LA EMBAJADA / Melina Cherro RELATO

Este relato está dedicado a la memoria de Alicia Carosio, que en un sueño me susurró el nombre de las protagonistas.

La verdad es que ya no recuerdo muy bien cómo llegué a esa recepción en la Embajada. Mis compañeros de facultad se habían organizado para entrar sin invitación ni permiso, para sacarle una dedicatoria a ese escritor japonés, que iba estar de invitado en el ágape. Era un escritor de haikus  que estaba de moda por ese entonces y todos en el departamento de letras estaban revolucionados con la noticia de su visita a nuestro país.

Esa tarde de otoño, entonces, me vi arrastrada por el grupo universitario hasta esa recepción a la que tenía muy pocas ganas de ir.

–Dale Sabrina, no seas amarga–. Me habían dicho mis compañeros, varias veces durante el día, para tratar de convencerme.

Y así fue como de pronto me vi rodeada de un montón de gente elegante que tomaba en pequeñas copas de cristal sorbitos de una bebida dulce, y comían bocaditos. El salón, muy elegante, tenía unos amplios ventanales a través de los cuales podía verse el atardecer que teñía el cielo de a trazos rozados y celestes y que parecía de cartón pintado, haciendo juego con las pesadas cortinas rojas y los vestidos y trajes de los invitados.

Embutida en mi clásico vestido negro que reservaba para esas extrañas ocasiones en que necesitaba aparentar cierta elegancia, asistí a la recepción como extranjera. Mis compañeros se mezclaron rápidamente con los invitados, podía verlos aquí y allá conversando en pequeños grupos, con una copita en la mano y deslizando cada tanto alguna de esas frases que les encantaba decir citando algún texto que habían leído recientemente. Por mi parte, me refugié a un costado, junto a una mesita circular sobre la cual los invitados dejaban copas vacías y bollitos de servilletas. Del escritor japonés, ni noticias.

Así pasé alrededor de una hora, alternando la mirada entre los compañeros de facultad que fácilmente se habían involucrado con los presentes y algunos invitados que me llamaban la atención. Un hombre vestido con traje de terciopelo verde botella, que tenía la cara enrojecida y sudada. “Está muy abrigado”, pensé mientras lo veía tomarse varias de esas copitas en unos pocos segundos.

Un grupo de mujeres vestidas con colores chillones, que se reían a carcajadas de unos chistes que les contaba un hombre evidentemente más joven que ellas y que disfrutaba con sorna de la situación. Una mujer con un largo vestido azul profundo –tal vez la más elegante de todas– que llevaba su pelo castaño claro enroscado en un rodete peinado prolijamente sobre la nuca, y que deambulaba por el salón sin un rumbo fijo.

Algo en ella me llamó la atención –solo ahora, muchos años después puedo entender qué fue aquello– y entonces ya no miré a nadie más. Durante un largo rato la observé desde mi rincón. La mujer de azul pasaba por los grupos sonriendo sutilmente, como si fuera dueña de la situación, y sin embargo, cada vez que se alejaba de uno de los grupos, cada vez que dejaba de repartir saludos, algo cambiaba momentáneamente en su expresión. Algo en su gesto parecía oscurecerse, era como si una sombra se apoderase de ella en esos escasos pasos que separaban a un grupo de otro. Al llegar a un nuevo grupo, esa sonrisa sutil volvía a surgir en sus labios, sonrisa que, después de verla sucesivas veces empezó a parecerme tan artificial como el cielo otoñal que se veía detrás de las ventanas.

Tras recorrer el salón, la mujer se ubicó en la esquina opuesta a la mía y nuestras miradas se cruzaron por un momento. Tuve una extraña sensación, como si ella hubiera percibido que desde mi rincón me había percatado de su cambio de expresión. Y me sonrió, con una sonrisa muy distinta a las otras, con una calidez que pocas veces había sentido.

Recién ahí, con esa sonrisa, pude observar su cara completamente. Era una mujer bastante más grande que yo “tendrá la edad que ahora tendría mi madre” pensé, y me llamó la atención algo en el color de su piel, algo en el color de sus mejillas me hacía acordar mucho a mi mamá, que había muerto hacía ya unos cuantos años. Mis pensamientos se habían ido de pronto y al volver a mirar hacia la esquina, la mujer de azul ya no estaba.

