BENITO CERENO. EL IMPERIO HACIA LA MEDIANOCHE / Ángel Faretta

“Benito Cereno” comienza con el relato del avistamiento de una nave española llamada “Santo Domingo” que aparece navegando un tanto a la deriva en el Pacífico, sobre las costas chilenas, por un buque norteamericano dedicado a la caza de focas -“El paraíso de los solteros”- al mando del capitán Amasa Délano (1) Éste decide subir a bordo del buque español que está al mando de un tal Benito Cereno. Estamos en 1799.

Al parecer el “Santo Domingo” es tan sólo un barco que transporta a un centenar de esclavos negros, incluidas algunas mujeres. Ha partido del puerto de Buenos Ayres (sic), doblado el Cabo de Hornos, donde ha sufrido diversos percances al atravesar unas galernas, y ahora aparece allí, cerca de la costa chilena, en una bahía llamada Santa María “isla pequeña, desértica, deshabitada (…)” porque la nave “había tocado allí por agua”.

Debido al aspecto general que presenta la embarcación, ciertas incongruencias en su organización interna, así como a la actitud distante y hasta enfermiza de Benito Cereno y de ciertas libertades que se toma su ayudante y factótum negro -llamado Babo-, Délano comienza a sospechar que algo va mal a bordo. Lo atribuye primero al carácter y a las “costumbres españolas”, y aquí tanto el histórico-ficticio Délano como el narrador Melville no puede/n dejar de repetir algunas cosas ya para entonces casi canónicas de la posterior leyenda negra fabricada en el mundo anglosajón sobre España. Aunque Melville sabrá -como veremos- superar esa, su propia caída en el tiempo…

Luego de ofrecer una y otra vez su ayuda al reticente Benito Cereno, Délano, ya decididamente molesto, decide volver a su nave. En ese momento suceden cosas rápidas e inesperadas. Cuando el norteamericano ha subido ya a un bote para regresar a su propia nave, Cereno se arroja por la borda hasta el bote de Délano y detrás, y en su persecución, se arroja Babo con intención de matarlo; cosa que le impiden una vez allí y donde terminan reduciéndolo. “Su figura escasa, inadecuada para lo que sostenía, había cedido al punto en el bote a la fuerza muscular superior de su captor”.

Súbitamente también se ve que a bordo del “Santo Domingo” los negros armados se aprestan a liquidar al resto de la tripulación blanca. Délano ordena a sus hombres que tomen por asalto el barco, lo hacen y consiguen dominar a los negros, matando a muchos de ellos.

La acción del relato pasa a las actas del juicio llevado a cabo en Lima, Perú, sobre los hechos acontecidos en el “Santo Domingo”. Melville -como otras veces- imita a la perfección los lenguajes alternos o paraliterarios para incluir en sus relatos. Aquí el testimonio jurídico tomado verbatim, como en “Moby Dick” lo hiciera con el ensayo, el sermón, el tratado de cetaceología, y la incursión en la simbólica esotérica (2).

En su testimonio Benito Cereno narra como el tal Babo encabezó a los pocos días de salir del puerto de Buenos Ayres una rebelión de los esclavos que se dieron en asesinar al propietario de todos ellos, Juan Aranda, quien viajaba también en la nave. El asesinato no ha sido cometido por Babo, puesto que Melville declara que aquel fue el que ideara todos los crímenes y asesinatos hechos a bordo pero que no ejecutara ninguno. Finalmente se nos dirá en la conclusión “cuyo cerebro, no el cuerpo, había tramado y dirigido la revuelta y el complot”.

Luego de ser asesinado, el cuerpo de Aranda es ocultado por unos días, para finalmente ser horriblemente descarnado y colgado su esqueleto como mascarón de proa, reemplazando nada menos que a la figura de Cristóbal Colón.

No contento con esto, Babo tortura a toda la tripulación blanca tomada prisionera del barco -incluido Cereno- sometiéndoles la terrible pregunta sobre si adivinan de quién son los huesos ahora colgados como mascarón.

