MERVYN PEAKE – BOY IN DARKNESS. EL EXCESO ANIMADO / Juan Esteban Lagorio

Mervyn Peake fue un pintor, ilustrador y escritor inglés, nacido en China, que realizó una obra tan inusual como inquietante promediando el siglo XX. Entre los favoritos de C. S. Lewis y Anthony Burgess, fue conocido principalmente por una serie de novelas, que son en realidad una sola, y que se la suele citar como la trilogía de Gorgemghast. Estas son: “Titus Groan” (1946), “Gormenghast” (1950) y “Titus alone” (1959). Estaban pensadas dos novelas más como continuación, pero Peake enfermó de demencia y murió en 1968, dejando apenas unos bocetos, ilustraciones y unas pocas páginas sobre ellas. En estos relatos, Peake cuenta la historia del descomunal castillo de Gormenghast, un lugar donde lo sublime y lo pavoroso de su desmesura han ido ocultando tanto las virtudes medievales como la propia redención de sus habitantes. Allí habitan los Groan, una familia noble que desde tiempos inmemoriales extiende el castillo construyendo incontables aditamentos y apéndices que se superponen y se ocultan entre las estructuras anteriores. Nuevas  torres, almenas, patios internos, salones, además de recintos secretos,  pasajes ocultos, falsas murallas, entrepisos tortuosos, recónditas habitaciones de dimensiones ridículas, estructuras enmascaradas de difícil y hasta imposible acceso. Todo ello en una acumulación grotesca y prodigiosa que las generaciones  siguientes, lejos de comprender cuál fue el origen y el propósito de tales añadiduras, arremeterán con sus propias reformas arquitectónicas cuya necesidad quedará también inescrutable para sus sucesores.

A su vez, en el castillo se practican numerosos y continuos rituales, exuberantes y tan exquisitos como estrambóticos, cuyos significados todos ignoran, pero que deben seguir al pie de la letra, con  solemnidad  inmemorial e inerte. El Conde de Groan, encargado de encabezar cada uno de ellos, los realiza sin solución de continuidad, tarea que le  lleva casi toda su vida. Los moradores inclusive siguen los mismos con apatía pero ordenadamente, pues es lo que les da un propósito en sus vidas, ya que toda su existencia transcurre dentro de Gormenghast.  El único que comprende tales significados es el Amo del Ritual, que ha perdido, o más bien abandonado, su condición de pontífice.

En las descripciones de Peake abunda la información sobre el castillo pero poco sabemos de la época en que transcurre el relato y mucho menos la ubicación geográfica.  La visión fantástica que nos transmite es la de un total aislamiento, tanto temporal como espacial. Gormenghast está situado en algún lugar inaccesible, una terra incognita rodeada de montañas, ríos y bosques que nos son desconocidos. En el contexto de las novelas, la fortaleza parece haber estado inmutable a lo largo de milenios a pesar de sus innumerables cambios. El mismo efecto impresiona en la prosa de Peake, sus extensas descripciones y comparaciones, provocan el ensimismamiento, en la habitualidad de continuar páginas y páginas queriendo saber más del mundo de Gormenghast, aceptando, en alguna medida, que poca de la mucha exploración que hagamos nos responderá lo que estábamos buscando, sino lo contrario: nos allanará el camino para encontrar las preguntas correctas.

Peake era hijo de un misionero inglés y se casó con una mujer de familia católica. Sin embargo era profundamente humanista y contrario a la religión, en ocasiones llegando hasta lo ofensivo. La honestidad y la franqueza con que lleva adelante esas aflicciones son, para ponerlo con cordialidad, oficiosamente evidentes. En su obra hay una constante contradicción entre el desasosiego por la degradación del sentimiento religioso, aunque deberíamos decir tradicional, y la ansiedad por el consuelo y el sentido de continuidad, que, dada la imposibilidad de asimilación de Gormenghast, no puede ser otro empeño que la libertad.

El protagonista es Titus Groan, un niño que será el próximo conde de Gormenghast, el número 77 en la historia. A través de su historia y la de los extravagantes personajes que residen alrededor, la trama se desarrolla morosa y laberínticamente,  como la ramificación de la  hiedra que sostiene las rocas más arcanas del castillo. Emblemas y motivos deformados hasta lo bufonesco desfilan en una procesión de emociones, que finalizarán en una fantástica tragedia que Peake  limita con su análisis moral.

