EL OPA (parte 1 de 3) / Javier Lodeiro Ocampo RELATO

Cuando murió mi esposa, naufragué. No, fue peor que eso. Si un barco naufraga muere en su elemento, yo quedé tirado en la playa y lejos del agua, como esos pesqueros vetustos que vi en San Antonio años atrás, olvidados, inútiles pero no muertos. Esa al menos era mi impresión; mis amigos, por suerte, pensaban otra cosa. Me internaron en “el Instituto”, una casa que no era del todo un hotel ni del todo un hospital, y al cabo de un año me dieron por recuperado. La verdad es que salí de ahí fortalecido, dispuesto a empezar una vida nueva. El doctor Agüero, director del Instituto, quedó convencido de la eficacia de sus pastillas. Tenía tanta fe en esas pastillas como un cura en la ostia, pero yo sabía que el verdadero motivo de mi recuperación había sido otro, lo había encontrado en la biblioteca del establecimiento —de habérselo confesado, Agüero probablemente me hubiera encerrado para siempre.

Lo que había hallado en los magros estantes de la biblioteca eran dos obras, a las que me sentí profundamente ligado y que se convirtieron en mi tabla salvadora. Una era las memorias del General Uriarte, en donde encontré, en una página abierta al azar, cierta mención a mi bisabuelo, héroe casi anónimo de las luchas por la consolidación de nuestra nacionalidad. La otra era un tomo de las Vidas Paralelas de Plutarco —el que contiene las vidas de los dos Catones, el viejo y el joven—. En el libro de Plutarco me pareció ver reflejadas, como en un espejo, la vida de mi bisabuelo heroico y la mía. Mi bisabuelo, héroe de la patria, era un reflejo de Catón el viejo; y yo, si me lo proponía, bien podía recoger su legado, como Catón el joven había hecho con el legado de su antecesor. El descubrimiento me hizo ver una luz al final del túnel. Como para tener entre manos un símbolo que me recordara este propósito, mandé a que trajeran de casa el bastón con puño de plata que había pertenecido a mi bisabuelo, y desde entonces lo llevé día y noche por los pasillos y los jardines del Instituto.

La mañana que me dieron el alta me pasó a buscar mi gran amigo Domingo.

—Te ves como nuevo —saludó Domingo al verme en la escalinata—. Salvo por eso —señaló el bastón—. ¿La depresión te dejó rengo?

—Viniste sin chofer —le respondí.

—Auto nuevo, a este me doy el gusto de manejarlo yo.

El flamante vehículo de mi amigo impresionaba por su tamaño y su brillo. Hicimos el trayecto de Tigre a San Isidro en silencio.

—¿Me vas a decir para qué querés ir directo a Constitución? —preguntó al fin Domingo—. Todavía estamos a tiempo de desviarnos para tu casa. Hace un año que no la ves.

—Me voy un tiempo al sur. La tía Adela me recomendó a un amigo suyo.

—Eso ya lo sé, pero ¿para qué? ¿Un año de vacaciones no te alcanzó?

Domingo me miró de reojo sin disminuir la velocidad, su mirada parecía reflejar desilusión o lástima.

—Perdón —murmuró—, me olvidaba que ahora sos un viudo.

—¡Bah! Ya sé que no lo olvidaste, conmigo no hace falta que te hagás el diplomático.

Reímos.

—¿Y entonces? —insistió Domingo.

—¿Te acordás de mi bisabuelo?

—El unitario.

—Era liberal, no unitario, pero olvidate de eso. Me interesa que se jugó la vida por una causa.

—¿Y qué cazzo tiene que ver eso con tu viaje al sur?

—¿No entendés?  Yo también necesito una causa.

—¿Te vas a meter en política? No jorobés, hermano. Mirá que estos no son tiempos y ya no sos un pibe.

—En política no. Para resumir: mi bisabuelo trabajó por la causa de la civilización, por mejorar la vida de sus congéneres —el bueno de Domingo volvió a mirarme y supe que no entendía, jamás iba a entender—. Yo sólo pienso tomar su ejemplo y ayudar en lo que pueda.

