DIARIO DE MI LECTURA DE DRACULA, DE BRAM STOKER (parte final) / Melina Cherro

A Lucía Cano

Domingo 30 de Marzo

Las simetrías siguen apareciendo. No se trata de hacer un catálogo de simetrías, sino de desentrañar esta narración que me tiene capturada. Evidentemente en las simetrías reside cierto secreto del flujo del relato, de una idea de sentido que se va armando, y que deberán misteriosamente confluir en el final.

Las simetrías van en círculo o tal vez es más correcto decir en espiral, a la figura del Conde. Dientes, manos, mirada, es decir ojos.

Una vez que el Conde llega, comienza la posesión de Lucy. Así como Jonathan tuvo el anuncio de lo que le esperaba con la sed y los sueños tormentosos, Lucy también tiene un preanuncio o una predisposición: deambula sonámbula en la noche. Ese estado intermedio  –una vez más, doble– ni dormida ni despierta, es lo que permitirá que el Conde la posea. Y lo que llevará a Lucy a su estado posterior de “no-muerta”, tal como dirá Van Helsing más adelante. Lucy tiene en su estado de no-despierta ya una disposición para ser luego una no-muerta, una mujer vampiro.

Durante la posesión de Lucy por las noches, habrá un recuerdo pregnante tanto para ella, como para Mina que será testigo ocular de esa primera noche –verá pero no comprenderá todavía–: los ojos rojos de Drácula que se iluminan en la oscuridad. Esos ojos rojos que lo distinguirán en toda esta parte del libro, se proyecta en las dos marcas rojas y pequeñas que aparecen en el cuello de Lucy, pero también en el circular sol rojo de las ominosas puestas de sol, que aparecen una vez que la plomiza tormenta ha pasado.

Así como hay un sol rojo, caliente y denso; hay una luna blanca, redonda y cristalina. El Conde lleva en su mirada el rojo fuego, pero actúa durante la noche bajo las sobras que proyecta la luz de la luna. Esa luna es blanca, como la piel de Lucy y como su vestido de mortaja. Como esa dama fantasmal de la leyenda del castillo que el viejo le contara a Mina.

Todo esto hace que el relato se deslice entre lo femenino y lo masculino. El sol y la luna, el hombre y la mujer. Y ese deslizar es también un interrogante, qué es ser hombre, qué es ser mujer. Recuerdo entonces a las tres mujeres vampiro que seducen a Jonathan y a los tres viriles pretendientes de Lucy.

Drácula condensa esas formas masculinas y femeninas. Hay algo en él que hace síntesis, pero esa síntesis no es armoniosa porque es usada para el mal, es casi como si estuvieran invertidas, o puestas en negativo.

El día y la noche, además y siempre en primer lugar, son parte de la diégesis del relato y del conflicto. El vampiro ataca de noche  y duerme de día, a la inversa de los hombres que solo pueden actuar de día para defenderse, cuando el Conde es más débil.

Lucy parece encarnar todo lo femenino en cuanto a ese ideal de mujer de esa Inglaterra puritana de fines del mil ochocientos. Es dulce y buena, hermosa y pura a primera vista pero encierra y reprime sus deseos y ansias sexuales que escapan en ese sonambulismo, en el no poder estarse quieta; esa otra Lucy “despierta” cuando se convierte en vampiro.  Sus tres pretendientes parecen ser tres formas varoniles que arman esa idea masculina de la época. Su prometido es el heredero de un título nobiliario, Lord Godalming, una nobleza que está en decadencia en esa Inglaterra ya industrial y burguesa. Y que funciona a la vez como otra opción de doble y espejo del Conde que también pertenece a una familia ancestral, los Drácula y que ha convertido su título nobiliario en otra forma de poder. El doctor Seward es el hombre de ciencia, el médico psiquiatra, el hombre de su tiempo, por decirlo de alguna manera. Pero que vive como en un estado febril del cual parece no poder despertar, sumido en las demencias de sus pacientes que sus conocimientos científicos no logran esclarecer. Finalmente Quincey Morris es el cowboy que viene del nuevo mundo que es también una forma de “el otro lado”; es el hombre de aventura que conserva aunque de una manera un poco degradada cierta épica. Morris sabe de vampiros, porque en la Pampa –tal como él la llama– ha visto a murciélagos enormes succionar la sangre de caballos y vacas. Ese conocimiento lo convertirá en un gran aliado para lo que sigue. Es digamos, el primero en creer lo que Van Helsing dice.

Finalmente, respecto a la síntesis de lo femenino y lo masculino, es Mina una vez más, la clave como oposición o complemento del Conde.

