LA LEY DEL PADRE. NOTAS SOBRE “EMMA ZUNZ” DE JORGE LUIS BORGES / Melina Cherro

Los judíos descansamos en Shabat, ese día que comienza el viernes con la primera estrella y finaliza el sábado al atardecer; el viernes y el sábado son los días más sagrados de la semana porque son el tiempo del descanso, del festejo, de la cena y el encuentro con la familia y con el amor. Es el descanso bien merecido luego de trabajar los seis días de la semana. En cada comienzo del Shabat repetimos la ceremonia del recibimiento: encendemos las velas, compartimos el pan y tomamos un sorbo de la copa de vino que circula alrededor de la mesa. Porque como el Creador, el Padre, al séptimo día descansamos.

Emma Zunz sucede entre las vísperas del Shabat y el atardecer del sábado. Entendemos que en esta estructura temporal se cifran varias de las ideas que Borges construye a lo largo del relato. Emma recibe la terrible noticia del suicidio de su padre un jueves por la noche al volver de trabajar de la fábrica Tarbuch y Loewenthal, es decir, el día previo al descanso. Durante el viernes Emma elabora su plan y acomete su venganza a lo largo del sábado.

El periplo que comienza para Emma un poco antes del sagrado descanso,  le permitirá recién al final, restituir el orden, esa ley del Padre que en su vida rutinaria se ha perdido.

Veamos entonces varios detalles que van construyendo ese periplo. Todo el mundo que rodea a Emma es el mundo judío de esa Argentina de los años veinte. La Argentina que había ingresado en la modernidad y cuya marca es la de una industria incipiente, la de unas jóvenes mujeres que se integran al trabajo, en donde las fábricas permitían determinados trabajos exclusivamente femeninos. Emma entonces se mueve en un mundo judío integrado a lo argentino. La fábrica para la que trabaja –ya veremos más detalles– es de patrones judíos, sus amigas son judías, sus actividades fuera del trabajo incluyen ir a nadar a la pileta del club judío. Y, sin embargo, obreras judías y patrones judíos trabajan viernes y sábados. Trabajan durante el Shabat. Si bien el ámbito y sus relaciones se mantienen encerrados en un mundo aparentemente familiar, sólo parece sostenerse en la sonoridad del apellido. El día de descanso, y esto está puesto en el relato, es el domingo, día en que Emma planea ir al cine con sus amigas.

Es entonces que este marco temporal rige en el relato como un tiempo originario, como si Emma realizara un rito que, en su tragedia, restituye lo sagrado del Shabat. Emma planea su venganza, asesinar a Loewenthal quien fuera el responsable de haberle arrebatado la fábrica al señor Zunz, arrastrándolo así a la desgracia de la pérdida. Esa pérdida para Emma es la pérdida de la edad de oro, ese pasado feliz de vacaciones, de unidad familiar, el de la infancia. El pasado en donde había una madre –de la cual casi no se acuerda– y un padre cuyo nombre solía ser Emanuel Zunz  y no el de Manuel Maier el hombre que tuvo que huir al exilio en Brasil acusado del crimen de desfalco.

Esa pertenencia al pasado Borges la esgrime con esos nombres que resuenan. Emma y Emanuel: el nombre del padre contiene al de la hija. La chica que pertenece a ese padre, que es el padre del pasado, de ese tiempo perdido. Ese doblez que está en las letras tanto de los nombres como de los apellidos marca esa doble Emma, la del presente que vive en el pasado y la que comienza a nacer cuando su plan es perfectamente imaginado. Así Borges escribe: “(…) como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.” Esa Emma que sería la que será al final es la que logra restaurar, sacrificio mediante, un orden, una ley que es la del padre; la del suyo pero que también es el otro, el que nos ha creado.

Emma usa su cuerpo como medio y herramienta de su venganza. Ella que a sus diecinueve años no habla de hombres, no habla de novios porque “los hombres le inspiraban un temor patológico”, sabe sin embargo que en ese temor reside su poder. Y es en ese uso de su cuerpo en donde le aparece esa otra imagen de su madre: “Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían.” Eso pensaba Emma mientras entregaba su cuerpo al marinero sueco. Esa imagen de la horrorosa intimidad entre su padre y su madre es a su vez la imagen de su origen, de su concepción. Y es en ese momento que a Emma se le aparece, no solo por lo simétrico y literal del acto sexual sino porque en este periplo Emma está volviendo a nacer. Ese acto horroroso, el de entregar su virginidad al marinero, se vuelve quizá un procedimiento alquímico. Emma se convierte a la fuerza en mujer –porque Emma es aún niña a pesar de sus 19 años– siendo a la vez su madre y su padre. Y en ese ser las dos cosas, gracias a esa síntesis, es que ella puede restaurar ese tiempo perdido. Es por eso que encontramos la simetría –en el recuerdo de esa infancia y en el vestíbulo de la habitación en donde sellará el encuentro con el marinero– de los amarillos losanges, convirtiendo al sacrificio de Emma en un nuevo relato fundacional y a su vez en rito. El amarillo que es el color del oro convierte ambos momentos en relatos fundacionales. Porque como no hay familia que haga el rito del Shabat, que reciba el bien merecido descanso, Emma debe ir a buscarlo en el otro lado –al puerto, ese lugar que supo ser el que recibió a aquellos judíos y que ahora es el margen– ese otro mundo que se transforma así en otredad fantástica.

Todos los hechos narrados en el relato se construyen en la memoria de Emma     –porque el relato nos habla al parecer desde diferentes tiempos y puntos de vista, a veces desde el punto de vista de la propia Emma, otras desde Borges– a modo de caos. Como todo mito originario que mezcla los tiempos, los hechos y los personajes y que sin embargo en su desorden y en sus distintas versiones logra ordenar aquello que funda.

Para Emma los hechos vividos se tornan en infernales, porque es necesario el descenso a los infiernos para poder volver al mundo re estableciendo un orden. Lo terrible, lo horroroso que Emma hizo con su cuerpo es irreal en tanto y en cuanto la acercan a Emma a lo sagrado.  Porque ese acto de venganza es la restitución de la ley.

Finalmente, entonces, el problema de la ley es el problema de la verdad. A veces para restituir la ley es necesario construir una verdad. Esa verdad que se vuelve relato, y cuantas más veces es narrada, más verdad se vuelve. Así funcionan los relatos sagrados, los mitos originarios. Para que existan, para que nos den origen, tienen que volver a ser contados una y otro vez. Si no se cuentan, son olvidados y si se olvidan hay que ir a buscarlos, como lo hace Emma Zunz, a los lugares más bajos.