TRUMAN CAPOTE. UNA NAVIDAD / Javiera Gutierrez

“Una Navidad” es el último relato publicado Truman Capote, escrito entre 1982 y 1983 para la revista “Ladie’s Home Journal”. Por su temática y por los elementos recurrentes, se emparenta con otros dos relatos, “El invitado al Día de Acción de Gracias” y “Un recuerdo navideño”, por lo que en ocasiones se los edita los tres juntos. En ellos Capote vuelve sobre algunos de sus tópicos favoritos: la (su) infancia y las fiestas, y de los tres la crítica suele señalar “Una Navidad” como el menos perfecto. Tal vez sea así, con un autor un poco cansado, tal vez demasiado sentimental, y al mismo tiempo un poco mecánico en sus recursos y exhibicionista de sus dolores. Sin embargo, como el título de una vieja canción, “Save the last dance for me”, los últimos pasos de ese niño que supo bailar tap para Louis Armstrong funcionan con la gracia de siempre, su prístina melodía interna, y la exhibición es confidencia, y la mecánica, pericia narrativa.

El texto abre con una especie de paréntesis –“primero, un breve preámbulo autobiográfico”­– que nunca cierra; entonces, en la primera persona de la que Capote supo hacer uso magistral, el narrador nos conduce de la mano, como los fantasmas de Scrooge, para mirar, desde el presente del “adulto” que cuenta, fragmentos de un pasado en el que dos maneras de ser sureño (campesino y urbano, cándido y desencantado) se confrontan, se niegan y se nutren recíprocamente en la vida de un hijo de padres accidentales, amados solo a la distancia, en una fotografía o una postal.

La anécdota es sencilla: Buddy, de unos seis o siete años es prácticamente arrancado de los brazos adorados de su prima-amiga-cuidadora Sook en Alabama para pasar la Navidad con su padre en Nueva Orleans. Viaja a regañadientes, bajo el mandato que Sook adjudica al Señor (“para bien o para mal, todo era voluntad del Señor”) y con dos fantasías que alimentó con cuentos nocturnos esa “prima ya mayor”: que en Nueva Orleans va conocer la nieve y que Papá Noel es un gordinflón barbudo de traje rojo. La visita, sin embargo, resulta un viaje iniciático no a una Navidad blanca sino a la ciénaga de la vida mundana y a los pasillos sin salida de las relaciones familiares.

Atrapado en sus ropajes de gala, calzado en zapatos que aprietan y son “calientes como el infierno”, recién salido de una casa de campo en la que vive descalzo y se alimenta con productos de la granja, Buddy descubre una ciudad ruidosa en la que nunca nevó ni nevará jamás, donde se come comida creole y ostras (“un mal sueño que bajaba por mi garganta”), llevado por un padre que parece “tenerlo todo”. Pero su padre también es un alcohólico y en el patio de la casa de inspiración francesa besa a mujeres mucho mayores que él; es un gigoló, según le confirma su madre años más tarde en un diálogo brutal en que le reprocha al hijo haber nacido. Para colmo, ese gigoló es quien pone los regalos en el árbol de Navidad. Todas las fantasías se derriten como la nieve al sol y conocer la realidad es un trago amargo. El chiquito será pajuerano pero tiene astucia y después de “despertar” al padre con disparos de una pistola de juguete, es capaz de manipularlo para obtener aquello que, desde la vidriera de una juguetería, le había despertado días atrás un deseo de intensidad hasta ese momento desconocida: quiere apasionadamente un avión en el que es posible entrar y  pedalear; en la mente de Buddy, con ese avión podrá levantar vuelo. La fuerza de la culpa firma el cheque y Buddy consigue su nave.

Un día después, asumidas las decepciones, y arrastrando hasta el ómnibus el avión para llevarlo hasta Alabama, el padre que tambalea de moonshine se abraza a su hijo y le ruega que le diga “te quiero”, algo que Buddy no puede pronunciar. El verdadero descubrimiento de Buddy es la fragilidad del padre. John Cassavetes, en dos escenas de “Torrentes de amor”, y Scott Fitzgerald, en “Babilonia revisitada” presentan el mismo tipo de padre más frágil que el hijo, a la deriva, necesitado. En todos los casos, esa inconsistencia que omite la función de los roles, se percibe tan dolorosa como perenne. En el ómnibus, Buddy se descalza: “Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará”.

Apenas a unas doce horas de viaje, pero en el reverso del mundo, el niño se adormece tras contarle aventura y descubrimientos a Sook, que se balancea en una mecedora con “un sonido tan sedante como el de las olas en el océano”. Con su misticismo cándido, primitivo, con su sabiduría, Sook lo acuna y lo salva: “Por supuesto que existe Papá Noel. Solo que es imposible que una persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros”. Antes de dormirse, Buddy recibe, directo del Señor, un encargo lleno de conmiseración. La postal que le envía al padre finaliza e ilumina el relato con un amor que no encuentra caminos de concreción pero aún así existe y se atesora. En una mirada retrospectiva, la misma postal puede ser leída como el cierre del paréntesis autobiográfico del inicio, un cierre premonitorio. No es posible saber cuándo ni cómo empezamos a despedirnos, pero nuevamente como Cassavetes, que saluda detrás de la ventana en la que fuera su anteúltima película, en “Una Navidad”, un año antes de morir, Capote/Buddy escribe “estaré pronto en el cielo”. Y se permite, aun a riesgo de almibarar la nostalgia, reconciliarse con las debilidades de los adultos que cargaron de sufrimiento su mochila emocional.

Si las relaciones entre obra y biografía en un autor pueden establecerse con cierta facilidad y con mayor o menor énfasis según las modas teóricas, la relación entre la biografía del lector y el impacto que le produce cierta obra no es tan clara y permanece en el ámbito privado. En esa relación voluble entre criterio estético y sensibilidad teñida de historia personal es posible, entre tantas otras variantes, sentirse identificado con héroes de tintes clásicos o dejarse arrullar por historias como esta, de un hijo que conjura la tristeza de la realidad amarrándose al salvavidas de la ficción, y que sabe que del laberinto del mundo solo se sale por arriba.