TODOS LOS DIENTES SON BLANCOS, PERO NO TODOS LOS PALADARES SON NEGROS / Diego Ezequiel Ávalos Sobre Desire and the Black Masseur de Tennessee Williams.

“Desear consiste en querer ocupar un espacio mayor del que a uno se le ofrece”.

¿Se pueden analizar las emociones? ¿Se puede describir de manera certera una sensación del alma? Hay varios componentes trágicos en la cuestión: toda reflexión se hará con la sensación muerta, porque ya pasó ahora puedo reflexionar. Y más terrible aún: toda descripción no será más que un intento por compartir lo intraducible. “Empezó a llover y quedé empapado. Después  me senté en la vereda y empecé a llorar”. Esa frase será una buena descripción del suceso, pero al mismo tiempo será la derrota del agua, del frío y de las lágrimas más sinceras que podemos llorar: las que se comparten en la calle, delante de esos tímidos y fascinados desconocidos.

Con esta premisa derrotada trataremos de reconstruir nuestras sensaciones de lectura ante un cuento de Tennessee Williams.

Desire and the Black Masseur fue escrito en 1946 y publicado por primera vez en 1948, dentro del libro de relatos One arm and other stories. En sus “Memorias” de 1975, Williams hace mención a este relato de la siguiente manera:

“Paul Bowles me pidió que leyera un cuento suyo que uno o dos años más tarde daría nombre a uno de sus libros de relatos. Se titulaba “La presa delicada” y me escandalizó. Sé que parecerá extraño,  y creo que a Paul le resultó de todo punto incomprensible que yo, autor de relatos tales como “Deseo y el masajista negro”, hubiera de escandalizarme por aquel cuento”.

Pero, ¿es realmente este cuento suyo tan escandalizador como Tennessee promete? ¿A qué juego nos invita esta vez? Seamos sinceros: leemos el título y comienza el escándalo. Al menos para nosotros,  los lectores, no para los protagonistas. El deseo no conoce de sobresaltos porque él mismo es un sobresalto. Tan solo conoce de decepciones e invitaciones. A la vez, los negros no saben que significa ponerse colorado.

Los títulos de Williams, los mejores, provocan. Invitan a la imagen fuerte, juegan con el doble sentido y, a pesar de estar en el borde, permanecen siempre en los límites dorados del buen gusto. Por algo nuestro autor amaba tanto Italia. Hagamos un breve repaso: “Un tranvía llamado Deseo”. “La gata sobre el tejado de zinc caliente”. “El tren lechero ya no para aquí”. Y por supuesto “Deseo y el masajista negro”, que pareciera ser la semilla de ese criminal llamado Genet. O título de una película condicionada, condicionada por una sola temática. Pero no, estamos en aguas de Tennessee, lo que significa tener sed y beber diamantes.

Deseo no es el nombre del protagonista de nuestro relato, sino su característica principal. Esta es la historia de Anthony Burns. Burns de quemaduras, porque Anthony arde. Williams casi siempre lo llamará Burns, solo usará su nombre de pila en el comienzo y en el final. La sensación de cierre que nos regalará con esta sabia distribución es soberbia, y de ser soberbio está hecho el oficio del escritor. Burns es un hombre de treinta años, pálido empleado, un anónimo más de este planeta.  Burns es culpable como todo humano de haber nacido. Un típico portador de pecados. Y de deseos. En Burns, en su cuerpo, se libra una batalla que por ser verdadera no conoce de piedad:

“Pero cuando el deseo vive constantemente junto al miedo y sin un muro de separación, el deseo se convierte en algo verdaderamente astuto. Eso ocurría en casa de Burns, el deseo se había convertido en un enemigo bajo su propio techo”.

Este dulce enemigo lo llevará a encontrar la muerte en el doloroso placer que le ofrece un masajista negro, el amante perfecto para un hombre que quizás, decimos quizás porque el narrador lo pone tan solo como una posibilidad, sabe que debe y merece pagar por todos sus pecados.

Cuando nuestro protagonista ingresa a la casa de masajes donde encontrará amor y violencia, no podemos dejar de sentir incomodidad ante lo que se avecina. Burns pasa a otro mundo, uno opuesto a la calle cotidiana y predecible. Un sitio denso, espeso, poblado de turbiedades y calor. Así nos describe Williams el extraño ambiente:

“Los clientes, desnudos, se envolvían en toallas blancas, como espesas tiendas de campaña, que flotaban a su alrededor. Iban descalzos a lo largo del piso de azulejos húmedos, como fantasmas blancos y silenciosos, fantasmas que respiraban y sudaban pero con una expresión vacía. Parecían a la deriva, como si ninguno supiera donde dirigirse”.

