BEBA / Ángel Faretta RELATO

“The best in this kind are but shadows”

Shakespeare, Midsummer’s Night Dream, V, 1 (*)

 

Vendría otra vez esa tarde. Traería besos, dulces, tan pegajosos como los besos que traía.

Olía a un perfume que a Romina le parecía vinagre. Imposible evitar sentirlo cuando se inclinaba para darle un beso. Llevaba rodete, blusa con floripondios que alguna vez había sido de seda, sobre ella múltiples abalorios, collares, estampas impresas con figuras borrosas. Luego se sentaría en la silla del rincón, bajo la mampara que contenía flores artificiales a las que ella agregaría su cuota mensual.

Se llamaba Beba, nunca se supo su nombre completo. Ese Beba de niña detenida en el tiempo, de muñeca de plástico y de bebé daba a su figura amojamada, o mejor dicho sumaba para Romina algo inquietante. Siempre la imaginaba recién llegada del cementerio, donde había estado revolviendo floreros con aguas de posos estancados, flores muertas y un aire de domingo al caer la tarde.

Romina siempre se preguntó –lo hace ahora todavía- porqué su madre la toleraba -porque a las Bebas se las tolera. Porqué la recibía a tomar mate o té con masitas o cosas similares porque le había dicho, confesado docenas de veces que no le gustaba Beba. Que su voz, que aquello que decía, su forma de sentarse o de estar parada… Entonces, porqué la volvía a aceptar en su casa, por lo general en las tardes, sin avisar jamás previamente con su piel blancuzca y ese olor a vinagre o almizcle que llevaba siempre a cuestas como una segunda piel o hasta naturaleza…

¿Qué se sabía de ella? Era viuda porque esas Bebas siempre son viudas. Que no trabajaba, que vivía de alguna entrada, que su casa era la más vieja de todas la que había en ese pasaje. Que esto que aquello…

Romina la veía a las horas más insólitas recorrer el pasaje y como todo pasaje es una casa o barrio colectivo en miniatura, Beba se había alabado de su fama de consejera de remedios domésticos, curandera, vidente, cultora de la cría de gatos, ambientalista antes de que esto existiera consistente en escrutar cielos, nubes, probabilidades de lluvias; cosas así.

Pero por más que su madre se resignara a su presencia, a Romina le daba temor. Se le apareció en sueños tanto en los más estrambóticos como en los  más banales.

Romina se pregunta ahora cuándo comenzó todo, qué pasó con esa señora que se llama o se hace llamar Beba que tanto la inquieta, que directamente le repugna.

Los niños no distinguen realidad o ficción y han sido muchas veces de manera un tanto apresurada alabados por ello. La ingenuidad infantil y blablablá. ¿Pero recuerdan esas personas lo que fue su propia infancia? No lo creemos.

Romina jugaba todos los días ¿A que jugaba?  A habitar un mundo propio pleno de seres que eran versiones en parte de los dibujos que veía por televisión y de las ilustraciones de los libros que leía y de los primeros dibujos que salían de su mente y de su mano. Esas horas de las tardes donde el sol baja y la noche no llega aún se hace más… ¿Como decirlo? Más extrema en las ciudades marítimas. Será el olor del mar que lo impregna todo, la humedad, el propio mar como un trueno distante… en fin. Las tardes son a veces tediosas, el juego se acaba y la imaginación entonces flota a distancias siderales del presente.

El pasaje donde vivían era estrecho, con empedrado de adoquines y con macetas en los umbrales de las casas de una, o dos plantas a lo sumo. Todo eso ayudaba a su imaginación a que vivía en un pequeño recodo de camino, un atajo secreto solo conocido por los habitantes de ese lugar.

Esa tarde, como digo, pareció súbitamente más tediosa que ninguna otra que podía recordar. Beba volvía cargada las manos con bolsas superpuestas. Llevaba anteojos en punta de esos que parecen antifaces transparentes. El pelo siempre anudado en un prieto rodete atravesado por dos agujas de carey que formaban una X. Romina pensó que esa equis marcaba el enigma ambulante que representaba Beba.

Le hizo señas de que se acercara. Pero Romina no quería moverse de donde estaba. Ese “donde” incluía sus sueños ahora más que borrosos por la presencia de Beba a quien había visto alguna vez charlando con su madre, imaginaba que de recetas, de yuyos diversos y de cosas similares. Nunca había querido acercarse. Buscaba cualquier excusa o pretexto para estar lejos de ella, aunque sabría explicar porqué.

Beba seguía haciendo gestos con una mano en su dirección. Había apoyado una de las bolsas de red sobre el suelo empedrado. Desde allí salían flores secas, hojas de apio y perejil y algo más que Romina no pudo ver desde donde estaba. Era tan insistente o ¿qué? Esa mano en su dirección llamándola, esa mano acribillada de anillos de piedras -amatista, lapislázuli, jade negro-, parece atraerla en su dirección.

Romina o mejor dicho algo que empujaba la espalda de Romina la hizo acercarse hasta Beba.

