HURLINGHAM BLUES / Javier Lodeiro Ocampo

EL PASAJERO

Bajo del tren y cruzo las vías. El olor a grasa me acompaña hasta que dejo atrás el andén, el bar al paso con sus sandwiches de jamón y queso secándose al sol y la barrera, con su campana que picotea la tarde como un gallo enloquecido por el calor. Una vez más por las calles de Hurlingham. Camino unas cuadras y paso frente al colegio inglés. No recuerdo el nombre. Tras los cercos verdes veo los campos verdes, atravesando los campos veo esas criaturas fugaces de blancos muslos que persiguen una pelota de hockey. Sé que anduve por estas calles hace pocos años, cuando era un chico, pero no me obsesiona el hecho de que no puedo recordarlo: soy un hombre sin pasado. Mi vida acaba de empezar hace un mes, con los primeros días del verano. Mi corazón está completamente nuevo, dispuesto a aprender el mundo una vez más. Mis viejos no podrían comprenderlo, mis amigos tampoco. Camino una cuadra tras otra y me siento feliz ante la novedad de cada cosa. Hasta los semáforos me alegran, los kioscos, las cúpulas movedizas de los eucaliptos, incluso los manojos de cables que cruzan sobre la avenida para dar asiento a las torcazas.

El mes que viene tendré por primera vez una mujer, después conseguiré nuevos amigos, después veré qué otra cosa me depara la Providencia. Tengo quince años y la creación entera me pertenece y no le temo a la muerte.

EL CIEGO

El ciego vivía en una antigua casona. El jardín, con los años, se había convertido en un bosque que la cubría con una sombra permanente. El ciego era amigo de mi vieja. Cada verano, cuando ella lo iba a visitar, yo me ofrecía de acompañante. Abríamos la reja gastada y pisábamos el sendero oscurecido por los altísimos árboles que llevaba a la mansión. Yo hacía todo lo posible por guiar a mi mamá de manera que la tocaran los pocos rayos de luz que lograban atravesar la alta barrera de las copas. Creía que el sol era mi amigo, mi aliado, y que el toque de esos rayos no era una ayuda despreciable. No le decía nada a ella para que no se asustara. Cruzado el bosque, esperábamos en el patio a que la esposa del ciego apareciera. Yo miraba las paredes descascaradas de la casona, que parecían listas para venirse abajo en cualquier momento, y sentía temblores en las rodillas.

En el patio de baldosas blancas y negras había un aljibe al que estaba prohibido asomarse. Las puertas de las habitaciones que daban al patio eran altas y estaban siempre abiertas. Daban a recintos tan oscuros como agujeros en la tarde inmensa y calurosa, agujeros que conducían sin duda a los mundos subterráneos en donde reinaba el ciego. La esposa nos guiaba hasta él, y el hombre le daba a mi vieja unos frascos con bolitas blancas que servían para curar las enfermedades. Era homeopatía. Las manos del ciego eran grandes, huesudas y largas, sus modales eran antiguos. Servía una taza de té, preguntaba por parientes remotos que nadie había visto jamás. Tenía sobre cada ojo una ceja enorme como la cola de un gallo, pero blanca. Yo sabía que todo el tiempo que duraba la entrevista el ciego nos estaba observando desde atrás de sus ojos blancos. No sólo veía cada detalle de nuestros movimientos, veía lo que teníamos adentro, y por eso yo me plantaba al lado de mi vieja, mirándolo desafiante, aguantando el terror en silencio. Quería que el ciego supiera que yo estaba al tanto de su secreto.

Las noches siguientes a la visita pagaba mi arrojo con una pesadilla que se repetía siempre igual. Ni bien cerraba los ojos veía al ciego corriendo por el bosque de la casona, entre las ortigas y las margaritas que brillaban a la luz de la luna. Lo veía correr alrededor de la vieja mansión hasta que alcanzaba la velocidad suficiente para elevarse; entonces comenzaba a saltar por sobre los senderos del jardín, hacia los árboles. Saltaba de tronco en tronco, de rama en rama, y después de copa en copa. Yo podía sentir su angustia como si fuera mía: más que el agua, necesitábamos la luz de la luna.

DEL CENTRO A LAS PUERTAS DE HERCULES

En sus intervalos de lucidez, mi abuela del centro, Maíta, afirma que vivirá más que Mamama, mi bisabuela, que murió a los 104. Estoy por llamarla, dudo porque sé que no me va a reconocer; hace tres años que vive en una nube de pedos, entre medicamentos y enfermeros que vienen y van. Bloch dice que en los pueblos europeos la tradición se pasa de abuelos a nietos. Mientras los padres trabajan, los abuelos ociosos transmiten sus recuerdos a los hijos de sus hijos. No fue este el caso, Maíta se limitó a enseñarme, más que nada, el silencio entero y desafiante ante la adversidad, y lo hizo, obvio, sin palabras.

Su pasado siempre fue un misterio. Sé, por comentarios de otros, que cuando era chiquita viajaba a Europa con una vaca en el barco para tomar la leche del desayuno. A su tío rebelde lo mandaron a que lo pusiera en regla el viejo General Roca, que era su vecino. Esas cosas las supe después, los recuerdos que ella dejó en mi infancia son mil veces más simples, están hechos de olores que salían de la cocina, de frases sueltas que con el tiempo se hicieron sentencias, de gestos parcos que podían apuntalarte como montañas. En uno de los recuerdos más antiguos que conservo me veo acompañando a mi abuela en la Estanciera naranja que ella manejaba día a día para llevar estudiantes de guardapolvo blanco a la escuela. Era una changa, supongo.