La deposición de Cereno abunda en otras sevicias y barbaridades cometidas por los esclavos una vez que tomaron el control de la nave. Cuando avistaron al buque norteamericano, y ante su evidente intención de abordar la nave, Babo decide que todos simularán que las cosas continúan normales a bordo, que ellos siguen como esclavos y los blancos y el capitán Benito Cereno están al mando. Les recuerda que estarán alertas al menor gesto o guiño delator, y procederán a matar a todos si cualquiera de ellos deja traslucir al marino norteamericano la verdadera situación a bordo. Luego avistan al buque comandado por Délano y es cuando comienza el relato.

“Benito Cereno” pasa nuevamente a ser narrado -tras las actas del juicio- en una tercera persona omnisciente. Aparecen allí, dialogando, Cereno y Délano luego de terminado el juicio. Éste le dice al español que ahora podrá descansar tranquilo: “Olvídelo. ¿Ve? Aquel sol brillante lo ha olvidado todo, y el mar azul, y el cielo azul: ellos han dado vuelta la hoja” Y el español le responde “Porque no tienen memoria -replicó el abatido- porque no son humanos” Délano vuelva a la carga “Pero ¿acaso estos suaves alisos que le abanican las mejillas no llegan a usted con propiedades curativas casi humanas? Cálidos amigos, amigos constantes son todos los alisos”. Cereno comenta a su vez: “Con su constancia no hacen más que aventarme a la tumba, señor -fue la respuesta agorera.”

Un párrafo final informa que Babo fue ejecutado, quemado su cuerpo y esparcidas sus cenizas. Pero que su cabeza puesta en una pica en la plaza mayor, quedó allí mirando sin mirar por varios días, y que incluso su mirada llegaba hasta el convento donde, luego de poco tiempo, Benito Cereno “borne on the bier, did, indeed, follow his leader”. Es decir “llevado en andas funerarias, seguía realmente a su jefe”. (“leader” aquí puede ser traducido también como su superior o conductor, y así lo hacen diversas traducciones castellanas…)

La clave de este relato o nouvelle radica según costumbre en aquello que no se dice literalmente, o sea en su segunda historia que, sostenida por una primera y literal, a la que usa como soporte o practicable, despliega esa segunda y variada historia que -por simbólica- es plurivalente, aunque esta pluralidad converge hacia un centro común.

Al final del relato Benito Cereno afirma oblicuamente lo que Babo y los esclavos han hecho con él. Délano le pregunta “¿Qué es lo que ha arrojado tal sombra sobre usted?” “El negro” responde tan solo Cereno. En el original inglés la réplica es “The Negro”. O sea que puede ser también “lo negro” siendo que -y además- esta palabra aparece en mayúscula.
La misma Heart of Darkness que -según creo- tuvo a esta nouvelle de Melville como motivo inspirador también -y desde su propio título- se ocupa oblicuamente del tema de la seducción de o por la barbarie (3). Como sucede también con el propio Kurtz de Coppola, sin más.

Pero la propia “seducción por la barbarie” ya ha pasado a ser clisé periodístico y apenas se avanza en ese terreno que -como tantos- parece convertirse en otro gueto o barrio cerrado donde se pueden visitar los ripios lingüísticos y mentales los fines de semanas de un turismo cultural. Las palabras se petrifican en clisés, así como las propias imágenes, cuando se crea un binarismo en la cultura -cuya base es el lenguaje, claro. Se tienen así dos lenguas, una de uso diario, civil, comercial y hasta doméstico, y otra de fin de semana o día domingo del espíritu a la cual se recurre para “pensar” o dejarse llevar pasivamente por una aventura cultural: así la lectura, la audición de música, la propia visión del cine que pasan a formar parte del bricolaje…

Es evidente que Melville relaciona esa seducción con el territorio sexual, pero resuelto de manera perversa. Donde se sustituyen ciertos actos y los pasos que llevan a esos mismos actos -según ha investigado la etología-, por otros que mediante otros ritos -autoridad, jerarquías, juego, investigación científica- miman y hasta parodian los actos sexuales desplazándolos a otros territorios y a sus respectivas representaciones. Así los pasos perversos ritualizados son la forma aberrante de rutinas lúdicas, militares, policiales, deportivas, así como los pasos de la investigación científica ya ritualizada.