Un verdadero infierno  regenteado por dioses negros:

“Los baños eran su dominio legítimo y desde que, con sus grandes manos negras, ellos movían las cortinas blancas, podía pensarse que podían provocar un relámpago y, con su aplomo, enviar un rayo desde las nubes de vapor”.

Pero aún en el infierno hay reglas. Nadie puede salirse del círculo que le toca, y la gravedad sigue ejerciendo su presión. Por eso a Williams le alcanza con una solo acción, una sola, para hacernos comprender que el mundo práctico y fantasmal de la casa de masajes tiene de pronto una anomalía. Sucede esto cuando Burns se encuentra con su masajista:

“En un momento, un masajista negro llegó a su lado, se puso frente suyo, le hizo darse la vuelta y recorrer el pasillo entrando en un compartimento cerrado por cortinas blancas.

–Desnúdate.- Le dijo, el negro.

El masajista ya había notado cierta actitud poco habitual en este cliente. ¿Tal vez fue por aquello que no salió de la pequeña cabina acortinada sino que permaneció allí, apoyado en una pared mientras Burns se desnudaba?”

Una sola acción, quedarse mirando al hombre desnudo. Con eso basta. Burns tiembla, nosotros temblamos. ¿Acaso por lo mismo? Se dice que al infierno no ingresa la esperanza, pero nadie dijo que estuviera prohibido el paso del amor.

Con el correr de las sesiones comienza entre el masajista y Burns una relación de masajes, dependencia, violencia y placer. Son amantes que no se besan, son amantes que no hablan de cariño, o por lo menos no lo hacen delante de nosotros. Su pasión se expresa en el dolor: en darlo, en recibirlo.

¿Cómo hacer de esta extraña sensualidad algo que no nos parezca lejano, sino por el contrario, posible no solo de comprender, sino también de sentir? ¿Cómo hacer transitar las sensaciones de un goce perturbador tan solo con palabras? Williams aprovecha la simetría entre distintas situaciones para rebajarnos a un mundo de líquidos calientes y reposo agotado. Williams nos habla del sexo que conocemos para envolvernos en otro, hecho de puro terror.

Así fantaseaba Burns antes de aventurarse en la casa de masajes:

“El lugar donde más cómodo podía encontrarse era en el interior de un cine. Adoraba sentarse en la sala (desvaneciéndose lentamente en la butaca, como si fuera un terrón de azúcar en una gran boca golosa).”

Así fantasea Burns ya en la casa de masajes, antes de tener su primera sesión con el masajista negro:

 “Toma esto, -dijo el masajista, alcanzándole a Burns una toalla blanca.

El hombrecito, agradecido, se envolvió en esa par él inmensa toalla y, levantando delicadamente sus pequeños piecitos huesudos, algo femeninos, siguió al masajista a través de otro corredor cubierto de cortinas blancas y penetró en una amplia cabina de cristal opaco: la habitación del vapor. Su guía lo dejó allí. Los tabiques de cortinas blancas suspiraban en torno al vapor que se filtraba. El vapor se arremolinaba en torno al cuerpo desnudo de Burns, envolviéndolo en su calor húmedo, como si se encontrara en el interior de una enorme boca, titubeante bajo el efecto de una droga, y casi disuelto en ese mismo vapor lechoso y ardiente que silababa por los muros invisibles.”

Así fantaseará el masajista cuando recuerda a su cliente favorito:

“Mientras el gigante negro descansaba, apoyado en el fondo del establecimiento, fumando un cigarrillo o mordisqueando un chocolatín la imagen de Burns surgía en su mente: veía su cuerpo pálido con las marcas moradas o rojizas de los golpes recibidos. Entonces la barra de chocolate se le derretía en los labios y se le formaba una sonrisa soñadora.”

El cine y su oscuridad, los cuartos de masajes y su blanco vapor. Ambos espacios similares a una boca: noche y comodidad, calor y blancura, porque blancos son los dientes. Burns fantasea sin saber que en realidad profetiza. La chocolatina que se derrite en la boca negra del masajista es el destino que a si mismo se impone.

La boca como metáfora del mismo texto que estamos experimentando. Placentero y adormecedor como una boca tibia. Peligroso y tentador como es el movimiento de la lengua entre los dientes. La boca es un lugar donde placer y violencia flotan en una misma saliva. La única misión de la boca es devorarse al mundo para subsistencia y gloria de su oscuro reino.