—¿Y no podés ayudar desde tu casa, o desde mi piso en el centro? Te podés quedar ahí el tiempo que quieras.

No insistí. El año de internación en el Instituto había abierto algo así como una distancia, una fosa invisible entre las personas “de afuera” y yo. Según el doctor Agüero, esa brecha no era más que un efecto transitorio de las pastillas.

Llegamos a Constitución. El andén estaba abarrotado de gente; era un bullicio, lo que sirvió de excusa para evitar largas conversaciones hasta que llegó el momento de partir. Cuando finalmente sonó el silbato del tren, abordé con una mezcla de alivio y de culpa. Domingo se despidió con la mano en alto:

—Si te arrepentís de hacer el Quijote en el sur, llamame sin importar la hora. Acá te voy a estar esperando con una botella de champagne.

El tren era el nuevo expreso que hacía el trayecto a Bahía Blanca sin escalas, era soberbio. Nobleza obliga, un verdadero logro peronista imposible de negar. Como los primeros vagones estaban casi llenos, temí que el tren estuviese atestado de una punta a la otra. Por suerte, la mitad más lejana de la formación estaba casi desierta y tras mucho caminar encontré un vagón vacío.

Acodado en la ventanilla, vi pasar las fábricas, las casas, luego las quintas y por fin el campo. El paisaje parecía retroceder hasta los tiempos fundacionales de mi bisabuelo. “¡Ah, el campo!”, me admiré en voz baja, aunque un poco turbado por la presencia excesiva del horizonte. Recordé que una vez que bajase del tren me encontraría por primera vez a pie en esas soledades, lejos del tránsito, las multitudes y todas esas cosas que me había acostumbrado a ver con una mirada crítica, pero que ahora, de pronto, me inquietaba dejar atrás. Me dejé llevar por el ritmo hipnótico de las ruedas del tren, cerré los ojos hasta quedar dormido. Cuando desperté, el sol ya estaba bajando.

—Los pájaros no están ahí porque quedan lindos, no son un ornamento.

La voz estridente, escuchada en el aturdimiento de la siesta interrumpida, me hizo creer por unos instantes que aún estaba en la biblioteca del Instituto, soñando, mientras el radioteatro que los demás internos escuchaban cada tarde en el salón contiguo sonaba a todo volumen.

—Los pájaros fueron pintados en ese lugar del cuadro porque simbolizan el desplazamiento a voluntad entre los mundos —siguió la voz—. Movimiento instantáneo, ¿entendés? Los pájaros simbolizan al ángel.

Dos hombres, sentados en el otro extremo del vagón, parecían inclinarse sobre un libro. Habían abierto la ventanilla, y junto con el aire húmedo y caliente el coche se había llenado de panaderos.

—Pero recién, usted acaba de decir que los ángeles son incorpóreos —protestó el otro hombre, que parecía más joven.

—Y así es, por eso pueden estar prácticamente al mismo tiempo en dos lugares distintos. ¿No te parece que un ser tan veloz, liviano y sutil como un pájaro, es un buen símbolo si tenés que representar algo que de otra manera sería imposible de percibir con nuestros sentidos?

Noté que el mayor, cuya voz había arruinado mi siesta, tenía puesta una sotana, lo que aumentó mi enojo.

—Ahí veo otra contradicción —insistió el más joven—. Si nuestros sentidos no pueden percibir al ángel, ¿cómo pudo alguien alguna vez llegar a convencerse de que el supuesto ángel era algo más que su imaginación?

—La naturaleza humana es mudable —respondió el cura—. El hecho de que la mayoría de la gente tenga hoy día embotadas sus capacidades sensoriales más sutiles, es decir, más importantes, no significa que estén desaparecidas. Sólo hace falta práctica para redescubrir que las tenemos.

