EL OPA / Javier Lodeiro Ocampo RELATO

Cuando murió mi esposa, naufragué. No, fue peor que eso. Si un barco naufraga muere en su elemento, yo quedé tirado en la playa y lejos del agua, como esos pesqueros vetustos que vi en San Antonio años atrás, olvidados, inútiles pero no muertos. Esa al menos era mi impresión; mis amigos, por suerte, pensaban otra cosa. Me internaron en “el Instituto”, una casa que no era del todo un hotel ni del todo un hospital, y al cabo de un año me dieron por recuperado. La verdad es que salí de ahí fortalecido, dispuesto a empezar una vida nueva. El doctor Agüero, director del Instituto, quedó convencido de la eficacia de sus pastillas. Tenía tanta fe en esas pastillas como un cura en la hostia, pero yo sabía que el verdadero motivo de mi recuperación había sido otro, lo había encontrado en la biblioteca del establecimiento —de habérselo confesado, Agüero probablemente me hubiera encerrado para siempre.

Lo que había hallado en los magros estantes de la biblioteca eran dos obras, a las que me sentí profundamente ligado y que se convirtieron en mi tabla salvadora. Una era las memorias del General Uriarte, en donde encontré, en una página abierta al azar, cierta mención a mi bisabuelo, héroe casi anónimo de las luchas por la consolidación de nuestra nacionalidad. La otra era un tomo de las Vidas Paralelas de Plutarco —el que contiene las vidas de los dos Catones, el viejo y el joven—. En el libro de Plutarco me pareció ver reflejadas, como en un espejo, la vida de mi bisabuelo heroico y la mía. Mi bisabuelo, héroe de la patria, era un reflejo de Catón el viejo; y yo, si me lo proponía, bien podía recoger su legado, como Catón el joven había hecho con el legado de su antecesor. El descubrimiento me hizo ver una luz al final del túnel. Como para tener entre manos un símbolo que me recordara este propósito, mandé a que trajeran de casa el bastón con puño de plata que había pertenecido a mi bisabuelo, y desde entonces lo llevé día y noche por los pasillos y los jardines del Instituto.

La mañana que me dieron el alta me pasó a buscar mi gran amigo Domingo.

—Te ves como nuevo —saludó Domingo al verme en la escalinata—. Salvo por eso —señaló el bastón—. ¿La depresión te dejó rengo?

—Viniste sin chofer —le respondí.

—Auto nuevo, a este me doy el gusto de manejarlo yo.

El flamante vehículo de mi amigo impresionaba por su tamaño y su brillo. Hicimos el trayecto de Tigre a San Isidro en silencio.

—¿Me vas a decir para qué querés ir directo a Constitución? —preguntó al fin Domingo—. Todavía estamos a tiempo de desviarnos para tu casa. Hace un año que no la ves.

—Me voy un tiempo al sur. La tía Adela me recomendó a un amigo suyo.

—Eso ya lo sé, pero ¿para qué? ¿Un año de vacaciones no te alcanzó?

Domingo me miró de reojo sin disminuir la velocidad, su mirada parecía reflejar desilusión o lástima.

—Perdón —murmuró—, me olvidaba que ahora sos un viudo.

—¡Bah! Ya sé que no lo olvidaste, conmigo no hace falta que te hagás el diplomático.

Reímos.

—¿Y entonces? —insistió Domingo.

—¿Te acordás de mi bisabuelo?

—El unitario.

—Era liberal, no unitario, pero olvidate de eso. Me interesa que se jugó la vida por una causa.

—¿Y qué cazzo tiene que ver eso con tu viaje al sur?

—¿No entendés?  Yo también necesito una causa.

—¿Te vas a meter en política? No jorobés, hermano. Mirá que estos no son tiempos y ya no sos un pibe.

—En política no. Para resumir: mi bisabuelo trabajó por la causa de la civilización, por mejorar la vida de sus congéneres —el bueno de Domingo volvió a mirarme y supe que no entendía, jamás iba a entender—. Yo sólo pienso tomar su ejemplo y ayudar en lo que pueda.

—¿Y no podés ayudar desde tu casa, o desde mi piso en el centro? Te podés quedar ahí el tiempo que quieras.

No insistí. El año de internación en el Instituto había abierto algo así como una distancia, una fosa invisible entre las personas “de afuera” y yo. Según el doctor Agüero, esa brecha no era más que un efecto transitorio de las pastillas.

Llegamos a Constitución. El andén estaba abarrotado de gente; era un bullicio, lo que sirvió de excusa para evitar largas conversaciones hasta que llegó el momento de partir. Cuando finalmente sonó el silbato del tren, abordé con una mezcla de alivio y de culpa. Domingo se despidió con la mano en alto:

—Si te arrepentís de hacer el Quijote en el sur, llamame sin importar la hora. Acá te voy a estar esperando con una botella de champagne.

El tren era el nuevo expreso que hacía el trayecto a Bahía Blanca sin escalas, era soberbio. Nobleza obliga, un verdadero logro peronista imposible de negar. Como los primeros vagones estaban casi llenos, temí que el tren estuviese atestado de una punta a la otra. Por suerte, la mitad más lejana de la formación estaba casi desierta y tras mucho caminar encontré un vagón vacío.

Acodado en la ventanilla, vi pasar las fábricas, las casas, luego las quintas y por fin el campo. El paisaje parecía retroceder hasta los tiempos fundacionales de mi bisabuelo. “¡Ah, el campo!”, me admiré en voz baja, aunque un poco turbado por la presencia excesiva del horizonte. Recordé que una vez que bajase del tren me encontraría por primera vez a pie en esas soledades, lejos del tránsito, las multitudes y todas esas cosas que me había acostumbrado a ver con una mirada crítica, pero que ahora, de pronto, me inquietaba dejar atrás. Me dejé llevar por el ritmo hipnótico de las ruedas del tren, cerré los ojos hasta quedar dormido. Cuando desperté, el sol ya estaba bajando.

—Los pájaros no están ahí porque quedan lindos, no son un ornamento.

La voz estridente, escuchada en el aturdimiento de la siesta interrumpida, me hizo creer por unos instantes que aún estaba en la biblioteca del Instituto, soñando, mientras el radioteatro que los demás internos escuchaban cada tarde en el salón contiguo sonaba a todo volumen.

—Los pájaros fueron pintados en ese lugar del cuadro porque simbolizan el desplazamiento a voluntad entre los mundos —siguió la voz—. Movimiento instantáneo, ¿entendés? Los pájaros simbolizan al ángel.

Dos hombres, sentados en el otro extremo del vagón, parecían inclinarse sobre un libro. Habían abierto la ventanilla, y junto con el aire húmedo y caliente el coche se había llenado de panaderos.

—Pero recién, usted acaba de decir que los ángeles son incorpóreos —protestó el otro hombre, que parecía más joven.

—Y así es, por eso pueden estar prácticamente al mismo tiempo en dos lugares distintos. ¿No te parece que un ser tan veloz, liviano y sutil como un pájaro, es un buen símbolo si tenés que representar algo que de otra manera sería imposible de percibir con nuestros sentidos?

Noté que el mayor, cuya voz había arruinado mi siesta, tenía puesta una sotana, lo que aumentó mi enojo.

—Ahí veo otra contradicción —insistió el más joven—. Si nuestros sentidos no pueden percibir al ángel, ¿cómo pudo alguien alguna vez llegar a convencerse de que el supuesto ángel era algo más que su imaginación?

