrezzo, efecto especial, como se dice en el cine.

Algo agregado y aunque -como decimos- el resultado alcance la meta prevista, los medios empleados, la pasta que se ha utilizado a hurtadillas para unir los pedazos del jarrón Ming o florentino poco antes despedazado, nos rebajan. Aunque cuando lo mostremos sobre la repisa o chimenea su efecto general tendrá un seguro e incontrastable resultado.

Pero nuestra insatisfacción en esos casos nos devuelve a la opacidad o porosidad de la persona real. Lo hemos adobado con tal y con cual especiosa característica. Le atribuimos fobias y le hemos endilgado tics que raramente se asimilaban a los rasgos que conocimos o que a lo sumo recordamos de ellos -porque para escribir sobre ellos, es casi imprescindible un alejarse temporal o perpetuo de su frecuentación.

Pero el dichoso gólem o facsímil resulta un estúpido zombi de barro precario, de arcilla apenas horneada, un garabato que cruje ya entre nuestras irritadas manos.

Careciendo como sabemos de poderes mágicos, no lo intentaremos con todos los restos y larvas errantes a los cuales nuestra inteligencia o nuestro espíritu nos dicen no recurrir. El pacto o tentación fáustica es sólo un endeble deus ex machina, un pretexto banal en la verdadera vida creativa, que en su cariz cada vez más contemporáneo se ha vuelto definitivamente hacia la estéril pared de la nada y la inopia nihilista, para dormir la agonía del sueño de los injustos, o ha dirigido la mirada hacia la diestra luminosa y se orienta hacia un Levante donde el sol se refleja a través de una amplia ventana, cuyos cristales hemos contribuido en algo a pulir.

Sólo nos resta entonces el juego y la oración, el “ora” temporal y castizo de la expresión castellana que es también acción y plegaria. Ora en tanto es plegaria y es ahora. Y en esa actualidad formal o creada ex profeso, ahora que la página en blanco es una pantalla también en blanco o tenuemente coloreada (nos aconsejan), donde vemos al suave presionar de nuestras yemas sobre un teclado muelle, los negros caracteres que parecen dibujarse a pedido y hasta medida de nuestra voluntad. Pero dejaremos la descripción de este nuevo uso de una herramienta para otro momento.

Admitamos -antes de seguir- que hay siluetas, esbozos, personas apenas desarrolladas para alimentar nuestra imaginación que jamás propenderán a convertirse en nuestros caracteres. Hay una opacidad, una tozuda y demoníaca negación a ser y hasta a parecer en muchas de las gentes con quienes tropezamos a lo largo de nuestra vida, y ellas existen y actúan en todos los órdenes como actores segundones o mediocres que se resisten a cambiar de hábitos y de profesión. Y se levantan a cada mañana para colarse en repartos, acechar en salas de ensayo y en pasillos que llevan a los camarines; y que aún como extras, dobles o masa indiferenciada en el trasfondo escénico, no son ficticiamente utilizables.

Algo nubla la visión de conjunto. Un punto, una mancha en el foco de la lente o del teleobjetivo pueden ser transitorias y trasladables metáforas técnicas para la escritura que debe concebirlos y hacerlos vivir en la animación suspendida de las palabras que remiten a descripciones y acciones para las cuales esas sombras no se pliegan siquiera plásticamente.

Pero hay otra tentación u otro ambiguo canto de sirenas que emiten esas criaturas difusas y que sabemos inutilizables en nuestra imaginación que busca recalar en el dique de la fase operativa.

Son los posibles misterios de la imaginación viciosa. El hombre o la mujer, depende de los casos y son ellos muy precisos, que nos parece de movida “interesante”. Un silencio que traducimos de inmediato en parquedad. Un moverse lentamente de un lado al otro del escenario de la vida con pasos de suelas acolchadas, sin risas ni llantos, apenas una leve respiración de invernadero o de incubadora. Los brazos perfectamente adheridos al torso, las articulaciones que no tropiezan con chasquidos ni con huesos que se quejan de artritis y falta de ejercicio. Mirada de gatos o de búhos y siempre imaginados en rincones y recovecos que mentalmente se nos aparecen en el recuerdo como hornacinas y repisas.

¿Es nuevamente un avatar del hombre de la multitud? Es más que posible. Sin embargo es una multitud en forma de abanico, como en esos muestrarios de colores de las pinturerías que se exhiben en los escritorios de las casas de decoración para la elección del empapelado o de las alfombras. Una abigarrada variación de lo que sabemos repetidos rasgos y características.
Pero como las posibilidades combinatorias en lo biológico han poblado las superficies y la epidermis de variaciones sutiles, de migajas diferenciadoras y de erráticas combinaciones de coloratura de iris, pelo y señales, la morfología material nos desvía de la caracterología anímica, y como sucede en todo lo llamado modernidad, la natura naturata se traga o por lo menos oculta a la natura naturans.

Así lo hecho, lo empujado, lo fabricado usurpa el puesto de lo que mueve a.
El escritor como modesto demiurgo o dios casero es algo repetido y que limita ya con el adocenamiento comparativo. Además de eso, un sempiterno aunque ya mohoso romanticismo se cuela de matute en esas analogías mecanizadas. El pobre escritor naturalista e incluso poco antes realista -fichas intercambiables y periodísticas- podía jugar con su cortesana en decadencia y en busca de verdadero amor, su pequeña burguesa de provincias próxima y segura candidata al adulterio o con el joven y sufrido poeta y aventurero que se desbarrancaba en el corazón de la ciudad implacable y filistea.