Tardé unos instantes en volver a encontrarla, había atravesado el salón de una punta a la otra –¿en qué momento lo había hecho?– era como si se hubiese evaporado de un lugar para corporizarse en el otro ¿o es que yo me distraje más tiempo del que pensaba?

Debajo de una gran mesa, en donde habían dispuesto unos cuantos platos fríos, había un pequeño grupo de niños, tal vez los únicos de la recepción, que jugaban escondidos tras el mantel blanco que apenas dejaba ver los pares de zapatos y el volado de algún vestidito.

Allí estaba la mujer de azul, junto a la mesa y levantando suavemente el mantel como para no asustarlos. Les dedicó a ellos la misma sonrisa que me había dedicado a mí y verificando a sus costados que nadie la estuviese mirando  –no supe si ella había visto mi mirada indiscreta y disimulaba, o si realmente ignoraba que mis ojos no se habían apartado de sus movimientos– les alcanzó de la mesa dos o tres platitos con algunos de los manjares que allí se servían. Los chicos festejaron su aparición y ella disimuladamente bajó el mantel para que sigan jugando en su escondite.

Cuando la mujer de azul levantó la mirada, temí ser descubierta y me refugié, lo más que pude, en la cortina roja que estaba junto a la mesita redonda en el rincón que me había protegido hasta entonces.

Dos o tres compañeros de la facultad aparecieron de la nada misma sacándome de mi ensueño. El escritor japonés había llegado finalmente a la recepción y se había armado un alboroto del cual me percaté solo cuando ellos se me acercaron.

–Vamos Sabrina, si rodeamos a la multitud podemos sacarle la dedicatoria para los libros de todos, primero que nadie –me dijeron con varios ejemplares del libro en sus manos.

Apenas pude resistirme, porque me tironearon arrastrándome en medio de la gente que se amuchaba alrededor del recién llegado. Así perdí de vista a la mujer de azul. Entre tanta gente agolpada alrededor del pequeño hombre que era el escritor japonés, el salón parecía vacío. Me sentía un poco mareada, perdida entre los invitados que habían pasado de ese apacible ritmo de cóctel a una especie de fiebre de risas y grititos histéricos, adulando al pobre japonés, que claramente se hubiera sentido a gusto debajo de la mesa junto a los chicos.

Soporté durante un rato –no sé en realidad si fueron apenas unos minutos o una media hora– el tumulto y el griterío. Parecía que la situación no iba a refrenarse y yo ya estaba cansada. Lo cierto es que a esta altura no me interesaba ni el escritor ni sus haikus. Mi mente seguía pendiente de esa mujer que me había transmitido un sentimiento contradictorio, por un lado una sensación de calidez y de protección reminiscencia tal vez de esa imagen maternal. Y por el otro, un profundo desasosiego, esa sombra en su rostro que me impelía a buscarla y saber más de ella.

Al asomarme entre la gente me pareció verla saludando al escritor, en el medio de los invitados, pero el grupo de gente me arrastraba de un lado al otro y por un instante la perdí de vista. Logré acomodarme entre mis compañeros y miré buscando a la mujer, pero el japonés saludaba ahora a una mujer vestida de verde.

La corriente de gente me arrastró siguiendo al escritor que deambulaba firmando libros y agradeciendo con su gesto oriental,  rendida ya al tirón de manos de uno de mis compañeros había dejado de buscar a la mujer. Me sentía dando vueltas como en una espiral, y en una de las curvas creí verla subiendo unas largas escaleras arrastrando la cola de su vestido azul, pero me sentía tan mareada que no podía escaparme para buscarla y volvió a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

Finalmente el escritor y sus seguidores pasaron al salón contiguo en donde se realizaría una especie de conferencia. Pude entonces alejarme de la muchedumbre y recorrer el salón, pasando por aquellos lugares que hasta hacía un rato estaban poblados de gente, y sin embargo la mujer de azul seguía sin aparecer.

El cielo se había tornado azul oscuro tras los inmensos ventanales. Cansada de recorrer el salón, del alboroto y de mi búsqueda, me recliné sobre el borde de uno de los ventanales apoyando mis mejillas en la suave cortina roja y miré el cielo iluminado por unas cuantas estrellas, que parecían haber sido pintadas con un fino pincel. Estaba ya convenciéndome de que había imaginado a la mujer de azul, que nunca había estado en aquella recepción y que era producto de mi aburrimiento durante esas horas, cuando descubrí su reflejo en el vidrio del ventanal. No estaba sola, a su lado pude observar a un hombre delgado y alto, vestido también muy elegante y adornado con una guarda blanca, azul y roja  que le cruzaba el torso. Pensé  que se trataba del embajador ¿sería ella su esposa?

