BUENAVENTURA GOBERNA / Javier Lodeiro Ocampo RELATO

Hacía un tiempo que estaba solo, desde la ida de Casellas y Bisañas. La casa parecía abandonada pero no me importaba demasiado; el negocio de las yeguas había crecido mucho, sin que nadie lo imaginara, y yo me pasaba gran parte de la semana a cielo abierto. Un día fui hasta el final de la línea para recoger el pedido, eran unos veinte animales para tiro, como de costumbre, y me encontré con Bisañas que venía del Oeste. Había estado en el Diciembre y con él venía un señor Buenaventura Goberna. “Lo encontré en el camino, no tiene trabajo y no tiene adónde ir”, me dijo Bisañas. Goberna era cocinero y había perdido su trabajo en La Aguja por diferencias de criterio con el dueño. Habían discutido por la receta de una salsa, me dijo. En verdad no tenía adónde caerse muerto y comprobé que no traía dinero ni para cigarros. Un poco me molestó el egoísmo de Bisañas, que no lo quiso cobijar, y otro poco me cayó bien alguien que tuviera diferencias con el propietario de La Aguja, que nunca me simpatizó. Pero lo cierto es que me dio lástima el pobre Goberna y por eso lo invité a que viniera a mi casa hasta que se ordenara su vida.
Como ya dije, yo pasaba la mayor parte del tiempo afuera y la casa estaba muy descuidada. No quería que termine como las casas de Casellas, al final de la línea, así que le encargué al huésped el mantenimiento de la propiedad. Goberna tenía un rostro grueso y muy particular, parecía un burro. No hablaba mucho, como la mayoría de los de acá, aunque una cierta vez me contó que él también era forastero. A la vuelta del monte solía encontrarlo inmóvil en la tranquera aunque lo partiera el sol, pero si volvía cerca del atardecer no había vez que lo encontrara en las casas, siempre se iba a andar por el camino o a veces me decía que había ido a revisar el esquinero del bosque. A decir verdad no se ocupaba mucho de los alrededores de la casa, puede que fuera porque el verano fue demasiado fuerte ese año, pero tampoco me importaba demasiado. Lo que sí me importaba era la casa. Debo reconocer que al poco tiempo su aspecto empezaba a mejorar. Barría y baldeaba a diario, a poco las habitaciones en orden y aireadas me recordaron otro tiempo. Un día entré en el cuarto de la enredadera y noté que algo había cambiado demasiado, era como si el cuarto fuera otro. Por la ventana pude ver a Goberna que barría el patio delantero, en silencio y sin molestarse en ir por la sombra. Detrás suyo se alcanzaba a ver el camino en el tramo en que pasa frente a la propiedad, acompañado por el cerco de palo que tanto me costó construir. Después el bosque. Ahí me di cuenta de que la ventana estaba vacía, faltaba la enredadera. Goberna no debe haber entendido nada cuando me vio salir descalzo y furioso y con la barba a medio afeitar, y diciéndole a viva voz que nunca más volviera a limpiar la casa. Le dije que se limitara a limpiar de suciedades el galpón y los otros edificios. Esta actitud mía se justificaba porque la enredadera me provocaba el único recuerdo que hubiese querido conservar intacto para siempre, aunque sólo lo supe esa tarde en que Goberna la podó.
Una tarde arribé en lo de Casellas como de costumbre. Se esperaba tiempo muy malo y por eso acordamos que partiría recién al día siguiente por la madrugada, si el tiempo mejoraba o si no llegaba a ponerse difícil. Nunca me gustó la idea de tener que pernoctar en lo de Casellas, como ya dije esa casa era una ruina de descuido y con semejante vendaval temía que la naturaleza la tumbara. Esa noche fue un estruendo continuo, no pude pegar un ojo, pero no llegó a llover. La tormenta sonaba hacia el Oeste, los relámpagos azotaban en la lejanía. Recuerdo que calculé que eso sería cerca de lo de Bisañas o más allá, cerca de La Aguja. Al alba la amenaza ya había desaparecido. Casellas vino a despertarme antes de la salida del sol y me encontró parado junto a la ventana. Me llenó las alforjas para el viaje y me había preparado un “Donsito”, que según dijo era el mejor padrillo que tenía en esos momentos aunque estaba un poco viejo. Arreamos las mulas que eran el encargo de esa oportunidad justo cuando el sol despuntaba. Estaban bastante molestas y nos costó mucho sacarlas de la querencia, recién después de una hora y media de trabajos Casellas dio media vuelta y me quedé solo y puse rumbo al Oeste. Calculé que pasaría cerca de mi casa antes del anochecer pero las mulas estaban más chúcaras de lo que habíamos pensado, y me retrasé unas cuantas horas. Era noche cerrada cuando vi la luz de mi casa a la izquierda. Como iba muy retrasado decidí no detenerme, además descontaba que la ayuda de Goberna me seria molesta ya que no estaba acostumbrado a trabajar con animales. Paré recién a medianoche y la mañana siguiente me encontró sobre el Donsito.