Pero sabemos que detrás estaba el titiritero ya mecanizado. La estólida divinidad panteísta munida ahora con prometeicos teodolitos y microscopios que se suponían también cartabones de glándulas y de comportamientos y hasta destinos.

Acuñada en ese entonces más que ignorante de la segunda mitad del siglo diecinueve -“el siglo imbécil”- cuando pocas veces como entonces la incuria y la incapacidad imaginativa se aliaron temporal, pero letalmente, con la soberbia de manipuladores de precarios cachivaches que se tomaron como definitivas sondas anímicas, la expresión de pequeño demiurgo y de dios usurpador que actúa a escala en su creación de papel y tinta y palabras, no fue -ahora lo vemos- de las más afortunadas.

Porque cuando ese deus sive natura ya ni siquiera creyó ser necesario como metáfora o repérage, se lo reemplazó por una especie de guardarropía loca de un carnaval permanente y full time accionado por una palanca invisible que todo lo movía a caprichoso arbitrio.

Allí los caracteres, ya de suyo problemáticos, se tornaron en meras locuciones babélicas, en aserciones palimpsésticas y en criptogramas de medianoche aburrida, y las máscaras eran solamente propaladores de barruntos sintácticos.

Pero como ya sabemos (?) el nuevo llamado al orden sucedió casi de inmediato a esa incontrolada logorrea. Se reclamó nuevamente el relato transparente. Que hubiera siquiera una primera historia reconocible. Y esa necesidad primaria llevó a la otra necesidad secundaria y más urgente: la utilización de caracteres.

Claro que l’rappel al ordre llegó casi en paralelo a la última etapa de masificacion indiferenciada. La televisión ya era una pieza mecánica que mediante una ventana suplementaria y artificial caseramente propalaba a toda hora, no sólo precarios personajes de los limbos excéntricos de la ficción, sino también tornaba “persona-lidades” a recién llegados a la representación, que por el sólo hecho de vivir en exhibición directa de sus miserables cuando no infames biografías con escolia explicativa, debían ser de “interés” para cualquiera que los viera casi sin posibilidad de ninguna otra elección.

Y así también el escritor debió buscar como un viejo minero perdido en una veta que cree todavía capaz de producir materia aurífera. Y con una movida y desarticulada zaranda hallar la ansiada pepita caracterológica en medio de tanta pirita -conocida acertadamente como “el oro de los tontos”- y entre tanta escoria de fango y detritus de las capas superpuestas de desechos geológicos y debido a los asentamientos humanos que debían filtrar su zarandeada criba.
¿Cómo elegir entonces entre el clisé tele-trasmitido a diario y ya a cada instante, y el profil perdue de tanto facsímil biológico o de mutación psicológica que no era más que el encubrimiento superficial, el enduído aplastante de la personalidad reciclada y reconstruida mediante el yeso y el albayalde de la caracterología descartable?

Menuda tarea. Pobre demiurgo en bata y pantuflas custodiando de reojo sus rentas bancarias y pecuarias que le permitían, o le permitieron durante un exiguo lapso y recoveco histórico, dedicarse a las tareas suplementarias de Dédalo a tiempo completo y de Ícaro ocasional y provisto de paracaídas.

Si hay algo verdaderamente “sólido” que se diluyó en el aire fue la categoría ya un tanto trasegada –admitamos- de la experiencia. Vuelta autárquica de manera falaz e hiperbórea por la frigidez kantiana, la pobre categoría vuelta entidad autónoma apenas gateó un tiempo y siempre vigilada de cerca por las ayas y amas de cría de la moral práctica.

Además la pobre, disfrazada de hija bastarda de tales auroras boreales, llegó como tránsfuga a las zonas soleadas y mediterráneas donde se la tuvo -¡siempre la novedad!- como a una diosa menor pero digna de cortejo, hasta que su hermana mayor, que se había ya definitivamente afincado en zonas nórdicas, no dejó competidora alguna y se impuso tiránicamente como la única musa asequible al hombre europeo u occidental. Como empezaba a ser llamado un tanto -admitamos también- nebulosamente.

Y así volvimos a rastrear las huellas perdidas del carácter y la persona, de la máscara y del tipo, y nos dimos muchos de nosotros casi de bruces con el inevitable y anejo arquetipo. Y excluido el cine de estas reflexiones (que  para algunos fuera la suplementa necesaria para idear caracteres, pero como he dicho no lo trataremos aquí), el hombre de letras ya era drástica y cuasi inmodificablemente un hombre de palabras. Alguien que más que entregarse a la escritura se entregaba a la charla dispersiva; como a una suerte de potlatch del intelecto que se envanecía en destrabar acciones y situaciones de un purgatorio de universales olvidado. Pero tan sólo para luego despeñarlos hacia el Gehena de la charla chismosa u ocasionalmente relevante.

Ese hombre tuvo que, librado nuevamente al reino de lo espiritual, reconocer los signos de epifanías necesarias e imprescindibles para su tarea siempre igual en un punto, y en otro ya definitivamente autoconsciente.

Claro que ésta -dure temporal o históricamente lo que dure- habrá de ser con seguridad la última oportunidad que lo absoluto-trascendente otorgue  como don y custodia.



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