HABLA EDIPO REY / Javier Lodeiro Ocampo

—Buenas noches a todos, estamos con nuestro primer invitado, el famoso Edipo.

—Buenas noches.

—Háblenos un poquito de usted.

—Mi nombre es Edipo, rey de Tebas.

—Uno de los reyes más famosos de la antigüedad.

—Se dijeron unas cuántas cosas de mí, es verdad.

—¿Quién no ha escuchado hablar del complejo de Edipo, acaso?

—La verdad, yo no. Disculpe.

—¡Bueno, de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, entonces!

—Esas sí.

—Cuéntenos cómo empieza su historia, por favor.

—Mi padre fue Layo, descendiente del fundador de Tebas y heredero al trono. Layo tuvo una pelea con sus parientes y fue expulsado de la ciudad.

—De Tebas.

—Exacto. El rey Pélope de Pisa le dio asilo.

—Y ahí empezó a ponerse oscura la cosa.

—Layo se enamoró de Crisipo, que era el hijo de Pélope. Un día, Layo raptó y violó a Crisipo. Entonces Crisipo, humillado, se suicidó. Layo escapó, pero el rey Pélope lanzó sobre él la maldición de Apolo.

—Y ahí sí que se puso oscura la cosa. Cuéntenos qué decía la maldición.

—La maldición decía que la descendencia de Layo se exterminaría a sí misma.

—Terrible lo que nos cuenta… Perdón, nos traen el café. ¿Un cafecito, Don Edipo?

—Si no se ofende, prefiero vino.

—Ya le conseguimos, claro. ¿Qué pasó con su padre, Layo, después de eso?

—Volvió a Tebas, fue coronado rey y se casó con Yocasta. Intentaron tener hijos pero no había caso, así que Layo, muy preocupado, fue a consultar al oráculo de Delfos. La respuesta del oráculo, que nunca es directa, lo dejó deshecho.

—¿Qué decía?

—“Tu hijo matará a su padre y se acostará con su madre”.

—¡Terrible! ¿Esto se emparenta con la maldición de Apolo que le había echado Pélope, es así?

—Correcto. El oráculo de Delfos es la voz de Apolo.

—Aquí le trajeron el vino.

—Gracias.

—Siga, por favor.

—Layo no le dijo nada de esto a Yocasta, la evitó por un tiempo, pero al final una noche, bajo los efectos del vino, se acostó con ella y así fui engendrado. Al poco tiempo de haber nacido yo, y pensando que podía escapar del oráculo de Apolo, Layo mandó a un pastor a que me abandonara en el monte (primero me atravesó los pies con una aguja para que nadie quisiera adoptarme). Así fui dejado en el monte Citerón, entre las rocas…

—¿Cómo sobrevivió?

—Me rescató otro pastor, que me entregó a los reyes de Corinto. Ellos me llamaron Edipo (que significa “pies hinchados” o “rengo”) y me criaron como a un hijo. Pero un día, un compañero me dijo que era adoptado. Fue en medio de una pelea, información no muy confiable. La cosa es que me entró la duda, me fui hasta Delfos y consulté el oráculo, que en lugar de contestar mi pregunta, me dijo “Matarás a tu padre y procrearás con tu madre”. Imaginesé. Horrorizado, no volví a Corinto por miedo a cumplir con el oráculo. Vagué por los caminos durante un buen tiempo.

—Pero los reyes de Corinto no eran sus padres.

—Ya lo sé… ahora. En ese momento no lo sabía.

—¿Y qué pasó?

—Lo que tenía que pasar. Tras mucho vagabundear, un día llego a un cruce de caminos cerca de Tebas. Aparece un carro muy elegante que me corta el paso. El cochero me dice de mala manera que me corra. ¿A mí, que era hijo de los reyes de Corinto? Lo derribo de una trompada, lo mato, y cuando el ricachón que iba en el carro se baja para pelearme, lo mato también. El único que escapó con vida fue un guardia que venía detrás.

—¿Supo alguna vez quién era el ricachón?

—Pensé que ya lo había adivinado, era el rey de Tebas, Layo, mi verdadero padre. Pero como yo no tenía ni idea seguí mi camino,¿hasta que llegué adónde?

—¡A Tebas!

—La ciudad era un caos.

—Por la desaparición del rey, claro.

—Sí, pero había algo más. El problema era que la Esfinge estaba asolando los campos alrededor  y asesinando a los jóvenes tebanos. La esfinge es un demonio con cara y pechos de mujer, cuerpo de león y alas de águila.

—Esto tenía que ver con la maldición de Layo.

—Sí. La esfinge era un demonio cantor. Desafiaba a los hombres proponiéndoles un acertijo y, al que no lo descifraba (y nadie lo descifraba), lo asfixiaba. El cuñado del rey Layo publicó un aviso ofreciendo  como recompensa para el que derrotase a la esfinge, el trono de Tebas, que estaba vacante. El trono y además, la mano de Yocasta, la viuda del rey.

—Y usted venció a la esfinge.

—Descifré su enigma, sí. Algunos dicen que la esfinge entonces se tiró a un precipicio pero no es verdad. Yo la agarré de las alas y la estrellé contra un acantilado. Así fui coronado rey de Tebas. Edipo Rey. Así tuve la desgracia de casarme con una mujer desconocida pero que en realidad era mi madre. Tuvimos tres hijos… Lo demás se lo cuento resumido porque la verdad…

—Tómese su tiempo.