Pero atención, no es que el interrogatorio policial, la finta deportiva, la febril apuesta del juego de naipes, dados o ruleta, como la iteración de la busca química o matemática sean solo la cubierta o reemplazo de un acto sexual o de sus prolegómenos. Sino que en estas formas ritualizadas -que no rituales- donde sobrevive algo de las ceremonias y modos tradicionales, al repetirse rutinariamente delatarían su falta de sustento y fondo de ser auténtico y legítimo mediante este desplazamiento a lo sexual no declarado y genital.

Pareciera que hasta la secularización extrema necesita por medios desviados y hasta aberrantes, confesar su ambigua naturaleza mediante la exhibición igualmente ambigua de sus procedimientos y protocolos.

Desde aquí -sostenemos- es desde donde hay que repensar a todas las manifestaciones perversas haciéndolas remontar desde el dique seco de la mera reducción psicológica hasta llevarlas a navegar en el mar abierto de lo trágico.

Esta sustitución perversa, conocida o hasta vulgarizada también por “la dialéctica amo-esclavo”, es la padecida por Benito Cereno en contacto con el negro y “lo negro”. Sea Babo, sea el resto de los eslavos revelados, todos ellos han tomado no sólo la nave sino parte de la propia alma del capitán español.

Pero debe tenerse muy presente que en la representación ideada y orquestada por Babo para engañar a Délano, aquél actúa de híbrido entre esclavo y liberto, entre pasivo sirviente y fiel confidente, todo lo que abona las sospechas del norteamericano y que sostiene el fuera de campo -y crea el suspenso- de la tensa primera parte del relato de Melville.

Délano percibe una falla en la representación, aunque nunca logra revelar por cierto en qué consiste esa falla o desgarradura en la trama. La trama es lo habitual vuelto rutina y la desgarradura la marca de un desplazamiento o modificación reducida a lo puramente material. Como el punto que se ha corrido en la media de seda que lleva puesta Connie al comienzo de Lifeboat, de Alfred Hitchcock.

Las relaciones habituales han sido suspendidas, pero el reemplazo de las mismas adquiere a los ojos de Délano el carácter de una representación paródica debido a la insistente manifestación de cuidado y de cura que Babo manifiesta por Cereno.

Un párrafo al final de esta primera parte del relato parece inequívoco, aun en su ambigüedad metafórica: “Pronto se presentaron fuera amo y servidor, don Benito apoyado en su sirviente como si nada hubiese sucedido” Y a continuación y en párrafo aparte: “No fue entonces más que una especie de disputa de enamorados -pensó el capitán Délano.”

Obvio que con toda la tinta corrida tras la publicación póstuma de “Billy Budd”, aparte de sus versiones operísticas y fílmicas -mediocres y unidireccionales ambas- y de tanta biografía sobre Melville, que esta relación amo-esclavo de “Benito Cereno” puede -si no lo ha sido ya- ser reducida exclusivamente a su plano sexual, y homosexual en este caso.

Todavía no parece entenderse que cualquiera sea la tendencia, pasiva o activa, latente o actuante de un autor, si éste es eso -un “autos” y “ductos”-, un conductor con una mano y una huella particular, convertirá a su base o fondo sexual -como a los demás fondos- en otra y en otras cosas. Puede argumentarse también aquí que “todo eso” sucede -en cambio- por la presión de la época, la cultura en la que se ha nacido, las creencias y demás. Pero no es tan sencillo tampoco.

Su coetáneo, también escritor y de origen calvinista, Nathaniel Hawthorne -a quien fuera dedicada “Moby Dick” y que siempre puso distancias con Melville, porque le temía- partiendo de lo mismo -aunque sus relatos son absolutamente terrenos- arriba a resultados totalmente diversos. Así su obra es cosa ya prácticamente de museo, arqueología mental pura, cosa nacida más que muerta, petrificada. No sólo sus “historias dos veces contadas” -lo cual tampoco es cierto porque no fueron contadas siquiera una vez- y hasta la propia “Letra escarlata” y ni qué hablar de sus otras novelas.

