LA CASA EN EL BOSQUE / Javier Lodeiro Ocampo

Unos días antes, se había corrido la voz en el campamento de que la señora María Dina pasaría por el lugar. En el pueblo, seguramente la noticia hubiera despertado el interés de cualquiera, por eso no era de extrañar que en el campamento, en la ininterrumpida soledad del bosque, el anuncio fuera todo un suceso. Los comentarios que circularon entre los peones no son dignos de recuerdo; en cambio, las narraciones que reunieron en conferencia a la cuadrilla de perros sí lo son. Apenas sabida la novedad, sus habituales cónclaves nocturnos perdieron un poco de la tenebrosidad que ya se había hecho costumbre. Aquellos ya eran tiempos oscuros —aunque no tanto como ahora—, y la opresión que algunos hombres empezaban a sentir al internarse en el bosque desvelaba desde hacía rato a los perros. Ellos veían cosas inexplicables en la oscuridad que rodeaba la toldería, podían sentir voces que no sentían los humanos. Y sólo basta imaginar la humildad de su razonamiento para comprender cuánto más grande sería su temor que el de cualquier hijo de hombre.

Esa noche la jauría se reunió más tarde de lo acostumbrado, a unos veinte pasos de los últimos peones que todavía bebían en torno a un fuego moribundo.

—¿Es cierto que pasará la señora? —preguntó un cusco joven, con voz aflautada y entusiasta.

—¡No vuelvas a hablar tan fuerte! —lo amonestó su vecino—. Tendrías que haber visto lo que vi yo esta tarde, en el río —hizo una pausa, como para comprobar que todos lo miraban, y continuó—. El sol ya se había puesto, y contra la corriente oscura del río vi cómo nadaba un sapo tremendo, un sapo del tamaño del hijo de un hombre. Vi cómo llegaba hasta la orilla, y de pronto, lo vi saltar y salir corriendo con las dos patas de atrás, como si fuera un peón medio rengo. ¡Y era rápido como una liebre!

—¿Pero la señora, es cierto que viene la señora María Dina? —insistió el otro, bajando la voz—. ¿Ramita, usted vio alguna vez una señora de hombre?

Desde que se corriera el rumor de la próxima visita de María Dina, los perros más jóvenes, que nunca habían visto mujeres, fanfarroneaban mentiras para impresionarse unos a otros. De los mayores, tres sabían qué era una dama, pero sólo uno de ellos, el más viejo, podía contarlo —los otros dos no sabían hablar—. Su nombre era Ramita, “el Reservado” como lo habían apodado desde su aparición en el campamento, años atrás.

—He visto mujeres, como llaman ellos a su hembras —contestó Ramita tras una pausa—. Y no sólo eso. Todos saben que en un tiempo fui libre, libre como ninguno de ustedes sabe lo que es ser libre, si me explico. Lo que no saben es que no sólo gocé un día de esa posición, sino que además fue gracias a la buena voluntad de una señora.

Una risa apagada llegó desde el fogón de los peones. Los perros más jóvenes casi temblaban de ansiedad, como siempre que el viejo empezaba una historia. Ramita se acomodó y siguió con voz pausada:

—Hoy voy a contarles algo que nunca les conté. Hace ya mucho tiempo, cuando estas patas podían llevarme adonde quería, cuando mi corazón era tan fuerte que no me dejaba dormir por las noches, fui parte de la jauría de caza de una familia grande del pueblo —las miradas se cruzaron—. Es verdad que mi papel nunca fue brillante en la caza —continuó Ramita—, era demasiado joven para destacar y habían muchos perros bravos. Como sea, una tarde entró en el canil el peón de la comida. Venía muy apurado, como impaciente. Miró para un lado, miró para el otro, y después de haber pateado a más de un perro de los grandes me levantó en vilo por el collar. Yo estaba muerto de miedo, no me da vergüenza admitirlo, recuerden que era casi un cachorro. Me sacó de la chacra en silencio, a escondidas, hasta que nos detuvimos ante un pequeño jinete que nos esperaba en el linde del bosque. Me dejó allí sin decir una palabra y se fue. “¿Cómo es tu nombre?”, me preguntó el jinete. Como yo no le contestaba, se bajó y estuvo un rato mirando a nuestro alrededor. Dio unos pasos. Dejó ir al caballo y con una seña me ordenó seguirlo entre los árboles. Al cabo de un buen rato se detuvo. Me miró. “No te asustes, acá vamos a esperar”, me dijo. Y mientras decía esto se sacó la capa y la capucha, y aunque en ese momento yo no lo sabía, vi por primera vez una mujer de hombre. Nunca, ni antes ni después, volví a ver bajo el sol o la luna otra cosa que se le compare. Yo sé que ustedes nunca vieron una dama, como les dicen a veces los hombres, pero hagan la prueba de imaginarlo: piensen en la imagen de una avellana dorada y brillante… ¿Ya está? Ahora imagínenla sobre una piedra, al lado de un arroyo transparente, en el centro de un claro en el bosque. Vean cómo está iluminada por un rayo del sol de alrededor de las diez de la mañana. A todo eso súmenle ahora el aroma de un asado que los hombres preparan para el mediodía, en el campamento.

Ramita miró a su alrededor, recorrió las caras soñadoras de sus oyentes.

—¡Así era esa mujer! —gritó de pronto, y los demás casi se caen del susto—. Aunque iba vestida como los hombres, no se parecía más a ellos que un caballo o un árbol, y las hembras que he visto más tarde apenas si se le comparan, si me explico. Estuvimos esperando un buen rato en el bosque. No sabía qué, pero claro, me preocupaba menos el silencio de los árboles que el de la criatura que me acompañaba. Ella observaba todo a su alrededor sin mover otra cosa más que las pupilas, que parecían de miel transparente. Yo era como que no existía. Cuando el cansancio empezaba a ganarme, sentí como una aguja el olor de alguien que se acercaba. “Viene un hombre”, me animé a anunciar. Ella me contestó que lo esperábamos. Distinguí una figura entre los árboles. Era un hombre fuerte y cansado. Estaba muy sucio, llevaba puesta una especie de armadura de cuero sobre la camisa deshilachada, calzaba alpargatas y un enorme cuchillo en el cinto. Toda su figura tenía algo de grotesco y a la vez sombrío, si me explico. “¡María Dina!”, dijo el extraño, casi sin aliento. Pero se detuvo, siempre sin dejar de mirarla a ella. “¿Ya está cerca?”, me preguntó la mujer, intranquila. ¡El hombre estaba a unos pasos, y su olor era muy fuerte! “¿Qué me está diciendo?”, pensé. Podía entender que no lo oliese, porque los humanos tienen la nariz sólo de adorno, pero hasta un ciego al menos lo habría oído llegar, ¡y lo tenía justo enfrente! Al ver lo evidente de mi confusión el extraño intervino: “No te asustes, perrito”, aseguró, “ella no puede verme ni oírme. Decile que estoy a su lado”. Yo iba a repetir sus palabras, pero María Dina interpretó bien la ansiedad de mi mirada. “¡Héctor!”, le gritó al aire. Me preguntó si yo lo veía. “Está parado en frente suyo, señora”, le contesté. “¿Héctor? ¿Puede ser que estés acá?”, dijo ella al aire. “No dejo de verte enfrente mío cada vez que cierro los ojos, pero ni bien entro en el bosque ya no hay nada”. “No me hagás más difícil esta prueba”, respondió él. Todo esto hubiera sido demasiado para cualquiera —continuó el viejo Ramita—, así que imagínense cuánto más me confundía a mí. No olviden que yo era apenas un cachorro. Pero todavía faltaba un asombro más: el hombre se había acercado a María Dina, y ante mi espanto, intentó acariciarle la mejilla con la mano, pero la atravesó como si fuera de humo. Recién entonces noté que si se apartaba de la sombra, Héctor era casi transparente; a través suyo podían adivinarse los sauces y la maleza del monte. Intentó atrapar una lágrima de ella pero le fue imposible. Bajó la mirada, suspiró, y luego me habló. “Decile que hoy no es un buen día, que la espero mañana a la misma hora. Tengo que irme”. Se dio vuelta y volvió por donde había venido. “¿Se ha ido, no es así?”, dijo la mujer. “¡Quiero saber por lo menos cómo se encuentra, por favor! Decile que lo voy a esperar lo que sea necesario”. Y lloró tanto que creí que moriría. Pero terminó, y su cara era aún más bella que antes. Entonces me habló, aún un poquito agitada: “Te debo una explicación bien larga”, dijo, “deben haber muchas cosas que te sorprendieron esta noche, pero vas a tener tu recompensa. ¿Cómo es tu nombre?”. “No tengo nombre”, respondí. “Eso sí que es grave”, sonrió ella, mientras se secaba las lágrimas con la mano, “porque a partir de ahora vas a ser libre. Ya te voy a buscar uno, tampoco te preocupes por eso”.