Me quedé observando la escena a través del reflejo en la ventana. Él le hablaba pausadamente pero con frialdad y si bien desde donde yo estaba no podía escuchar lo que decía, me parecía que era algún tipo de reproche. Ella mantenía su mirada fija, en dirección a la mesa en donde un rato antes habían estado esos chicos escondidos, su rostro estaba atravesado por la sombra, ese oscuro gesto que le había descubierto mientras la veía caminar de un grupo a otro. Solo que al mirar a los ojos de ese hombre que tenía enfrente, la oscuridad era mayor, y sin embargo el embajador parecía no notarlo. Con la misma elegancia que había tenido hasta ahora, la mujer de azul se disculpó con un gesto frente al hombre y caminó en dirección al fondo del salón. Un instante antes de desaparecer detrás de unos cortinados rojos, me pareció que me dirigía una mirada a través del reflejo en la ventana. Me dispuse entonces a seguirla.

Caminé con cierta velocidad, segura de alcanzarla, pero al llegar hasta los cortinados no estaba. No había ningún rastro de ella, tampoco había visto hacia a donde se había dirigido el Embajador.  Eché una mirada hacia atrás, para corroborar que esa era la cortina que se veía desde la ventana, y ahí me vi reflejada, casi en el mismo lugar en donde había visto unos momentos antes a la mujer de azul.

Atravesé las pesadas cortinas rojas que estaban cuidadosamente cerradas –segura de que la mujer debía estar del otro lado–  y llegué hasta una especie de recibidor decorado también con terciopelos y espejos. Empujé entonces una pesada puerta de madera oscura y llegué finalmente hasta un lujoso baño. Todo era de un exceso que jamás había visto, me sentía en una de esas novelas imperiales rusas en donde la fastuosidad y la tragedia se unen con naturalidad. La mujer de azul estaba parada frente al tocador, refrescándose la cara suavemente con un poco de agua, tenía los ojos levemente enrojecidos y la sombra persistía en su gesto. Solo cuando levantó la mirada y me descubrió en el espejo, volvió a iluminarse y a sonreír como a los chicos en el salón.

–¿Está bien?– le pregunté mientras me acercaba hasta ella con cierta timidez, había algo en su figura, no diría su altura sino más bien su porte, que me intimidaba.

–A veces las cosas no salen como una las planifica, eso es todo– me respondió.

Su voz era suave, como aterciopelada, producto de un acento extranjero que no lograba reconocer.

–Sí, entiendo. A mí me pasa muchas veces. Me llamo Sabrina– dije expectante.

–Soy Mila, encantada.

–¿La esposa del embajador?– pregunté sin poder contenerme.

–La misma– dijo con un suspiro que dejaba traslucir cierto aburrimiento.

–Todo está muy lindo, sin embargo. La recepción salió muy bien. Lo que no sé, es si el pobre japonés la habrá disfrutado–  y dejé escapar una risa al recordar la cara del pobre escritor rodeado de los embravecidos invitados.

Mila se rió también. Caminó arrastrando su vestido hasta unos sillones que se encontraban a un lado del tocador, y mientras se recostaba en uno que tenía un alto respaldo, me hizo un gesto para que me siente. Estábamos ya en confianza y pasamos unos segundos sin hablar, hasta que de pronto, sin que yo dijera nada, empezó un extraño relato.

–“Te voy a contar algo, querida Sabrina, un recuerdo que es muy especial para mí. Hacía varios meses que mi esposo y yo estábamos en Ho Sin Shuan, una ciudad en el corazón del sudeste asiático. El clima me resultaba hostil. Las lluvias diarias, el cielo gris y la vegetación me repugnaban. Pero Iván tenía allí su trabajo y la finca en la que nos hospedábamos estaba lo suficientemente aislada del tumulto del centro. La soledad, sin embargo, era terrible para mí. Iván nunca quiso tener hijos, pensaba que un niño haría interferencia en su vida diplomática, que nos demoraría los viajes y que impediría que yo esté disponible para acompañarlo a cada uno de los encuentros, recepciones y demás actividades que debía realizar.”

