EXTRODUCCIÓN* A JEAN-PIERRE MELVILLE. PRIMERA PARTE: “EDAD DEL HOMBRE” / Ángel Faretta

Curiosamente todo se debe a un melancólico cambio de opiniones que tardé tiempo comprender, cuando con mi queridísimo amigo Pedro Wolkowicz —Dios tenga en su Gloria— en las charlas rapsódicas que teníamos en la vieja librería “Fausto”, generalmente por las tardes, hablamos una vez de los films de Jean-Pierre Melville. Aquel me dijo que no lo recordaba con aprecio y subrayaba su juicio en el recuerdo que tenía de “El samurai”. Creo reproducir aquí casi literalmente lo que dijo in illo tempore. “Me disgusta. Porque trata de ser un film ascético o de posar de tal, cuando no lo es para nada”.

Acepté a regañadientes lo que dijo y me fui mascullando por la avenida Corrientes de entonces, más bohemia y desclasada que ésta de ahora que parece un remedo de no se sabe bien qué. Tal vez el decorado para una obra que ya no tendrá lugar…

Con el tiempo y rumiando sobre ese “falso ascetismo de El samurai”: ese gorrión (“piaf”) en su jaula y el departamento en ruinas de un callejón del viejo París con sus atados de Gitanes y sus botellas de Evian tan en fila como su planos; el Borsalino y el trench-coat, e tutti gli fiocchi, quedaron en animación suspendida hasta que llegó la edad de la razón al entendimiento de El concepto del cine.

Me refiero al sistema conocido como dvd, no al anterior de vhs que por estos lares siempre fue pasto de timadores que reproducían los films en estado más calamitoso que el de legendarias trasnoches televisivas, o de los fragmentos prestigiosos que el avivado de Henri Langlois desparramaba sobre jóvenes imberbes conocidos en aquel tiempo como “cinéfilos”. Algunos pululan todavía buscando fichas técnicas y acopio de trivia…

Al verlo en aceptable copia, y luego de ello rever en similares condiciones “El último suspiro”, “Le doulos”, “El ejército de la sombras”, y sobre todo rever hasta el hartazgo “Le cercle rouge”, su canto de cisne más que temprano “Un flic”, y sobre todo ver las primicias de su primer estilo con “Bob le Flambeur” (1957), creí y creo aún haber dado con la clave de bóveda de su estilo.

No es el ascetismo, es la revêrie juvenil y hasta infantil llevada al rigor extremo de su representación ritualista. Es el sueño del pibe hecho realidad, aunque no deje de abandonar jamás el estado de sueño, de ensoñación más bien. Es el único estadio de la cinefilia parisina llevado a una edad del hombre. Los demás son chistes malos, citas de tercera mano, fuegos artificiales con la pólvora más húmeda que nuestra pampa.

Una hombría, la de Melville, algo difusa, particular, en buena parte tomada en préstamo a los “romans policiers” de José Giovanni, de quien Melville levantara íntegra su Le deuxieme Soufle y mostrara una ingratitud tal que me lo sigue alejando a veces de mi corazón y razón. Ya que no solo este film sino su milieu que incluye diálogos, situaciones, manías, tics, en buena medida se deben al hampón corso que se metiera a escritor logrando media docena de obras maestras y luego tres o cuatro films nada desdeñables. Aquí el quid pro quo se da con justicia, ya que Giovanni toma lo mejor y más visible de la puesta en escena de Melville, incluso su dúo de machos favoritos Ventura-Delon.

Melville es una serie de imposturas llevadas al Himalaya de lo posible. Pero no es solo la fascinación por el cine clásico de Hollywood en su fase “negra” con miradas a la Warner de principios del sonoro (1), sino mezclado de manera fascinante con las seriales francesas de la etapa primera de Louis Feulliade y de situaciones que ordenan un mix de Fantomas y Arsenio Lupin, sin dejar por ello de sumar dosis más que ostensibles de catolicismo jansenista. Tanto, que a veces directamente se arroja de cabeza a su medio (2), como en “Un cura” o, en su primera etapa, “Cuando leas esta carta” (tomada del incipit de “Carta de una enamorada” de Max Opuls en Hollywood), sino que agrega una considerable dosis de jengibre oriental, entre el canon del samurai conocido como Bushido, y esto es –a su vez- capaz de mezclarlo citatoriamente con un desliz oblicuo hacia un título de Maurice Leblanc y su saga lupinesca como “El círculo rojo”.

Los soldaditos de plomo de Melville son sus machos platónicos pero como si “El banquete” se hubiera desarrollado entre Córcega y Marsella con estribaciones en Sunset Boulevar. Sean hampones, killers, curas, partisanos, canas (“flics”) y hasta los mismos soplones (“indicateurs”), todo puesto a cocer con un toque del Hagakuré revisado por “El fantasma de la ópera”. Su fortín y campo de batalla en donde desplegarlos, es una serie de bôites y cabarutes de fiolismo sofisticado, siempre el mismo escenario y las mismas bailarinas ofreciendo algo que sus machos desdeñan en busca de otros horizontes no siempre declarados. Sus boliches con como versiones epicenas de nuestro Mau-Mau, pero regenteados por chulos que se creen en alza y de caras avinagradas como el Françoise Perier de Le cercle rouge.