—La naturaleza humana es mudable —respondió el cura—. El hecho de que la mayoría de la gente tenga hoy día embotadas sus capacidades sensoriales más sutiles, es decir, más importantes, no significa que estén desaparecidas. Sólo hace falta práctica para redescubrir que las tenemos.

El joven volvió a inclinarse sobre el libro. Me pareció que quería seguir la discusión y no sabía cómo. “Dale, no te rindás”, lo arengué con el pensamiento, “dos preguntas más y el chanta del cura se queda sin explicaciones”. Pero el joven no me hizo caso. Levantó la vista, miró los fugaces pastizales tras la ventana y al cabo de un rato habló, sin mirar al otro:

—Si es así, me pregunto si los ángeles serán las únicas… ¿cómo llamarlas, criaturas? que nuestros sentidos ya no saben percibir.

—Claro que no. Hay toda una jerarquía.

En ese momento apareció un mozo y anunció que el coche comedor estaba abierto. Yo decliné la invitación con un movimiento de la cabeza, los otros dos pasajeros lo siguieron, sonrientes.

Llegamos a Bahía Blanca ya de noche. La banda de los bomberos rugía junto al andén; el locutor oficial, que nos sermoneaba incansable desde el palco, se desgañitaba para acaparar la atención de la numerosa concurrencia. Había pasado un mes desde la inauguración del expreso pero los festejos no cesaban, como si las autoridades, temerosas, dudasen de la memoria del pueblo.  Pero a pesar de lo estridente la escena me agradó. Había llovido y todo alrededor brillaba a la luz de las innumerables lamparitas como si fuese nuevo. Esquivé a la multitud, con mi valijita al hombro crucé la calle. Aunque Bahía Blanca era una ciudad moderna, aún podía sentirse la presencia del campo alrededor. Por un momento, ansié que alguna fuerza externa suspendiera mi aventura y la dejase varada indefinidamente en la mesa de alguno de los bares que avanzaban sobre la vereda, pero ya de lejos vi la chata en la otra esquina. Un hombrecito agitó la boina en dirección a mí.

—¿Usted me tiene que llevar a Esperanza? —le pregunté al llegar hasta él.

—Así es, me mandó Don Fernando.

El hombre se llamaba Donofrio. Me quitó la valija y la puso en la caja de la chata, entre dos enormes dogos que dormían desparramados. Arrancó e hicimos unas cuantas cuadras de asfalto a una velocidad demencial. Antes de que pudiera protestar, ya íbamos a los saltos por una ruta de tierra que cortaba la llanura. No había luna.

—¿No será peligroso ir tan rápido, Donofrio? —grité, para ser escuchado por sobre el ruido del motor.

—¿Quiere que aminore?

—Si no le molesta.

—Vamos a tardar toda la noche, patrón —aclaró él, mientras levantaba el pie del acelerador.

—No hay problema. Y no me diga patrón, por favor. ¿Usted sabe porqué quiero ir a Esperanza?

—Dice Don Fernando que quiere fundar una escuela.

—¿Y usted qué opina?

Me miró de reojo, luego miró el bastón de mi bisabuelo.

—Como usted diga —fue su inesperada respuesta.

Luego de todos los esfuerzos inútiles que hice para reanudar una conversación, y a pesar de los saltos, me quedé dormido. Desperté cuando salía el sol. La pampa verde que había visto desde el tren había desaparecido; en su lugar, un baldío pedregoso y gris, erizado de espinos, se extendía hasta el horizonte. Donofrio seguía manejando con los ojos bien abiertos.

—Ya casi llegamos —anunció—. ¿Ve aquél bulto allá adelante? Eso es Esperanza.

Apenas si le presté atención, la monotonía del paisaje había sido interrumpida por un abismo que se abrió a la derecha del camino. Me quedé absorto ante el tamaño de eso que parecía un gigantesco y profundo anfiteatro desértico; uno tras otro, los escalones de roca descendían hasta un fondo infértil y polvoriento que distaba por lo menos medio kilómetro de la superficie de la llanura. Una cuadra más atrás hubiera sido imposible adivinar que allí se encontraba semejante paisaje.

—El infierno del Dante —pensé en voz alta.

Me pareció ver una nubecita oscura que brotaba en el otro extremo del valle, en el horizonte.

—¿Qué es ese humo? —pregunté.

—Es el tren de la calera —dijo Donofrio sin mirar—. Sale para Bahía Blanca todos los días.

—¿Y por qué no vinimos en ese tren?

—Lo mismo le dije al patrón ayer, pero es un tren de carga y Don Fernando cree que no es para que ande gente decente. Tiene razón.

Esperanza resultó infinitamente más miserable de lo imaginado. El pueblo tenía una sola calle de tierra blanca, ancha como la avenida Alvear. Conté una veintena de casas bajas, la mayoría a medio terminar. Donofrio saludó con la bocina, alguien le gritó algo que no entendí. Los perros en la caja ladraron.

—Voy a parar un ratito nomás en el mercado y seguimos —anunció Donofrio, poco antes de alcanzar el otro extremo del pueblo.

—Pensé que habíamos llegado.

—Hasta la estancia de Don Fernando falta un trecho.

Donofrio se alejó arrastrando las alpargatas. Pensé que visto así, en su entorno natural, tenía un aspecto de campo que no había notado antes. Me bajé a estirar las piernas. Los dogos babeaban con la lengua afuera y movían las colas. Me pareció que estaban contentos y que esperaban la orden de saltar, así que rápidamente me hice el desentendido y caminé hacia una arboleda que se levantaba a pocos pasos, lo único verde a la vista. Me alegró comprobar que a su sombra corría un hilo de agua. Desde ahí observé el pueblo, imaginé cómo quedaría mi escuela en él. Lotes había de sobra. Imaginé los chicos, ahora ausentes, dándole vida a ese lugar triste con sus guardapolvos blancos y sus voces cristalinas. Con el tiempo y transformados por la educación, esos mismos niños terminarían las casas a medio acabar, plantarían árboles, harían las veredas. De entre ellos saldría un líder que lucharía por sus derechos, los representaría ante los poderes de la provincia, conseguiría los capitales indispensables para el progreso. ¡Todo estaba por hacerse! Se me llenó el corazón de entusiasmo, se me ocurrió que en verdad el tren me había hecho retroceder en el tiempo hasta los días de mi bisabuelo. Pensé en sacar el cuaderno de apuntes que traía en mi equipaje para anotar esta idea, cuando algo como un súbito quebrarse de ramas a mis espaldas me despabiló. Giré sobre los talones y lo vi por primera vez. Ahí estaba, el opa, agazapado entre los cardos del otro lado del arroyo. Mi reacción instantánea fue de rechazo, es preciso confesarlo. Antes que ninguna otra cosa sentí repulsa por el aspecto animaloide de su cara. Sólo unos instantes más tarde, después de haber identificado al objeto de sus miradas —que era una viejecita que hacía las compras en una verdulería del otro lado del bosque— sentí pena por él y vergüenza por mí. Deduje que la vieja era su abuela, y que él, vaya uno a saber por qué, no se animaba a acercarse. Una angustia creciente se adivinaba en sus ojos, una especie de desesperación tan poderosa que hizo a un lado la repulsa inicial y me cautivó.

