SEAMOS CONVENCIONALES / Juan E. Lagorio

Una gran virtud del cine es la de ser convencional. Es decir, crear, establecer y hacer uso de convenciones. El cine nace, tanto de los sueños como de las pesadillas de la razón, y aún así, establece, racionalmente, las convenciones que aseguran su desarrollo, participando de ellas. En su hacer, se recrean como nuevos los viejos placeres, y este hacer requiere de un proceso de aprendizaje. Como hace el hombre con todas las cosas, y especialmente con el arte, busca emplazar las pistas del entendimiento. Nuestra apetencia por la intelección es facilitada por la convención.

Existe un factor intrínseco en aquello por lo cual la comunicación humana tiende a embellecerse. Desde la necesidad de unir la estética con el sentimiento religioso, el culto y el rito, hasta la variedad de una infografía sobre el mercado bursátil, nace también la conciencia de que los excesos provocados por aquellos impulsos primigenios pueden causar daños que quebranten el sentido original de su contenido. Tal eficacia, de la mano de la economía de medios, incrementó las necesidades de su refinamiento, que por cierto ya se contemplaban  en su misma naturaleza.

La unión del sentimiento de adoración con el imperativo de su embellecimiento es una elección de la inteligencia humana. De allí nace una petición de principios que es la vía regia por donde circula una tradición hacia distintas culturas. Desde la etimología y el estudio de los símbolos se ha perfeccionado el análisis y también las controversias sobre el origen de las convenciones. Desde la antigüedad clásica griega y entre los escolásticos medievales, hasta la filosofía contemporánea se profundizó la investigación sobre el fundamento y  la exclusividad  de gestos, fonemas, expresiones y hábitos. En el Renacimiento se estudió la “ciencia de las costumbres”, para establecer clásicamente el poder de la convención.

Entre muchas disquisiciones que ocuparon repetidas veces este derrotero, emergió como concepto eminente que, si la convención es el fruto de la costumbre y la inteligencia, nunca puede ser arbitraria. Sobre esta base, tanto la vida práctica, como la contemplativa, el pensar y el obrar, elaboran su evolución. Un acto puramente intelectual lo hace posible. Este es ni más ni menos que la necesidad de elaborar puntos de apoyo.

Antes de que el cine delineara nuevas convenciones, existieron otras. Los jesuitas en el siglo XVII, tomaron convenciones anteriores desde lo teatral hasta la representación de imágenes sacras, y utilizaron la linterna mágica para mostrar apologéticamente a los fieles ciertos símbolos, tanto celestiales como infernales. El Barroco acrecentó el límite por el exceso para estimular una nueva convención estética que apoyara el sentido de las anteriores, cuyo valor pedagógico, basado en lo meramente ilustrativo, no dejaba de lado, por cierto, lo intelectual intuitivo. La convención, bien entendida, nos aleja de la alegoría. La convención establece el lugar seguro, el lugar buscado para comenzar una nueva senda.

Las convenciones, surgidas de los elementos técnicos, discursivos y de puesta en escena fueron sistematizándose a lo largo de los años. Por cierto, instalaron una manera de buscar prontamente la concreción de dialécticas desde el pensamiento creador. Para ello concibieron  géneros, caracteres, personalidades, ambientes, diégesis, también interpretaciones, formas de lectura, flashback, raccord, punto de vista, aceptaciones diversas sobre elipsis o grado de incompletud. El fundido en negro o encadenado, la imagen shock, las apostillas sobre el paso del tiempo, el formato onírico, la estructura narrativa clásica, los intertítulos, la mirada subjetiva, personajes, gestos y ambientes arquetípicos son parte de las convenciones que forman la puesta en escena y orientan nuestra intuición. Estas y tantas otras convenciones que pasan desapercibidas, o, mejor dicho, percibidas como punto de apoyo en la comprensión de la representación, concretan una clara y alta muestra de comunicación e inteligencia del ser humano. La convención crea los puentes por donde, tanto creadores como espectadores, ambos peregrinos de sentido, van creando otras nuevas. El espectador de cine postulando aquello de “esto puede pasarme a mí”, o también “qué increíble es esta película”, está trabajando a partir de convenciones que establece la ficción. Mediante las convenciones sabemos que el mundo está en proceso de hacerse, porque nos permite trabajar con la intuición en la parte incompleta de ese proceso. La convención es siempre una parte, pequeña, que a su vez solicita que trabajemos sobre lo otro.  Al sistematizar una serie de convenciones, al hacerlas prácticamente invisibles para el método, el cine va ganando terreno para ocuparse de lo simbólico o lo metafórico.