Su limes y marca territorial son esas casonas de dos plantas de extramuros casi en ruinas, con su mansarda altiva en medio de baldíos y derruidos muros de piedra… En sus interiores todo es calma y lujo, pero sin voluptuosidad. Boisserie, lacas y acuarelas japonesas; algún Ming en la hornacina del rincón… Tal vez vago recuerdo de ese interior -in fine- de “La máscara de Demetrio” de Negulesco, donde Sidney invitaba a Lorre a degustar café argelino en un pied á terre sofisticado y parapetado convenientemente tras un vestíbulo en concreta ruina y decadencia…

Melville mismo era una serie superpuesta de disfraces. El sombrero Stetson que no se quitaba casi nunca, el mismo tomado del chambergo y uso ritual por Bama Dillert (Dean Martin) en la sublime “Some came Running” de Vincente Minnelli. Sumado al Stetson, los anteojos negros de “piloto de avión”, el reloj Cartier de malla negra puesto de revés y en la muñeca derecha. El propio cognomen, tomado del magistral cazaballenas del estilo, ya que el suyo propio era Grunbach, judío alsaciano como Marx; tanto Karl como los hermanos disparatados.

Existe un terceto y cuarteto correspondiente que ordena toda su obra. Primero: hampón uno y dos. En relación de paternidad-filialidad o de mayor a menor. Más pedigrée o prontuario. Y con cierta dosis de eros pederástico. Un tercero en discordia que termina siendo el soplón o el intermediario que alerta modo sui al soplón. El cuarteto se cierra con el policía -solitario, escéptico, algo vencido, y él también fuera de la ley a su manera-: Blot en “Le Deuxieme Soufle”; Mattei en “Le cercle rouge”.

Hay casi siempre “un último golpe” posible para retirarse e irse a vivir o continuar la vida como dandy por lo general campesino o de extramuros. Esto tomado de The Asphalt Jungle, de lo poco visible y serio producido por Huston de consuno con “Fat City”.

Es de destacar sin más que de los directores clásicos, siquiera temporalmente de Hollywood, Melville se identifica con el más farceur o posado de todos ellos. El más vestido para matar y más arreglado para la ocasión como hombre-de-acción-puesto-a-la-acción-de-dirigir-films-de acción…

Las elecciones de nuestros mayores son pruebas más que fehacientes de nuestras acciones y operaciones propias ya como adultos.

Esta elección en su caso sirve para lastrar los pocos momentos de sus mejores obras. Siempre intentado repetir el climax de Asphalt Jungle tanto en Bob le flambeur, “El círculo rojo” y aún en “Un flic”, repite la escena del golpe meticuloso y perfecto ya sea en un casino, una joyería de postín o un tren en marcha donde viaja un super dealer, que lastran sus films mejores.

Cierto, Melville le adosa algo o mucho de serial a la Feulliade y eso las descontamina del original llevándolas hacia otras voces y sobre todo otros ámbitos. Si bien Melville repite en parte esa poética del fracaso ya tan pegoteada en Huston, aquí le suma dosis considerable de tragedia raciniana (otro préstamo poco reconocido a Giovanni: el Racine del hampa) que lo vuelven rico y extraño a lo epigonía de Huston y su cínico fracaso premeditado. Estos nos hacen recordar a los finales de las novelas decimonónicas de Thomas Hardy (“Tess”, “Jud el oscuro”, el al) donde este autor -al decir de Mario Praz-, confundía destino con zancadilla a sus personajes.

Pero Melville supera en parte y en mucho esa herencia de la carne fílmica. Hay una bodega añeja en sus fracasos finales que lo hace más serio cuando debe serlo en medio de ese juego de máscaras y de ensoñaciones que ha orquestado previamente.

 

*: “extroducción” es un calambur improvisado por el inolvidable Ansgar Klein, que dictaba in illo tempore la cátedra de introducción a la filosofía en la universidad local. Una vez una joven, algo en Babia, entró ya iniciada la clase del día a su aula preguntando “¿Esto es introducción”? “No, señorita -dijo con ese dejo de Herr Doktor Professor entre Berlín y Viena-, “Esto es extroducción”. Lo remozo aquí por razones que espero se comprenderán durante el desarrollo de este ensayo.

1: en uno de sus diktats, más célebres JPM, sostuvo que “todo el cine ya estaba hecho por Hollywood entre 1931 y 1935 y que solo se trataba de reproducirlo”

2: otra de sus declaraciones epigramáticas a partir de este film “El catolicismo, la religión a la cual me gustaría pertenecer, si creyera en Dios”.