Me golpeó como algo físico el recuerdo de tantas tardes de angustia vividas en el Instituto. Sólo el que ha padecido un desorden psíquico puede saber lo que es el miedo en estado puro, el terror que no se puede ignorar ni olvidar, que no tiene origen en nada definido aunque lo llena todo. Ahora puedo pensar en esas cosas a salvo pero en ese entonces la impresión fue tan profunda que creí que sufriría una recaída. Lo que me distrajo fueron los perros. Como dos flechas, los dogos saltaron de la caja, pasaron ladrando junto a mí y cayeron sobre el opa. Fue ver la escena y despertar, me lancé sobre ellos con el bastón en alto. Ni por un segundo pensé que esos animales, acostumbrados al jabalí, perfectamente podrían haberme despachado junto con el pobre demente sin ningún esfuerzo adicional. Pegué y pegué y seguí pegando, con furia justiciera, hasta que pude distinguir una voz entre los ladridos y el remolino en que se había convertido la pelea se detuvo. Era Donofrio. En tres saltos los perros ya estaban en la caja de la chata otra vez.

—¿Está bien, patrón? —repetía Donofrio, tosiendo en la polvareda.

Mi bastón y parte del saco estaban llenos de sangre, tanteé mis brazos.

—La sangre es de los perros —balbuceé.

—¡Fue mi culpa! —se lamentó Donofrio—, no debí dejarlo a solas con los dogos.

—Le digo que no me pasó nada, fue sólo el susto.

Busqué a mi alrededor con la mirada y no vi al opa por ninguna parte, la verdulería estaba vacía.

—Tengo un botiquín en la chata —dijo Donofrio—, déjeme que le limpie el saco, por favor.

Me pareció que el pobre hombre, más que por mí, estaba preocupado por lo que tuviera que decir Don Fernando si me veía llegar a su casa en ese estado. Lo dejé hacer y partimos.

—¿Donofrio, usted no alcanzó a ver si los dogos lo lastimaron?

—¿De quién habla?

—Del chico discapacitado, claro.

Donofrio me hechó una mirada que reflejaba asombro y contrariedad a la vez.

—¿Lo vio? —insistí.

—No vi nada.

—Es verdad, con la polvareda que se levantó —pensé en voz alta—, y además usted llegó tarde.

—Perdonemé, patrón. No volverá a pasar.

Cruzamos el arroyo por un puente de madera y tras una curva, del otro lado de la arboleda, los perros comenzaron a ladrar otra vez. Pensé que habían descubierto al opa. Su desaparición en verdad había sido tan repentina que me tenía perplejo, pero lo que había alborotado a los dogos esta vez resultó ser una banda de chicos que surgió corriendo entre los matorrales. Donofrio alcanzó a frenar a tiempo y la pandilla cruzó a la carrera frente a la chata. Eran unos diez críos descalzos y semidesnudos, mugrientos y desgreñados; la mayoría reboleaba sobre sus cabezas unas cañas largas como lanzas. Donofrio se asomó por la ventana y los cubrió de insultos mientras ellos seguían su camino indiferentes, entre gritos y risas.

—¿Son los chicos del pueblo? —pregunté.

—Sí, cualquier día de estos alguien se los va a llevar por delante.

—¿Siempre andan así, por el monte?

—Como si fueran indios.

—Ya va a cambiar la cosa cuando tengan una escuela.

Donofrio puso primera y arrancó. No mucho más adelante tomamos un camino sombreado por los eucaliptus que terminó en una rotonda frente al garage y el galpón. El casco de la estancia resultó ser la acostumbrada casona parda de ventanas y puertas altísimas que se descascaraba al sol. La precedía un gran jardín en ruinas, lo que me recordó que, como yo, Don Fernando era viudo. Esa desidia doméstica me agradó en el acto, la tomé como un signo de que mi anfitrión y yo nos entenderíamos de entrada. Sin embargo, Don Fernando no apareció hasta la noche, y cuando lo hizo, se mostró más bien distante. Cenamos en completo silencio.

—¿Le puedo hablar con franqueza? —me preguntó Don Fernando cuando la cocinera se llevó los platos.

—Por favor.

—Usted no parece un magnate.

Aunque el whisky no me gusta, tomé un sorbo del vaso que me alcanzó mi anfitrión antes de responder:

—No soy ningún magnate, la que tiene una fortuna es mi tía Adela.

—Pero el que va a darse el lujo de fundar una escuela en el fin del mundo, es usted.

—Quiero hacer un bien a gente que lo necesita. La educación…

—¿Y los fondos?  Adela me aclaró que este no era asunto de ella.

No pude ocultar que me desagradaba tanta franqueza.

—Dijo que podía ser franco —me recordó Don Fernando, revolviendo los hielos de su vaso.

—Tengo una profesión que ya no ejerzo —expliqué—, y llego a fin de mes con lo justo gracias al alquiler de dos locales comerciales. El dinero para la escuela proviene de una herencia de mi difunta esposa, soy viudo —esto último lo dije en un tono que pretendía demostrar un poco de enojo.

Impávido, Don Fernando consultó el reloj. Se tomó el whisky de un trago, como dispuesto a despedirse.

—Ahora —dije—, si me permite, ¿puedo hablarle con franqueza yo también?

—Como guste.

—Tengo entendido que es usted el hombre más importante de la zona. ¿No cree que eso conlleva una gran responsabilidad?

—No me quejo.

—Pero, ¿nunca se ha preguntado si esa responsabilidad comprende la educación de los menores de Esperanza?

—¿Quiere decir que por qué jamás se me ocurrió fundar una escuela, como a usted?

—Dijo que podía ser franco —aclaré con una sonrisa y el índice en alto.

—No encuentro nada en la educación de nuestros días que sea preferible a la educación que estos paisanos reciben acá, sus padres les enseñan las tareas que requiere la vida en la estancia.

—¿Lo dice en serio? —no pude evitar soltar una risita, que pronto sofoqué.

—Sí.

El hombre no bromeaba, y además parecía más bien aburrido de escucharme. Decidí dar por terminada la charla, pero no sin antes hacerle escuchar mi declaración de principios.

—Mi bisabuelo fue enviado a Tucumán en 1840 —dije, citando de memoria las palabras del general Uriarte—. Lo envió el mismísimo Alberdi desde Montevideo con el objeto de lograr el apoyo de las provincias del norte para la campaña contra el tirano Rosas.

—Estimo que era un hombre de ciudad, como usted —interrumpió mi anfitrión—, adentrándose en tierras agrestes, en poblaciones probablemente hostiles, con el sólo objeto de hacer el bien a sus compatriotas.

—Veo que me entiende.

—Y también entiendo que Alberdi y su grupo hacían lo que consideraban mejor en su época, pero no me diga que después de cien años no saltan a la vista sus contradicciones y defectos.

El conocimiento, o al menos el interés que revelaban esas palabras de Don Fernando, me tomaron por sorpresa.

—En dos cosas no estoy de acuerdo con mi antepasado ilustre —me apuré a confesar—. Como Alberdi, mi bisabuelo despreciaba la herencia española e indígena, sobre todo en lo biológico. Sin vergüenza puedo confesar que la corrección de este error se la debo en parte al discurso del dictador Perón, aunque sus intenciones sean en realidad tan contrarias a…

—¿Y la otra? Dijo que eran dos sus diferencias con su bisabuelo.

