EL OPA (parte 3 de 3) / Javier Lodeiro Ocampo RELATO

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La tarde se fue sin que llegaran los refuerzos esperados. La tormenta había volteado la antena de la única radio del pueblo así que hubo que resignarse a esperar en silencio. Por la noche, y tras aceptar varios vasos de whisky del atribulado Don Fernando, eludí sin disimulo sus intentos de entablar una charla y me retiré a mi habitación. Estaba exhausto, pero ni el cansancio, ni el whisky ni la pastilla extra que tomé pudieron evitar que despertara antes del amanecer. Otra vez soplaba el viento y otra vez la puerta del garage se había soltado y golpeaba a destiempo con furia. Me abrumaba una desazón cuyo principal motivo me costaba precisar; no era sólo la muerte del pobre Donofrio, no era sólo la premonición de que mis proyectos civilizadores, que ahora parecían cada vez menos importantes, terminarían naufragando.  Eran las dos cosas, pero había algo más que me angustiaba.

Como en los peores momentos de mi estadía en el Instituto, traté de pensar en mi esposa para ahuyentar los fantasmas. Cerré los ojos y la vi, como siempre, apoyada contra una pared blanca, sonriéndome. Llevaba puesto un traje de baño negro inusualmente seductor; la imagen era el recuerdo de una escena real: la única vez en que mi querida mujer se había dejado llevar por la pasión en un lugar que no fuera nuestra alcoba, era el balcón de un hotel en Mar del Plata. Intenté acercarme varias veces, pero en la ensoñación, cada vez que daba el segundo paso hacia ella aparecíamos los dos en el aula de una escuela, rodeados de chicos que estudiaban. Al tercer intento frustrado me resigné a compartirla con los niños y me senté en un pupitre vacío. Mi esposa hacía de maestra; los niños, que repetían la lección con entusiasmo, eran los niños de Esperanza. En una esquina habían dejado las lanzas de tacuara que usaban en sus correrías por el monte. En determinado momento, me di cuenta de que el opa estaba entre ellos. Lo busqué con la mirada entre las cabecitas inclinadas sobre los libros pero no pude encontrarlo, y sin embargo, con esa seguridad incomprensible de los sueños, sabía que el opa estaba ahí. Sonó el timbre y todos salieron al patio, incluida mi esposa. Quedé solo en el aula, o mejor dicho, quedé a solas con la presencia del opa. Me levanté, caminé hacia la puerta entre los pupitres, y entonces lo vi: estaba tirado boca abajo en el suelo, en medio de los pupitres que segundos antes habían ocupado los chicos. Su cabeza estaba horriblemente mutilada, me recordó la herida del dogo de Donofrio. El opa se dio vuelta y me mostró su cara ensangrentada. Intentaba decirme algo, sin éxito. Más que la escena macabra, me horrorizó la indiferencia con que los niños lo habían ignorado mientras repetían la lección, y mucho más aún, la indiferencia de mi esposa. Por fin, cuando la angustia ya se estaba haciendo insoportable, desperté.

Los policías de Bahía Blanca llegaron temprano al día siguiente, con el forense, cuyo apellido alemán no recuerdo. Este último, además, estaba a cargo del operativo. Tras revisar el cadáver de Donofrio, el forense nos informó que el arma homicida había sido sin dudas un fierro aplicado sobre la cabeza al menos una veintena de veces.

El primer interrogado fui yo; repetí en detalle todo lo que había sucedido desde mi último encuentro con Donofrio hasta que supe de su muerte. Por la tarde, el forense me mandó llamar otra vez. Don Fernando me acercó en el Pontiac hasta el ranchito que hacía de comisaría. El forense estaba sentado tras un escritorio de chapa. Me señaló una silla.

—Hay otro testimonio que confirma la existencia del retardado mental —anunció sin vueltas.

—¿Perdón? —respondí—. ¿Acaso alguna vez estuvo en duda mi honestidad?

