LEYENDO A SAINT-SIMON / Angel Faretta DE MI DIARIO

 Hay algo que me desconcertaba hasta ahora con la lectura de sus Memorias; este mediodía creo que di con ello. Escribe muy bien, describe muy bien, es un gran observador en sentido general, lato. Es psicólogo en el sentido superficial, llano, a que pueden llegar los franceses, es decir mediante tipos o caracteres. Pero una vez que la tipología está trazada perfectamente allí empiezan a notarse sus limitaciones.
La tipología impide pensar con profundidad o, como dirá contemporáneamente otro francés —Braudel— a largo alcance. En el caso supuesto, además, que este historiador lo haya logrado; cosa que también está por verse. Por ejemplo, el retrato de Madame de Maintenon es literariamente brillante, agudo, lleno de matices, sintácticamente malévolo, de mala uva que dice su traductora española —la palabrera Consuelo Bergés. Pero una vez que el portraito más bien el sketchestá trazado el Duque se arroja como tabla de salvavidas a las vaguedades moralizantes. O a las ensoñaciones neoclásicas de tinte estoico, “romano”, cosa que los franceses apenas comprendieron retóricamente.
Esto le pasa también al Duque memorialista: es un prisionero de la retórica, de la ya inflada tendencia gala al grandeurque no es más que gonfleur, pura hinchazón extendida al vuelapluma.
Si queremos saber, por ejemplo, si la Maintenon fue a pesar de sus aparentes caprichos, beneficiosa o no, para no digamos Francia sino para la Europa católica, el archivista no lo dice. Se refugia en nubes plúmbeas de nueva retórica de un Tácito con peluca empolvada. Tal vez sea la demostración más extrema del dictum de Maquiavelo sobre los franceses: no saben nada de política.
Es como si el Duque dispusiera en su escritorio y en su memoria el tapiz, la tela o la página en blanco; afila sus lápices que de tan puntiagudos parecen quebrarse al mero contacto con la superficie a trazar. Lleva su mente hacia la cajita del secretairecorrespondiente a la forma retórica que necesita tal párrafo. Piensa la cláusula, busca la repetición sonora y acompasada; bref: organiza todo de manera materialmente perfecta.
Pero cuando el esbozo queda terminado es sólo una recurrente nuance, una impresión, un matiz, y la persona carece de espesor; está al ras. Burbujea un tiempo como el champagne y de la misma forma se desvanece dejando al resto del contenido de la copa con un acre sabor impreciso, acorchado, pasado.
Así piensan muchos, la mayor parte de los franceses. Como el champagne: a estímulos burbujeantes pero que duran, similarmente, lo que una miríada de burbujas. Si no se lo bebe, sino se lo traga rápido, se torna intomable. La temperatura ambiente le hace espantosamente mal. En cuanto pierde su punto justo de refrigeración se desvanece frente a la realidad de los vinos fuertes y persistentes.
Y también, como el champagne, el exceso de tal ingestión tiene una terrible consecuencia al otro día. Una amarga resaca que deprime —como toda exaltación efímera— producto del rizar rococó de lo versallescamente retorcido.

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