ELVIS & DYLAN. EL REY DOBLE / Javiera Gutierrez

El reciente ganador del premio Nobel de literatura, Bob Dylan, estrena un disco triple, Triplicate, continuación de dos anteriores, con repertorio de lo que se conoce como el gran cancionero americano: standards de los años cuarenta y cincuenta, la mayor parte interpretados anteriormente por Frank Sinatra. Como es sabido, la Academia sueca le dio el premio a Dylan resaltando su aporte a la tradición de la canción norteamericana mientras él, en su obra más reciente, tributa a esa canción omitiendo su propio aporte como compositor en favor del intérprete. Rinde homenaje a la canción preDylan, incluso pre rock & roll. La trayectoria del Dylan intérprete es vasta: no hay que olvidar que en su álbum debut había solo dos temas propios, y que para esa época se lo describe como una “esponja” que podía interpretar cualquier canción minutos después de haberla escuchado una única vez. En la sala de la casa familiar en Hibbing, a no muchos kilómetros de Canadá, y a muchos menos de la mina de hierro que había enriquecido la ciudad con la industria de la guerra, a los cinco años ya sacaba uñitas de intérprete: “Si todos hacen silencio, voy a cantar”, planteó a los presentes y cantó dos canciones, una de ellas coincidentemente popularizada por Frank Sinatra. El silencio reverencial que precede las actuaciones en el documental Don’t Look Back, registro de la gira por Inglaterra en 1965, parece todavía responder a ese pedido. Entre el pequeño animador familiar y el beatnik acústico habían pasado menos de veinte años, la posguerra y Elvis.

“Cuando oí a Elvis por primera vez, supe que no iba a trabajar para nadie, que nadie iba a ser mi jefe. Fue como salir de la cárcel”, declaró en un reportaje. La revelación tiene algo de paradójico siendo que Elvis nunca perdió su condición de empleado, bendecido (y maldecido) por un golpe de suerte que administró sin compasión el coronel Parker. Dylan, en cambio, nunca olvidó su condición de propietario de todo lo que considerase suyo, aunque lo encontrara en la casa o en la obra de otro.

Por el nivel de complejidad que alcanzó tempranamente su obra, Bob Dylan parece alojarse en alguna galaxia distante de la rusticidad de pueblerino enjoyado que desprendía sin medias tintas el nativo de Tupelo. Sin embargo, Dylan siempre conservó una actitud de respeto casi devocional hacia Elvis, devoción que no le impidió ubicarse junto a él, sin nadie más, en un hipotético encuentro posmortem. Cuando se recuperó de la histoplasmosis que casi lo mata en 1997 bromeó: “Pensé que iba a encontrarme con Elvis”, dejando en claro primero quién es quién. Su medida no es un congénere, como por ejemplo John Lennon sino el único y primigenio, del que se piensa heredero, continuador y par.

El mapa de cruces y oposiciones que puede establecerse entre Elvis y Bob Dylan dibuja la silueta precisa de la canción norteamericana de la segunda mitad del siglo XX y marca los roles con los que estos artistas dan comienzo, abarcan y prácticamente concluyen el avatar de la cultura que despertó en los estudios Sun de Memphis. Si Elvis fue el pionero, el emergente, Dylan fue el artista de la autoconciencia, el quiebre y la expansión. Como mendigo y príncipe de los Estados Unidos provincianos, el nacimiento de tintes míticos del primero —el mellizo muerto, la cuna prestada y el nombre mal escrito por un matasano de pueblo— contrasta y se complementa con el nacimiento celebrado del segundo —el rabino que viaja desde una ciudad cercana para la practicar la circuncisión y registrar dos nombres (uno en hebreo y el otro de uso cotidiano) en los libros de la colectividad—; la infancia mísera con la clase media próspera; el hijo agradecido que compra Graceland para sus padres, con el que abandona la familia para seguir su destino trashumante; la ciudad campesina del sur segregacionista y pentecostal, con el límite norte de lagos congelados y trabajadores de la mina en efervescencia sindical; la música como experiencia directa en el templo, la esquina o el bar, con el oyente obsesivo de radio y discos pedidos por correo; los Evangelios con el Deuteronomio; el artista popular con el prestigioso; la voz prístina, con la voz áspera, nasal; el intérprete con el compositor; el desborde con la deliberación; el cuerpo con el pensamiento.

Dylan como autor ya había explorado todos los confines del formato canción —de la marcha circense a la oda oceánica de quince minutos de duración— en el doble Blonde on Blonde cuando Elvis hizo su especial de televisión de 1968. Rejuvenecido, embutido en cuero negro como un Brando estilizado y acompañado de los eternos Jordanaires, cantó las canciones de sus inicios. El programa se llamó Comeback Special: había que volver, pero ya no se podía volver ahí. El ciclo estaba completo y el resto es historia: el Rey fue sacrificado como souvenir de lujo en casinos cinco estrellas, vademécum insomne y triste como ninguno, licuado entre aviones privados, toalleros y Zarathustras.

Como cowboy, polichinela, beduino o crooner existencialista, Dylan recogió el guante, pero para sobrevivir evitó calzarse la capa y la corona. Cualquier corona, incluido el Nobel, va a parar al equipaje que transporta con estoicismo de carretero anciano y disciplina de monje, mientras silba suaves melodías ajenas sin perder jamás la astucia ni olvidar de la cuestión que desvelaba a Elvis y es el título de la canción que cierra Triplicate: “Por qué nací”.