—No es eso, pero de todas las personas del pueblo, usted era el único que afirmaba haberlo visto. Hasta ahora.

—Me alegro, pero ¿no sería mejor ocuparse de encontrar al asesino de Donofrio en lugar de gastar tiempo en estas nimiedades?

—Por eso lo mandé llamar.

—No entiendo.

—Hay un testigo, o mejor dicho, seis, que vieron al retardado en el momento en que aplicaba un fierro repetidamente sobre la cabeza de la víctima.

—¡Por Dios! —exclamó Don Fernando.

“Ahí está”, pensé, “nada más sencillo que culpar al que no puede defenderse”. Bajé la vista. Tras el escritorio, una hilera de hormigas entraba con regularidad perfecta en un agujerito, justo en el borde del zócalo.

—Los seis testigos son menores —siguió el forense—, niños. Entre sus testimonios y el de usted parece haber una contradicción.

—¿Cuál?

—Los chicos afirman haber presenciado el crimen entre las siete y las ocho p.m. del lunes, es decir, antes de ayer.

—¡Imposible! —dije—. A esa hora yo estaba con ese pobre muchacho en el galpón, tal como declaré.

—Tengo el resultado de los primeros análisis del cadáver y estoy seguro de que la muerte ocurrió más o menos en ese lapso de tiempo.

El forense explicó no sé qué cosas de la movilidad de los espermios de las vesículas seminales de Donofrio y luego ya no lo escuché más.

—¿Insinúa que miento? —lo interrumpí.

—¿Le va a creer a esos mocosos? —me respaldó Don Fernando.

—En lo único que creo a fe ciega es en las conclusiones del análisis del cadáver, que habrá que completar en la ciudad para estar seguros. Sólo quería darle la oportunidad al señor de que revise su declaración mientras es posible.

—¿Soy un sospechoso?

—Es un testigo, y sería valiosísimo si recordase algo más que nos ayude a dar con el prófugo.

No pude evitar sentir cierto alivio al escuchar esa aclaración, pero por otro lado, comprendí sin la más mínima sombra de duda que algo raro estaba pasando en torno a la muerte de Donofrio y que era mi deber intentar ayudar al desdichado e indefenso opa. Don Fernando se puso de pie y se despidió, yo hice lo mismo.

—Ahora que lo dice —agregué mientras me ponía el sombrero—, la primera vez que vi al opa… al muchacho, quiero decir, me pareció que una señora mayor iba con él.

—¿Cómo que le pareció?

—Pregunte a los vecinos por una tal Doña Inés, seguro tiene más suerte que yo.

Desde ese día pospuse indefinidamente el tema de la escuela y, en compañía de Don Fernando, pasé tardes enteras dando vueltas y más vueltas en el Pontiac. No pudimos hallar ni un sólo rastro del opa. Interrogamos a los únicos dos niños cuyos padres accedieron a concertar una entrevista pero ni siquiera la presencia de Don Fernando alcanzó a intimidarlos. Asintieron con un movimiento de la cabeza cuando les preguntamos si ratificaban su versión del asesinato de Donofrio y punto, ni una sola palabra más.

Mientras tanto, en una semana de rastrillar los campos vecinos, los treinta policías que habían sido enviados desde Bahía Blanca tampoco fueron capaces de encontrar el menor signo de la presencia del opa, ni de los dogos ni de Doña Inés.

Entrada la segunda semana, un cerco de nubarrones cerró el horizonte por el sur y trajo una lluvia que no dejó de caer día y noche por tres días. Los campos anegados, las ovejas perdidas y demás contratiempos rurales hicieron que Don Fernando relegara la muerte de Donofrio a un segundo plano. Los policías volvieron a la ciudad para proseguir sus investigaciones desde sus escritorios, y así, mis sospechas sobre la existencia de una confabulación para achacarle al infeliz opa una muerte que no había cometido empezaron a desdibujarse. La vida seguía y con ella se renovaban sus desventuras, y nadie, salvo yo, parecía empecinado en quedarse atrás. Una noche, mientras bebíamos en silencio, le comuniqué a Don Fernando mi decisión de volver a Buenos Aires.