El joven volvió a inclinarse sobre el libro. Me pareció que quería seguir la discusión y no sabía cómo. “Dale, no te rindás”, lo arengué con el pensamiento, “dos preguntas más y el chanta del cura se queda sin explicaciones”. Pero el joven no me hizo caso. Levantó la vista, miró los fugaces pastizales tras la ventana y al cabo de un rato habló, sin mirar al otro:

—Si es así, me pregunto si los ángeles serán las únicas… ¿cómo llamarlas, criaturas? que nuestros sentidos ya no saben percibir.

—Claro que no. Hay toda una jerarquía.

En ese momento apareció un mozo y anunció que el coche comedor estaba abierto. Yo decliné la invitación con un movimiento de la cabeza, los otros dos pasajeros lo siguieron, sonrientes.

Llegamos a Bahía Blanca ya de noche. La banda de los bomberos rugía junto al andén; el locutor oficial, que nos sermoneaba incansable desde el palco, se desgañitaba para acaparar la atención de la numerosa concurrencia. Había pasado un mes desde la inauguración del expreso pero los festejos no cesaban, como si las autoridades, temerosas, dudasen de la memoria del pueblo.  Pero a pesar de lo estridente la escena me agradó. Había llovido y todo alrededor brillaba a la luz de las innumerables lamparitas como si fuese nuevo. Esquivé a la multitud, con mi valijita al hombro crucé la calle. Aunque Bahía Blanca era una ciudad moderna, aún podía sentirse la presencia del campo alrededor. Por un momento, ansié que alguna fuerza externa suspendiera mi aventura y la dejase varada indefinidamente en la mesa de alguno de los bares que avanzaban sobre la vereda, pero ya de lejos vi la chata en la otra esquina. Un hombrecito agitó la boina en dirección a mí.

—¿Usted me tiene que llevar a Esperanza? —le pregunté al llegar hasta él.

—Así es, me mandó Don Fernando.

El hombre se llamaba Donofrio. Me quitó la valija y la puso en la caja de la chata, entre dos enormes dogos que dormían desparramados. Arrancó e hicimos unas cuantas cuadras de asfalto a una velocidad demencial. Antes de que pudiera protestar, ya íbamos a los saltos por una ruta de tierra que cortaba la llanura. No había luna.

—¿No será peligroso ir tan rápido, Donofrio? —grité, para ser escuchado por sobre el ruido del motor.

—¿Quiere que aminore?

—Si no le molesta.

—Vamos a tardar toda la noche, patrón —aclaró él, mientras levantaba el pie del acelerador.

—No hay problema. Y no me diga patrón, por favor. ¿Usted sabe porqué quiero ir a Esperanza?

—Dice Don Fernando que quiere fundar una escuela.

—¿Y usted qué opina?

Me miró de reojo, luego miró el bastón de mi bisabuelo.

—Como usted diga —fue su inesperada respuesta.

Luego de todos los esfuerzos inútiles que hice para reanudar una conversación, y a pesar de los saltos, me quedé dormido. Desperté cuando salía el sol. La pampa verde que había visto desde el tren había desaparecido; en su lugar, un baldío pedregoso y gris, erizado de espinos, se extendía hasta el horizonte. Donofrio seguía manejando con los ojos bien abiertos.

—Ya casi llegamos —anunció—. ¿Ve aquél bulto allá adelante? Eso es Esperanza.

Apenas si le presté atención, la monotonía del paisaje había sido interrumpida por un abismo que se abrió a la derecha del camino. Me quedé absorto ante el tamaño de eso que parecía un gigantesco y profundo anfiteatro desértico; uno tras otro, los escalones de roca descendían hasta un fondo infértil y polvoriento que distaba por lo menos medio kilómetro de la superficie de la llanura. Una cuadra más atrás hubiera sido imposible adivinar que allí se encontraba semejante paisaje.

—El infierno del Dante —pensé en voz alta.

Me pareció ver una nubecita oscura que brotaba en el otro extremo del valle, en el horizonte.