Debía tener muchos años pero no se le veía ninguna arruga; la piel lisa pero no suave como si hubiera empleado almidón o yeso para maquillarse le daba el aspecto de una máscara.

Mientras se iba acercando Romina sintió ese olor por primera vez. No era rancio ni producto de la suciedad del cuerpo. Era otra cosa. De algo estancado pero que había sido frutal, tal vez cítrico hasta poco antes ¿Qué antes? Imposible mensurarlo

Mientras terminaba de acercarse, Beba abrió la puerta de su casa indicándole que pasara. El vestíbulo a oscuras y media docena de gatos negros que formaron un círculo alrededor de los pies de Beba. Sin maullar, totalmente silenciosos. Cerró la puerta. El golpe, más bien el estampido fue seco, hermético. Dentro –Beba había encendido las luces- vio una mesa redonda de madera oscura y en su centro, y dentro de un plato también redondo, una vela flotando en una suerte de masa pringosa…

Sobre las paredes imágenes en tapetes que Romina creyó eran lo que llamaban santos; figura acribilladas por flechas en su pecho y en sus piernas. Un animal parecido a un dragón que echaba un fuego escarlata por sus fauces. La casa olía a melaza a medio cocer. Una araña con cientos de caireles en el centro del techo sobre la mesa, de caoba oscura. Mesitas laterales con carpetitas tejidas al croché y una hornacina practicada en una pared en cuyo interior iluminado se veía una figura sedente. Era de color negro y parecía dormir un sueño eterno. Mientras los gatos seguían girando en círculos alrededor de Beba.

-Voy a mostrarte algo- dijo súbitamente.

No le había indicado que se sentara ni nada parecido.

-Puedo ver el futuro, ¿sabés?

El tiempo futuro para los niños es mañana.

-…

Abrió una caja de teca taraceada donde se multiplicaban los triángulos. Sacó una suerte de esfera, parecía una bolita de vidrio con la que jugaban los chicos pero más grande y opaca. Colgaba de una cadena de plata y Beba comenzó a hacerla oscilar en dirección a Romina que miraba como quien no quiere hacerlo. Pero los ojos, los párpados parecían no responderle…

¿Qué vio entonces? Primero nada. Quedo enceguecida por lo que se movía dentro en círculos y espirales cada vez más veloces, vertiginosos. Luego fue como si se abriera un hueco allí,  un agujero primero negro y después…

Era algo informe –todavía lo recuerda- no uno de esos horrores que reconocemos de inmediato, gárgola, ser híbrido entre lo humano y animal; nada de eso. Se vio allí dentro de múltiples maneras y perfiles. La cara, los rasgos eran los suyos, pero tomaban diferentes formas y perfiles.

Dejó de oscilar la bola de vidrio y le acercó una copa alta, de fino talle, color borravino.

-Bebé esto.

Romina no obedeció. Simplemente volcó la copa y salió corriendo

Al otro día despertó tarde, no se sintió bien o dijo eso porque no sabía bien lo que sentía. Su madre estuvo de acuerdo en que faltara al colegio. Luego, a solas, en su cuaderno intentó dibujar siquiera aproximadamente los rasgos dilatados que había visto dentro de la bola de vidrio. Inútilmente. No podía dibujar algo móvil así nomás y de hacer una serie como cuadritos de una historieta, perdería entre uno y otro el nexo fugaz que los hacía posibles.

Después quedó en un estado de sopor, de animación suspendida, y creyó soñar algo sobre una copa color rosado y que ella había tirado y su contenido era como…Allí despertó.

Ahora la evitaba siempre que podía. No le temía o solo le daba algún espasmo de repulsión. Pero como cuando pasamos al lado de algo que no debemos ver porque sabemos lo que contiene o como huele. Claro que en los cumpleaños de su madre tenía que soportarla una media hora o poco más. Pero ya no temía. Ángel le había dicho que estas cosas no pueden con nosotros. Citó autores y frases, pero lo que más impresionó a Romina era aquello referente a la libertad. Era otra cosa que hacer lo que a uno se le viniera en ganas.

Así pasó un tiempo; Romina dibujó muchas y variadas cosas. Ángel se prometió escribir un día sobre ellas. Pero por una razón u otra -un libro en marcha, un seminario, a veces el simple cansancio- posponía la tarea prometida.

Una noche, finalmente, Romina tuvo una pesadilla: no gritó ni nada. Simplemente tomó su mano

-¿Qué viste Romi- le preguntó

-A Beba, con el pelo suelto y alborotado y vestida de negro. La vi cómo que se alejaba… Se internaba en la escollera de La Perla y se sumergía lentamente en el mar hasta perderse de vista

Ángel bostezó o simuló con un bostezo una boca de asombro mudo.

Ya con el primer mate le dijo:

-Romi, tengo que escribir sobre eso…

-…

-Para que termine de irse.

Ella pareció aprobar.

 

 

*: “Lo mejor en esta clase no son sino sombras”

“Sueño de una noche de verano”. Acto V, escena 1.