IFIGENIA, LA DIVINIDAD, EL PADRE Y LA PATRIA / Javier Lodeiro Ocampo

—Muchos de nuestros oyentes habrán escuchado hablar de la guerra de Troya, del caballo de madera que fabricó Ulises, del gran guerrero Aquiles el de rubia cabellera (caracterizado por Brad Pitt en el cine, como recordarán) y de Paris (Orlando Bloom) que provocó la sangrienta guerra por haber raptado a Helena. Muy bien, esta noche nos acompaña una mujer excepcional que tuvo un papel decisivo en esa guerra y que, sin embargo, es muy pero muy poco conocida para la mayoría de nosotros. ¿Nos dice su nombre por favor?

—Con gusto, me llamo Ifigenia, hija de Agamenón.

—Ifigenia, el destino de su país, el de su civilización entera quizás, estuvo alguna vez en sus manos. Y sin embargo casi no se la recuerda. ¿Qué tiene que decir al respecto?

—Me gustaría decir que yo no tuve el destino de Grecia en mis manos. Son los dioses los que rigen los destinos de los hombres.

—Bien, pero ¿le parece justo que a usted no se la recuerde para nada? Por ejemplo, antes de esta entrevista la invitamos a ver la película Troya, a la que recién citábamos, y allí ni se hace mención a su papel en la guerra, ni en otras anteriores que yo recuerde. ¿Le parece justo?

—Lo que vimos hace unos momentos es una versión muy rara de la historia.

—¿Por qué lo dice?

—Porque sólo se ven humanos.

—Bueno, en esa época no habían tanques ni aviones. Fue una guerra entre “humanos”, ¿no?

—No aparecen los dioses, ni se los menciona siquiera. Si usted lee a Homero, por ejemplo, verá que no hubo nada que hicieran los hombres que no fuera por mandato de los dioses.

—Cuéntenos su versión, por favor.

—Para empezar, la guerra no la desató Paris al raptar a Helena. Fue Afrodita.

—¿La diosa que los romanos llaman Venus?

—Sí.

—Polémico lo que dice.

—Durante una fiesta a la que habían sido invitados dioses y humanos, ocurrió una pelea entre tres diosas: Afrodita, Atenea y Hera.

—Aclaremos que Atenea es la diosa de la sabiduría y Hera es la esposa de Zeus, el rey de los dioses.

—Así es.

—¿Y por qué pelearon?

—Por ver quién era la más hermosa de las tres. Como no había manera de ponerse de acuerdo, Zeus dictaminó que nombraría como juez a Paris, que tenía fama de ser el más imparcial de los hombres. El pobre Paris, cuando las vio, no podía decidirse. Las tres eran igual de hermosas. Entonces las diosas intentaron sobornarlo, cada cual a turno.

—¿Y cómo?

—Atenea le ofreció sabiduría y la victoria en la guerra, Hera le ofreció ser el rey de toda Asia y Afrodita, simplemente, le ofreció el amor de la mujer más hermosa de la tierra.

—¿Y Paris qué hizo?

—Eligió la recompensa de Afrodita, eligió el amor y declaró que Afrodita era la más hermosa de las tres diosas.

—¿Y Afrodita cumplió?

—Sí, lo que no sabía el infeliz de Paris era que la mujer más bella de la tierra estaba casada, y con el rey de Esparta nada menos: era Helena.

—¿Y qué pasó?

—Pasó el tiempo, y un buen día, estando Paris de visita en Esparta conoció a Helena. Afrodita puso en el corazón de Helena el amor de Paris, tal como le había prometido, y bue…

—Y se escaparon juntos, provocando la ira de Menealo rey de Esparta, ¿es así?

—Sí, pero lo peor fue el rencor de Hera, esposa de Zeus.

—Estaba furiosa con Paris porque perdió el concurso de belleza…

—Con Paris y de paso con todos los troyanos. Pero además, resulta que la bella Helena era hija extramatrimonial de Zeus, de una aventura que había tenido con una mortal…

—Una canita al aire.

—Por eso Hera odiaba a Helena tanto como a Paris y desde entonces, durante toda la guerra de Troya hizo lo imposible por volcar la suerte del combate a favor de los griegos. Porque durante la guerra, los dioses se dividieron en dos bandos: uno que apoyaba a los griegos y otro a los troyanos, eso es lo que no se ve en su película.

—Esto que nos cuenta es interesantísimo. Pero si no le molesta, volvamos un poquito para atrás. ¿Usted conocía a Menelao rey de Esparta?

—Claro, es mi tío, es hermano de Agamenón.

—A eso quería llegar. Menelao le pidió a Agamenón que reuniera a todos los griegos para hacer la guerra a Troya por el rapto de Helena. No es así?