—La otra era su manía, también alberdiana, de ver en el catolicismo uno de los elementos indispensables para sostener la revolución liberal, lo que era o una contradicción evidente, o una concesión calculada con vista a otros fines.

—Usted es ateo, ¿no es cierto?

Aunque el tono en que Don Fernando hizo la pregunta no parecía indicar rencor, me sentí amenazado. Tuve el impulso de declarar que por supuesto que era ateo, que me consideraba ante todo un hombre inteligente.

—Digamos —respondí en cambio—, que en los días de mi bisabuelo era necesario simular el apego a la religión para encarar grandes mejoras sociales. Hoy ya no.

—Veo.

—¿Eso le molesta, Don Fernando?

—Para nada. En todo caso, envidio un poco su certeza. Yo me he alejado de la religión pero eso no me ha traído ningún bien a cambio —Don Fernando apoyó el vaso en la mesa y se puso de pie—. Bueno, mañana hay que levantarse temprano. Me voy a dormir, usted haga de cuenta que esta es su casa. Por la mañana, pídale a Donofrio cualquier cosa que desee. Nos vemos.

—Hasta mañana.

La habitación de huéspedes era amplia, limpia y fresca; la cama confortable. Sin embargo, pasé una noche espantosa. El recuerdo del opa, con sus ojos desorbitados de miedo, me acosó sin descanso.

Al día siguiente desperté muy temprano. Como un autómata me dispuse a tomar la pastillita del Doctor Agüero, pero mientras llenaba el vaso con agua, mirándome en el espejo, tuve el impulso de liberarme de esa costumbre que tanto aborrecía y volví a meter la pastilla en su frasquito. Terminado el desayuno, pedí a la cocinera que llamase a Donofrio.

—Ha salido al campo —respondió la señora.

—Qué raro. ¿Dijo cuándo volvía?

—No.

Lo esperé una media hora y como no hubo novedades me decidí a caminar hasta el pueblo. Mi idea era entrevistar a los vecinos, ver cuántos estarían dispuestos a formar una comisión de apoyo para mi escuela lo antes posible. Sin embargo, pensaba en otra cosa; no conseguía sacarme de la cabeza la escena del opa. El impulso de socorrer a esa criatura desafortunada se sobreponía al proyecto pacientemente concebido de ayudar al conjunto de los niños de Esperanza. Por esto, al llegar al pueblo me dirigí directo a la verdulería.

—Buenas, ¿qué va a llevar? —preguntó el muchacho tras el mostrador.

—Un kilo de manzanas —elegí algunas frutas del cajón y las puse en la balanza.

—¿Nada más?

—Hágame el favor, dígame adónde puedo encontrar al chico discapacitado.

—¿Al qué?

—El chico discapacitado que atacaron ayer los perros, allá, en el arroyo. ¿Dónde vive?

El arroyo estaba cerca, era imposible que el verdulero no hubiese visto lo sucedido el día anterior pero el joven se quedó mirándome, como si no entendiese de qué cosa estaba hablando.

—¡El opa! —me explayé con disgusto.

—No conozco ningún opa.

—¿Me va a decir que no conoce al opa del pueblo?

—No hay ningún opa en el pueblo.

—¿Y la anciana que estaba aquí, ayer al mediodía?

La cara del verdulero se ensombreció de golpe, se puso a acomodar los atados de espinaca.

—El opa estaba con esa señora, estoy seguro —insistí.

—Esa es Doña Inés, no es asunto mío.

El verdulero agarró las monedas que yo había dejado sobre el mostrador y, sin despedirse siquiera, salió por la puerta de atrás. Más o menos la misma reacción tuvieron los demás vecinos que entrevisté. Nadie había visto jamás al opa, nadie quería oír hablar de Doña Inés. De vuelta en casa de Don Fernando, me encontré con Donofrio y le comenté mi sorpresa.

—Doña Inés tiene fama de bruja en el pueblo —explicó.

—¿No vive en Esperanza?

—Vive en el monte.

—¿Sabe adónde? Me gustaría hablarle.

Donofrio negó en silencio. Recién entonces noté que parecía muy preocupado.

—¿Le pasa algo Donofrio?

—Mis perritos. No los encuentro por ninguna parte.

—Volverán solos en algún momento, de seguro.

—Los he estado buscando desde la mañana —Donofrio me miró con una expresión que parecía traslucir desprecio. Creí que iba a agregar algo como “¿Usté qué sabe si es pueblerino?”, pero en cambio miró al piso y se tocó el ala del sombrero—. Si me disculpa —dijo—, le dejo las llaves del garage, elija el vehículo que quiera. Yo voy a hacer otra recorrida en la chata a ver si los encuentro.

Pedí que me envolvieran la comida del almuerzo y salí para el garage, que funcionaba también como gallinero. La vetusta flota de Don Fernando estaba formada por un hermoso Pontiac descapotable —sin capota y semienterrado por años de polvo— y un Ford A 1929 Phaeton, que era para mí un viejo conocido. Mi padre me había enseñado los rudimentos del automovilismo en una máquina similar, por lo que no me tomó gran esfuerzo ponerlo en marcha y largarme al camino.  Había llegado a la conclusión de que si Doña Inés vivía “en el monte”, su lugar de residencia no podía estar muy alejado de Esperanza, ya que le había sido posible ir a la verdulería a pie.

Recorrí varias huellas de tierra sin novedad. A las cinco de la tarde paré a un lado del camino y me dispuse a comer algunas de las tortas fritas que la cocinera había incluido en la vianda. Hacía calor, estaba molesto por el fracaso de mis pesquisas pero más aún por haber permitido que mi viaje filantrópico  tomase un rumbo tan inesperado. Me decidí a retomar el proyecto de la escuela ni bien volviese a casa de Don Fernando. De pronto, me pareció ver una nubecita de tierra a la derecha, tras una loma cubierta de espinos. Escuché voces. Sentí una excitación incomprensible, en pocas zancadas llegué a la cima de la loma y, medio oculto detrás de un algarrobo, vi una escena que me asqueó: en el centro de una hondonada de tierra, lisa como un playón, una banda de unos diez chicos rodeaba lo que parecía ser el cadáver ensangrentado de un gran perro. Muchos de ellos iban descalzos o vestidos a lo indio, con taparrabo, y punzaban al animal con largas vainas de tacuara. De pronto el perro se sacudió, como si intentase defenderse con las últimas fuerzas, y pude ver que se trataba de uno de los dogos de Donofrio. Los chicos soltaron una andanada de risas y redoblaron el ataque con una crueldad que me enfureció. Salí de mi escondite y les grité. Quedaron paralizados, mirándome. Ninguno de ellos tenía más de diez años. El que parecía el mayor me encaró con la caña en alto.

—¡Nosotros no lo matamos, lo encontramos así! —gritó.

—¡Ya verán cuando se entere Donofrio!

Antes de que alcanzara a pisar la hondonada los chicos ya habían desaparecido. Escuché sus gritos y risotadas mientras se alejaban corriendo por un abra, hacia el lado del pueblo. El perro estaba muerto, mutilado. Las heridas me hicieron pensar en los colmillos de un jabalí. Un rastro de sangre bajaba la cuesta del otro lado de la hondonada hasta él. Deduje que desde allí lo habían arrastrado los chicos. De pronto me pareció ver a alguien entre los arbustos sobre la hondonada. “¡La vieja!”, pensé, por Doña Inés. Otra vez, una especie de escalofrío, como una señal de alarma, me recorrió el cuerpo y sin pensarlo subí corriendo. Sin embargo, al llegar al lugar no encontré a nadie.

