LA JABONADORA / Melina Cherro RELATO

Se había mudado a la ciudad hacía unas cuantas semanas. Su marido había conseguido un trabajo en una fábrica de zapatos y si bien la paga no era buena, era mejor que la estéril espera en el pueblo.
Instalados provisoriamente —como le había dicho él— en una pensión de Constitución, se pasaba los días sola, mirando por la ventana y canturreando alguna vieja canción. A través de la ventana, veía a la gente pasar, algunos subían y bajaban de los transportes públicos, otros corrían para huir de la incómoda garúa. Hacía semanas que lloviznaba. El cielo se mantenía en un blanco espeso, el vapor de agua estaba en el ambiente como una tormenta contenida, que no se decidía a caer. Y entonces —al mirar el cielo, a través de su ventana— extrañaba los rayos y truenos de su pueblo natal. Esas eran lluvias de verdad. Se casaron grandes, o así lo pensaba ella, y no habían tenido hijos. Lo cierto es que no les tenía paciencia a los chicos. En el pueblo trabajaba sanando heridas, picaduras, indigestiones. Tenía una palangana de aluminio, algunos trapos de algodón y el jabón de pan blanco. Las madres de familias numerosas la buscaban en su casa a cualquier hora del día para que cure una rodilla machucada, una descompostura o algún hijo insolado. Con paciencia buscaba su jabón y sus trapos y con agua tibia y abundante espuma blanca, frotaba la zona a tratar. Odiaba el quejido y las patadas que daban los chicos al ser atendidos. Pero si no duele —decía— quedate tranquilo. Pero las patadas seguían, hasta que el agua tibia enjuagaba la espuma y el berrinche terminaba en un cálido suspiro. Qué paciencia con los chicos —decía la madre agradecida—. Yo no logro nunca que se calmen.
Pero ella sabía que no era paciencia, que era el alivio del dolor el que apaciguaba al paciente. Después tiraba el agua blanca y jabonosa en la rejilla, y se quedaba mirando como escurría lentamente.
Ahora la palangana, el jabón y los trapitos estaban guardados en un cajón. El marido le había dicho que en la ciudad hay farmacias y que nadie quiere ser curado con espuma y agua tibia. A veces, cuando se aburría de mirar por la ventana, calentaba un poco de agua y hacía una leve espuma con el jabón. No quería que se reseque. Odiaba cuando el jabón se agrietaba y se terminaba rompiendo en pequeñas porciones. A sus manos les pasaba algo parecido. Lo único que le aliviaba la sequedad de sus manos, era la blanca espuma que salía del jabón al frotarlo. Para eso —pensaba— no había productos en la farmacia. Solo la espuma de su jabón.
La pensión estaba silenciosa. Las mujeres que habitaban las piezas contiguas eran discretas. Recibían a sus clientes sin hacer mucho espamento, apenas se escuchaba el abrir y cerrar de alguna puerta o una suave conversación que recorría el largo pasillo. En realidad no las conocía. Su marido le había dicho que no salga de su habitación, que no hable con ellas. Se daba cuenta de que el hombre lamentaba no poder alquilar un lugar más decente, pero a ella no le importaba. Era limpio y tenía una buena vista desde su ventana.
Entonces estalló la tormenta, el cielo se puso negro y se iluminó momentáneamente con rayos color violeta. Primero pensó que solamente eran los truenos, pero después entendió que además de la tormenta, algo pasaba en la pieza de al lado. Primero unos golpes, una puerta y después unos gritos. Una escaramuza sucedía a lo largo del pasillo. Las mujeres gritaban algo, de nuevo unos golpes, algo que se caía y se rompía —una maceta, tal vez—, finalmente el silencio.
La lluvia caía en aguaceros, como si nunca antes hubiera llovido. Afuera la gente se refugiaba donde podía, pero ya no importaba ni la lluvia ni la gente. Se había quedado prendida de aquello que había sucedido en el pasillo. Estaba parada frente a la puerta, esperando alguna señal. Algo que le permitiera finalmente establecer un contacto con alguien. No le importaba que sean putas.
La habitación se había quedado a oscuras por la tormenta. Los rayos iluminaban intermitentemente la habitación. Y ella esperaba, segura de algo. Entonces alguien dio dos breves y apurados golpes en la puerta.
Una de ellas, delgada y pálida de susto, sostenía a otra que tenía la cabeza colgando, amoratada y con unas gotas de sangre que caían desde su labio partido, le pareció que lloraba por el dolor y la vergüenza. Sin dudarlo las hizo pasar. Por suerte tenía agua caliente. La palangana se llenó de espuma y con un trapo suave y limpio atendió a la mujer golpeada.
El jabón limpió las heridas y descongestionó la inflamación. Con sus manos firmes masajeó el cuerpo de la mujer: espalda, piernas, manos y brazos. Después del masaje, la pobre suspiró aliviada y se quedó dormida. La otra, miraba sorprendida la situación. No esperaba encontrar tan pronta ayuda del otro lado de la puerta.
Cuando las mujeres se retiraban les recomendó descanso, la delgada le agradeció con una sonrisa y le entregó un billete enrollado. Ella se lo devolvió.
 —Me pagan la próxima vez que me necesiten- dijo.
—Muchas gracias —respondió—, necesitamos seguido este tipo de atenciones.
Las miró alejarse por todo el largo del pasillo. Caminaron despacio hasta la última puerta y allí una tercera mujer —una muy joven— las esperaba.
Como era su costumbre, tiró el agua jabonosa en la rejilla y se quedó mirando como escurría. Pensó que la mujer no lloró ni pataleó y que de verdad la necesitaban, ellas no iban a la farmacia.
La tormenta había pasado y el cielo estaba teñido de ese color rosado del atardecer. Pronto sería de noche y el cielo azul oscuro se iluminaría con las estrellas. Mirando otra vez por la ventana se acordó de las noches estrelladas en su pueblo y por un momento pensó que tal vez,  las noches en la ciudad podían ser igual de lindas.

Cuando llegó el marido vio los trapos y la palangana escurriendo en el lavatorio y la miró como interrogándola.  Conseguí una clienta —le dijo ella con una sonrisa en la cara—, una mujer y sus dos hijas que viven en la pensión de al lado.

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