—Un día, cuando los chicos ya eran grandes, apareció un pastor de Corinto (que era el que me había rescatado cuando era un bebé) y descubrió toda la verdad sobre mí: que había matado a mi padre y que había tenido hijos con mi madre. Yocasta se colgó, yo me arranqué los ojos, me largué a vagar por los caminos de Grecia… Mis hijos… pero eso es otra historia…

—Sí, ahí termina la historia de Edipo Rey y empieza la de los Siete contra Tebas.

—Y la de Antígona.

—De todos modos…

—De todos modos le cuento cómo terminaron ellos, porque recién con mis infortunados hijos se cumplió la profecía del oráculo.

—Diga.

—Se mataron entre ellos, todos. Así la descendencia de Layo se exterminó a sí misma.

—Me deja sin palabras. Terrible. Ahora, le quiero preguntar una cosa que tal vez le moleste.

—Adelante

—¿Como puede ser tanta mala leche, tanta mala fortuna?

—Ya se lo dije, el oráculo.

—Usted perdone Don Edipo pero, qué quiere que le diga. ¿En serio cree en oráculos?

—…

—No me mire con esa cara, no lo quise ofender pero…

—Habíamos quedado, de entrada, en que iba a respetar nuestras diferencias, y usted se ríe de que yo me tome en serio la voz del oráculo.

—Si lo ofendí le pido disculpas.

—No me ofende, pero tampoco comprende. Si me deja hablar se lo explico.

—Adelante.

—Trataré de hacerla corta: entre todas las diferencias que podamos tener usted y yo, la del respeto por la voz del oráculo es la única importante. No le pido que se convenza de que mi opinión coincide con la verdad, pero como usted me invitó, lo menos que puede hacer primero es aceptar que el mundo en que vivo yo no es el mundo en que vive usted,  y que por lo tanto, no puede juzgar mi mundo desde el suyo.

—Tiene razón.

—Paso al oráculo: ¿Qué es el oráculo? Ni más ni menos que la voz de Apolo. En mi mundo a nadie se le ocurriría dudar de que el oráculo ES la voz de Apolo, a nadie se le ocurriría dudar de la existencia de los dioses simplemente porque no se ven. En mi mundo, todos sabemos que las vidas de los hombres están entrelazadas con las decisiones de los dioses.Lo que usted toma por leyes físicas, entre otras muchas cosas más, son las leyes de los dioses…

—Bueno, convengamos que las leyes de sus dioses son bastante arbitrarias

—¿Pero qué dice? ¡Si son dioses! Ellos entienden todo, usted y yo (y en eso somos iguales) sólo entendemos una parte. Y a eso quería llegar: lo que usted llama mala leche o mala fortuna es en realidad nuestra ignorancia de los propósitos divinos, o…

—¿O?

—O como sucede en la tragedia, el resultado de nuestra violación de sus leyes, cuando sí las conocemos pero nos hacemos los tontos.

—Pero, ¿y en su caso particular? El que se mandó la macana fue su padre, no usted.

—No existe causa sin efecto, ¿estamos de acuerdo en eso?

—Sí.

—Bien, mi nacimiento es la consecuencia de un acto de mi padre. Yo heredé su color de pelo, sus manos… Hasta ahí la causas más groseras, más palpables, que son las que usted acepta sin problemas. Pero además, hay causas que producen efectos en un nivel más sutil, que a usted se le escapa: además del físico, yo heredé de mi padre las consecuencias de su rebeldía contra los dioses.

—…

—¿Qué pasa? Se quedó mudo. ¿Dije algo malo?

—Me quedé pensando… ¿Usted vio la película Gladiador, Don Edipo?

—Digamos que sí, para no arruinar el diálogo.

—¿Se acuerda de la escena inicial, cuando Maximus le habla a sus compañeros de armas, los romanos que están listos para cargar contra los bárbaros, en el bosque?

—Ahá

—Bueno, para darle valor a sus camaradas, que están a punto de enfrentar la muerte, Maximus les dice: “¡Manténgnase firmes! ¡No se separen de mí! ¡Si se ven cabalgando solos por verdes prados, la cara bañada por el sol, no se asusten! ¡Quiere decir que ya habrán muerto y están en el Elíseo! ¡Hermanos! ¡Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad!” …Lo que hacemos en vida hace eco en la eternidad.

—Ahí tiene, me entendió, ¿ve? Maximus sabe que entre el más allá y el más acá hay una continuidad lógica. Para él, eso es lo natural.

—Sí pero…

—A Máximus podrá no gustarle, podrá no entender del todo cómo funciona, pero tiene en claro que aunque patalee, la cosa funciona según la voluntad de los dioses, no la suya. Y eso es precisamente lo que tiene la tragedia griega de importante para usted.

—¿Para mí?

—Para usted que vive tan seguro de que no existe nada que pueda escapar al conocimiento humano.

—Bueno, hace cien años la gente se moría de un dolor de muelas, hoy tenemos antibióticos.

—Pero seguimos sin saber  para qué nacemos y para qué morimos. Con su desmesura, la tragedia nos recuerda que siempre habrá un límite para lo que el hombre puede conocer, nos recuerda que siempre habrá un lugar adonde terminan las posibilidades de lo humano, y adonde empieza lo inescrutable.

 


Una versión grabada de este texto se emitió en el programa “Mística en el aire” de Ariel Martínez, en Radio Mural FM. Puede escucharse aquí.