El porqué es sencillo. Hay escritores que cumplen con la crasa distribución de su material anímico en un dique seco para que su navegación espiritual esté garantizada sin mares tempestuosos, ni salidas en busca de territorios desconocidos. Otros -por el contrario y reducidos en número, claro está- se aventuran hasta con su bagaje psicosomático a explorar mares y territorios desconocidos. A estos sitios los conquistan para su propia territorialidad o, mejor dicho, ella misma crece y se expande a cada periplo imaginativo que emprenden con sus naves. De allí que autores como Melville alcancen con sus segundas historias o abran con ellas perspectivas múltiples que, como diversas semillas en barbecho, van cayendo en los diferentes surcos temporales e históricos que se le abren a su paso.

Otros -como Hawthorne- ponen su segura, puritana y por cierto única semilla en el macetero o exiguo cantero que tienen más cerca, cavan un hoyo profundo -y que por ello creen más fértil- y allí depositan esa semilla. Durante un tiempo su árbol crece recto, se vuelve vigoroso y se alza ancho  y orondo en el muy cuidado jardín particular. Pero luego a ese jardín lo cercan otras casas, se levantan enormes edificios, se demuelen viejas mansiones solariegas y el pobre árbol anterior queda mustio y exangüe, rodeado de yuyales y desechos, y es algo tan absurdo y perteneciente a otra época que se lo arranca ya seco.

En cambio otros arrojan sus semillas en los terrenos más insólitos, incluso en algunos poco fértiles y hasta de apariencia desierta. Viajan por los cuatro puntos y arrojan sus simientes imaginativas al viento. Con los años y ya seco ese único arbolito del jardín particular, se ve por los cuatro rincones, y no en jardines sino en parques, bosques, selvas y hasta en los rincones más insólitos, que ha crecido, y con gran variedad de formas y de colores, la variada simiente del pródigo.

El otro en cambio es el devorador (4), que ha devorado su propia herencia y patrimonio o que, como en la parábola de Cristo, ha ocultado en un hoyo muy profundo cavado en la tierra su único talento, y no lo ha hecho producir ni fructificar.

Es conocido, o en todo caso lo ha hecho conocido W. H. Auden, al usarlo como título de un libro de aforismos que dejara inconcluso, el texto de William Blake que figura en “Las bodas del Cielo y del infierno”:

“Una parte del Ser es así el Prolífico, la otra el Devorador. Éste cree tener encadenado al creador; pero no es así; solo atrapa trozos de existencia e imagina tenerlo todo.

“Pero el Prolífico dejaría de ser Prolífico si el Devorador, como un mar, no acogiese el exceso de sus goces creadores.

“Estas dos clases de hombres se encuentran siempre sobre la tierra y serán enemigos: quien trate de reconciliarlos pretende acabar con la existencia” (5)

Claro está que si la nave es -como sabemos- el atanor de la operación alquímica, lo negro es aquí el “nigredo”, el primer paso o “puesta en negro” del preparado, “bizcocho” o “salsa” que hemos puesto a cocer, y si al fin del viaje lo negro y oscuro prima y hasta -como en Benito Cereno- toma el control de la nave-atanor, el periplo vital y el viaje iniciático han sido un completo fracaso. Y algo más. Porque éste no es un fracaso que puede medirse contablemente, ni en forma crematística.

El propio viaje intelectual de Herman Melville tuvo ese mismo resultado contrastante. Nulo en resultados materiales y crematísticos no le ganó tampoco puestos ni canonjías -Hawthorne fue embajador en varios países y protegido de un presidente-, ni menos reconocimiento masivo de sus lectores contemporáneos que -como hemos dicho en otro lugar- “bien” que lo leyeron. Pero sí logró un viaje donde trasmutara su propia “nigredo” hasta lo sutil y puro.

En “Benito Cereno” Melville no apuntaba a la esclavitud en sentido histórico, sino y según costumbre a emplear a ésta para simbolizar la -por continua y atemporal- tentación a la esclavitud que existe entre los seres humanos y donde intervienen como acicates la vanidad, el deseo perverso de dominio y ese lado oscuro de la naturaleza humana que la simbología alquímica -como tantas otras de carácter esotérico- no cubre ni desvía. Sino que -por el contrario- la ilumina, precisamente por trasladarlas a la distancia y ponerlas en lo alto para que podemos columbrar mucho mejor su contorno y hasta adentrarnos en su superficie.