¿Cómo hacer sentir la violencia mediante palabras? Rodeándola de lo natural. Tennessee, como Carson McCullers, es un experto en violentarnos mediante la natural aparición de lo terrible entre lo cotidiano. Cuando aceptamos de la historia su centro terrible, vuelve Tennessee para despertarnos de nuestra cómoda simplicidad:

“Durante el invierno las sesiones de masaje se mantuvieron con un grado de violencia más o menos razonable. Pero cuando llegó marzo llegó también la desmesura. Un día, Burns dejó el lugar con dos costillas rotas.

El salía de allí cada mañana con dificultad y se incorporaba a su trabajo mutilado. Pero podía aún explicar su estado con la excusa del reumatismo. Su patrón le preguntó un día si hacía algo por mejorar. Él le contó que acudía a una sala de masajes.

–Pues no parece sentarte demasiado bien, dijo el jefe.

-Oh si-dijo Burns. Me siento mucho mejor.”

Cuando Burns y el masajista negro son descubiertos en sus asuntos violentos, pronto son despedidos. En medio de la humillación y la vergüenza, Williams nos regala una de las imágenes más bellas del relato, porque sentimos la belleza cuando un rayo de sol cae entre la basura:

“El gerente examinó a Burns y vio todos los moretones sobre su cuerpo.

“¿Dónde crees que estás? ¿En la jungla? –Le preguntó airado al masajista.

De nuevo, el negro, se encogió de hombros.

–Sal de mi casa ahora mismo, fuera de aquí- gritó el gerente. Llévate a ese pequeño monstruo pervertido Y no vuelvan a poner aquí los pies. Ni uno ni otro.

El gigante negro, con ternura, levantó en sus brazos a su compañero inerte. Lo dejó en un cuarto en la ciudad. Allí vivieron una semana apasionada.”

Los amantes, ahora apartados del mundo, viven encerrados en un cuarto. Allí se dedican al sacrificio pleno, que es otro modo pleno de nombrar al amor. Pero Williams nos aparta de la ventana de ese cuarto y nos lleva a un incendio y a una misa. El fuego es la pasión de Burns. La misa la celebración de la Cuaresma, la fecha que nos prepara para Pascuas, fiesta del sacrificio de la carne divina, aquella que dio su vida para salvar al mundo de todos sus pecados. “Comed y bebed”. La misa de Cuaresma es la simetría de otro bocado sagrado que se realiza en un perdido cuarto transpirado.

¿Cómo conmociona la belleza? Con poesía, que es el atrevimiento de la lenguaje.

“El masajista negro permanecía inclinado sobre su victoria, que ahora saboreaba.

Burns murmuraba algo. El gigante le hizo una señal con la cabeza.

-¿Tú sabes que tienes que hacer?- dijo la víctima, y el gigante negro asintió.

Cogió el cuerpo que tenía apenas junturas y lo puso con delicadeza sobre una tabla limpia. El gigante comenzó a devorar el cuerpo de Burns. Rebañaba los huesos y le hicieron falta veinticuatro horas rebañar todas las costillas. Cuando hubo acabado, el cielo tenía un color

azul sereno.”

Devorar a una persona solo puede ser bello si afuera hay un azul sereno.

Después, poco más. El negro masajista que esperará a que lleguen nuevas víctimas a las cuales darle su amor. Y mientras tanto, recordar a Burns mediante sus objetos:

“Un traje azul, algunos botones esmerilados y una vieja foto de Anthony a los siete años.”

Y ahí volvimos a sentir el toque maestro. Anthony. El nombre de Burns, el nombre que teníamos perdido y el masajista, al final, nos vuelve a recordar. Así le decía seguramente en la intimidad. Para nosotros Burns, para él, Anthony. O Deseo. ¿Y cómo se llamaba el masajista negro? Nunca lo sabremos, eso es conocimiento de Burns, un hombre que bien conoce la vida interior de su amante.

Soñaba el señor Burns con un interior cálido y oscuro, tan placentero como un cine, tan alucinante como un cine. Lo encontró en el interior de un dios negro. Para el que desea el mundo es demasiado pequeño, solo el cuerpo de un amante se convierte en una prisión ilimitada. El dios negro sueña, recuerda y espera. Su destino es purificar a la carne pecadora con el filo que esconde su boca.

 


Nota. De este cuento hay en la red una versión en castellano que suprime dos párrafos finales esenciales. Recomendamos leer el original en inglés, también en la red. Por otra parte hay una película francesa de 1986 basada en esta historia. Su título es Noir et blanc y está dirigido por Claire Devers. Creemos que esta es una adaptación fallida. A la sensual y terrible muerte de Burns, comido de manera literal por el masajista negro, se la reemplaza por una elaborada tortura y muerte entre las máquinas de una fábrica, desviando el sentido original de la historia de Tennessee.