—Tendrá que esperar unos días más —respondió con la mirada fija en la alfombra, como quien habla solo—. El camino tardará cuanto menos una semana en volver a estar transitable.

—El día en que lo conocí, Donofrio me dijo que había un tren a Bahía Blanca.

—El de la calera, pero no es un tren de pasajeros.

—Lo soportaré. Un amigo me espera en Buenos Aires con una botella de champagne en la mano —Don Fernando levantó la vista, yo fingí una sonrisa— y no puedo hacerlo esperar una semana más.

Tras unos segundos, y como me di cuenta de que mi anfitrión no lo preguntaría, aclaré que el proyecto de la escuela seguía en pie y que pronto volveríamos a vernos.

El camino a la calera seguía impracticable por la lluvia, por lo que Don Fernando me facilitó su mejor caballo.

—Al llegar a la estación déjelo suelto nomás, él sabrá regresar solito a la querencia —dijo al despedirnos.

A pesar de que era un día gris y de que sabía que el camino no sería fácil, me alejé de la casona descascarada con una sensación de alivio infinito. El caballo cruzó dudosas lagunas y sus chapoteos en el fangal me cubrieron de barro hasta los hombros, pero a medida que íbamos ganando el terreno alto hacia la calera, hacia la locomotora que me llevaría de vuelta a la civilización y sus órdenes familiares, más y más crecía mi ansiedad por dejar atrás ese paraje triste y extraño. Esperanza no me había deparado más que abatimiento.

Cerca del mediodía, una vuelta del camino me dejó ante el paisaje imponente que había visto desde la chata de Donofrio el día de mi llegada: escalón tras escalón, las abruptas laderas del anfiteatro bajaban hasta un fondo que no podía ver desde donde me encontraba. Por alguna razón, el lugar me pareció poco amistoso. “La última incomodidad antes de volver a casa”, pensé, con la vista puesta en la pequeña casita de la estación que había descubierto arriba, en el horizonte. Azucé al caballo y tomó el sendero a la calera, que por ser alto estaba seco pero era tan tortuoso que hacía la marcha más lenta; subía, bajaba, torcía a un lado y al otro, siempre al borde del precipicio.

En un momento, mientras miraba con intranquilidad hacia el abismo a mi derecha, me pareció detectar un movimiento con el rabo del ojo del otro lado. El caballo se detuvo y relinchó, intentó recular pero lo contuve con fuerza. Observé un rato a mi alrededor, no vi nada más que piedras y espinos. Alarmado, busqué en el equipaje y saqué el bastón de mi bisabuelo, lo único parecido a un arma que tenía a mano. Con el bastón por delante y a los rebencazos, obligué al caballo a avanzar hasta la próxima curva. Entonces lo vi: el opa, asomando la cabezota tras una roca, me miraba con ojos angustiados.

—¡Pero si sos vos! —exclamé.

Mi voz pareció asustarlo, el muchacho se ocultó, rápido como una liebre, y antes de que pudiera siquiera pensar en llamarlo se asomó del otro lado de la roca, que tendría por lo menos dos metros de ancho. El caballo sacudió la cabeza y levantó las manos.

—¡No corrás así que se me espanta el caballo! —grité al opa.

El animal dio un par de giros antes de que lograra dominarlo. Cuando el susto pasó, miré camino arriba y vi la cabeza del opa asomando entre las piedras unos veinte metros más allá. Guardé el bastón y conduje al caballo hacia él, al paso.

—¿Estás solo? —pregunté—. Decile a tu abuelita Doña Inés que no tenga miedo, yo los voy a ayudar.