Lo aterrador en Gormenghast  es la idea de multiplicidad, que engloba lo desconocido, lo multiforme y aquello que partiendo de lo familiar nos muestra lo  irreconocible. Ese ida y vuelta de la extrañeza, que los ingleses llaman uncanny, esa otherness, que en una particular escena de Titus frente a un espejo asimilamos. Nos recuerda también al monstruo de “The Thing” de John Carpenter, aunque no en el sentido moral, pero sí por la inquietante distorsión de lo humano. Curiosamente hay un personaje en Gormenghast llamado The Thing. Es la media hermana de Titus y vive extramuros. Su moral es similar a la de Snake Plissken y constituye una imagen de aquello que Titus ambiciona.

Paralelamente a la trilogía, Peake escribió “Boy in darkness” (Niño en tinieblas), una novela corta publicada en 1956,  que cuenta la aventura de Niño, que, se supone, porque no se nombra, no es otro que Titus, el protagonista de la serie.

En la noche en que cumple catorce años, en medio de los rituales por la celebración, decide escapar del castillo y la vida opresiva que allí soporta, e internarse en los bosques circundantes buscando aquello que tanto le falta: identidad y libertad. La novela está dispuesta como un relato de iniciación que es también multiforme. Se suceden sin solución de continuidad distintas fugas desde lo más tedioso hasta lo más terrorífico. Desde la sofocación que la tristeza de la parodia provoca, hasta el conocimiento de la propia personalidad que la pérdida de inocencia comporta. Por el absurdo y por lo aterrador se accede a lo sublime. Peake escribe con la soberbia de un filólogo sobre temas de miedo irracional y la ansiedad que impulsan, orientando a cuanta regla cultural, gótica o romántica precedente, exista, hacia lo obscenamente excesivo. Es un mundo donde no hay interpretaciones contenidas en las profundidades que no hayan sido identificadas en la superficie. Es por ello que la meticulosidad con que Peake narra cada escenario, cada acción y cada pensamiento enlaza cada uno de esos fragmentos hacia su otredad latente. La extrañeza de lo familiarmente lejano, la sobrecogedora remembranza, la presencia de aquello que quedó fuera de alcance, son las perturbaciones con que nos aleja de todo sentimentalismo para reunirnos en el puro terreno simbólico. Símbolos de indeterminación, de exceso, de intimidación y de aislamiento son señalados una y otra vez, hasta que la conquista de cada uno nos permita volver a movilizarnos.

El relato comienza cuando las ceremonias diarias por el decimocuarto cumpleaños del Niño han terminado. Antiguas ceremonias cuyo significado hacía mucho se había perdido, son de cumplimiento obligatorio para la guía y consejo del joven Conde. En un cortejo interminable  de regalos de aniversario, cada uno presentado según un ritual exacto, con el ornato, el color, las texturas, perfumes y palabras rigurosas han dejado al Niño extenuado. Delante de él, las extensas columnas de hierofantes, avanzando con el agua hasta las rodillas,  con sus ofrendas en bandejas de oro, parecen no tener fin. Es allí cuando el Niño decide rebelarse “contra la incesante ronda del simbolismo muerto”.  Decide huir como tantas otras veces, sólo que esta vez el temple supera el terror que los recovecos y subterráneos con sus silencios y sus sombras lo había acompañado en cada momento. Para el Niño, escapar hacia lo no familiar era tanto un deseo como un temor que, necesariamente no debían separarse nunca. Resuelve escabullirse esa misma noche aprovechando la confusión de otro ceremonial: el desfile de todos los campesinos que, en su honor, marcharán, antorcha en mano, hacia la cima del monte  para un gran festín. Aprovechando “cuando el ritual bullía de campanas y hogueras”, el Niño se desliza por los pasadizos del castillo hasta encontrar la salida. En su trayecto pasa por diferentes habitaciones donde se respira “una atmósfera de abandono y desolación”, y Peake revela un melancólico saludo final a Gormenghast:

Por unos segundos, sin saber por qué, permaneció inmóvil y escuchó. No era la clase de lugar que permitiese atravesarlo a la carrera, pues en la decadencia y la quietud hay una cierta grandeza que impone aminorar el paso.”