Por el contrario, al quedar pegados a lo contemporáneo y al aquí y ahora, vemos tan solo como esos chicos que acercan un objeto a los ojos para ver algo por primera vez, o como hacen esos ancianos cuya vista declina día a día. Así esa serie de manchas borrosas de los chicos que comienzan a ver o de los ancianos cuya vista desaparece, es el narrador que se detiene y se fija en lo histórico contemporáneo. Pero hay otros -como Melville- que alejan el objeto y que toma a éste como pretexto diegético. Ese alejamiento se consigue mediante diversos recursos que atienden al arte de narrar.

A partir de la movilización total se privilegiaron los recursos del modo fantástico, del relato de aventuras, de la ficción policial, de la prospección científica y de aquello conocido como thriller y melodrama en general.

La representación paródica orquestada por Babo -y que es vista exclusivamente desde el punto de vista de Délano-, figura una “Fiesta de locos” o una “Noche de San Juan” desfigurada y desvirtuada. Puesto que los esclavos han tomado el mando de la nave Santo Domingo, sí, pero además simulan ser todavía los sirvientes y esclavos frente a un tercer factor desconocido. Es decir que se ha invertido precisamente un ritual y fiesta que, ejecutada en forma diestra, consiste en el dar vuelta las cosas, como los oficios y jerarquías.

Cuando una ceremonia o fiesta no se opera -pone en escena- diestramente, y cuando a sabiendas todos sus participantes no responden al conocimiento de un mismo ritual, es cuando se cae en lo siniestro sin más. Es que aquí, en “Benito Cereno” se ha quedado en lo negro, en la fase oscura, y hasta el propio fin del viaje vital, el agonista sigue a su líder, a su amo, que ha tomado posesión de toda su persona singular, pero y sobre todo de su particular anímico, de su ser intrínseco.

 

Además -y siguiendo con nuestra dirección crítica- esta nave de los locos no es la humanidad toda, sino una parte que al reemplazar en el control y comando de la nave a otra que oficiara hasta entonces de comandantes, pasa a ser comandada ahora; pero que a su vez parodia el estado de cosas anterior y normal -la normalidad aquí no es ética ni histórica sino fáctica o instrumental- para un solo espectador.

Délano -aquí ya como norteamericano- es el espectador único de una ceremonia náutica que está tocando a su fin por la mezcla paródica de los roles, así como también lo está el propio siglo dieciocho de su diégesis histórica ubicada con tanta precisión en el año 1799.

Nuevamente como en “Usher”, el narrador o esa parte del Yo-narrador que atiende al ser histórico de Melville -como antes Poe- se dirigía a sus compatriotas para pre-ver una situación. Al marco solariego de la casa Usher en ruinas y que engulle a sus propios habitantes -siendo que el narrador solo sobrevive para “contar el cuento”- sucede esta nave al revés, que es la de los necios, pero sin una heráldica adecuada que sea correlato de la propia dirección espiritual de los participantes.

Antes Melville había utilizado el exacto procedimiento empleado por Poe en “Usher” con su “Moby Dick”, donde hace sobrevivir a su narrador –Ismael- para poder contar el cuento.

En esta obra posterior, “Benito Cereno”, tal vez para no repetir el procedimiento, hace del capitán Délano un personaje-punto de vista que también sobrevive a los hechos. Puesto que aquí el propio protagonista, y que da título al relato, termina confinado en un monasterio y poco después muere. Queda “libre” ahora el mundo para Délano. Que ha visto esa última representación de un estado de cosas anterior en un año bisagra, finalizando un siglo tanto de la razón y de las luces, como aquél del definitivo ocaso del poder imperial español. Este Délano-testigo-espectador es a quien se pasa la posta y se hace el pase de lo anterior.