Me acomodé en el sillón, su voz cadenciosa, suave y con su extraño acento –con las erres profundamente marcadas– me había trasladado a ese exótico ambiente oriental.  Al hablar, además, transmitía cierta emoción como si su relato la hiciera revivir aquél viaje como una gran aventura.

–“Lo cierto es que algo de razón tenía Iván, porque por más que lo intenté, mi estimada, no logré engendrar un hijo.”

Su voz se tornó trágica y yo sentí cierta incomodidad al escuchar su confesión. Pero Mila me miró como si estuviese acostumbrada a esas reacciones y siguió con su relato.

–“Los días pasaban para mi sin sentido alguno. Acompañaba a Iván a las recepciones y conferencias de manera casi mecánica, parecía destinada a vivir como adormilada. Y entonces el pequeño Hsiao apareció en mi vida como una bocanada de aire fresco. El día que la cocinera llegó con su chiquito en brazos,  no dudé en acogerlos a ambos. Lo que ella cocinaba no era muy de mi agrado, los gustos de esa gente aún hoy me resultan repulsivos, pero valía la pena con tal de tener a Hsiao a mi lado. Durante muchos meses fui para él como una tutora, o casi como una segunda madre. Al decir verdad, la cocinera tenía apenas dieciséis años y casi no sabía cómo ocuparse del niño. Le enseñé a leer y a escribir, lo vestí. Hsiao aprendía muy rápidamente y juntos pasábamos horas exquisitas mirando por las ventanas de la finca a los pájaros que volaban por el cielo, los pastos que crecían después de cada lluvia, los sonidos del atardecer cuando el sol salía apenas por un rato. Lo que más le gustaba a Hsiao era escondernos debajo de la mesa del comedor, cobijados por el largo mantel bordado, y leer en secreto alguna historia de misterio. Aún recuerdo el brillo emocionado de sus ojos, escuchando atentamente lo que le leía. Fueron unos meses hermosos.

Pero algunas tardes, la cocinera se lo llevaba a la ciudad porque tenía a su familia en un barrio muy pobre, aledaño al centro. Esas excursiones eran terribles para mí, me pasaba la tarde mirando por la ventana esperando su regreso. Estoy segura de que ella lo hacía a propósito, como forma de sancionarme por hacerme cargo de su hijo. Hsiao había aprendido todo perfectamente bien, de manera que para esa ignorante jovencita su hijo era un perfecto extraño. Cuando volvían de la ciudad me tomaba un largo rato para bañarlo y sacarle el olor que traía después de haber estado con esa familia que lo volvía tan rápidamente a ese estado original, primitivo. Sin embargo sus ojos seguían mirándome con ese brillo cómplice, a la espera de alguna de nuestras lecturas.”

En la cara de Mila se proyectaba ahora una oscuridad que me asustó. Estaba como enajenada hablando de esa historia pasada. Yo la escuchaba sin terminar de comprender si eso que me contaba le había ocurrido realmente o si era todo un invento, un delirio de su imaginación. Y aún así quería llegar al final de su relato.

–“Hasta que la peste llegó a la ciudad. Fue de pronto, producto seguramente de ese aire húmedo y putrefacto. La población entera estaba aterrada, los nativos morían como insectos y yo le rogaba a Iván que nos fuéramos, llevándonos por su puesto a Hsiao con nosotros. Pero en una de esas excursiones con su madre, Hsiao enfermó de la peste y en unos pocos días murió, sin que yo pudiese hacer nada. La cocinera no me dejó acercarme al niño y se lo llevó a la casa familiar en donde no tuvo atención médica. Iván y yo dejamos Ho Sin Shua unas pocas semanas después.”

Una vez dicho esto, Mila se levantó casi sin mirarme y salió del tocador atravesando un cortinado como si fuera una actriz que acababa de terminar una eximia actuación. Yo estaba como hipnotizada por su relato, me había dejado en un estado de ensueño del que me costó salir. Cuando logré reaccionar, me encontré rodeada de mis compañeros de facultad que me habían estado buscando.

Llegué a mi casa entrada la madrugada. Me acosté pensando en Mila y en su relato de esos meses vividos en esa exótica ciudad y su relación con el chico. Me quedé dormida y soñé con el escritor japonés en la finca de Mila e Iván, con unos platos de comidas extrañas y con un niño que se escondía debajo del mantel para que no lo obliguen a probar bocado.