 

Martes 4 de Abril.

Mina escribe en su diario sobre “la mujer nueva”, refiriéndose a esas ideas de un incipiente feminismo que surge en esa Londres liberal. Frente a la mujer que espera la propuesta matrimonial y llega virgen a la primera noche nupcial, la “mujer nueva” propone que los futuros matrimonios pasen noches juntos antes del casamiento, también la mujer nueva podría tomar la iniciativa de pedirle matrimonio al hombre. Aparece de este modo una inversión de roles respecto al lugar de los femenino y lo masculino y que parece nuevamente ubicar a Drácula en el centro de este desdoblamiento. Mina habla de esta “mujer nueva” con ansiedad y con tono de secreto. Como si hubiera algo allí que la tienta, pero que a su vez siente como prohibido.

Esta “mujer nueva” aparece como una oposición a ese tipo de mujer pasiva y angelical que encarna Lucy en la primera parte de la novela. Y sin embargo en estos postulados de esa nueva forma de mujer, tampoco Mina encuentra una respuesta satisfactoria, no parece ser una resolución posible. Mina está buscando ser distinta, o es distinta naturalmente aunque ella aún no lo ve. Es Van Helsing quién realmente ve algo diferente en ella. “Tenemos algo de esos ojos de ángeles” dice de ella, oponiendo sus ojos a los rojos del Conde. También Van Helsing dice “¡Ah, esa mujer tan maravillosa madame Mina! Tiene el cerebro de un hombre, un hombre muy bien dotado, y el corazón de una mujer. Dios la forjó para un fin específico, créanme, si ha hecho una combinación tan buena”. Como si en Mina pudiera sintetizarse esa oposición entre lo masculino y lo femenino pero aún disociado. Tal vez es Mina quién encarna esa verdadera idea de mujer nueva pero que aún no ha terminado de definirse. Tal vez esa forma solo aparezca una vez que Mina se haya unido al Conde, que va a poseerla y va a querer convertirla, para luego separase de él y volver a la vida humana ya de forma diferente.

Mina tiene esta tensión entonces. Porque por un lado es la fiel y sumisa esposa, que esperó virgen a su primera noche marital; que aguardó paciente la propuesta de casamiento de Jonathan y que cuidará de su marido hasta el último momento. Pero también es una mujer que se halla entre hombres. Todos los otros –los hombres de Lucy y Van Helsing– la respetan y la admiran por su valentía e inteligencia. Es gracias a ella y su capacidad de escribir a máquina –artefacto que es usado aquí como emblema de esa modernidad industrial y que es contrapuesta a la escritura taquigráfica y manual– y su rápido entendimiento del fonógrafo en el que el doctor Seward graba su diario, que logran reunir toda la información sobre Drácula. Mina además y a pesar de estar siendo poseída por Drácula, no necesita ser salvada –como Lucy– si no que ella es parte de su rescate, participa del todo consciente de lo que le está ocurriendo. La autoconciencia de Mina es parte de ese proceso de entendimiento que empezó con aquella frase “debo aprender a interpretar  los signos del tiempo”.

La cuestión de la taquigrafía –forma de escritura abreviada y veloz, en clave y manual– cuando Drácula, al comienzo de la novela, habla con Jonathan respecto a su aprendizaje del idioma inglés, dice que no sabe leer esa forma de escritura, solo sabe leer la letra impresa producida por la máquina. Aquí está esa tensión entre lo ancestral, lo tradicional y la irrupción de esa modernidad que trae al demonio de la mano.

 

Jueves 6 de Abril.

Lucy, ya convertida en vampira, sacia su sed de los cuellos de inocentes niños. Aquí otra cuestión fundamental respecto a la figura de la mujer. Tanto a Lucy como a Mina, los hombres que la rodean las tratan como niñas; “pobre inocente niña” dicen de Lucy mientras padece de su enfermedad. Lo mismo al referirse de Mina una vez que empieza a sufrir los ataques de Drácula. Como si la enfermedad y la debilidad fueran parte de la infancia, pero también de cierto rasgo femenino de inocencia. Salvo Van Helsing, que ve en Mina algo diferente y que la llama madame, signo de amor, admiración y profundo respeto.

El tema de la infancia nos lleva directo al problema de la maternidad. Como si la mujer pasase de ser niña a ser madre, en esa Inglaterra puritana de fines del mil ochocientos. Así, en una de sus entradas en el diario, Mina se lamente que su amiga ya no va a ser madre. Lucy vampira cumple una función inversa, ya que en lugar de dar a luz a un niño, se alimenta de él y le da la muerte.

