UNA PESADILLA DIURNA / Melina Cherro Lectura de “Maestro miseria” de Truman Capote

Las personas andamos solas por la ciudad. Nos movemos como peces sin cardumen de un lado hacia el otro para cumplir los horarios de trabajo, tomar el medio de transporte correspondiente,  o refugiarnos en cafeterías y bares ruidosos que lejos de permitir encuentros nos separan y aíslan aún más. Ya ni el cine es un refugio en donde, como dice Capote, podemos experimentar la liberación de la conciencia semejante a la confesión.

Así es vivir en estas ciudades. En nuestra Buenos Aires, o en esa Nueva York que Truman Capote nos presenta en su libro de relatos “Un árbol de la noche”. Sus personajes son eso. Árboles nocturnos y solitarios que recorren las calles heladas de una ciudad que en cada rincón espera con más frialdad y soledad. Y cuando todo eso ocurre, los personajes solitarios son susceptibles, vulnerables. La búsqueda de una solución a esa soledad definitiva, que los sumerge en las más profundas y taciturnas rutinas, los lleva a encontrarse con las compañías más infames.

Así es que Sylvia —la protagonista del relato “Maestro miseria”— escapa de ese destino obligado para la joven mujer que llega del pueblo a la gran ciudad. Para eso está Estelle, su mejor amiga de la infancia, que ha encontrado marido y trabajo y departamento que le hacen sentir falsamente —al menos a los ojos de Sylvia— que ha logrado cumplir con todo lo que la vida le prometía. La triste rutina del trabajo y la cena y la cama en compañía. Sylvia no quiere eso, y busca. Busca en las noches frías del Central Park en donde las amenazas para una chica sola surgen de todos los rincones. Porque la soledad, la desilusión, la noche y el frío dan lugar a lo desconocido. A lo otro. Al mal, que tiene espacio para anidar en cada rincón de la ciudad.

Sylvia escapa de los jóvenes que quieren atacarla en el parque; pero no puede escaparse de la soledad y de sí misma. Porque lo que Sylvia trae consigo, sobre su alma pesada y melancólica, es el extrañar algo que quizá nunca tuvo pero que supo que existió. La vida solitaria de la ciudad pone en evidencia que ese entorno supuestamente familiar que ha construido su amiga Estelle, es en realidad una desarticulación de esa idea. Cuando lo familiar, es decir, la construcción de una posible familia, se reduce al departamento pequeño burgués en donde los electrodomésticos han sido bautizados por la pareja con ridículos nombres, tratando de humanizar esos objetos de consumo que en la ciudad se compran y venden y se descartan rápidamente para ser repuestos por unos nuevos. Eso que supone entonces la construcción del hogar se vuelve horroroso a los ojos de Sylvia, que extraña algo, pero que no sabe muy bien qué es; porque en su pueblo tampoco existía.

Ese extrañar de Sylvia se cristaliza en la idea de la posibilidad. “Si tuviera más dinero, podría alquilarme un departamento para mí sola”. Piensa Sylvia, harta de Estelle y Henry. Trágicamente, en busca de esa posibilidad cae en manos del Maestro Miseria. Un ser extraño, un hombre rico que está dispuesto a pagar buen dinero a aquellos que sepan contarle sus sueños —las fantasías nocturnas que aparecen cuando dormimos—. Sylvia cree que con el dinero que el Sr. Revercomb le pagará por sus sueños, conseguirá escapar de ese hogar fabricado; tendrá su ansiada posibilidad.

Pero lo que Sylvia no entiende es que si vende sus sueños, vende su alma y ya no habrá posibilidad alguna. Lejos de obtener libertad, Sylvia se construye su propia trampa, buscando ilusamente eso que siente que ha perdido pero que jamás encontrará en esa oscura ciudad dominada por Revercomb. El maestro miseria que atiende en su piso de la calle sesenta y ocho, asistido por una fría enfermera, y que sabe que su poder se ha expandido. Ese poder que recorre las ciudades y que es capaz de encarnar en una vidriera con un siniestro muñeco tamaño real de Santa Claus —falsa figura que ha convertido a la Navidad en fiesta de consumo— transformando una vez más el alma en moneda de cambio; poder que puede encarnar —de otro modo— en esos muchachos, sombras oscuras que amenazan en el parque a las mujeres que osadamente se animan a atravesarlo solas.

Y como la familia, lo familiar —tanto en el pueblo, como en la ciudad— se ha perdido, es —causalmente— a través de las asiduas visitas al Sr Revercomb que Sylvia encuentra finalmente algo de eso que extraña. Porque en la fría sala de espera de la calle sesenta y ocho, los ojos de Sylvia se encuentran con los ojos del alcohólico Orreily —un hombre que supo ser muchas cosas, desde payaso hasta corredor de seguros y que ha vendido todo, hasta sus sueños, para poder comprar una botella de whisky— que le ofrecen a Sylvia algo de ese calor que ella extraña. Es gracias a esa cálida y breve amistad, que Sylvia comprende que no hay salida, pero que al menos pueden acompañarse en esa caída sin fondo, en esa pérdida constante que es la vida urbana.

Si en la ciudad anida el mal, es porque lo familiar se ha perdido. Porque todo lo que antes era sostén, unión, soporte de aquélla tradición que indicaba a las personas que eran parte de algo más, se ha convertido ahora en un procedimiento mecánico y de consumo. Y es allí, en esa ausencia, que la falsa salida aparece. El Maestro Miseria, el hombre que compra sueños, se convierte en una especie de padre que reúne a sus desgraciados para anestesiarles la caída.

Desgraciados que comparten un terrible secreto: saber quién es el que les succiona el alma; comprándoles los sueños que son los conectores con esos tiempos anteriores, originarios. Los sueños, que son los que nos mantienen unidos a aquello que durante el día está ausente porque las vidrieras navideñas, las rutinas de trabajo y la búsqueda de una profesión exitosa, nos lo alejan permanentemente.

Sylvia y Orreily lo saben. El mal existe en la ciudad, vive en un amplio piso en un lujoso barrio y es cada día más poderoso; saben que nada pueden hacer porque ya se han entregado. La ciudad, la vida urbana, la pequeña vida burguesa no tiene lugar para aquellos que son diferentes; la joven Sylvia que busca un destino distinto, porque no quiere ser un ama de casa rodeada de sus electrodomésticos con nombre, y tampoco quiere ser una exitosa oficinista. Y el triste Orreily, ese hombre que supo ser payaso —otra forma de estar al margen— pero que sabe que si Santa Claus está en las vidrieras reproduciendo carcajadas mecánicas, es porque los payasos ya no tienen lugar para realizar sus ritos y sus magias.

De esta forma a aquellos que venden sus sueños, la vida se le transforma en una pesadilla diurna, porque las noches son vacías. Así lo entiende Sylvia al caminar, una vez más, hacia el oscuro Central Park, mientras la fría nieve cae a sus costados.