—Imposible —murmuré.

El viento silbaba entre los arbustos raquíticos, agitándolos. Una vieja como la que había visto en la verdulería era incapaz de haberse escabullido a la carrera. Desde la loma vi un galpón destartalado a unos quinientos metros. A pesar de su aspecto lastimoso, tuve la impresión, por la manera en que estaban tapiadas las ventanas, de que no estaba abandonado. El sol poniente refulgió por unos instantes en las chapas no del todo oxidadas. Me pareció que sus rayos alcanzaron a iluminar algo que se movía en su interior, por un agujero.

—¡Ahí está!

Apuré el paso cuesta abajo.  La puerta corrediza del galpón no tenía candado, la abrí. Adentro estaba oscuro.

—¡Hola! ¿Hay alguien? —llamé.

No hubo respuesta. Vi poleas, cintas transportadores y palancas, todo cubierto por años de polvo. Avancé con cautela entre la maquinaria hasta una esquina que parecía alguna clase de dormitorio. Me recordó algo así como un enorme nido, o el interior de la cucha de un perro. Había una pava en el suelo, una pelota de goma y una montaña de lana sucia que evidentemente hacía las veces de cama. En una esquina cubierta de hollín se amontonaban restos de leña quemada; en otra, toda clase de retazos de telas, cartones y envases descartables. Era la habitación más miserable que jamás se me hubiera ocurrido imaginar. Sentí asco y en seguida vergüenza por haber violado una intimidad tan sórdida. “Menos mal que no la encontré en casa”, me dije, pensando en la vieja. Al dar la media vuelta, sin embargo, comprobé que no esta solo: había una silueta oscura recortada contra el cielo naranja del portón. No pude evitar un respingo muy poco decoroso, y casi se me escapa un grito. Al instante comprendí que no era la vieja Inés. El extraño era muy alto y me cerraba al paso.  Permanecía tieso, con los brazos extendidos, los dedos apoyados sobre una larga mesa polvorienta como si fuera el teclado de un órgano.

—Perdón por meterme así, sin permiso… —balbuceé, mientras daba un paso al costado para evitar el rayo del sol. Rodeé una especie de sierra vertical que nos separaba y quedé fuera del haz de luz; entonces reconocí al opa. Era la primera vez que lo veía erguido, por eso antes no me había llamado la atención su altura, un poco intimidante.

—¡Así que sos vos! —dije, adelantándome—. Te estuve buscando por todas partes.

El opa se alejó unos pasos.

—No tengás miedo. No me acerco si no querés.

Por un momento, su cara perdió esa expresión brutal que me dificultaba simpatizar con él sin un pequeño esfuerzo intelectual previo. Me había reconocido.

—¿Te acordás de mí? —dije, pero no hubo respuesta.

Le pregunté su nombre y no respondió. Le pregunté la edad, que parecía cualquiera posible entre quince y treinta y cinco, pero nada dijo. Me miraba como con asombro. Seguí preguntándole cosas sólo para ver si su actitud cambiaba y lo único que noté de novedoso, tras un rato, fue que miraba una y otra vez mi mano derecha. En determinado momento me recordó esa mirada como de impotencia que ponen los perros cuando ven que sus dueños tardan en comprenderlos. El opa paseó la vista por debajo de la mesada y por entre las máquinas, buscando algo. Yo lo imité, divertido. Miré a un costado y cuando me volví, ya no estaba. Es decir, el opa estaba ahí, pero a unos cinco o seis pasos de distancia y tenía un largo fierro en la mano derecha. Sentí un vértigo. Me sentí confundido. Fue como si hubiese perdido la conciencia durante al menos dos o tres segundos, lo mínimo que le podía haber tomado al opa moverse sin que lo notara. Como un latigazo, recordé que no había tomado la pastilla del Doctor Agüero y que ese tipo de trastornos sensoriales mínimos eran la manera que tenía la psiquiatría de amonestar a sus pacientes infieles. El opa, mientras tanto, seguía mirándome cada vez más anhelante, hasta que comprendí que ese fierro, con el que ahora golpeteaba suavemente el piso adelante suyo, era una alusión al bastón de mi bisabuelo.

—¡Me estás preguntando por mi bastón! —dije, y al pobre infeliz le brillaron los ojazos—. Me lo olvidé en casa. ¿Es un bastón muy bello, verdad? Un tesoro familiar.

El opa se estremeció presa de la dicha y lanzó una risotada aguda, espantosa pero conmovedora. Levantó el fierro y lo agitó en obvia mímica de la manera en que yo había usado mi bastón para salvarlo del ataque de los dogos de Donofrio.

—Pobre criatura —dije un par de veces.

Sentí otro vértigo. Me apoyé contra la sierra vertical, molesto, no tanto por lo desagradable del mareo sino porque me impedía pensar con claridad. Se me acababa de ocurrir la idea de que la escuela que pensaba levantar en Esperanza no tenía sentido si no era capaz de serle útil a un muchacho como el que tenía en frente. De pronto, me pareció escuchar el sonido de una bocina y recobré la cordura. Efectivamente, alguien estaba azotando la bocina de su vehículo a la distancia, tal vez cerca de donde yo había dejado el Ford A. Levanté la vista para interrogar al opa pero ya no estaba, se había esfumado. Lo llamé y nada, y como los bocinazos no paraban, se me ocurrió que los chicos podían haber vuelto para destrozar el auto de Don Fernando, en venganza por mi reprimenda.

—¡Malditos salvajes! —repetí mientras salía.

Subí la cuesta a los tumbos. Se había levantado viento y la arena azotaba por todas partes. Pasé junto al cadáver del dogo, cuya blancura resaltaba en la sombra creciente, y trepé la otra colina. Desde allí, protegiendo la vista del viento con la mano, vi el Ford A, solitario a la vera del camino como lo había dejado. Un poco más allá, otro automóvil se alejaba con las luces traseras encendidas: el Pontiac descapotable de mi huésped.

—Era Don Fernando —me dije en voz alta—. Algo ha pasado.

Bajé hasta el Ford, apurado por dar alcance a Don Fernando. Cuando abría la puerta del auto, sin embargo, una ráfaga violentísima me la arrebató, venció los goznes y comenzó a azotarla una y otra vez contra el capot. Este accidente y los remolinos de arena me pusieron tan nervioso que estuve un buen rato intentando poner en marcha el vehículo, sin éxito, hasta que cometí la torpeza de romper el bigote de arranque. Ya era casi de noche, el cielo se había cubierto de nubes y no había luna, la temperatura había descendido varios grados en pocos minutos. Temí que se avecinara una tormenta. Sabía que lo más prudente era esperar en el auto, pero más pudieron la intriga por la presencia de Don Fernando y el temor a pasar la noche en ese paraje alejado. Sabía que siguiendo la huella en la misma dirección que había tomado el Pontiac tarde o temprano llegaría a la estancia, por lo que decidí volver a pie.