Luego, y aquí otra diferencia entre Mina y Lucy –y tal vez a todas esas otras mujeres que están fuera de campo en la novela– Mina consuela a esos tres hombres que han perdido a Lucy, la mujer amada. También cuida incansablemente de su marido, y es la luz a los ojos de Van Helsing. Mina se siente madre de todos ellos. Tiene a flor de piel su conciencia maternal que va más allá del engendrar un hijo propiamente dicho. Es una capacidad mucho más poderosa que esa valentía masculina para enfrentar lo oscuro. Y Mina lo sabe. Es la madre de todos ellos en sentido simbólico, porque –como ya dije– cada uno representa una forma masculina que es la síntesis también de esa forma que tomaba el mundo pos revolución industrial. Y tras esas cinco formas masculinas, la mujer que tal vez pueda hacer la síntesis y dejar de estar dividida.

 

Domingo 9 de Abril.

La lectura de la novela se vuelve intrincada en un punto, cuando el lector debe acomodarse al cambio de narrador al pasar por una carta, un telegrama o hasta un recorte de diario.

Esta forma que en principio parece arbitraria: la decisión de pasar de un narrador a otro para darle al lector diferentes momentos del relato para que vaya reconstruyendo una totalidad fragmentada. Es el lector quién hasta cierto punto de la novela sabe más que los personajes.

Conocer en detalle lo que le ha ocurrido a Jonathan en el castillo de Drácula, predispone al lector hacia el terror, pero también al deseo de que lo más terrible ocurra con Lucy. Ese conocer en el lector es poder, un poder similar al que Drácula tiene sobre sus vampiros y sobre las almas de los personajes.

Sin embargo esa forma –la del diario o la epistolar– que tiene aquél sentido en la primera parte de la novela, en la segunda se vuelve otra cosa. Y es una vez más, alrededor del personaje de Mina. Si en la primera parte el poder del lector se asemeja al de Drácula en cuanto a conocimiento, en la segunda es Mina quién domina con su inteligencia.

Para poder vencer al monstruo es necesario unir los diarios, las cartas, los recortes de diario. Así el grupo liderado por Van Helsing tendrá toda la información –hasta el menor dato– respecto a cómo enfrentar al conde. Conociendo todos los hechos, desde cada uno de los puntos de vista, los personajes sabrán finalmente lo mismo que los lectores y en lo que sigue, los lectores conoceremos tanto como Mina y sus compañeros.

Mina es quién asume el rol de la unidad, es quién tiene la capacidad de escribir a máquina, de transcribir lo escrito en taquigrafía o lo grabado en el fonógrafo por el doctor Seward. Será ella entonces la que sepa primero. Y saber no es solo saber los hechos sino además es conocer la intimidad de los sentimientos de quienes escribieron. Mientras que Van Helsing necesita la información fáctica de los textos para poder elaborar el plan de ataque, Mina conoce el alma de esos hombres que escribieron y es esa forma de conocimiento lo que la salvará de perder su alma definitivamente, una vez que el conde la posea.

Es así que forma y contenido son parte de lo mismo, una sola cosa indivisible. La forma adquiere su sentido en la medida en que la trama se desarrolla. Si no fuera por esta forma de diario los personajes no tendrían la manera de unificar los hechos, y sin esa totalidad no podrían enfrentarse al mal. Esta forma, por otro lado, es también la forma del género. El thriller que toma cuerpo desde uno de los recursos del policial. Esas notas de los personajes son las pistas que hay que unir para poder desentrañar el enigma. Así la novela une también las formas del género, melodrama, terror y policial se unen desde cada rincón del relato para construir el fantástico.

 

Miércoles 12 de Abril.

El terror, el estremecimiento, la posibilidad de lo peor, todo eso se termina una vez que Drácula posee a Mina. Nada peor puede pasar después de eso. La escena es tan terrible y aterradora que una vez que eso ha ocurrido los lectores nos sobreponemos con la misma fuerza y coraje que Mina.

Lejos de todo amor romántico, lejos de ser un acto de pasión, Drácula bebe la sangre de Mina y da de beber a la mujer frente al marido dormido –que habiendo sido poseído por las vampiras tiene un punto débil, un talón de Aquiles que lo deja fuera de la posibilidad de proteger a su esposa– en busca de venganza. Drácula sabe que Mina es la mujer, en todos los sentidos posibles y que apropiándose de ella tendrá más posibilidades de doblegar a sus enemigos. Así como Van Helsing, Drácula ve en Mina a una mujer distinta a las demás, y la elije para hacerla propia.