A la mañana siguiente llamé a la embajada para intentar hablar con Mila. La noche anterior todo había ocurrido muy rápido y el relato, su voz, el ambiente que me había descrito, me habían fascinado pero además me habían despertado un sentimiento de piedad por esa mujer que se había visto envuelta en toda esa terrible historia. Quería saber más sobre ella, quería que me cuente todo.

La secretaria de la embajada me dijo que “la señora se encuentra ocupada en este momento, deje su nombre y teléfono para que pueda responderle el llamado”.

Pasaron varias semanas sin noticias de Mila. Varias veces, en el recorrido que realizaba diariamente de mi casa a la facultad, incluía pasar por la embajada, pero no me atrevía a preguntar por ella. Me paraba frente a la puerta y miraba la bandera azul, roja y blanca que flameaba en un pequeño mástil e imaginaba que Mila salía a recibirme. Las tardes se me pasaban así, ansiando el encuentro con la mujer siempre vestida de azul.

Hasta que  recibí una breve carta en donde se disculpaba por no haberse comunicado antes conmigo.

“Querida Sabrina,

Tuvimos que viajar a París de urgencia al día siguiente de la recepción. Lamento muchísimo que no hayamos podido despedirnos. Tenía profundos deseos de saber algo más de ti, realmente nunca nadie me había escuchado con la atención con la que me escuchaste aquella noche. Estoy profundamente agradecida, desde esa noche te considero mi amiga. Como te dije, las cosas nunca salen como una las planifica. Prometo escribirte ni bien esté instalada en mi nueva dirección.

Un gran cariño,

Tu amiga Mila.”

Abajo, como perdida en la base del papel había escrito un Haiku, que intuí era una especie de regalo, y también un ajuste de cuentas con la recepción, la conferencia y el escritor japonés que tanto alboroto había causado: “Mariposa: aleteas ¿Acaso de este mundo desesperas?” Issa (1762-1826).

En el sobre no había una dirección de remitente, y no pude escribir una respuesta para Mila. No me quedó más remedio que esperar su próxima carta. Los días siguientes fueron como afiebrados para mí, no los recuerdo muy en detalle, pero tengo la sensación de no haber estado en ningún lado, solo esperando noticias de mi nueva amiga. Recuerdo haber pasado horas sentada en una plazoleta justo frente a la puerta de la embajada, aún sabiendo que Mila no estaba allí. Era como si el aroma de esa calle, el color de la bandera, la elegancia de la entrada, la trajeran de vuelta.

Hasta que finalmente llegó una carta.

“Mi muy querida Sabrina,

Verás que en la dirección del remitente figura una dirección en París, allí podrás escribirme si lo deseas. Espero con ansiedad noticias tuyas.

En este momento estoy en altamar. Iván tuvo que dejar París y subirse de urgencia en este transatlántico para llegar lo antes posible a un puerto en Sudáfrica en donde lo esperan para un coloquio.”

Leí asombrada la carta de Mila. Había llegado durante el día y yo recién pude leerla durante la cena. Me preguntaba por qué estaban viajando en barco si Iván tenía tanta urgencia por llegar. Era un diplomático importante, ¿no tomaría un avión para llegar antes? Pero al avanzar con la lectura de la carta, mi pregunta dejó de tener importancia.

“Pensé que este viaje iba a ser interminable y extenuante, pero algo inesperado ocurrió. Tengo que confesarte algo, querida Sabrina, algo que pensé que jamás me iba a ocurrir. En el camarote aledaño al mío se hospeda un joven Oficial de la Marina.”

Mila describía en su carta la relación romántica con ese hombre, de pronto era como si Iván no existiera, como si el Oficial y ella estuvieran solos en el barco. Hablaba de bailes y cenas y encuentros en la proa del barco en medio de la noche.

“(…) y entonces, a pesar del frío de la noche, y bajo la hermosa luz de la luna, mi querido Oficial me tomó de la cintura, y cantándome al oído una canzonetta d´amore, me hizo bailar como nuca había bailado antes.”

