MÚSICA DE CAMINO AL INFIERNO (Segunda parte) / Diego Ezequiel Ávalos Sobre Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo da Ponte

En esta segunda parte de nuestro análisis del Don Giovanni nos centraremos en los tres personajes principales que sostienen el nudo dramático. Estos son: Don Giovanni como el héroe oscuro de la historia, Leporello como su atormentado ayudante y finalmente el Commendotore como el único antagonista a la altura del deseo irrefrenable del amante infernal.

Don Giovanni

Sabemos que Don Giovanni es noble, joven, sin familia mencionada, respetado por sus pares, rico y agraciado. Lo que desconocemos es el motivo de su hambre de conquistas. Comprendemos su ansia por sumar amantes, por sumar engaños, por sumar más nombres a su catálogo. Lo que no sabemos es la razón profunda de esta acción. En ese sentido la ópera continúa el camino de la leyenda, que tan bien retratara Tirso en su obra original. Don Juan no es un personaje psicológico, ningún evento del pasado, trauma desde el punto de vista analítico, explica su conducta, o al menos lo excusa. Don Giovanni se acerca bajo esta concepción a la figura arquetípica no solo del seductor, sino también del ser rebelde en contra de la creación y sus leyes. Más cercano a un carácter sobrenatural, una potencia desatada de la naturaleza, es en vano tratar de explicarlo por su situación, por su biografía, por su pasado. Don Giovanni es la suma de sus acciones irresponsables, de sus conquistas, de sus pasiones momentáneas y profundamente egoístas. Este carácter arquetípico que rodea al personaje aleja a la obra de la intención que luego tuviera Lord Byron en su colección de poemas. En estos, Byron ensaya una biografía donde explica la conducta de Giovanni a partir de un trauma familiar pasado, dolor que trata de revertir con cada una de sus posteriores conquistas, de las cuales en realidad es víctima. Esta mirada es totalmente opuesta a la forma creada por el personaje de Da Ponte, quién nunca se emociona por el dolor ajeno, no da cuenta de ninguna clase de trauma y tampoco siente culpa por su accionar. A Don Giovanni no hay ni amor ni fantasma ni curación que lo haga arrepentir de sus acciones. Por eso la mirada de la ópera tampoco coincide con la que luego tendrá el romanticismo, donde el personaje, por ejemplo en la versión de José Zorrilla, finalmente no solo conoce al amor sino que este mismo intercede en la figura de Doña Inés para que sea salvado del infierno y ascienda junto a ella al paraíso. El Don Giovanni de la ópera es más simple en su acción, la cual es seducir a la mayor cantidad posibles, sin ninguna clase de conflicto interno por este proceder. En palabras de Kierkegaard: “Don Juan, en cambio, es cabalmente un seductor. Su amor no es anímico sino sensual y, según el concepto del amor sensual, este no es fiel sino absolutamente infiel, no ama a una sino a todas, es decir, las seduce a todas. Pues existe solo en el momento, y el momento, pensado conceptualmente, es una suma de momentos, y así llegamos al seductor. (…) Solo el sensual es, según su concepto, esencialmente infiel”.