No había calculado mal, la tormenta había pasado por ahí y seguramente había seguido camino en dirección al puesto de Bisañas y aún más allá, hacia La Aguja y el Diciembre, por lo que era de esperar que el terreno empeorase en adelante. Lo que menos quería era que me alcanzara otra vez la noche en ese estado, así que me apuré por campo dudoso. En el abierto de la Garrapata, como llaman al descampado que atraviesa el camino viejo de la línea de Este, por donde yo conducía a las mulas, a mitad de camino entre mi puesto y el de Bisañas, mi montura Donsito sintió el cencerro de las manadas de yeguas cimarronas que pastaban por allí. El caballo era un viejo padrillo, como quedó dicho, y entonces recordando su mocedad empezó a relinchar e inquietar. A más se encabritaba y corcoveaba. Como si no hubiera tenido pocos problemas ahora se me sumaba este. Pero pude dominar al animal hasta que dejamos atrás el descampado de la Garrapata. Sin embargo él andaba sumamente nervioso y malo, tiraba dentelladas para morderme el pie, al bellaco le sobraban las mañas, corcoveaba, relinchaba y aprovechaba todo descuido para morderme o hacerme rodar. Tenía que cuidarme mucho, lo que me daba tanta rabia, que cada intento le sacudía rebencazos por la cabeza, hasta talerazos, con los cuales se aturdía un poco. En esto se aflojó la cincha, frené y me bajé y entonces me tiró un mordisco que me rompió la manga del saco, me puso tan nervioso que le di de garrotazos tantos como pude, él se enfureció y trató de venírseme encima, con la boca bien abierta y las manos en el aire. Me dio mucho miedo, fue la única vez en mi vida que he visto lo bravo que es un cuadrúpedo encolerizado. Fue una gran suerte el que conservara la serenidad, y así en una de sus arremetidas que se me venía encima con las manos y boca abierta, al agachar la cabeza le pude aplicar un talerazo a la frente con tanta fuerza que cayó redondo para siempremás.
Me había quedado de a pie y con el bochinche de la pelea las mulas se me habían escapado todas. No me quedó ni una sola como para montura. En ese momento justo me arrepentí de no haber solicitado la ayuda de Goberna por más inútil que me fuera con las mulas. Me faltaba un buen trecho hasta lo de Bisañas y tendría que atravesar bosque de noche, lo que nunca me gustó. Caminé y el aguacero no se hizo esperar, llovió acompañado de truenos y rayos. Así estuve unas cuantas horas caminando sin saber muy bien hacia dónde, hasta que creí que perdía las fuerzas. Tuve mucho miedo, pues creí que iba a morir, pero un rato más tarde me tropecé con el bueno de Bisañas que venía por mí, extrañado de mi demora. Casi nos chocamos aunque avanzábamos muy despacio en medio de la tormenta.
Del percance salí ileso, pero contraje una fiebre que lentamente fue venciendo mi salud. Regresé a mi casa varios días más tarde. Goberna había obedecido la orden mía de no asear la casa y era todo una mugre. El cocinero estaba viviendo por su parte en la pieza trasera, estaba bastante más flaco y se le notaba en la cara, porque ahora ya no se parecía tanto a un burro y se había dejado un bigote ancho muy parecido al mío. Me pareció además que estaba muy molesto con el desorden que había en la casa así que por congraciarlo le dije que podía barrer y limpiar lo que quisiera. Al día siguiente caí en cama por la aventura de la Garrapata. La temperatura era muy alta y me sentía muy mal, afuera seguía nublado y malo. Me era muy difícil valerme por mí mismo y Goberna parecía más preocupado por lustrar que por atenderme como es debido. Parecía haber olvidado su oficio, porque las comidas eran feas y sin sabor, peores que cuando las preparaba yo mismo. Así tuve que padecer unos días, creyendo que moriría. Una vez alcancé a oír la voz de Bisañas en la tranquera. Preguntaba por mí, y escuché cómo el cocinero Goberna le contestaba que yo no estaba en la casa y que no sabía de mí en días. Esto me enfureció tanto que casi me levanto y lo enfrento, pero estaba muy débil y apenas pude moverme. Goberna me ignoraba por completo, siempre preocupado por ordenar y rejuvenecer todo. Por las tardes el maldito se iba a pasear como siempre y no me decía nada. En esos momentos yo sufría mucho porque no sabía qué sería de mí. Hasta que una tarde decidí que era mejor morir en el camino que morir prisionero en mi propia casa como estaba, ya que empecé a temer que Goberna deseara mi muerte para así quedarse con mi propiedad y mis intereses. Esperé a que él saliera a caminar, me levanté a punto de desmayarme y pude llegar hasta las cuadras, adonde monté mi caballo y escapé al borde de la muerte hacia el final de la línea.
