PIRATAS EN LA PLATA / Melina Cherro

“Pero, los viejos hábitos son difíciles de abandonar. Las pasiones no se apagan con una regadera. Babafloja el bandido, todavía era un poco Rafael el poeta y, de vez en cuando, garabateaba en un cuadernito versos de amor. Lo guardaba celosamente en su chaqueta, del lado del corazón. Porque, si lo llegaran a descubrir, perdería toda su credibilidad de bandido desalmado.”

“Babafloja” (Las aventuras de Botazul y otros cuentos de piratas.
Belén de Larrañaga. 2015, La Brujita de Papel S.A.)

Ilustración: Nancy Brajer.

Los seres humanos tenemos la necesidad del relato, de la explicación del origen de las cosas. Desde pequeños preguntamos quiénes somos, de dónde venimos y como llegamos hasta aquí. Cada familia cuenta a sus niños ese relato que es el del principio; el del principio de la familia. De cómo se conocieron papá y mamá; de ese día maravilloso en que el niño o la niña llegó al mudo. Pero claro, es el principio reducido, acotado. Individualizado. Y por más que pretenda cumplir la función del mito originario, no lo es.

El mito es ese relato originario, que según explica Mircea Eliade, es el relato hondante que da vida, sentido y fundamento a las tribus primitivas —primitivas no por atrasadas o antiguas, si no por primigenias, es decir primeras—.

“Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y como hacerlas reaparecer cuando desaparecen”. Tal como lo explica el propio Eliade en su libro “Aspectos del mito”*.

El mito se actualizaba mediante el rito; al repetir la acción en forma operativa, al volver a hacer como ese Ser Sobrenatural hizo por primera vez, ese tiempo sagrado y originario se actualizaba, volvía a ser. Y el hombre que realizaba el rito, en ese momento estaba siendo ese ser.

Así el relato de origen familiar no se actualiza, es decir el niño que escucha no se convierte en esos padres, porque el relato es un relato pequeño, aunque se haga presente mediante la forma en que es narrado. Es un relato pequeño porque lo que narra es la fundación de una pequeña familia, y no de una era cosmogónica que aúna existencia y sentido.

En  “Aspectos del mito” Eliade explica que las tribus arcaicas diferenciaban con detalle y precisión las “historias verdaderas” de las “historias falsas”.

Las “historias verdaderas” eran aquéllas que narraban ese hecho hondante que daba sentido a lo que las tribus realizaban. El relato de cómo ese Ser Sobrenatural había realizado tal o cual cosa y como a través del rito, ese tiempo sagrado volvía a vivirse; es decir que en el momento en que se realizaba el rito, quien lo realizaba era en ese instante ese Ser sagrado que había realizado esa acción por primera vez. Las “historias falsas” en cambio, si bien podían contar una aventura y hasta un hecho fantástico, o explicar algo respecto al mundo, no eran las que daban el sentido a la existencia. El por qué estaban en el mundo y para qué.

Hoy, sabemos, el mito anda perdido y hasta deformado. Dicen que algo es un mito para decir que es una mentira; nada más lejos del sentido original de la palabra, tal y como hemos visto. El mito es la historia verdadera. Pero cuando en la actualidad hablamos de los mitos tendemos más a un enfoque antropológico o histórico, despojándolo de todo sentido religioso, de todo lo sagrado. Así nuestro relato de origen, el sentido de lo que hacemos y de quienes somos, se reduce a esas pequeñas historias —ya no verdaderas ni falsas— que son las que contamos en el pequeño entorno familiar. No decimos que estos relatos no sean necesarios, sino simplemente que son incompletos.

Sabemos, lo hemos dicho ya, que el cine tiene la capacidad de restaurarnos ese tiempo mítico, de hacernos volver a estar in illo tempore  en ese momento hondante y ser por un momento ese Ser Sobrenatural que fundó al mundo que habitamos.

A los niños pequeños les contamos la historia familiar, o les leemos un cuento antes de dormir. Y los cuentos infantiles tienden a la historia pequeña. Porque, por ejemplo, como un niño de entre cuatro y seis años está en la edad en que puede llegar a tener un hermanito, los autores escriben cuentos de niños de entre cuatro y seis años que van a tener un hermanito. No es la llegada de un nuevo miembro a la tribu. No es un rito de pasaje. No hay mito que sostenga ese trance que el niño debe atravesar. Porque el cuento cuenta la historia pequeña y no la gran historia, aunque a veces lo intenten.

Sin embargo, gracias a Belén de Larrañaga —joven escritora nacida en la ciudad de La Plata— podemos leerles a los niños y niñas “Las aventuras de Botazul y otros cuentos de piratas”.

Como si fueran aquellas historias falsas de las tribus arcaicas, esos relatos que contaban algo del mundo pero no contaban lo fundacional, “Las aventuras de Botazul y otros cuentos de piratas” recupera lo que llamamos “datos tradicionales”. Es decir que estos piratas —héroes inventados— trabajan para que esos mitos vueltos cuentos nos permitan nuevamente actualizar, al menos en parte, esos tiempos sagrados en que los seres sobrenaturales y los héroes sagrados fundaron al mundo.