Caminé algo más de una hora en la oscuridad más completa, vapuleado por el viento incansable. Según mis cálculos la estancia no podía estar lejos, pero me tomó otra hora de sufrimientos llegar a ver una luz que me guió hasta la tranquera y luego a la casona. Era la luz del garage, cuya puerta  había quedado abierta y golpeaba contra su marco, a merced del viento. El Pontiac no estaba, tampoco la chata de Donofrio. Entré a la cocina y llamé; como nadie contestó y yo estaba exhausto, me arrastré hasta la habitación de huéspedes y me derrumbé en la cama.

Por la mañana me despertaron voces desconocidas que venían del comedor.

—¡Pero si es usted, gracias a Dios! —me recibió Don Fernando—. ¿Adónde pasó la noche?

Don Fernando tenía la cara demacrada y su saco estaba completamente arrugado.

—¿Qué ha pasado? —contesté, mirando a los dos policías que tomaban café junto a él.

—Algo terrible —empezó Don Fernando.

—¿Cuándo vio a Donofrio por última vez? —lo interrumpió uno de los agentes, dirigiéndose a mí.

—¿Perdón?

—¿Adónde pasó usted la noche? —insistió el otro, y esta segunda falta de cortesía me molestó.

—Primero que nada, buenos días —respondí, y me presenté. Los policías dijeron llamarse Gómez y Bonelli—. Pasé la noche en mi cama, en el cuarto de huéspedes —declaré—. ¿Por qué?

—Durmió vestido —aseveró el agente Gómez.

Recién entonces advertí mi aspecto deplorable y relaté mis peripecias de la noche anterior.

—¿Me van a decir ahora qué pasó? —pregunté.

—Donofrio está muerto —explicó Don Fernando—. Como no aparecía, ayer por la tarde salí a buscarlo al campo. Di vueltas hasta el atardecer pero no lo encontré. Cuando regresaba a la casa vi el Ford A al costado del camino y empecé a llamarlo a bocinazos, pensando que podía ser él quien lo había sacado a pasear. No sabía que Donofrio le había dado a usted ese coche.

—¿Donofrio, muerto?

—Lo encontramos esta madrugada camino a la calera —precisó el agente Bonelli.

La mención de ese lugar, la calera, me hizo recordar la visión del anfiteatro dantesco aparecido a un lado del camino como un espejismo súbito el día que llegué a Esperanza, la nubecita del tren en el horizonte y la manera extremadamente sutil en que Donofrio había insinuado que, aunque se trataba de un tren de carga, Don Fernando exageraba al creer que no era digno de transportar desde Bahía Blanca a sus invitados.

—¿Cuándo dijo usted que vio por última vez a Donofrio? —insistió el agente Gómez.

—No se lo dije, se lo digo ahora —respondí—. Lo vi antes del mediodía, en la cocina. Estaba muy afligido porque no encontraba a sus perros. Dijo que saldría al campo a buscarlos en la chata, por eso me ofreció el Ford.

—En la chata lo encontramos —detalló Bonelli—. Estaba apoyado contra el volante con la cabeza deshecha.

—Pero es una locura —con un escalofrío, recordé la mirada angustiada del pobre Donofrio al despedirse—. ¿Quién querría hacer semejante cosa? ¿No habrá sido un accidente?

—La chata estaba intacta, estacionada al costadito de la huella.

—Alguien le machacó la cabeza —explicó Gómez.

—¡No hable así, Gómez! —se ofuscó Don Fernando—. ¡Haga el favor!

—¿Tienen algún indicio, algún sospechoso?

—Sólo el cuerpo del occiso —dijo Bonelli.

—Gómez y Bonelli son la única policía en Esperanza —explicó Don Fernando, mientras se restregaba la frente—. Trajeron el cadáver para conservarlo en la cámara del galpón.

—Hasta mañana, que llega el forense —agregó Gómez—. Los refuerzos de Bahía Blanca ya están en camino.

—¿Puedo ayudar en algo mientras tanto? —pregunté.

—Llévenos a donde encontró el dogo muerto —dijo Bonelli—, tal vez haya algún rastro.

—De paso le echamos una visita “al opa” del que usted habla —agregó Gómez, con una entonación que me pareció irónica hacia el final de la frase.

Hicimos el trayecto en el vehículo de la policía, una especie de gallinero destartalado montado precariamente sobre el chasis de un modelo T. A mi me tocó ir en el piso de madera de la caja. Mientras saltaba con los pozos del camino, me preguntaba si la sorna del agente Gómez por lo del opa se debería a que le había llegado la noticia de mis pesquisas entre los vecinos de Esperanza. Al fin nos detuvimos junto al Ford abandonado y los guié colina arriba con apuro. Para mi consternación, el dogo no estaba.

—¡Se lo habrán llevado los chicos! —grité indignado.

No me preocupaba el perro en sí; de pronto se me había ocurrido que bien podrían culpar al pobre opa por su muerte. Y después de eso, ¿de qué más no lo culparían? El hilo siempre se corta por lo más fino.

—¿Y su opa no habrá tenido nada que ver? —sugirió el agente Gómez, endureciendo la mirada.

“Sin un olfato como ese es imposible ser un vigilante”, pensé, y sentí un vértigo.

—¿Se siente bien? —Don Fernando me tomó del antebrazo.

—No es nada —dije, y miré a Gómez—. No veo por qué una cosa debería estar relacionada con la otra.

—Porque usted dijo que el galpón del opa estaba cerca —me respondió Bonelli—. Llévenos hasta allí, por favor.

Obedecí. La puerta del galpón había quedado abierta tal como la había dejado el día anterior. La tormenta de viento había agregado una nueva capa de tierra sobre las viejas máquinas. Salvo eso, todo estaba tal cual lo recordaba.

—¿El galpón es suyo, Don Fernando? —preguntó Bonelli.

—Era el aserradero de Smith —dijo Don Fernando—. Lleva cincuenta años abandonado. Un camino iba de aquí a la calera pero debe haberse borrado tiempo atrás.

—No se ve una sola pisada —informó Gómez, quien, como yo, revisaba el piso del galpón.

—Las borró el viento —dije—, pero mire esas cosas, en la esquina. Es obvio que aquí vive alguien.

—¿Eso? —Bonelli, mientras pateaba la pelota de goma, señaló la pava, la montaña de lana y la basura.

Preferí tragarme la respuesta. La verdad era que esa misma esquina que antes me había parecido una tapera, miserable pero aún habitada, ahora daba la impresión de llevar años sin uso. Y la única diferencia era la nueva capa de tierra que la tormenta había agregado durante la noche.

—¿A qué hora fue que estuvo usted aquí, ayer? —me preguntó Bonelli.

—No vi el reloj, pero fue a la puesta del sol.

—Yo vi el Ford al lado del camino a eso de las siete y media —intervino Don Fernando—. Toqué la bocina unos minutos y como nadie aparecía, me fui antes de las ocho.

—Entonces estuve aquí entre las siete y las ocho —declaré.

—Estamos todos muy cansados —dijo Don Fernando—. Volvamos, y que se ocupen los peritos cuando lleguen de Bahía.

La tarde se fue sin que llegaran los refuerzos esperados. La tormenta había volteado la antena de la única radio del pueblo así que hubo que resignarse a esperar en silencio. Por la noche, y tras aceptar varios vasos de whisky del atribulado Don Fernando, eludí sin disimulo sus intentos de entablar una charla y me retiré a mi habitación. Estaba exhausto, pero ni el cansancio, ni el whisky ni la pastilla extra que tomé pudieron evitar que despertara antes del amanecer. Otra vez soplaba el viento y otra vez la puerta del garage se había soltado y golpeaba a destiempo con furia. Me abrumaba una desazón cuyo principal motivo me costaba precisar; no era sólo la muerte del pobre Donofrio, no era sólo la premonición de que mis proyectos civilizadores, que ahora parecían cada vez menos importantes, terminarían naufragando.  Eran las dos cosas, pero había algo más que me angustiaba.