Leyendo este momento, esta escena tan terrible, comprendo que todo lo anterior fue preparación para esto. Para poder atravesar esa imagen, la del cuerpo de Mina sostenido por los brazos del conde, la del cuello siendo usurpado, la de la sangre brotando, la de la fragilidad y la fuerza. La noche y la luna. Todo confluye finalmente en este momento. El camisón blanco de Mina, el traje negro de Drácula, sus dientes, y el rojo de sus ojos y de la sangre. Es aquí donde la prueba de iniciación se termina. Ya no tengo miedo porque nada peor puede ocurrir. Mina fue mordida y pude leer el capítulo completo, ahora sólo importa si podrán salvarla de ser vampiro o no. Si matarán al conde o si él los matará a todos.

Sábado 15 de Abril.

Simetrías, simetrías. Es la base del verosímil del relato.

Cuando Jonathan descubre –en la primera parte de la novela– a Drácula descansando en su ataúd, intenta matarlo con el golpe seco de una gran pala, pero no logra hacerlo y su golpe solo deja una cicatriz en la frente del Conde dormido. Cicatriz que tiene su doble en la frente de Mina, producida por una hostia consagrada que Van Helsing le aplica para demorar que la mujer se convierta en vampiro. Esa hostia que es redonda y blanca como la luna, y que deja en la frente de Mina una marca circular y roja como la forma del sol y de los ojos del vampiro. Todas las formas y los colores que se repiten y construyen este rito de pasaje.

La sed también vuelve y gracias a sus simetrías se vuelve símbolo y tema político. Si al principio la sed de Jonathan es por una comida picante y es anticipo de la sed del vampiro, en esta última parte de la novela la sed es sed de dinero. Es la sed de ese mundo capitalista y liberal, que en su movilización total despierta una sed insaciable en todos aquellos que viven bajo su ley. Marineros y estibadores le ponen precio a la información que Harker y compañía solicitan para averiguar el paradero del Conde. Monedas de oro o de plata que sirven para una cerveza que “apague su sed”. Así todo tiene un precio y monedas, cerveza y sangre parecen ser la forma de intercambio común en esa Europa de fines del mil ochocientos.

Avanzada ya la cacería, y pisándole los talones al Conde, Mina agradece que Lord Godalming tenga suficiente dinero para cubrir los gastos que semejante expedición impone. Esa nobleza ahora en decadencia que en tiempos anteriores financiaba la obra de artistas que dedicaban su trabajo a unir lo terreno con lo sagrado, ahora se dedica a financiar una tarea secreta y peligrosa, porque lo sagrado se ha convertido en lo oscuro una vez separado de la vida cotidiana. Lord Godalming financia ahora la salvación del mundo, y su dinero sirve para restablecer un orden que se ha perdido, aunque el resto de Europa lo ignore. La tarea secreta será entonces, un vago recuerdo de un grupo de hombres y una mujer, que solo tendrán como prueba esos diarios escritos durante esos días febriles, diarios que siempre quedarán imbuidos bajo un manto de duda, entre el sueño y la vigilia.

 

Jueves 20 de Abril.

La prueba final solo queda completa una vez que los hombres matan a Drácula a las puertas de su castillo. La muerte de Drácula es finalmente mucho menos espectacular que todo lo otro. Tal vez es que la salvación del alma de Mina ya estaba puesta en marcha desde antes, y nunca se duda de que vayan a salvarla. Tal vez es que la muerte de Quincey Morris es mucho más triste e inesperada.

Solo en los párrafos finales llega la transformación total de Mina. Si en esos cinco hombres que la salvan –Quincey, Seward, Godalming, Van Helsing y Harker– hay una metáfora del mundo es porque cada uno de ellos representa una forma diferente de ser hombre en esa Europa, y es en Mina –la mujer– en donde se produce la síntesis total. El hijo de Mina y Jonathan cumplirá años el mismo día en que recordarán la muerte de Quincey  –y por lo tanto aniversario también de la eliminación de Drácula– siendo madre de ese niño Mina cumple con el destino que deseaba para su amiga. Pero además, Mina nombra a su hijo usando el nombre de cada uno de esos hombres que la salvaron. Ese nombre compuesto encierra también otra idea, ella es madre de algo más, no es madre sólo de un niño sino de toda una forma secreta de enfrentar al enemigo. Ese enemigo terrible que tomó forma de vampiro, pero que instalado ya en Europa, seguirá viviendo por los siglos de los siglos.