ELEMENTOS DE RECONOCIMIENTO / Juan Esteban Lagorio

Ahora conozco parcialmente, dice San Pablo. En la afirmación hay un mandato. La Naturaleza es objeto de interpretación, incluyendo al Hombre y a todo lo que él realice. Debemos conocer la parte, el comienzo del sentido que será el todo. Y, conociendo la parte de una manera total, podremos acceder al símbolo que es el medio. No podemos recuperar el Paraíso. Podemos recordarlo y, quizás, recuperarlo en el futuro trascendente. Para poder evocar nos valemos de fragmentos, de restos que retienen, consistentemente, lo inteligible.

Actualmente, preferimos administrar las representaciones a través de esa concepción fragmentaria, cuya permanencia fugaz y analógica hace que debamos preguntar y relacionar más elementos con el pasado. A sabiendas que se trata de una privación, y también de lo que “la época pide”, no debemos confundir la segmentación de un saber con su ocultamiento. Si vivimos una época en que las representaciones corren el riesgo de tomarse literalmente, de mantenerse en la acción sin la reflexión, esto es, en un estadio infantil, intentemos ver en el fragmento el camino que nos aparte de la llana consumición.

Estamos en el ciclo declinante que forma parte de los recursos del conocimiento. En anteriores ciclos, la ausencia parcial de ese saber también se manifestaba. En la Grecia del apogeo luego de la edad de Oro, se continúa una decadencia. La muerte de Pericles, la invasión de los Macedonios, da lugar a un fin de ciclo. Lo mismo en los Romanos posteriores a Virgilio y Augusto. La diferencia con nuestro ciclo es que la decadencia de aquéllos también estaba ritualizada. Se sabía por qué se caía. En nuestro caso, la afluencia constante de lo fragmentario intenta suplir esa falta, recordándonos parcialmente.

El esquema postulado por la expresión fragmentaria es válido solamente cuando incorpora un mecanismo que nos obligue a pensar retrospectivamente. A tal efecto, también debe desplegar otro artilugio: el de presentar los lugares comunes de manera que no se declaren como tales. Lo notable de esta función es su doble intención, su compromiso de  imponerse al lugar común al mismo tiempo que lo usa para despertar la memoria. La velocidad con que se exhiben es creciente y no parece hallar su límite. De alguna manera son signos de alerta y desesperación contra una amnesia ya declarada. De allí el vértigo con que nos asaltan en todos los medios. No hay nada de malo en la velocidad. Recordemos que para los griegos era una virtud, y hasta a Aquiles se lo conocía como el de “los pies ligeros”. Además la característica dinámica de un fragmento puede incluir más de un leitmotiv. Si en lugar de pintar un enorme fresco solamente llegamos al boceto. Si un monólogo reemplaza una tragedia en cinco actos. Todo lo que hagamos es, en mayor o menor medida, un llamado de atención. Y si todo aquello ya fue representado, la continuidad, la supervivencia de ese camino reside en constituirse en un surco de ida y vuelta, para ser animado por la memoria. Ésta actúa estableciendo el movimiento de la interpretación. Porque la tradición no es aquello que vamos a buscar por nuestros medios, azarosamente y a los tumbos, sino que es la tradición la que nos encuentra porque estamos en su camino al participar de esos medios. Al mismo tiempo, aquel boceto, monólogo o cualquier otra muestra fragmentaria que hoy es cultura, también forma camino, orientación y continuidad; en cuanto manifieste una inflexión, no una ruptura. El fragmento que asimilamos nos lleva a recordar. Esto es así porque el centro, lo perdido, ha quedado atrás, pero aún es visible. Estamos en una continuidad que toma la parte por el todo.

El fragmento es una forma de prueba, un vestigio que implica una manera de revisión, esto es: re visión de aquello que, aunque no lo sepamos, constante y hasta instintivamente,  nos invita a esta actividad. Un trazo, una imagen, bien pueden interrogarnos qué entendimos de aquél todo. Esto, que podría ser el recurso de un rito de iniciación, acompaña con su presencia invisible la entrega de ciertos dones. De esa manera, el rito asegura su supervivencia, asegurando que en el fragmento, un don está presente. Como una suerte de investigación policial invertida, en lugar de comenzar por los indicios que pueden ser equívocos, falsos, o directamente poco pueden aportar a una totalidad para recrear el misterio, es el misterio el que voluntariamente puebla de indicios para mantenerse totalmente en ellos y perpetuarse.

Pensemos en un ejemplo sencillo. El lenguaje, también se fragmenta. Se habla, se canta, se escribe y se lee usando recursos y estructuras cuya economía tiende al epigrama o al epitafio. Como soporte reduce su expresión al fragmento que, expresado con su ritmo y sus fonemas,  vislumbra otra cosa, llámese poesía, slogan, canción de cuna, rap o sortilegio. Basta entonces recordar, que, desde el publicista al nigromante,se ambiciona la parte por el todo.