Como en los peores momentos de mi estadía en el Instituto, traté de pensar en mi esposa para ahuyentar los fantasmas. Cerré los ojos y la vi, como siempre, apoyada contra una pared blanca, sonriéndome. Llevaba puesto un traje de baño negro inusualmente seductor; la imagen era el recuerdo de una escena real: la única vez en que mi querida mujer se había dejado llevar por la pasión en un lugar que no fuera nuestra alcoba, era el balcón de un hotel en Mar del Plata. Intenté acercarme varias veces, pero en la ensoñación, cada vez que daba el segundo paso hacia ella aparecíamos los dos en el aula de una escuela, rodeados de chicos que estudiaban. Al tercer intento frustrado me resigné a compartirla con los niños y me senté en un pupitre vacío. Mi esposa hacía de maestra; los niños, que repetían la lección con entusiasmo, eran los niños de Esperanza. En una esquina habían dejado las lanzas de tacuara que usaban en sus correrías por el monte. En determinado momento, me di cuenta de que el opa estaba entre ellos. Lo busqué con la mirada entre las cabecitas inclinadas sobre los libros pero no pude encontrarlo, y sin embargo, con esa seguridad incomprensible de los sueños, sabía que el opa estaba ahí. Sonó el timbre y todos salieron al patio, incluida mi esposa. Quedé solo en el aula, o mejor dicho, quedé a solas con la presencia del opa. Me levanté, caminé hacia la puerta entre los pupitres, y entonces lo vi: estaba tirado boca abajo en el suelo, en medio de los pupitres que segundos antes habían ocupado los chicos. Su cabeza estaba horriblemente mutilada, me recordó la herida del dogo de Donofrio. El opa se dio vuelta y me mostró su cara ensangrentada. Intentaba decirme algo, sin éxito. Más que la escena macabra, me horrorizó la indiferencia con que los niños lo habían ignorado mientras repetían la lección, y mucho más aún, la indiferencia de mi esposa. Por fin, cuando la angustia ya se estaba haciendo insoportable, desperté.

Los policías de Bahía Blanca llegaron temprano al día siguiente, con el forense, cuyo apellido alemán no recuerdo. Este último, además, estaba a cargo del operativo. Tras revisar el cadáver de Donofrio, el forense nos informó que el arma homicida había sido sin dudas un fierro aplicado sobre la cabeza al menos una veintena de veces.

El primer interrogado fui yo; repetí en detalle todo lo que había sucedido desde mi último encuentro con Donofrio hasta que supe de su muerte. Por la tarde, el forense me mandó llamar otra vez. Don Fernando me acercó en el Pontiac hasta el ranchito que hacía de comisaría. El forense estaba sentado tras un escritorio de chapa. Me señaló una silla.

—Hay otro testimonio que confirma la existencia del retardado mental —anunció sin vueltas.

—¿Perdón? —respondí—. ¿Acaso alguna vez estuvo en duda mi honestidad?

—No es eso, pero de todas las personas del pueblo, usted era el único que afirmaba haberlo visto. Hasta ahora.

—Me alegro, pero ¿no sería mejor ocuparse de encontrar al asesino de Donofrio en lugar de gastar tiempo en estas nimiedades?

—Por eso lo mandé llamar.

—No entiendo.

—Hay un testigo, o mejor dicho, seis, que vieron al retardado en el momento en que aplicaba un fierro repetidamente sobre la cabeza de la víctima.

—¡Por Dios! —exclamó Don Fernando.

“Ahí está”, pensé, “nada más sencillo que culpar al que no puede defenderse”. Bajé la vista. Tras el escritorio, una hilera de hormigas entraba con regularidad perfecta en un agujerito, justo en el borde del zócalo.

—Los seis testigos son menores —siguió el forense—, niños. Entre sus testimonios y el de usted parece haber una contradicción.

—¿Cuál?

—Los chicos afirman haber presenciado el crimen entre las siete y las ocho p.m. del lunes, es decir, antes de ayer.

—¡Imposible! —dije—. A esa hora yo estaba con ese pobre muchacho en el galpón, tal como declaré.

—Tengo el resultado de los primeros análisis del cadáver y estoy seguro de que la muerte ocurrió más o menos en ese lapso de tiempo.

El forense explicó no sé qué cosas de la movilidad de los espermios de las vesículas seminales de Donofrio y luego ya no lo escuché más.

—¿Insinúa que miento? —lo interrumpí.

—¿Le va a creer a esos mocosos? —me respaldó Don Fernando.

—En lo único que creo a fe ciega es en las conclusiones del análisis del cadáver, que habrá que completar en la ciudad para estar seguros. Sólo quería darle la oportunidad al señor de que revise su declaración mientras es posible.

—¿Soy un sospechoso?

—Es un testigo, y sería valiosísimo si recordase algo más que nos ayude a dar con el prófugo.

No pude evitar sentir cierto alivio al escuchar esa aclaración, pero por otro lado, comprendí sin la más mínima sombra de duda que algo raro estaba pasando en torno a la muerte de Donofrio y que era mi deber intentar ayudar al desdichado e indefenso opa. Don Fernando se puso de pie y se despidió, yo hice lo mismo.

—Ahora que lo dice —agregué mientras me ponía el sombrero—, la primera vez que vi al opa… al muchacho, quiero decir, me pareció que una señora mayor iba con él.

—¿Cómo que le pareció?

—Pregunte a los vecinos por una tal Doña Inés, seguro tiene más suerte que yo.

Desde ese día pospuse indefinidamente el tema de la escuela y, en compañía de Don Fernando, pasé tardes enteras dando vueltas y más vueltas en el Pontiac. No pudimos hallar ni un sólo rastro del opa. Interrogamos a los únicos dos niños cuyos padres accedieron a concertar una entrevista pero ni siquiera la presencia de Don Fernando alcanzó a intimidarlos. Asintieron con un movimiento de la cabeza cuando les preguntamos si ratificaban su versión del asesinato de Donofrio y punto, ni una sola palabra más.

Mientras tanto, en una semana de rastrillar los campos vecinos, los treinta policías que habían sido enviados desde Bahía Blanca tampoco fueron capaces de encontrar el menor signo de la presencia del opa, ni de los dogos ni de Doña Inés.

Entrada la segunda semana, un cerco de nubarrones cerró el horizonte por el sur y trajo una lluvia que no dejó de caer día y noche por tres días. Los campos anegados, las ovejas perdidas y demás contratiempos rurales hicieron que Don Fernando relegara la muerte de Donofrio a un segundo plano. Los policías volvieron a la ciudad para proseguir sus investigaciones desde sus escritorios, y así, mis sospechas sobre la existencia de una confabulación para achacarle al infeliz opa una muerte que no había cometido empezaron a desdibujarse. La vida seguía y con ella se renovaban sus desventuras, y nadie, salvo yo, parecía empecinado en quedarse atrás. Una noche, mientras bebíamos en silencio, le comuniqué a Don Fernando mi decisión de volver a Buenos Aires.