Peake relata la salida del Niño del castillo en una serie de imágenes vívidas y fascinantes. El encuentro del Niño con los otros niños que están deambulando por los patios internos, correteando, antorcha en mano, como parte del ritual y su decisión de marchar con ellos y confundirse como un niño más, hasta poder internarse en el bosque. Su despedida de la niñez. Luego la escena de su encuentro con los mastines en el río, los cuales, sin tocarlo lo rodean formando una medialuna, obligándolo a subirse a un misterioso bote y cruzar el río. Los rituales continúan. Los mastines que “habitaban castillos olvidados”  y eran “tan grandes en número como las hojas de otoño”, simbolizan el más allá y las innumerables almas que, durante la historia del hombre, han sido guiadas. Ese es el momento en que lo fantástico vuelve a cambiar de rumbo. Los mastines acompañan al bote nadando a su alrededor hasta la otra orilla. Ese pasaje simboliza el comienzo de una nueva iniciación del Niño. La primera fuera del castillo. Al llegar del otro lado, el bosque desaparece y todo le es desconocido, pero sus sentidos se agudizan. Comienza a ser otro. Dos tópicos se imponen. La representación de la inversión del mundo anterior y el contexto de ensoñación que acompaña el relato.

Apenas pone un pie en el nuevo mundo, dos criaturas le salen al encuentro. Cabro, primeramente, y luego Hiena. Ambos son parte humano parte animal. O mejor dicho, la parte animal de cada uno ha ido tomando paulatinamente a la otra. La extrañeza del encuentro, en la que lo humano es apenas una máscara casi imperceptible vuelve aterradores los acontecimientos que suceden. Las posturas, los gestos, las reacciones de ambos personajes pasan sin solución de continuidad entre lo puramente animal y la efímera nostalgia de lo humano. Para un humanista como Peake, no hay nada más pavoroso que esa deshumanización que lleva a la pérdida de la identidad. Pues si algo hay en su universo semi gnóstico, es que a la idea del Mal se le opone, no el Bien, sino la perseverancia de la identidad.

Hiena y Cabro son dos sirvientes de un amo cuya presencia invade de muerte todo el páramo. Es el Cordero ciego, que gobierna desde su trono en el centro de unas ruinas subterráneas. Su ceguera es signo de su visión sobrenatural. El yermo paisaje no tienes secretos para el Cordero, que puede escuchar, oler y sentir todo lo que sucede sin moverse. Reside en una serie de cavernosos aposentos que son residuos inmemoriales de lo que llaman las Minas. En esa bóveda de desechos industriales, metales retorcidos, respiraderos, inmensos y tortuosos tubos comunican las galerías con la superficie, donde los ecos de la periferia rebotan incesantemente y le sirven al Cordero para acrecentar su visión de la comarca exterior.  Hiena y Cabro le temen, suelen hablar entre ellos con lenguaje de señas para no ser escuchados y así y todo, el Cordero lo sabe.

Lo que en Gormenghast era puro color desbordante y exceso, en el mundo del Cordero se ha desvanecido hacia lo blanco, un blanco sucio y gris que va tendiendo a las tonalidades más oscuras a medida que tanto la acción como el paisaje convergen en los aposentos del Cordero. La blancura del Cordero es la única excepción inmaculada del paisaje. Apenas el Niño pisa las costas de la comarca, hunde sus pies en un polvo blanquecino que alfombra todo el terreno. El polvo invade toda la atmósfera y produce una neblina ominosa que vela la visión. Cabro suele rascarse su hirsuta cabeza con una pezuña, produciendo que infinidad de motas de polvo lo rodeen hasta quedar casi invisible. Pero más sombrío es Hiena quien acostumbra triturar con sus dientes, pequeños huesos encontrados aquí y allá, produciendo más polvillo blanco. Al conocer que desde la playa y hasta el horizonte todo está cubierto por esa suerte de nieve seca y sucia, nos preguntamos desde cuándo se ha estado produciendo. Sabemos que Hiena y Cabro fueron humanos, y el Cordero los transformó en bestias mediante un experimento que ha venido realizando desde hace siglos. En el páramo no hay insectos ni animales, todos lo que alguna vez fue humano pereció convertido en animal por el Cordero. Solamente Hiena y Cabro, por alguna cuestión enigmática, han sobrevivido. Su única función es servir al Cordero y deambular eternamente buscando nuevas criaturas con las cuales su amo pueda continuar experimentando.

