DUELO DE RUBIAS / Diego Ezequiel Ávalos “Vestida para matar” (“Dressed to Kill”) Brian De Palma (1980)

Cuando en 1980 se estrenó Vestida para matar de Brian De Palma, las “feministas” de turno salieron a las calles con pancartas denunciando el trato que se le daba a la mujer en el film. Según su lectura las mujeres eran mostradas como unas prostitutas que cuando al fin lograban liberarse de la opresión machista eran doblemente castigadas por la enfermedad y el asesinato.

Vamos a reflexionar sobre las mujeres de este film, tratando no solo de mostrar el error de la lectura “feminista” sino el profundo trato que un director como De Palma da a la mujer.

En Vestida para matar las mujeres son cuatro, y cada una representa un estado, del más bajo al más alto. Es decir, de la caída al ascenso.

Pero antes de conocer a estas damas diremos que la clave de esta película es el doble y su imagen el espejo. En este film cada pasaje donde mentira y verdad se enfrentan, el espejo aparece como mediador. Y el reflejo como aquello que posibilita contemplar la apariencia, y descubrir su mentira o dejarse engañar por ella.

De Palma demuestra en esta película su maestría simbólica al lograr introducir el tema de lo doble con la sutileza suficiente que estas operaciones necesitan. Para que una idea no se convierta en alegoría, primero debe pasar, de manera necesaria, como parte natural del relato que se está contando. Si su presencia, desde el punto de vista de la historia, no se justifica, dejamos el reino de lo posible de interpretar para caer en el simple discurso impuesto. Veamos un ejemplo de verdadera puesta en escena cinematográfica. Liz, el personaje de Nancy Allen, acaba de terminar un encuentro sexual con uno de sus ocasionales clientes. Mientras espera por un ascensor mantiene con el hombre este pequeño y, en apariencia, banal diálogo alrededor del mundo de las finanzas:

Liz: ¿Realmente crees que Autotron está aumentando?

Cliente: Me lo dijo una buena fuente.

Liz: Doble, ¿eh?

Cliente: No lo escuchaste de mí.

Por supuesto que la mención a lo DOBLE y que el ascensor luego estará recubierto de espejos, no es casual.

En Vestida para matar cada una de nuestras damas protagónicas tiene su doble, exacto y opuesto. Vamos a conocerlas.

La primera, la infernal, se llama Bobby. Bobby no puede fundirse en una unidad. Al estar separada, está atormentada. Y por eso mismo corta con navaja. Bobby es una asesina. Es la perversión: desvió su oficio, su género, y lejos de afrontar la verdad, la combate. No tiene cambio. Está hundida. Y representa al mal

La segunda mujer no es mala, pero al momento de elegir, elige caer. Se llama Kate Miller. El problema de esta mujer es que tiene todo lo necesario para ser feliz, belleza, familia, dinero e, irónicamente, salud (a la neurosis de la que quiere escapar pagando la cara atención de un psicólogo se le opone la cruda realidad corporal de una enfermedad venérea). Viviendo un matrimonio infeliz, Kate se permite una aventura. Pero después de vivirla, al momento de elegir, prefiere volver a la mentira. Recordemos que escribe dos mensajes a su amante: “Fue una hermosa tarde, nos volveremos a ver”. Mensaje que rompe para reemplazar por: “Fue una gran tarde.” Kate teme al cambio, prefiere la comodidad, aún cuando esta sea humillante. Tanto que es capaz de volver a contemplar la cara del hombre que acaba de enfermarla tan solo para recuperar un anillo, que para ella significa solo apariencia y mentira, ya no amor, ya no fidelidad.

La tercera mujer es nuestra heroína, Liz Blake, la que tiene el don para vencer su propia imperfección. Al contrario de Kate, Liz tiene todo lo necesario para dejarse derrumbar. La vida la llevó a convertirse en prostituta. Pero lejos de conformarse, Liz quiere encontrar algo mejor. Recordemos sus especulaciones financieras e incluso sus inocentes inversiones en el mundo del arte. Liz está en condición de caída, pero lucha por ascender a algo mejor. Y por eso mismo, queremos que triunfe. Liz y Kate son la pareja opuesta, una es el reflejo contrario de la otra: la que decide por su salvación, la que elige por su condena. El momento más sublime de este paralelismo se da cuando ambas se conocen. La puesta en escena marca este reflejo de contrarios. Una está en el piso de un ascensor, derruida, llena de cortes. La otra está en el umbral, parada, observando a la otra, a la vencida. Ambas mujeres, como si fueran una sola, se miran y se reconocen. Y estiran la mano para tocarse, como si una fuera el reflejo de la otra.

Este no será el único paralelismo: Liz tendrá después la misma clase de sueños que Kate, en su misma cama, y del mismo lado en que la otra se acostaba. Una tendrá sus sueños al principio del film, la otra al final. Ambas compartirán un hijo. Y una misma sombra asesina.

La cuarta mujer se llama Betty Luce. Betty es la ley. Es el ángel que custodia, el que aparece al momento en que solo la intervención puede vencer al mal. Así como Kate y Liz son reflejos opuestos, Betty es lo contrario de Bobby. Son idénticas, pero una es la mentira y la otra la verdad, una es el caos desatado y la otra quien viene a poner orden.

Como vemos, De Palma crea un verdadero arco femenino para contar su historia. Todos los estados están contados: del infernal al celestial, del que lucha por vencer al que se deja caer.

Podemos mencionar a muchas más heroínas depalmianas: Carrie, Sally de Blow out, Holly de Doble de cuerpo, Jenny de Demente. Pero atención: estas heroínas, aún venciendo al mal siguen en peligro. Parece que nunca alcanza en el universo depalmiano para encontrar la salvación. A veces triunfan, a veces pierden. Pero todos, tarde o temprano, más o menos culpables, deberán pagar. Y ante eso no hay protesta que alcance.