A mi abuelo lo veía cruzar el horizonte una vez cada dos o tres meses, acompañado siempre por dos doberman negros. Todo lo que sabía de él era que vivía medio ilegalmente en un lugar más allá de la frontera llamado Chascomús. El departamento de mi abuela era chiquito y la mitad de la semana comía ropa vieja, pero tenía una campanita argentina al lado del plato de plástico para llamar al “servicio”. Jamás la oí quejarse. Manejaba un Citroën a inconmovibles cuarenta km/h por el medio de Libertador o en la Panamericana y rezongaba contra los que le tocaban bocina, que eran todos los demás automovilistas del mundo. En esa catramina la acompañé a los confines del mundo conocido: en Zárate vi las puertas de Hércules cerrando el Paraná, en Mercedes vi un jardín en el que un viejo tenía encerrada a una pareja de flamencos más altos que yo. Pero mi excursión preferida era acompañarla al mercado que había sobre Las Heras, a media cuadra de Billinghurst. Ella me dejaba elegir el pollo, el yogur y las Cerealitas que sacaba un gallego de la caja. A mi me fascinaban los colores y olores: peces, aves, granos y verduras, todo fresco y sin envasar —décadas más tarde vi ese mercado repetido en El Padrino II—. Al llegar al quiosco de revistas yo le soltaba la mano y me quedaba mirando los estantes. Ella caminaba tres o cuatro pasos y se daba vuelta. ¿Qué pasa? me decía. Nada, respondía yo. ¿Querés algo? No. Y ella volvía y me compraba la revista que yo ya había elegido.

TODO LO DEMÁS

Mi amigo X vivía contando las historias más increíbles. Le bastaba con salir a la calle para que le pasaran cosas que jamás hubieran podido ser incluidas en el guión de una película sin convertirla en algo ridículo. Pero no eran ridiculeces, y le pasaban. Yo solía contar esas aventuras a mi amigo Y, quien —a pesar de las implicaciones esotéricas de la letra que usé para camuflar su identidad— no podía siquiera concebir nada sobrenatural. Sin embargo, Y escuchaba cada relato con una atención muda; preguntaba por cada detalle y jamás cuestionaba una palabra. En el fondo, yo sabía que él no creía en X. ¡No le creía ni una coma! Pero sí creía en mí, y el hecho de que yo no descartara las sagas de X como meros inventos no sólo le llamaba la atención sino que además lo preocupaba. Una vez, después de escuchar uno de estos relatos, me dijo: “Pero che, si eso es verdad, entonces todo lo demás ¡no importa!”. En el contexto de la charla, ese “todo lo demás” significaba TODO lo demás, es decir: toda acción o todo pensamiento que no tuviese en cuenta en mayor o menor medida aquello de lo cual X decía haber sido partícipe. ¿Que X sonaba ridículo y/o un poco grotesco? Eran detalles, seguramente atribuibles a la personalidad de X y a la manera en que él interpretaba sus experiencias. Pero si lo que X afirmaba haber vivido era verdad, entonces era un agujero en el globo de la realidad, era como una gota de la sangre del alien perforando un objeto tras otro. En aquel entonces yo me reí mucho de la observación de Y; la dejé pasar sin respuesta, pero nunca la olvidé. Hoy, después de tantos años, no dudo qué le respondería. “Sí, tenés razón”.

EL JARDÍN

La señora le dice al chico que los yuyos espinosos que crecen en el jardín se llaman pincha-colas, le explica cómo extirparlos. El chico escucha, serio como si fuera una lección. Se pasa la tarde entera cortando los pincha-colas. Cree que de esa forma evitará que los ocasionales visitantes del jardín se pinchen los pies al caminar por el césped. No repara en que los únicos visitantes del jardín son él y la señora, y que sólo él anda descalzo. Los dos viven pendientes de ese jardín. Ellos saben cuándo hay que cortar la ligustrina, y cuándo están a punto de florecer los malvones bajo los cipreses. Son los únicos que saben porqué el pino, el árbol más viejo del barrio, no tiene una copa sino dos. “Tu padre le pegó un tiro en la punta con el aire comprimido cuando tenía diez años”, le contó la señora una tarde, “y desde entonces el pino creció con dos copas”.

Ahora el pino es más alto que la casa. El padre del chico ya no recuerda aquél tiro, es otro secreto que el chico y la señora guardan con avaricia. No saben para qué ni se lo preguntan, eso los hace sentir unidos. Cuando termina con los pincha-colas, el chico da de comer a las gallinas pigmeas. Después se mete a husmear en el pasillo abandonado en donde reina la madreselva. La señora tiene miedo de entrar a ese pasillo, dice que está lleno de arañas, pero el chico sabe que lo que de verdad teme es a los grillos porque uno de esos bichos predijo la muerte de su marido años atrás. Él se mete entre los matorrales y llega hasta la enorme mata de la madreselva que crece al final del pasillo. Ahí se queda unos cuantos minutos aspirando el olor de las flores amarillas. Más tarde, sube a la balaustrada y toma el tarro de pintura roja. La señora se lo dejó ahí para que pinte los bordes de fierro de las peceras. El chico se pasa la tarde entera pintando mientras sueña con Mirta, la vecina. Cuando el sol está cayendo, la señora sale a la balaustrada y felicita al chico por lo bien que han quedado las peceras. El chico la abraza. Siente su enorme soledad mientras ella lo besa en la frente. La señora lo invita a tomar el café con leche y el pan con manteca. Antes de entrar en la casa, el chico se da vuelta y mira el jardín, y de alguna manera sabe que ese jardín es un amigo que lo va a acompañar hasta su último día.