—Tendrá que esperar unos días más —respondió con la mirada fija en la alfombra, como quien habla solo—. El camino tardará cuanto menos una semana en volver a estar transitable.

—El día en que lo conocí, Donofrio me dijo que había un tren a Bahía Blanca.

—El de la calera, pero no es un tren de pasajeros.

—Lo soportaré. Un amigo me espera en Buenos Aires con una botella de champagne en la mano —Don Fernando levantó la vista, yo fingí una sonrisa— y no puedo hacerlo esperar una semana más.

Tras unos segundos, y como me di cuenta de que mi anfitrión no lo preguntaría, aclaré que el proyecto de la escuela seguía en pie y que pronto volveríamos a vernos.

El camino a la calera seguía impracticable por la lluvia, por lo que Don Fernando me facilitó su mejor caballo.

—Al llegar a la estación déjelo suelto nomás, él sabrá regresar solito a la querencia —dijo al despedirnos.

A pesar de que era un día gris y de que sabía que el camino no sería fácil, me alejé de la casona descascarada con una sensación de alivio infinito. El caballo cruzó dudosas lagunas y sus chapoteos en el fangal me cubrieron de barro hasta los hombros, pero a medida que íbamos ganando el terreno alto hacia la calera, hacia la locomotora que me llevaría de vuelta a la civilización y sus órdenes familiares, más y más crecía mi ansiedad por dejar atrás ese paraje triste y extraño. Esperanza no me había deparado más que abatimiento.

Cerca del mediodía, una vuelta del camino me dejó ante el paisaje imponente que había visto desde la chata de Donofrio el día de mi llegada: escalón tras escalón, las abruptas laderas del anfiteatro bajaban hasta un fondo que no podía ver desde donde me encontraba. Por alguna razón, el lugar me pareció poco amistoso. “La última incomodidad antes de volver a casa”, pensé, con la vista puesta en la pequeña casita de la estación que había descubierto arriba, en el horizonte. Azucé al caballo y tomó el sendero a la calera, que por ser alto estaba seco pero era tan tortuoso que hacía la marcha más lenta; subía, bajaba, torcía a un lado y al otro, siempre al borde del precipicio.

En un momento, mientras miraba con intranquilidad hacia el abismo a mi derecha, me pareció detectar un movimiento con el rabo del ojo del otro lado. El caballo se detuvo y relinchó, intentó recular pero lo contuve con fuerza. Observé un rato a mi alrededor, no vi nada más que piedras y espinos. Alarmado, busqué en el equipaje y saqué el bastón de mi bisabuelo, lo único parecido a un arma que tenía a mano. Con el bastón por delante y a los rebencazos, obligué al caballo a avanzar hasta la próxima curva. Entonces lo vi: el opa, asomando la cabezota tras una roca, me miraba con ojos angustiados.

—¡Pero si sos vos! —exclamé.

Mi voz pareció asustarlo, el muchacho se ocultó, rápido como una liebre, y antes de que pudiera siquiera pensar en llamarlo se asomó del otro lado de la roca, que tendría por lo menos dos metros de ancho. El caballo sacudió la cabeza y levantó las manos.

—¡No corrás así que se me espanta el caballo! —grité al opa.

El animal dio un par de giros antes de que lograra dominarlo. Cuando el susto pasó, miré camino arriba y vi la cabeza del opa asomando entre las piedras unos veinte metros más allá. Guardé el bastón y conduje al caballo hacia él, al paso.

—¿Estás solo? —pregunté—. Decile a tu abuelita Doña Inés que no tenga miedo, yo los voy a ayudar.

Esto lo dije en voz bien alta para tranquilizar a la vieja, pensando que no podía estar lejos. Sin embargo, pasaron los minutos y nadie apareció. El opa, mientras tanto, seguía mirándome desde su escondite. Me pareció que tenía algo en la mano.

—¿Qué tenés ahí? —le pregunté—. ¿Es una pelota?

En el momento en que recordé la pelota de goma que había visto en el piso del galpón días atrás, el opa se movió apenas y lanzó la bola hacia mí, con tal precisión que, a pesar del terreno pedregoso, dio un rebote a medio camino y estuvo a punto de darme entre los ojos. Si no lo hizo fue porque alcancé a atraparla con ambas manos, tras soltar las riendas, unos pocos centímetros antes de impactar. El opa lanzó una risotada que hizo eco en el anfiteatro.

—¿Así que lo que querés es jugar, eh? —dije, conmovido—. Y pensá que de milagro te salvaste de que te endilgaran un asesinato. ¡Nada menos!

Lancé la pelota con fuerza camino arriba para que la atrapara, con tan mala puntería que, golpeando de roca en roca, la bola se perdió de vista en una quebrada del lado opuesto al abismo. Al volverme para instar al opa a que la encuentre vi que ya había abandonado su escondite.

—Seguro que ni sabés que te estuvieron buscando —murmuré, y de un rebencazo le saqué al caballo las ganas cada vez más furibundas de volverse a la querencia.

Levanté la vista y vi venir la pelota, otra vez mis reflejos me salvaron de recibir un golpazo en plena cara.

Tres o cuatro veces repetimos la secuencia. El opa cada vez más excitado, yo cada vez más confundido: por muy lejos que arrojara la pelota, él no tardaba más que unos pocos segundos en encontrarla y lanzármela con una potencia y una puntería difíciles de concebir. Mientras avanzaba por la huella, empecé a complicarle el juego tirándole la bola con furor a lugares cada vez más inaccesibles. El opa se retorcía con felicidad creciente, borboteante de baba y aullidos infrahumanos. Su manera de salir siempre airoso de la prueba empezó a perturbarme. El caballo, mientras tanto, no dejaba de corcovear. Parecía al borde de la locura, y llegado cierto punto en que intentó morderme, sentí que yo también había caído presa de una angustia que conocía bien.

Conté mentalmente los días que llevaba sin tomar la pastilla del Doctor Agüero y en seguida sentí el vértigo. Escuché los jadeos del opa, primero cerca a la derecha, luego lejos a la izquierda; aunque lo busqué con la mirada por todas partes no pude verlo. Tuve el impulso de hacerle caso al caballo y lanzarme camino abajo hasta la estancia, pero el animal me ganó de mano, dio un salto hacia atrás y yo volé. Por suerte, caí casi parado en medio del camino. El equipaje, en cambio, rodó al precipicio.

—¡El bastón! —grité, mientras oía el tintineo del mango de plata al golpear de piedra en piedra.

Permanecí en la misma posición en que había caído, de rodillas, las manos apoyadas en la tierra del camino y sin levantar la mirada, hasta que el tintineo cesó y sólo se escuchó el eco del galope del caballo mientras se alejaba camino abajo. No me animaba a levantar la vista, no sé cuánto tiempo pasé en esa postura hasta que por fin me incorporé. Estaba completamente solo, el sol ya había bajado y alargaba las sombras de cada piedra dando la ilusión de un exceso de detalle, como en uno de esos cuadros prerrafaelistas en los que no hay diferencia de foco entre el primer plano y el infinito.

Dominando el vértigo me apuré camino arriba. Doblé la próxima curva y divisé la caseta de la estación asomando tras las rocallas. No tuve tiempo de alegrarme: más acá, en el medio de la huella, alguien había acomodado entre dos piedras, para que quedase erguido, el bastón con mango de plata de mi bisabuelo.