—¿Qué es ese humo? —pregunté.

—Es el tren de la calera —dijo Donofrio sin mirar—. Sale para Bahía Blanca todos los días.

—¿Y por qué no vinimos en ese tren?

—Lo mismo le dije al patrón ayer, pero es un tren de carga y Don Fernando cree que no es para que ande gente decente. Tiene razón.

Esperanza resultó infinitamente más miserable de lo imaginado. El pueblo tenía una sola calle de tierra blanca, ancha como la avenida Alvear. Conté una veintena de casas bajas, la mayoría a medio terminar. Donofrio saludó con la bocina, alguien le gritó algo que no entendí. Los perros en la caja ladraron.

—Voy a parar un ratito nomás en el mercado y seguimos —anunció Donofrio, poco antes de alcanzar el otro extremo del pueblo.

—Pensé que habíamos llegado.

—Hasta la estancia de Don Fernando falta un trecho.

Donofrio se alejó arrastrando las alpargatas. Pensé que visto así, en su entorno natural, tenía un aspecto de campo que no había notado antes. Me bajé a estirar las piernas. Los dogos babeaban con la lengua afuera y movían las colas. Me pareció que estaban contentos y que esperaban la orden de saltar, así que rápidamente me hice el desentendido y caminé hacia una arboleda que se levantaba a pocos pasos, lo único verde a la vista. Me alegró comprobar que a su sombra corría un hilo de agua. Desde ahí observé el pueblo, imaginé cómo quedaría mi escuela en él. Lotes había de sobra. Imaginé los chicos, ahora ausentes, dándole vida a ese lugar triste con sus guardapolvos blancos y sus voces cristalinas. Con el tiempo y transformados por la educación, esos mismos niños terminarían las casas a medio acabar, plantarían árboles, harían las veredas. De entre ellos saldría un líder que lucharía por sus derechos, los representaría ante los poderes de la provincia, conseguiría los capitales indispensables para el progreso. ¡Todo estaba por hacerse! Se me llenó el corazón de entusiasmo, se me ocurrió que en verdad el tren me había hecho retroceder en el tiempo hasta los días de mi bisabuelo. Pensé en sacar el cuaderno de apuntes que traía en mi equipaje para anotar esta idea, cuando algo como un súbito quebrarse de ramas a mis espaldas me despabiló. Giré sobre los talones y lo vi por primera vez. Ahí estaba, el opa, agazapado entre los cardos del otro lado del arroyo. Mi reacción instantánea fue de rechazo, es preciso confesarlo. Antes que ninguna otra cosa sentí repulsa por el aspecto animaloide de su cara. Sólo unos instantes más tarde, después de haber identificado al objeto de sus miradas —que era una viejecita que hacía las compras en una verdulería del otro lado del bosque— sentí pena por él y vergüenza por mí. Deduje que la vieja era su abuela, y que él, vaya uno a saber por qué, no se animaba a acercarse. Una angustia creciente se adivinaba en sus ojos, una especie de desesperación tan poderosa que hizo a un lado la repulsa inicial y me cautivó.

Me golpeó como algo físico el recuerdo de tantas tardes de angustia vividas en el Instituto. Sólo el que ha padecido un desorden psíquico puede saber lo que es el miedo en estado puro, el terror que no se puede ignorar ni olvidar, que no tiene origen en nada definido aunque lo llena todo. Ahora puedo pensar en esas cosas a salvo pero en ese entonces la impresión fue tan profunda que creí que sufriría una recaída. Lo que me distrajo fueron los perros. Como dos flechas, los dogos saltaron de la caja, pasaron ladrando junto a mí y cayeron sobre el opa. Fue ver la escena y despertar, me lancé sobre ellos con el bastón en alto. Ni por un segundo pensé que esos animales, acostumbrados al jabalí, perfectamente podrían haberme despachado junto con el pobre demente sin ningún esfuerzo adicional. Pegué y pegué y seguí pegando, con furia justiciera, hasta que pude distinguir una voz entre los ladridos y el remolino en que se había convertido la pelea se detuvo. Era Donofrio. En tres saltos los perros ya estaban en la caja de la chata otra vez.