Llega el turno marítimo norteamericano y el mar será nuevamente emblema y topos de tal despliegue de poder. Allí vendrá “Moby Dick” que así debe verse como la continuación de “Benito Cereno” por otros medios. Ahab cautivará a su propia multilingüe y multiétnica tripulación para llevarlos hacia ese -y eso- blanco, que es tanto la afrenta personal -la ballena- como “el blanco color del ateísmo”.

Excurso sobre el simbolismo de blanco y negro

En la simbólica de los colores, blanco y negro son los términos polares de la escala cromática. Siendo el blanco no un color sino la ausencia de todo color. Por eso el carácter de pureza, virginidad, de posibilidad abierta y comienzo pero también de ausencia -página en blanco, mente en blanco- que denota su lado negativo, aunque convergente, como todo símbolo que se precie. Esa blancura, pureza y cualidad de “Noli me tangere” limita con la indiferencia, la nada -de ahí el ateísmo- y una pureza que puede -como en “Moby Dick”- ser sin más puritanismo.

Polarmente el negro tampoco es un color en sí, sino la presencia de todos los colores. Por eso es el fin del viaje cromático y por ende signo de muerte y de luto. Negro es el color de la melancolía, ya desde su propio origen –melas-negro, kolé-humor- y de allí su disposición por lo terreno, así como la propia gestualidad pensante y meditativa de su icónica figurativa por haber llegado a puerto y destino pero y también por el propio fin del viaje.

El simbolismo referido a la polaridad esencial de los colores, blanco-negro refiere a los dos puntos también polares del “viaje”. El blanco es ningún color, posibilidad abierta en el periplo de tomar y llegar a ser todos los colores. Lo virginal, lo disponible, y que puede impregnarse de todo lo demás. Lo negro, que es la suma de todos los colores, es el fin del viaje, el final; de allí su empleo como color funerario y de luto.

Se ha terminado el viaje y el camino iniciado “en blanco”. Pero éste también -por la básica dualidad convergente de todo simbolismo- es también la nada, la no-creencia, el color blanco del ateísmo y el emblema de nihilismo.

“Gordom Pym”, “Moby Dick” y el “Titanic” de Cameron terminan o dan con el blanco o lo blanco. La Antártida, la ballena, el iceberg. Como la convergencia simbólica nunca es una cosa u otra sin más, este blancor final aunque desemboque en todos estos relatos en una catástrofe, no por ello elimina la polaridad de haberse alcanzado un “albedo”; una sutilización y metamorfosis de lo negro y “nigredo” puesto sobre la nave.

De allí que el propio Ismael consigue mantenerse a flote sobre un ataúd, o que Jack logre llevar a Rose hasta un madero que es balsa y puerta. Ese poner en blanco se alcanza también en los pasajeros del bote de Lifeboat mediante el despojamiento de los enseres sobrevivientes al naufragio; así como del abandono de los diferentes maquillajes, voces interiores y solipsismos que cargan de diferente modo sobre el bote, pero que igualmente impiden que la nave marche.

“Benito Cereno” fue escrito en 1855 y publicado en los meses de octubre y noviembre en el Putnam’s Monthly Magazine, y un año después en el tomo de relatos titulado Tales from the Piazza que incluye otra obra maestra de Melville, “Bartleby”. Su autor se inspiró en un relato más o menos auténtico de un tal Capitán Amasa Délano, pero los hechos allí narrados tuvieron lugar aquí en 1805. Al parecer también Melville se inspiró en los hechos ocurridos -pero en 1839- en el barco español “Amistad” con su cargamento de esclavos y que diera lugar recientemente a un film mediocre y vulgar como todos los de su director.

Desde luego que en el relato de Melville es el punto de vista del norteamericano Délano el que ve a Babo de tal manera para nada complaciente y directamente horrible, e incluso hasta cuando éste simula ser un fiel sirviente de Cereno a quien afeita con la navaja. En esa circunstancia, por ejemplo, Babo no es tomado o visto como un monstruo demoníaco por el español, sino por el norteamericano.