También me contaba sobre la triste despedida al llegar al puerto de destino. Todo su relato era un episodio casi fantástico, y solo una vez que terminé de leer su carta me volví a preguntar si eso que Mila me estaba contado le había sucedido realmente. Sus palabras, sin embargo, tenían el poder de la verdad. Cada uno de los detalles, la forma en que describía el barco, el ambiente, los colores. Como hablaba de su “querido Oficial”. Todo eso me despejaba cualquier duda. Y entonces pensé que tal vez esa gente, los diplomáticos y sus mujeres, viven así, como en un mundo paralelo.

Durante ocho meses Mila me escribió cartas increíbles. En cada una el relato de sus aventuras me trasladaba a los más recónditos lugares del mundo y yo no hacía más que deambular por las calles nocturnas, iluminada por faroles amarillos e imaginar a Mila en cada una de sus aventuras. Me gustaba perderme en los barrios cercanos a la facultad, sin rumbo fijo, y repasando mentalmente alguna de sus cartas. A veces dudaba si eso que me había memorizado palabra por palabra, me lo había escrito Mila, o si había sido parte de algún sueño.

“(…) y entonces caminamos largas horas a través de la jungla. Los animales nos miraban con sus ojos brillantes, y aunque eran fieras salvajes no tuve miedo. El guía me llevó por un sendero hasta una aldea en donde el jefe de la tribu nos recibió. Adentro de su humilde choza, estaba quién entiendo yo, era su mujer que al verme entrar no dudó en entregarme un hermoso talismán (…)”.

Cuando llegaba a casa, entrada la noche, después de una de mis caminatas, revolvía el cajón con las cartas de Mila buscando el párrafo que me había acompañado en mí deambular. A veces la encontraba, otras veces me quedaba dormida con las cartas desparramadas en la cama.

Las cartas seguían llegando con el remitente parisino, pero en cada una Mila estaba en un lugar distinto. Yo le respondía cada tanto. Lo que podía contarle de mi vida era tan rutinario que no valía la pena. Prefería seguir con mis paseos nocturnos y soñarme junto a Mila recorriendo alguno de esos extraños parajes o viajando con ella en un transatlántico que se perdía misteriosamente en medio de una espesa neblina. Al abrir los ojos por la mañana, ansiaba que llegue la noche, el final del día para poder elegir una de sus cartas y llevarme su aventura a mis sueños.

“Mi muy querida Sabrina,

Esta vez te hice caso y viajé con un pequeño equipaje. Aquí en el trópico el clima es tan húmedo que la ropa se te pega a la piel y mis vestidos de gaza son ideales para el clima. La gente vive de noche, el puerto tiene actividad constante y los marineros van y vienen entre el barco y los cabarets.

Dormimos hasta pasado el mediodía porque el sol y el calor son insoportables. Iván se fue por unos días y yo me quedé junto a mi dama de compañía, que es nativa del pueblo. Se llama María y es realmente adorable, anda descalza porque dice que sus pies no soportan el calor de los zapatos, y le creo. Mis pies se ponen al rojo vivo cada vez que doy dos pasos.

María me lleva de bar en bar cada una de las noches. ¡Que Iván no se entere lo bien que la pasamos! Sin ir más lejos, anoche le presté a María uno de mis vestidos de gaza y juntas salimos a divertiros por ahí. No vas a creerlo Sabrina, terminamos cantando con el piano de uno de los cabarets. Fueron tantas las ovaciones que el dueño quería contratarnos, ¿te imaginas?

Llegamos allí a la hora de la cena, y comimos unas frituras acompañadas de cerveza y alguna otra cosilla. La música sonaba desde el piano, y la gente alegremente cantaba y bailaba al compás. Al principio miraba todo desde mi mesa. María se levantó y empezó a bailar y yo la acompañé con un suave movimiento de cabeza. Hacía tanto calor que aprovechando que estaba sentada, y con los pies escondidos debajo de la mesa, me saqué los zapatos también. Y así quedé. Al rato, no sé ni cómo, ya estaba cantando a viva voz junto al piano que era ejecutado magistralmente por un mulato. María y yo cantamos a dúo. Y al final todos gritaban por nosotras, las mujeres descalzas.

Durante esos primeros meses las cartas de Mila traslucían que estaba de buen ánimo, podía imaginarla escribiéndome con esa sonrisa con la que me había mirado aquella noche en la Embajada. La narración de sus viajes, aún con desencuentros amorosos y despedidas tristes, parecía mantenerla de buen ánimo. Pero de pronto sus cartas se volvieron más oscuras, como si la sombra se hubiese apoderado de su gesto nuevamente. Algo le estaba pasando, pero no podía saber qué.