—Sí, mi padre fue elegido líder de los griegos y reunió la flota más grande que se había visto nunca.

—Pero no fueron directo a Troya.

—No, los barcos se reunieron en el puerto de Áulide.

—Y aquí es donde usted entra en la historia.

—Sí.

—¿Qué pasó?

—Bueno, resulta que mientras se reunía el ejército, un buen día Agamenón salió a cazar. Vio un siervo magnífico y lo persiguió hasta el bosque sagrado de Artemisa, la diosa cazadora hermana de Apolo. Mi padre estaba tan agrandado por haber sido elegido el primero entre los griegos que no tuvo miedo de meterse en el bosque  y cazar al ciervo. Todavía peor: como el siervo era enorme y bellísimo, Agamenón empezó a decir que él se había vuelto tan poderoso como la diosa.

—La soberbia del poder… ¿Los griegos lo criticaron?

—Los griegos no. Pero ese mismo día el viento desapareció. Los barcos ya estaban reunidos en el puerto, que no daba abasto, y sin viento no podían zarpar. El tiempo pasó, el viento no volvía y el ambiente entre las tropas se fue caldeando.

—¡No me diga que le echaron la culpa a Agamenón!

—Se le pidió al sacerdote que averiguara qué pasaba con el viento. Y este dijo que era Artemisa la que lo estaba sujetando. Lo que no dijo fue que era por culpa de mi padre.

—Se comprende.

—Dijo además que la única indemnización que la diosa aceptaría para dejar partir a los barcos era que le sacrificaran a una virgen, hija del rey y jefe de todos los griegos.

—Osea, usted.

—Sí. Agamenón se opuso, horrorizado.

—Pero…

—Pero su hermano Menelao le dijo que tenía que hacerlo, si no los ejércitos de los griegos se iban a enterar y los iban a matar a los dos, y además me iban a mandar a buscar a mí, que estaba tranquila en mi casa, y también me iban a sacrificar. Y era cierto.

—Su padre la mandó llamar.

—Sí, pero como no se animaba a decirme por qué, dijo que me llamaba para casarme con Aquiles.

—El gran Aquiles.

—Yo fui junto con mi madre, las dos muy contentas.

—Perdón, ¿Aquiles estaba al tanto de lo que pasaba realmente?

—No tenía ni idea. Yo me enteré a poco de llegar a Áulide pero no le dije nada a nadie. Aquiles, sin embargo, empezó a sospechar. Mi padre intentó cancelar toda la operación pero al final la noticia se difundió y quedó claro que no había salida: o moría yo voluntariamente, o me mataban los griegos, que ya estaban furiosos porque el viento no volvía. Además iban a ejecutar a Agamenón y a Menelao por impedir el sacrificio, por supuesto.

—Momento terrible el de la elección.

—Si elegía entregarme, quedaba libre el ejército para vengar el insulto de los troyanos y limpiar el honor de la patria; si elegía lo segundo, no habría expedición ni honor recuperado…. Y me entregué.

(silencio)

—Me deja sin palabras, Ifigenia. Si me permite, quisiera terminar esta entrevista así, con este clima, y leyendo las palabras que usted le dijo a su madre antes de entregarse voluntariamente a la muerte en el altar de Artemisa, ¿puedo?

—Adelante.

—“Remediaré todo eso con mi muerte, y será grande mi gloria, porque habré libertado a Grecia. No conviene que ame yo tanto la vida. Me pariste, madre, para todos los griegos, y no para vos sola. ¡Tantos hombres portadores de escudos, tantos remeros, osarán luchar gloriosamente contra los enemigos a causa de la patria ofendida, y morirán por Grecia! ¡Y yo sola voy a impedir todo eso! ¿Sería justo? ¿Qué podríamos responder?”. Señora Ifigenia, o señorita mejor dicho, me despido de usted de pie, es un honor haberla tenido como invitada.

—Puedo decir una cosita más antes del final.

—Lo que quiera.

—Es que a último momento, cuando la espada del sacrificador ya bajaba como un rayo para cortar mi cabeza, Artemisa se apiadó de mí y me reemplazó por un ciervo. Los griegos quedaron atónitos ante el milagro y festejaron con lágrimas en los ojos.

—¿La vieron desaparecer?

—Vieron que un ciervo moría en mi lugar. A mí nadie me vio. Artemisa me llevó en el aire hasta el país de los Tauros, adonde viví muchos años antes de que mi hermano me rescatara, pero eso es otra historia.

 


Una versión de este texto se emitió en el programa Mística en el Aire, de Ariel Martinez. Se puede escuchar aquí.