También con el nombre de Benito Cereno se buscan estrambóticas etimologías españolas cuando es evidente que su nombre es irónicamente empleado –Benito/bendito- y Cereno que es -según creo- una mera equivocación tipográfica de Melville falseada por el recuerdo, pero que el “sereno” original reduplicaría el sostén irónico al hacer de este “bendito-sereno”, finalmente el colmo de la desolación al haber conocido la gran tribulación. También que -es sabido- luego de la tormenta y de la tempestad llega el sereno, el fin del viaje. Y el viaje de Cereno termina en todo caso en la serenidad del claustro y luego de la muerte. Es para Délano y lo por él representado que viene la consiguiente agitación…

Una vez más, esas burdas lecturas reduccionistas se basan en tomar e imaginar a una obra semejante  como alegórica y no como simbólica. Hasta desoyendo nada menos que el reclamo del propio autor en su “Moby Dick” de que no se tomara a su obra “como una repugnante e intolerable alegoría”.

Tras la lectura atenta de “Moby Dick” y empleando una hermenéutica adecuada, no quedan dudas que Melville comprendió que la meta del pionerismo liberal norteamericano no era más que nihilismo malamente disfrazado, y de que una de sus primeras coberturas fue una capa ya superficial de calvinismo. En su siguiente obra extensa -“Pierre o las ambigüedades”- optó por el pesimismo más extremo así como por escribir su obra terrena más extensa. Esto para marcar el contraste. Luego Schopenhauer -autor al que prácticamente murió leyendo- reemplazó lo que restaba de Calvino.

Pero en medio de ambas obras, en este “Benito Cereno” -como antes en la propia “Moby Dick”- Melville supo reencauzar su imaginación por la senda del simbolismo más tradicional. Sabido es -aunque debe repetirse- que el alegorismo y el literalismo -dos caras de la misma moneda-, son los peores viáticos para el cabal proceder simbólico.

Terminado el periplo simbólico-histórico del Pequod, y delatado el nihilismo que empuja a Ahab y a lo por él representado, se regresa no a un comienzo -digamos Colón o Cortés- sino al mismo momento del pase de lo español a lo norteamericano cifrado en lo marítimo. Como si Melville una vez mostrado el naufragio del Pequod y de Ahab, buscara ahora escrutar un primer naufragio, el de un dominio a punto de ser reemplazado por otro. Pero como a ese “otro” ya no sólo se lo conoce sino que es uno al que se lo ha desenmascarado, se vuelve atrás…, donde el atrás histórico es reemplazo del in illo tempore. Igualándose en ese procedimiento a la propia novela realista cuando no es reemplazo taquigráfico del periódico, como por ejemplo el Tolstoi de “Guerra y paz”.

En “Benito Cereno” Melville también dramatizó algo que en la anterior “Moby Dick” era solamente una cita más en un florilegio de muchas otras, todas relativas a las ballenas. El dictum de Edmund Burke “España es una ballena encallada en las costas de Europa” apuntado allí, fue posteriormente desplegada como ficción en la siguiente “Benito Cereno”.

Además de la nigredo alquímica y lo negro que ha vampirizado el alma de su desdichado protagonista, aquí es también el imperio, los restos del imperio español que llega a su medianoche. Despunta la visión de la mañana, pero ya también de la mediatarde del imperialismo norteamericano  que se hace cargo del nomos marítimo.


1: el original de este apellido va sin acento gráfico. Pero se conviene a veces imprimirlo así para guiar al lector en la correcta pronunciación. Por cierto, ya que estamos, este Délano fue un antepasado del varias veces presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt.

2: este recurrir a emplear modos paraliterarios en sus relatos, será llevado hasta sus últimas consecuencias precisamente en la última de sus novelas, The Confidence-Man (El embaucador)

3: es obvio que selva y bosque son formas convergentes, una es referida a los trópicos y otra a lo “polar”. El bosque es lo hiperbóreo, y la selva -por lo general- lo que pertenece a la “tierra media”.

4: Auden es también aquel -que sepa- quien ha escrito el mejor poema sobre la figura de Melville.

5: V. “El pródigo y el devorador”, ed. Edhasa, 1996.

Capítulo del libro “Leviatanes. La nave, el mar y la navegación como símbolos en la literatura, el cine y en el pensamiento metapolítico” (Inédito)