“(…) por las noches, mi querida amiga tal vez tu me entiendas, me cuesta dormir, estar en soledad. A veces, debo confesar, me siento un poco cansada y pienso que tal vez ya es hora de quedarme quieta en algún lugar.

Tal vez te vea pronto.

Con todo mi afecto,

Mila.”

 

Y entonces dejé de deambular. Tal vez porque las noches se habían tornado más frías, tal vez porque el ánimo de Mila se me había contagiado. Lo cierto es que al salir de la facultad ya no tenía ganas de perderme por las calles de faroles amarillos, ni repasar mentalmente alguna de esas cartas. Volvía a refugiarme a mi casa, y hundida entre las frazadas de mi cama leía la última carta que Mila me enviara.

“Querida Sabrina,

Sé que con lo que voy a contarte a continuación vas a pensar que he perdido por completo la razón, pero no es así.

Desde hace unas cuantas semanas estamos alojados en un inhóspito castillo al norte de Europa. Un amigo de Iván nos invitó a pasar una temporada por aquí. Iván sale todas las mañanas junto a su amigo para realizar diversas tareas que le han sido asignadas y yo paso las horas encerrada entre las altas paredes de piedra de mi habitación.

La única compañía, además de los pocos sirvientes, es la hija de Jacov, tal es el nombre de nuestro anfitrión. Miriam es una niña taciturna, espantosamente rubia y de ojos tan celestes que atormentan. No he podido entablar amistad con ella. Querida amiga, sabes cómo adoro a los niños, y mi deseo de ser útil para todo aquél que lo necesite.

Cuando supe que la esposa de Jacov y madre de Miriam murió hace unos años de una terrible enfermedad, pensé que por la temporada que pasásemos aquí ella y yo seríamos amigas. Que podría ocuparme casi como una madre de esa niña que en primera instancia me pareció hermosa.

Pero no es así. Miriam deambula por los pasillos del castillo en silencio, y cuando ve que me acerco desaparece extrañamente a la vuelta del corredor o por una puerta inexistente. A veces la veo subir por oscuras escaleras, y desaparecer en la sombra mirándome con sus ojos brillantes. En la noche, mientras duermo, creo sentir su presencia junto a mi cama y a veces siento unas terribles puntadas en el cuerpo.

Cada mañana estoy más débil, creo que día a día enfermo un poco más. El médico ha venido a verme en repetidas ocasiones, pero atribuye mi malestar al clima inhóspito del país y a mis continuos viajes. Le ha sugerido a Iván que volvamos a París, pero yo sé que tiene asuntos por resolver aquí y no puedo obligarlo a regresar.

Estoy tan débil que lo único que me conforta es sentarme junto al fuego de la chimenea de una de las salas y pasar la tarde mirando a través de los altos ventanales del castillo. Afuera, el cielo gris y el verde de los pastos, conforman lo que imagino como un cuadro pintado por las manos de un artista y su pincel. La cocinera me trae amablemente un té que me anima y entonces puedo leer un rato, pero esa chiquita sabe que estoy descansando y no duda en  entrar a la sala para atormentarme. Se sienta en un pequeño sillón frente a mí y me clava sus horribles ojos celestes.

Sabrina, no hay aquí  a quién pedirle ayuda. Ni siquiera a los sirvientes puedo confiarles lo que me ocurre. Miriam los tiene como dominados, y Jacov e Iván están todo el día afuera, trabajando.

Anoche, durante la cena, Miriam se metió debajo de la mesa para atormentarme. Sentía en mis piernas sus frágiles dedos, casi como acariciándome. Levanté el mantel para sancionarla, pero no estaba allí. Al mirar al frente estaba sentada en su lugar, cenando con sus ojos clavados en el plato, sumisamente y alternando una impostada sonrisa que a los ojos de cualquiera parecería una sonrisa tierna.

No sé cuánto tiempo más pueda aguantar. Espero regresemos a París lo antes posible.

Sinceramente tuya, tu amiga

Mila.”