En todo gran film estamos completando el mundo mediante el o los fuera de campo, continuamente. Ese trabajo sería imposible sin la asistencia de las convenciones que sostienen el andamiaje que es ya grafía elemental de la expectación. Por ejemplo: la posibilidad de que un fuera de campo se constituya en un dentro de campo, es posible mediante una convención que el cine trae del relato, de la novela o del teatro, pero que es simultáneo a la visión del film. Para enlazar esas propiedades es fundamental que se asocien mediante convenciones preestablecidas. A su vez, contribuyendo a ordenar la lógica interna de una simulación, advierten el límite de lo conocido. Con el objetivo de acercarnos, nos proporciona la perspectiva de alejarnos con el pensamiento de abstracción. Toda convención es una superación, un desprendimiento establecido por la inteligencia, dentro de una serie de analogías que forman una red de intenciones aglutinantes.

Otra característica interesante es que las convenciones del cine se establecieron rápidamente. Al trabajar con un material figurativo, se buscó que lo proyectado adquiriese un sentido que a partir del mismo tenor creara significado, pudiendo establecer los desplazamientos desde ese punto. Esto es: la convención es lo que nos guía para entender lo que todavía ella misma no sabe. Apartarse de la convención conduce a un gesto cultural donde no hace falta agregar nada más. Sin la convención estamos comenzando cíclicamente con cada expectación, redefiniendo cada paso a medida que avanzamos, y además olvidando lo que acabamos de aprehender en pos de una nueva totalidad. En cambio la convención está hecha no para olvidarla sino para algo más sutil: recordarla sólo oportuna y fugazmente. Si la convención es un pasaje, no llegar a destino ya no depende de ella. Allí está la diferencia con el clisé. El cine, al partir de su terrible apariencia de realidad, realizó la tarea inédita de retrotraer los clisés pre existentes hasta volverlos de nuevo convención.

Fijémonos, que la convención de que la misma diégesis debe sugerir el símbolo se estableció, como el fuera de campo desde Griffith. Esta, la justificación diegética es una de las convenciones más interesantes que ha dado el cine, y que ya es inherente al juicio sobre un buen film. La convención facilita el desplazamiento de lo particularmente argumental hacia otro estadio, estableciendo el límite de la interpretación.  Permite que el espectador trabaje junto con el film, con la mira de contribuir a permanecer en un eje válido, a partir del cual lo revelado esté controlado. El seguimiento por parte del espectador, y su interés, se basa tanto en su contribución como en lo que el director sabe que puede dar por supuesto. Para ello hace falta una educación participativa, en ambos sentidos, que forma a lo largo de su desarrollo histórico los escalones del discernimiento. La convención se basa en comprender que a la intuición hay que ayudarla, pero sólo con lo necesario. No es un ardid ni un artilugio en el sentido de que ocupe un lugar ostensible, su objetivo es, una vez más, la apreciación involuntaria. No debe completar la necesidad del espectador en cuanto a la razón por la cual éste busca algo en la obra contemplada. De ser así la convención ya no sería tal, y además de anular el acto creativo lo estaría soslayando por el clisé.

Tanto creadores como espectadores participan del cine  porque no se sienten a gusto con su entorno. Ambos quieren completar el reino de lo natural, ambos quieren salir de la incomodidad de la naturaleza y buscar refugio. Esa ausencia busca la imaginación, aquello que no se puede objetivar. Por ello la expresión “uno ve mejor los problemas ajenos” es parte del eje que construye las convenciones cinematográficas. Sin la convención apropiada nos sería imposible siquiera intentar saciarla. Esto es así porque su presencia facilita la empatía, y al mismo tiempo nos ayuda a intuir el conflicto de la ficción por fuera de esa misma convención. Cuando ello no ocurre es porque o bien la convención no está establecida o bien porque la misma ha degenerado en clisé. Esto es últimamente lo más común en el cine llamado mainstream, mientras que lo primero es lo más común en el llamado cine independiente. Ambos extravíos, por exceso o por defecto, proponen una complicidad tramposa con el espectador porque no guarda la relación con aquella incompletud. El clisé es el vicio de la convención, su superación es el arquetipo. Recientemente vimos como Star Wars, La La Land o Alien Covenant, no construyen convenciones para seguir adelante, anclan sus apetencias en el clisé, y hasta constituyen un buscado y festejado regodeo en ese sentido.

Toda historia, toda ficción habla de lo incompleto. El cine propone reintegrar esa privación mediante la imaginación, la imagen acción, soportada por la serie de convenciones que permiten plegarnos a lo esencial de la puesta en escena. Ese acompañamiento es una suerte de gracia, que creamos pensando y obrando para recibirla en esas mismas acciones y continuar hacia adelante. Por el placer de entender.