LICAS Y EL HERRERO DE TEGEA / Javier Lodeiro Ocampo

En el primero de los Nueve Libros de la Historia, Heródoto narra las aventuras de un tal Licas, gracias a quien Esparta conquistó la Arcadia, quedando en condiciones de dominar el Peloponeso y a la larga —como sucedió— convertirse en la primera ciudad de Grecia. El pasaje es uno de los muchos casos en que Heródoto hecha mano a la explicación mítica de un hecho histórico, lo que lo diferencia famosamente de Tucídices y lo hace tanto más atractivo —aún a pesar de que a veces cita al mito como quien refiere habladurías.

Cuenta Heródoto que poco después de la muerte de Licurgo —es decir, in illo tempore—, Esparta comenzó su expansión territorial hasta que se topó con la oposición de Tegea, puerta de la Arcadia. Una y otra vez los espartanos fueron derrotados por Tegea hasta que resolvieron consultar al oráculo de Delfos para saber cómo podrían vencerla. Apolo sentenció que Tegea no sería sometida hasta que los huesos del legendario Orestes descansaran en Esparta. Como se recordará, el lugar de la sepultura de Orestes era desconocido, y si bien el oráculo reveló la ubicación de la tumba, lo hizo con un misterioso acertijo que, por supuesto, nadie supo interpretar.

Licas era un benemérito, es decir, uno de los espartanos que ya habían alcanzado la edad mayor y dejaban de servir en la caballería, pero aún debían prestar un año de servicios a la patria en el extranjero —algo así como una labor diplomática—. Ese año estaba vigente una tregua entre Tegea y Esparta. En el curso de una caminata por las calles de Tegea—no sabemos si en misión oficial o paseando—, Licas se sintió atraído por el trabajo de un herrero y entró en la fragua para verlo de cerca. Imaginamos al herrero de Tegea como un hombre verborrágico, o un solitario, ya que, halagado por la admiración del forastero Licas, suspendió sus tareas y entre una cosa y otra —tal vez una copita de vino o dos—, le reveló una anécdota de carácter al parecer intrascendente y personal, pero que sería a la larga la ruina de su patria. Dijo el herrero que en el patio de su casa, tiempo atrás, había encontrado por accidente un ataúd enterrado, un cajón que medía como tres metros de largo y que contenía los huesos de un cadáver de medida monumental. Asustado, el herrero había vuelto a cubrir el hallazgo, que aún descansaba bajo su patio trasero.

Licas se despidió sin decir palabra y regresó a Esparta con la noticia de que había encontrado los huesos de Orestes. Contó la historia del herrero y por supuesto nadie objetó la procedencia heroica de los restos: nadie ignoraba que en la Edad Heroica la gente era más grande que nosotros incluso en un sentido fisiológico. Pero algunos preguntaron cómo era posible saber que se trataba de los huesos de Orestes y no de alguno de sus contemporáneos. Licas respondió que había descifrado el oráculo y que todo coincidía. El mensaje de Apolo decía que el cuerpo de Orestes descansaba

 

…adonde soplan dos vientos por obra de poderosas fuerzas;
adonde hay golpes y contragolpes y pena sobre pena.

 

Según Licas, los dos vientos eran los dos fuelles del herrero, que mueven sus brazos poderosos; el yunque y el martillo eran el golpe y el contragolpe, y la forja del hierro era la pena sobre pena, ya que el hierro fue descubierto para desgracia del hombre.

Poco después, Licas fue desterrado de Esparta por motivos más que sospechosos y que muy probablemente tenían un fin bien calculado. El ex-benemérito buscó consuelo nada menos que en la ciudad de Tegea y trabó amistad con el herrero. Con el tiempo, lo convenció de que le diera la fragua en alquiler, patio incluido, y una noche que habrá sentido propicia tomó una pala, desenterró el ataúd y cargó los huesotes de Orestes en una carreta que ya tenía preparada.

Así, los restos de Orestes entraron en la ciudad de Esparta, y tal como había predicho el oráculo, en la guerra que se declaró al poco tiempo Tegea fue vencida.

 

Hace unos días, mientras esperaba el colectivo me reencontré con mi viejo amigo Reynaldo Bouchet, y en algún momento de la charla, ya no recuerdo por qué, recordé la historia de Licas y el herrero de Tegea. Mi amigo comentó que el cuento le había traído a la memoria un texto de Borges —La creación y P.H. Gosse—, lo que me hizo sonreír con una íntima satisfacción: a mí también me había recordado ese ensayo la primera vez que lo leí. Pero ahí no terminaron las coincidencias. Comenté que para el historiador moderno está claro que la aventura de Licas, en tanto recurso para explicar el origen remoto del poderío militar de Esparta, era un ejemplo de la inmadurez historiográfica de Heródoto; era en realidad el residuo de una forma superada de explicar los hechos históricos. Tucídices, Jenofonte y sus continuadores ya están definitivamente fuera del alcance de ese modo sintético de “conocimiento”, propio de “tiempos primitivos”, y marcan el camino que a la larga señalará al método deductivo como único medio de alcanzar un verdadero conocimiento.

La visión de Reynaldo no difería en cuanto a este análisis sino en el valor que asignaba a ambas versiones de los hechos —la mítica o la histórica—. Dijo que no tenía sentido intentar demostrar que una era mejor que la otra. Era la presencia de ambas visiones en Heródoto lo que parecía fuera de lugar, pero ¿por qué? De aquí en más transcribo más o menos literalmente lo que dijo.

La explicación mítica del mundo es espontánea para el hombre, está en relación directa con el mundo que perciben sus sentidos —por eso no es del todo inexacto que a nosotros nos resulte “infantil”—. Pero para el hombre de nuestros días, que ha quedado tan lejos del hombre tradicional, la comprensión del mito requiere de un reajuste.

Para nosotros la explicación aceptable de cualquier fenómeno sólo puede ser alcanzada mediante el razonamiento deductivo. Por el contrario, todo mito es en última instancia un símbolo y por lo tanto es una síntesis. A una verdad simbólica no puede llegarse por medio de un razonamiento deductivo ni pueden justificarse sus asertos con una lectura literal —hacerlo implicaría caer en el ridículo del tipo de La Biblia tenía razón o experimentos similares—. La visión mítica es inseparable de la concepción simbólica del universo corpóreo: todo aquí abajo es el reflejo de algo en lo alto; lo que es fugaz y perecedero sólo reviste importancia para el hombre como representación de lo que es eterno e inmutable.

A Heródoto, como a sus contemporáneos  —concluyó Reynaldo mientras veíamos venir al colectivo que él esperaba—, ya se le estaba complicando la apreciación de esta cualidad del mito —la de ponernos en contacto con una realidad trascendente— y por eso su aparición esporádica en los nueve tomos resulta extraña. Da la impresión de que al sabio de Halicarnaso no le terminaban de convencer esas explicaciones que transmite generalmente con la precaución de aclarar que lo hace “de oídas”, y que recurre a ellas porque de otra manera quedarían lagunas en su relato.

Para nosotros, la palabra mito es lisa y llanamente sinónimo de falsedad o invento. Recuperar o siquiera entrever su verdadera importancia es indispensable, no porque de no hacerlo perderíamos un precioso adorno literario, sino por su vinculación con el misterio que implica nuestra condición de seres humanos.

—Pero ese ya es otro tema —dijo Reynaldo al despedirse.