Esto lo dije en voz bien alta para tranquilizar a la vieja, pensando que no podía estar lejos. Sin embargo, pasaron los minutos y nadie apareció. El opa, mientras tanto, seguía mirándome desde su escondite. Me pareció que tenía algo en la mano.

—¿Qué tenés ahí? —le pregunté—. ¿Es una pelota?

En el momento en que recordé la pelota de goma que había visto en el piso del galpón días atrás, el opa se movió apenas y lanzó la bola hacia mí, con tal precisión que, a pesar del terreno pedregoso, dio un rebote a medio camino y estuvo a punto de darme entre los ojos. Si no lo hizo fue porque alcancé a atraparla con ambas manos, tras soltar las riendas, unos pocos centímetros antes de impactar. El opa lanzó una risotada que hizo eco en el anfiteatro.

—¿Así que lo que querés es jugar, eh? —dije, conmovido—. Y pensá que de milagro te salvaste de que te endilgaran un asesinato. ¡Nada menos!

Lancé la pelota con fuerza camino arriba para que la atrapara, con tan mala puntería que, golpeando de roca en roca, la bola se perdió de vista en una quebrada del lado opuesto al abismo. Al volverme para instar al opa a que la encuentre vi que ya había abandonado su escondite.

—Seguro que ni sabés que te estuvieron buscando —murmuré, y de un rebencazo le saqué al caballo las ganas cada vez más furibundas de volverse a la querencia.

Levanté la vista y vi venir la pelota, otra vez mis reflejos me salvaron de recibir un golpazo en plena cara.

Tres o cuatro veces repetimos la secuencia. El opa cada vez más excitado, yo cada vez más confundido: por muy lejos que arrojara la pelota, él no tardaba más que unos pocos segundos en encontrarla y lanzármela con una potencia y una puntería difíciles de concebir. Mientras avanzaba por la huella, empecé a complicarle el juego tirándole la bola con furor a lugares cada vez más inaccesibles. El opa se retorcía con felicidad creciente, borboteante de baba y aullidos infrahumanos. Su manera de salir siempre airoso de la prueba empezó a perturbarme. El caballo, mientras tanto, no dejaba de corcovear. Parecía al borde de la locura, y llegado cierto punto en que intentó morderme, sentí que yo también había caído presa de una angustia que conocía bien.

Conté mentalmente los días que llevaba sin tomar la pastilla del Doctor Agüero y en seguida sentí el vértigo. Escuché los jadeos del opa, primero cerca a la derecha, luego lejos a la izquierda; aunque lo busqué con la mirada por todas partes no pude verlo. Tuve el impulso de hacerle caso al caballo y lanzarme camino abajo hasta la estancia, pero el animal me ganó de mano, dio un salto hacia atrás y yo volé. Por suerte, caí casi parado en medio del camino. El equipaje, en cambio, rodó al precipicio.

—¡El bastón! —grité, mientras oía el tintineo del mango de plata al golpear de piedra en piedra.

Permanecí en la misma posición en que había caído, de rodillas, las manos apoyadas en la tierra del camino y sin levantar la mirada, hasta que el tintineo cesó y sólo se escuchó el eco del galope del caballo mientras se alejaba camino abajo. No me animaba a levantar la vista, no sé cuánto tiempo pasé en esa postura hasta que por fin me incorporé. Estaba completamente solo, el sol ya había bajado y alargaba las sombras de cada piedra dando la ilusión de un exceso de detalle, como en uno de esos cuadros prerrafaelistas en los que no hay diferencia de foco entre el primer plano y el infinito.

Dominando el vértigo me apuré camino arriba. Doblé la próxima curva y divisé la caseta de la estación asomando tras las rocallas. No tuve tiempo de alegrarme: más acá, en el medio de la huella, alguien había acomodado entre dos piedras, para que quedase erguido, el bastón con mango de plata de mi bisabuelo.