Todos los piratas de estos cuentos tienen problemas con su doble. El doble, recordemos, es uno de los mitologemas centrales para comprender quiénes somos y para qué estamos. Cuando en un relato hay un doble (un hermano gemelo demoníaco; un pirata con nombre compuesto por dos héroes griegos; un poeta que se vuelve pirata pero sigue siendo poeta; o un pirata con pata de palo que encuentra a su otra mitad, una mujer con pata de palo) es porque el personaje busca o se enfrenta a otra posibilidad de ser. Ese otro es, en cierta forma, parte de sí mismo. Y es también su enemigo, su alter ego, su doble. Es esa parte de si mismo que el pirata —el héroe— debe tachar o esa parte de sí mismo que debe aflorar.

Tal es así, que estos piratas se encuentran con su “calamitosa contraparte”, como la autora los describe, en busca de ese otro yo que le dé sentido a su vida, y es allí donde se encuentra el sentido del mundo. O al menos del mundo infantil que tan despojado está de esos pasajes de iniciación que son fundamentales para atravesar la infancia, época de miedos, de necesidad de aventura, de enfrentarse a los monstruos que existen en ese otro mundo —¿tal vez estén colados en el nuestro y no queramos darnos cuenta?— del que todos hemos sido parte y que en la memoria infantil sigue viva.

Así es como Rafael el poeta, se convierte en Babafloja el pirata que insulta de la forma más audaz y original, pero que en el fondo guarda a su otro yo y esconde sus poemas de amor en una libreta enterrada en “La isla misteriosa”. O Cejaloca el terrible capitán pirata, que cambia finalmente de lugar —cambia de rol, cambia de nombre— con su hermano, el correctísimo capitán Pachéscoli para enamorar a la oficial Victoria.

Si cada uno de los piratas de estos relatos se construye porque hay un doble que lo acecha, es porque desde El Banquete de Platón en adelante la historia de la humanidad se funda en un relato originario que habla de seres que eran uno y eran dos. Porque en todos los mitos los héroes tienen a su enemigo que es a su vez su posibilidad y su reflejo. Porque si no narramos y volvemos a pasar por el mitologema, seremos dobles pero sin origen. Seremos dobles pero sin saber por qué. Seremos dobles vacíos sin la capacidad de actualizar ese mito, no nos trasladamos, no traemos hasta nosotros ese tiempo originario en donde gracias al rito podíamos ser por un momento ese héroe que formó parte de la fundación de la existencia.

La bota azul de Botazul, no es azul porque sí. El azul es un color que también es símbolo. Botazul, frustrado porque la bota no le obedece, piensa en comprarse una bota nueva pero “no quiero llamarme Botabeige” dice. Porque claro está, el azul es el del mar, es el del cielo. El azul es color de pirata, y además es parte de la simbología tradicional. El azul es entonces ese color que transforma, porque Botazul sólo será capitán y lucirá su espléndida bota, cuando haya encontrado a la otra, a la del par. A esa mujer con pata de palo que lleva la bota azul derecha, la derecha de su izquierda.

Nombremos además a Odifeo; mitad Odiseo, mitad Morfeo. Así el mito griego vuelve a contarse en forma de cuento del pirata cuya vida era tragedia porque no podía comprender que esas dos mitades —mitad héroe marinero y mitad héroe cantante— eran la síntesis perfecta de un gran poder secreto.

Los cuentos de estos piratas están escritos en base doble. Y es así, porque de Larrañaga entiende que si no hay doble, no hay conflicto y si no hay conflicto no hay posibilidad de fundar.

Es muy importante no confundirse con esos otros piratas que andan dando vueltas por ahí, esos que dicen ser del Caribe. Esos no son más que parodia de aquellos piratas que sí sabían lo que contaban. Porque otra cosa que saben hacer los piratas de Botazul, es reírse de sí mismos, y desplegar situaciones que son trágicas y cómicas a la vez; porque saben que son piratas en un mundo y en una época en que los piratas, al parecer, han caído en desgracia. Los piratas de estos cuentos se ríen de la desgracia porque su tragedia es amar a la mujer imposible o tener que ponerse un parche en el ojo gracias a la venganza de una mujer con el corazón roto. Son piratas que saben que para que haya humor debe haber tragedia y no parodia. Son esos piratas que se saben fuera de su tiempo, y que sin embargo, actualizan a cada paso ese mito originario que se escapa, pero que vuelve de las formas más inesperadas.

Es gracias a estas historias falsas de piratas que no existieron, de aventuras imposibles y de héroes inventados, que podemos acceder a eso otro que sí existió y tener la experiencia de volver a pasar, de ser por un momento esos héroes míticos, esos seres sobrenaturales que subidos a un barco pirata actualizan el mito noches tras noche, antes de dormir.


*Aspects du mythe (Éditions Gallimard, París, 1963) es el título original del libro de Mircea Eliade. En las ediciones en español ha sido traducido como “Mito y realidad” pero consideramos que dicha traducción es absolutamente opuesta a los fines que se propone el autor en este libro en particular y en toda su obra en general. Con lo cual, preferimos citar el texto haciendo una traducción literal de su título.