—¿Está bien, patrón? —repetía Donofrio, tosiendo en la polvareda.

Mi bastón y parte del saco estaban llenos de sangre, tanteé mis brazos.

—La sangre es de los perros —balbuceé.

—¡Fue mi culpa! —se lamentó Donofrio—, no debí dejarlo a solas con los dogos.

—Le digo que no me pasó nada, fue sólo el susto.

Busqué a mi alrededor con la mirada y no vi al opa por ninguna parte, la verdulería estaba vacía.

—Tengo un botiquín en la chata —dijo Donofrio—, déjeme que le limpie el saco, por favor.

Me pareció que el pobre hombre, más que por mí, estaba preocupado por lo que tuviera que decir Don Fernando si me veía llegar a su casa en ese estado. Lo dejé hacer y partimos.

—¿Donofrio, usted no alcanzó a ver si los dogos lo lastimaron?

—¿De quién habla?

—Del chico discapacitado, claro.

Donofrio me hechó una mirada que reflejaba asombro y contrariedad a la vez.

—¿Lo vio? —insistí.

—No vi nada.

—Es verdad, con la polvareda que se levantó —pensé en voz alta—, y además usted llegó tarde.

—Perdonemé, patrón. No volverá a pasar.

Cruzamos el arroyo por un puente de madera y tras una curva, del otro lado de la arboleda, los perros comenzaron a ladrar otra vez. Pensé que habían descubierto al opa. Su desaparición en verdad había sido tan repentina que me tenía perplejo, pero lo que había alborotado a los dogos esta vez resultó ser una banda de chicos que surgió corriendo entre los matorrales. Donofrio alcanzó a frenar a tiempo y la pandilla cruzó a la carrera frente a la chata. Eran unos diez críos descalzos y semidesnudos, mugrientos y desgreñados; la mayoría reboleaba sobre sus cabezas unas cañas largas como lanzas. Donofrio se asomó por la ventana y los cubrió de insultos mientras ellos seguían su camino indiferentes, entre gritos y risas.

—¿Son los chicos del pueblo? —pregunté.

—Sí, cualquier día de estos alguien se los va a llevar por delante.

—¿Siempre andan así, por el monte?

—Como si fueran indios.

—Ya va a cambiar la cosa cuando tengan una escuela.

Donofrio puso primera y arrancó. No mucho más adelante tomamos un camino sombreado por los eucaliptus que terminó en una rotonda frente al garage y el galpón. El casco de la estancia resultó ser la acostumbrada casona parda de ventanas y puertas altísimas que se descascaraba al sol. La precedía un gran jardín en ruinas, lo que me recordó que, como yo, Don Fernando era viudo. Esa desidia doméstica me agradó en el acto, la tomé como un signo de que mi anfitrión y yo nos entenderíamos de entrada. Sin embargo, Don Fernando no apareció hasta la noche, y cuando lo hizo, se mostró más bien distante. Cenamos en completo silencio.

—¿Le puedo hablar con franqueza? —me preguntó Don Fernando cuando la cocinera se llevó los platos.

—Por favor.

—Usted no parece un magnate.

Aunque el whisky no me gusta, tomé un sorbo del vaso que me alcanzó mi anfitrión antes de responder:

—No soy ningún magnate, la que tiene una fortuna es mi tía Adela.

—Pero el que va a darse el lujo de fundar una escuela en el fin del mundo, es usted.

—Quiero hacer un bien a gente que lo necesita. La educación…

—¿Y los fondos?  Adela me aclaró que este no era asunto de ella.

No pude ocultar que me desagradaba tanta franqueza.

—Dijo que podía ser franco —me recordó Don Fernando, revolviendo los hielos de su vaso.