Durante los meses anteriores había suspendido mi duda. Aceptaba las historias de Mila tal como ella las contaba, pero ésta… Definitivamente estaba segura de que mi amiga se había vuelto completamente loca, estaba segura de que tanto viaje, tanto desarraigo y un matrimonio frustrado la habían llevado directamente al delirio. Tuve la intención de escribirle unas breves líneas a Iván, trasmitiéndole mi preocupación por su esposa, y sin embargo no lo hice. Leí una y otra vez la carta de Mila y me sentí culpable. ¿Cómo no creerle? Le creí su tórrido romance en altamar y su misterioso viaje por África.

Si era cierto lo que le estaba ocurriendo su vida corría peligro, estaba pidiéndome ayuda desesperadamente y yo no sabía cómo responder. Esa noche soñé una y otra vez la misma escena. Mi mano o la de Mila levantaba el mantel y algo o alguien saltaba desde abajo de la mesa y yo abría los ojos. A veces era Miriam, a veces Hsiao, a veces algo descontrolado y sin forma. Fue una noche terrible, aterradora.

Después de esa carta, pasaron semanas sin noticias de Mila. Ignoraba la dirección de ese castillo al norte de Europa no tenía forma de comunicarme con ella. Al llamar a la Embajada en París, no pude hacerme entender ante la telefonista francesa que me atendió, mi inglés es muy malo y no se hablar francés. Escribí unas líneas muy rápidas y las despaché con carácter de urgencia, sabiendo que demorarían varios días en llegar a las manos de Mila, porque debían re enviarlas desde París hasta el castillo.

El sueño del mantel se repetía noche tras noche. Estaba tan mal dormida y preocupada que los días se me empezaron a confundir, temía por Mila y por mí misma, como si el hechizo de Miriam hubiese llegado hasta mí.

“Telegrama de la Embajada de Ucrania en Francia: por la presente, lamentamos informarle que la señora Mila Igureva Ivanova ha fallecido en el hospital Militar de París.”

Esa era toda la información. Nada más. Llamé desesperadamente a la Embajada para hablar con Iván.  Pero fue inútil. Por otro lado, ignoraba si el embajador sabía de mi existencia. Muchas de las cartas de Mila eran claramente secretos y confesiones. Cosas que Mila no tenía intención de compartir con su marido.

Durante las semanas siguientes dormí sin soñar. Noches cerradas y negras. Me acostaba y cerraba los ojos, y al despertar era como si nada. Volví a mi rutina, facultad, trabajo, compañeros, casa, cena. Dormir.

Y una nueva carta llegó. Llena de esperanzas la abrí, segura de que la muerte de Mila era la mejor historia que se había inventado.

“Estimada Sabrina,

Sé que mantuvo con mi esposa una intensa amistad epistolar durante estos últimos meses. No sabe lo agradecido que estoy, ya que sus cartas la hicieron muy feliz durante de su breve estadía en París. Entiendo que estamos en confianza y que puedo contarle a usted que en estos últimos meses solo lograba hacerla sonreír cuando le cantaba al oído una canzonetta d´amore que aprendí hace muchos años, en nuestra luna de miel.

Mila enfermó inesperadamente durante la visita a su país, y aquella noche del cóctel su mal estar se hizo muy intenso. A la mañana siguiente nos trasladamos de urgencia a París, en busca de la mejor atención médica, pero no fue suficiente. Supongo que no hace falta que le cuente más detalles al respecto, imagino que Mila la habrá mantenido al tanto.

En su última noche Mila intentó escribirle una carta, pero el papel que encontré sobre la mesa de luz estaba en blanco, y a un costado este extraño talismán, entiendo de origen africano. Ignoro cómo llegó a manos de Mila, pero sabe, mi mujer siempre fue un misterio para mí.

Sé que va a extrañarla tanto como yo, no dude en escribirme si es que puedo serle útil de alguna manera.

Afectuosamente,

Iván”.

Esa noche ordené prolijamente las cartas de Mila en una caja y dejé el talismán en mi mesa de luz. Poco a poco volví a deambular por el barrio aledaño a la facultad, iluminado con faroles de color amarillo. A veces, mientras camino, repito casi en un murmullo alguna frase suelta, algún párrafo de alguna carta, de esas que no sé si Mila escribió o si yo la soñé.

Mila me visita cada tanto, cuando duermo. Aparece detrás de uno de esos largos cortinados rojos o junto a uno de los ventanales con el cielo de cartón pintado, con su largo vestido azul profundo y su pelo enroscado prolijamente sobre la nuca, para contarme al oído alguna de sus increíbles aventuras.