Allí me recibió Casellas y me mantuvo durante algunas semanas mientras me reponía. Tanto me había maltratado Goberna que nunca me pareció más acogedora la casa de mi amigo. De a poco fui recobrando las fuerzas gracias a los baños y a los tés de yuyos que me medicinó Casellas, que sabía bastante de esas cosas. Una tarde sentí que ya me podía levantar y tal vez montar sin muchos problemas, pero Casellas se interpuso diciéndome: “No te curé tan bien para que ahora lo desperdicies todo, necio”. Ahora creo que mi amigo tenía la razón, pero ese día sólo me preocupaba la suerte de mi casa y mis intereses, así que mientras él estaba ocupado en sus negocios yo me escapé a ver qué había sido de Goberna. Antes de llegar, cuando la casa ya se veía de lejos creí ver que algo había cambiado. Algunas paredes estaban blanqueadas. Revisé el frente sin apearme. Por una ventana abierta vi la sombra de Goberna y lo llamé a los gritos. Goberna se hizo esperar algunos minutos, después se asomó a la puerta de entrada y me llenó de espanto. Bajo la puerta de mi propia casa renovada, descalzo, con los pantalones de lona que me había arreglado Mercedes en la otra vida recién lavados, y arremangados hasta las rodillas; con una remera blanca como el sol, bigote ancho y pelo recién rapado, APARECI YO, mirándome a mí mismo sin sorpresa y preguntándome: “¿Qué se te ofrece?”. Soy un hombre apuesto y más lo era en aquellos tiempos, pero ahí abajo del marco de la puerta entreabierta aún conservaba un leve recuerdo de la cara de un burro. Tardé varios minutos en salir de mi asombro, pero cuando al fin salí del todo dije desde mi caballo: “¡Buenaventura Goberna o lo que seas te ordeno que salgas de mi propiedad en el acto!”. El me contestó que me fuera o me sacaba a las trompadas. Y como yo aún no me recuperaba de mi enfermedad del todo y todavía estaba débil di media vuelta y me fui al galope muy dolorido y humillado.
Cuando llegué en lo de Casellas me sentía muy débil en verdad. Tuve que permanecer otros dos días en reposo, pero a Casellas no le conté nada del incidente con Goberna. Cuando ya estuve bien me fui para mi casa, pensando en sacar de allí al desagradecido que me la había quitado. Sin embargo no pude hacerlo, Goberna ya no estaba por ningún lado.
La casa estaba vacía. Cuando la vi de lejos se me sobresaltó el corazón de miedo y de alegría a la vez. Apuré al caballo y me detuve bajo la tranquera. El sol se reflejaba en las paredes blanqueadas a nuevo y parecía que entraba con uno cuando abría la puerta. Encontré dos mesitas sumamente lindas que habíamos confinado al galpón por destartaladas hacía tiempo, tanto que ya las había olvidado, y que estaban ahí, adonde habían estado siempre como si fueran nuevas. La mesa grande de la sala inundaba toda la habitación con su olor a cera que era un placer olvidado, y los ventanales del fondo habían recuperado las cortinas de juncos secos, que solían cubrimos las caras de rayas de sol y sombra. Todo estaba cambiado, o mejor dicho todo estaba como era en realidad, y como nunca tuvo que dejar de ser. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Me asomé al patio trasero y vi a lo lejos la huerta renacida, hinchada de plantas. Después caminé hasta nuestro cuarto, y casi con miedo abrí la puerta. La cama de bronce que yo había arrumbado en el galpón hacía tanto tiempo estaba otra vez en su sitio de siempre, pulida y sin una mancha. En la ventana alcancé a ver los brotes más altos de la enredadera que empezaba a verdecer. Pronto su olor llenaría el cuarto.
Una vez remonté la línea hasta La Aguja, pero allí no sabían nada de Buenaventura Goberna. Bisañas tampoco lo había visto nuncamás.
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Este cuento fue escrito a partir de un extraño episodio que encontré anotado en el diario de mi bisabuelo, Juan Bros. Ya no tengo el diario y no recuerdo la fecha de la entrada, pero sí que fue algo que le ocurrió en su juventud, cuando era casi un pibe, un aventurero recién llegado a América. La escena del caballo rebelde la transcribí tal cual estaba en el diario.

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