—Tengo una profesión que ya no ejerzo —expliqué—, y llego a fin de mes con lo justo gracias al alquiler de dos locales comerciales. El dinero para la escuela proviene de una herencia de mi difunta esposa, soy viudo —esto último lo dije en un tono que pretendía demostrar un poco de enojo.

Impávido, Don Fernando consultó el reloj. Se tomó el whisky de un trago, como dispuesto a despedirse.

—Ahora —dije—, si me permite, ¿puedo hablarle con franqueza yo también?

—Como guste.

—Tengo entendido que es usted el hombre más importante de la zona. ¿No cree que eso conlleva una gran responsabilidad?

—No me quejo.

—Pero, ¿nunca se ha preguntado si esa responsabilidad comprende la educación de los menores de Esperanza?

—¿Quiere decir que por qué jamás se me ocurrió fundar una escuela, como a usted?

—Dijo que podía ser franco —aclaré con una sonrisa y el índice en alto.

—No encuentro nada en la educación de nuestros días que sea preferible a la educación que estos paisanos reciben acá, sus padres les enseñan las tareas que requiere la vida en la estancia.

—¿Lo dice en serio? —no pude evitar soltar una risita, que pronto sofoqué.

—Sí.

El hombre no bromeaba, y además parecía más bien aburrido de escucharme. Decidí dar por terminada la charla, pero no sin antes hacerle escuchar mi declaración de principios.

—Mi bisabuelo fue enviado a Tucumán en 1840 —dije, citando de memoria las palabras del general Uriarte—. Lo envió el mismísimo Alberdi desde Montevideo con el objeto de lograr el apoyo de las provincias del norte para la campaña contra el tirano Rosas.

—Estimo que era un hombre de ciudad, como usted —interrumpió mi anfitrión—, adentrándose en tierras agrestes, en poblaciones probablemente hostiles, con el sólo objeto de hacer el bien a sus compatriotas.

—Veo que me entiende.

—Y también entiendo que Alberdi y su grupo hacían lo que consideraban mejor en su época, pero no me diga que después de cien años no saltan a la vista sus contradicciones y defectos.

El conocimiento, o al menos el interés que revelaban esas palabras de Don Fernando, me tomaron por sorpresa.

—En dos cosas no estoy de acuerdo con mi antepasado ilustre —me apuré a confesar—. Como Alberdi, mi bisabuelo despreciaba la herencia española e indígena, sobre todo en lo biológico. Sin vergüenza puedo confesar que la corrección de este error se la debo en parte al discurso del dictador Perón, aunque sus intenciones sean en realidad tan contrarias a…

—¿Y la otra? Dijo que eran dos sus diferencias con su bisabuelo.

—La otra era su manía, también alberdiana, de ver en el catolicismo uno de los elementos indispensables para sostener la revolución liberal, lo que era o una contradicción evidente, o una concesión calculada con vista a otros fines.

—Usted es ateo, ¿no es cierto?

Aunque el tono en que Don Fernando hizo la pregunta no parecía indicar rencor, me sentí amenazado. Tuve el impulso de declarar que por supuesto que era ateo, que me consideraba ante todo un hombre inteligente.

—Digamos —respondí en cambio—, que en los días de mi bisabuelo era necesario simular el apego a la religión para encarar grandes mejoras sociales. Hoy ya no.

—Veo.

—¿Eso le molesta, Don Fernando?

—Para nada. En todo caso, envidio un poco su certeza. Yo me he alejado de la religión pero eso no me ha traído ningún bien a cambio —Don Fernando apoyó el vaso en la mesa y se puso de pie—. Bueno, mañana hay que levantarse temprano. Me voy a dormir, usted haga de cuenta que esta es su casa. Por la mañana, pídale a Donofrio cualquier cosa que desee. Nos vemos.

—Hasta mañana.

La habitación de huéspedes era amplia, limpia y fresca; la cama confortable. Sin embargo, pasé una noche espantosa. El recuerdo del opa, con sus ojos desorbitados de miedo, me acosó sin descanso.

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