La acción de Don Giovanni es constante, y por tal infinita. Nunca se detiene, es el deseo encarnizado que avanza y nunca se satisface. Esta hambre que no angustia, sino que se expone y siempre busca más, es otra de las características que acerca al personaje a ser más una potencia que un personaje realista. Sostiene Kierkegaard: “Solo de esta manera Don Juan puede resultar épico, estar siempre terminando y siempre empezando de cero, pues su vida es una suma de instantes contrapuestos que no guardan relación alguna, su vida es, en tanto que instante, una suma de instantes, y es el instante en tanto que suma de instantes. En esa generalidad, en esta oscilación entre ser individuo y ser un poder de la naturaleza, en eso consiste Don Juan”. Este devorador, cuyo profundo accionar está basado en la ley del deseo, quizás la única a la cual verdaderamente Don Giovanni hace caso, termina por convertirse en un ser que solamente goza en el sentido de saberse la fuente de su propia ansia, siempre satisfecha, siempre hambrienta. Don Giovanni como un verdadero monstruo, bello y fascinante, que no sufre por su accionar, sino que encuentra en su propio espejo motivo de orgullo y placer. Pongamos como ejemplo el final de la obra, momentos antes de la llegada del Commendatore, situación analizada por Kierkergaard en el siguiente fragmento: “Don Juan es empujado hacia el borde más extremo de la vida. Perseguido por todo el mundo, el otrora victorioso Don Juan no tiene ahora otro lugar de residencia que una pequeña habitación apartada. Allí está, en ese ángulo extremo del columpio de la vida, cuando, a falta de una grata compañía, vuelve a abrigar en su propio pecho todos sus deseos de vivir. (…) Hasta los múltiples placeres de la realidad son demasiado poco para él en comparación con el goce de sí mismo.  Así es su vida, espumosa como el champán. (…) Lo que da a esta aria su importancia dramática, por tanto, no es la situación, sino el hecho de que la nota fundamental de la opera suena y resuena en ella”.

La vida de Don Giovanni fascina y embriaga como el mejor champán. Nos seduce porque desea y su deseo no es problema, sino fuente de goce. Nos enamora porque hace lo que quiere, aún las peores fechorías, y no solo resulta indemne, sino que no pierde su gracia, al contrario, la suma. Pero más admirable resulta porque al enfrentarse a las grandes potencias no solo sigue siendo el mismo, sino que se hace cargo de quién es y con su personalidad avanza, plantándole el rostro no solo a su destino sino a la Providencia en persona. Don Giovanni nos seduce porque es el espejo ante el cual no nos queremos enfrentar. Compararnos con Giovanni nos lleva a correr el peligro de no solo despreciarnos por nuestra debilidad, sino también, como el pobre Leporello, querer acercarnos a un imposible tan lejano como seductor.

Finalmente, ¿por qué Don Giovanni es condenado el infierno? ¿Por sus vanos juramentos, por sus mentiras? Creemos que la condena principal radica en haber cometido el peor de los pecados, el pecado imperdonable, aquel que rechaza la gracia del Espíritu Santo. Según la ortodoxia cristiana no hay peor crimen que frente a la presencia de lo divino y la posibilidad de la reconversión, se rechace este don, se lo desprecie, y se vuelva a incurrir en el pecado. Don Giovanni escupe en el rostro de Dios y de forma orgullosa acepta su condena, aún en el peor de los dolores imaginables. Esta actitud tan heroica como temeraria lo vuelve un ser tan potente como admirable, tan fuera de lo común como inolvidable. Don Giovanni, como Prometeo, desafía a la Providencia, y lejos de arrepentirse, camina seguro su propio camino.

Leporello

Luego de Don Giovanni, Leporello es el personaje más importante de la obra. Juntos forman el par de opuestos que al mismo tiempo son equipo complementario, recurso típico de la literatura cómica de la edad media, siendo tiempo después Don Quijote y Sancho su coronación final. Leporello es el punto de identificación del espectador, desde él miramos no solo el mundo que la ópera nos propone sino también a su protagonista, Don Giovanni. La naturaleza del Don es tan grande, tan inmenso su poder de seducción, como tan fantástico lo que genera a su alrededor, que solo podemos contemplarlo desde un punto de vista más cercano a nosotros, la mirada de este sirviente simple que rechaza el accionar de su amo, pero al mismo tiempo se queda admirado de su figura.

En palabras de Kierkegaard: “Este se siente arrastrado hacia él, desbordado por él, se suma en él y llega a ser un mero órgano para la voluntad de su amo. Esa simpatía oscura y opaca hace justamente de Leporello un personaje musical, y el hecho de que no sea capaz de desprenderse de Don Juan se percibe como algo totalmente natural”.