El relato continúa con el viaje que los dos abyectos personajes realizan llevando al Niño hasta la presencia del Cordero y el desarrollo de las habilidades del Niño para escapar del horrendo destino.  Hace cuatro mil años, los Sumerios narraban uno de las primeras historias, que se conocen, sobre el viaje y la iniciación. En Gilgamesh se cuenta la historia del joven que decide ir hasta los confines de la tierra, donde se rumoreaba residía un hombre que había podido escapar de la muerte: Utnapishtim. Gilgamesh decide buscarlo y aprender el secreto de la vida eterna. El viaje, no exento de vacilaciones, lo lleva a atravesar paisajes imponentes de difícil aprehensión y a toparse con seres híbridos, hombres arácnidos y peligrosas criaturas. En esa lógica que subvierte el mundo conocido reside el germen de la iniciación. Desde los Sumerios, los mitos y las fábulas,  hasta el relato fantástico, evocan los mismos principios. En el relato de Peake lo que el Niño debe salvar es su alma, pretendida por el Cordero como el último trofeo que resta por arrebatar de ese mundo. Tradición y libertad. Opuestas en la mente de un niño de 14 años, definitivamente serán aceptadas como parte de una iniciación secreta. El Cordero, es la malignidad que usurpando tanto ciencia como religión, no puede crear nada bueno ni bello, pero sí reconocer en el Niño su última oportunidad. Son constantes las referencias crísticas para describir al Cordero, Peake lo representa como un Cristo invertido, de pura malignidad y exento totalmente de compasión. Al invertir todos los cultos tradicionales, incluido el cristiano, donde el cordero es la víctima sacrificial y redentora, el oficio expiatorio está ausente, y en lugar de “quitar el pecado del mundo” se lo pretende entronizar. Es el Cordero el que reivindica para sí el sacrificio del Niño, que es en sí mismo y para ese mundo, la materialización de la Buena Nueva.

El barroquismo puntilloso y hasta exasperante en las descripciones forma parte de una línea que nos conduce, celosamente, por el laberinto que el mismo estilo propone. Peake muestra tanto el castillo como los alrededores que gobierna el Cordero como paisajes fósiles producto de una larga descomposición. Por un lado, el pasado cultural, devenido en infinidad de rituales y prácticas inentendibles, contenidos en los restos de un castillo aislado, inaprensible, tan colosal como caricaturesco, del que sus pobres habitantes, salvo el Niño, ni siquiera piensan en escapar. Por el otro, el mundo exterior, un páramo descolorido, donde los restos de civilización forman parte de la naturaleza muerta, un laberinto en cuyo centro el Cordero espera al Niño para sacrificarlo, operando en sentido opuesto, pero con el mismo objetivo del mundo anterior: la usurpación de la naturaleza humana.

La narración alcanza el clímax cuando el Niño responde como héroe al tomar una espada y cortar la cabeza del Cordero, que  se parte como una máscara, para revelar que no había sustento en su animación. Nada queda en el lugar. El mismo vacío que transitamos hasta el acto final es la esencia que avivaba a la demoníaca criatura. Al mismo tiempo Hiena y Cabro vuelven a ser humanos pero quedan como dos ancianos que no se conocen. Todos juntos marchan por las galerías, sin dirigirse la palabra, hasta la superficie donde se separan. El Niño, solo, deambula por el bosque hasta llegar nuevamente a la orilla del río. La simetría del relato se cierra con la vuelta de los mastines que lo cruzan de regreso a su origen. Finalmente, una patrulla del castillo que había salido en su búsqueda lo encuentra y lo lleva a sus aposentos. El Niño nada recuerda de lo sucedido, pues el Leteo también baña las costas de Gormenghast.