La fascinación y rechazo de Leporello por el accionar de su amo es el centro de este personaje. Su conflicto es el nuestro, su admiración se convierte en el centro mismo de las potencias que despierta Giovanni como arquetipo. Podemos mencionar varias acciones de esta dependencia de Leporello por su amo, una dependencia que supera la mera necesidad de clase y que es demasiado compleja como para solo adjudicarla a un no nombrado enamoramiento. La fascinación de Leporello radica en un querer ser aquello que no puede: un hombre que con su mera presencia cumple con su deseo, logrando consumarlo para luego volver a llenarse de él. Don Giovanni se convierte desde la moral en un sujeto criticable, pero desde el código masculino más egoísta, es también un ideal imposible de alcanzar. Leporello critica a su amo, rechaza seguir sus pasos, pero siempre vuelve a caer. En esta relación que hoy podríamos llamar histérica se destaca que él mismo seduzca a Elvira con las ropas de Don Giovanni, o que las discusiones para volver a su lado sean menos discusiones que necesidad de sentirse requerido por el hombre que admira. Sin lugar a dudas donde mejor se expone esta situación de contradicción activa es en el aria del catálogo. Allí Leporello parece criticar la actitud de su amo desde un duro humor, pero es claro que también disfruta poniéndose en el rol del seductor, contando sus victorias como si le fueran propias. Señala Kierkegaard sobre este momento: “Lo más importante es que Mozart, con autentica genialidad, ha hecho que Leporello reproduzca a Don Juan, y al hacerlo ha conseguido dos cosas: el efecto musical, a saber, que se oye a Don Juan cuando Leporello está solo, y el efecto paródico, a saber, que se oye a Leporello repetir a Don Juan cuando este está presente y, de esa manera, parodiarlo de modo inconsciente”. Don Giovanni fascina a su propio sirviente, volviéndose amo en todo sentido. El otro puede criticar, pelear, enojarse, pero siempre volverá, no pudiendo evadir el poder del gran seductor.

El Commendatore

Il Commendatore en verdad es un personaje doble. Por un lado es el padre ofendido de Donna Anna que ataca al seductor y muere bajo su espada. Este es el personaje mortal, histórico, padre ofendido, caballero justo. Este personaje muere en el primer acto y nunca más regresa. Ya como estatua, el Commendotore es otra cosa. Él representa la justicia sobrenatural. Por su boca no habla la busca egoísta de un resarcimiento personal, sino la voz de la Providencia que viene a buscar la conversión de Don Giovanni. Es importante señalar este cambio con respecto a la obra de Tirso. Si en esta Don Juan no tiene oportunidad de arrepentirse, desde Molière, tradición que Da Ponte sigue, el personaje tiene la oportunidad de dar vuelta atrás con sus acciones, primero gracias a Elvira, después por las órdenes del Commendatore. Si el Commendatore es la voz de una potencia divina presente en el mundo, la música hace total representación de esta cuestión. La entrada del Commendatore inunda la escena con una música distinta al resto. Destructora de un ambiente festivo y ligero, es el ingreso de la tragedia misma. Una música potente, grave, oscura, tan poderosa como temible. Apunta Kierkegaard al respecto: “La música hace que el Comendador se convierta en seguida en algo más que un individuo particular, su voz se expande hasta ser la voz del espíritu. Así como Don Juan, por tanto, es concebido con seriedad estética en la opera, así también lo es el Comendador”.

Don Giovanni es un extremo fantástico en la obra, la representación del deseo jamás reprimido. El Commendatore es el extremo opuesto, unido al otro también en su carácter fantástico. Entre ambos polos se juegan las almas contradictorias del resto de los personajes, tironeados por los dos lados, en una contienda nunca resulta, siempre latente. Don Giovanni es un peligro en la tierra, puede derrumbar a cualquiera. Ningún poder en el mundo es capaz de dominarlo, solo un espíritu es capaz de ello, un fantasma en forma de piedra, un espíritu que es Padre.