Al llegar a este punto de la historia ya no había un sólo perro de los del pequeño campamento que no tuviera los ojos desorbitados de asombro. Las historias que algunos de ellos habían inventado unos minutos antes no eran menos increíbles, pero nadie, ni siquiera el mentiroso de turno, se había tomado el trabajo de creerlas. En lo profundo de la noche, todos lo sabían, las palabras de Ramita el Reservado no admitían la más mínima duda.

—En nuestro camino de vuelta a la casa —continuó Ramita— la señora me contó la historia de Héctor. Dijo que él había sido su vecino, se amaban. Pero tiempo atrás, Héctor había empezado a trabajar en el bosque, en un campamento como el nuestro, y en aquellos días ya se miraba mal en el pueblo a los que se animaban a andar por el monte, ni qué hablar de los que trabajaban en los campamentos, si me explico. Durante mucho tiempo tuvieron que verse en secreto, por temor al padre de ella. Una noche, en el campamento, Héctor aceptó el desafío de pisar el interior de la casa de Luno, la que dicen que está embrujada y que apesta a más de cien metros de la ribera —Ramita notó que su audiencia se erizó en pleno—. Héctor entró en la casa de Luno —continuó el viejo—, y durante una semana nadie más volvió a verlo. Ninguno de sus compañeros se animaba a entrar a buscarlo, porque como ustedes saben, dicen que el que entra a la casa de Luno, ya no sale. Y nadie tampoco se animaba a contar lo de la apuesta. Ella, mientras tanto, no sabía nada de esto, todas las tardes lo esperaba en el lugar en que acostumbraban verse en secreto, que era el mismo lugar adonde lo habíamos visto ese día, o mejor dicho, donde yo lo había visto. Siete días después de haber entrado en la casa, Héctor por fin apareció. La señora me dijo que lo había visto muy cambiado. Entre sollozos, me contó cómo Héctor le había dicho que cada vez serían más difíciles esos encuentros. Dijo que no podía dejar de volver a la casa en el bosque, que todo había comenzado como una fanfarronada, pero él había descubierto que adentro de esa casa pasaban cosas terribles. Aseguró que no era el único ahí, ¡eran un ejército entero! Había gente que vivía en la casa de Luno desde el tiempo de sus abuelos, o aún antes. Y no sólo cabían entre las cuatro paredes, sino que ahí adentro sobraba tanto espacio como sobra acá, entre los árboles del bosque. Dijo que se agrupaban en campamentos, de acuerdo a las fuerzas y años de cada uno, y se comunicaban por lámparas ocultas, con un lenguaje secreto. Durante los siete días que había pasado adentro de la casa, cada noche, Héctor y sus compañeros habían peleado contra algo desconocido, pero que era terriblemente fuerte. Supo que de esa lucha en la casa dependía la paz del pueblo y quizás de toda la provincia. Si descuidaban la resistencia una sola noche, la vida de María Dina y la de todos los demás correría peligro. La próxima tarde, María Dina y yo volvimos al bosque —siguió Ramita—, y la siguiente y todas las tardes que se sucedieron durante unos tres meses, siempre sin ser vistos. El señor Héctor nunca faltaba a la cita. A veces nos acompañaba más de dos horas, y otras, sólo algunos minutos. Durante todo ese tiempo fui el único lazo de unión entre él y María Dina, ya que sólo yo podía percibirlo. Cada vez que anunciaba su aparición, a ella se le encendía la cara, y su pecho se estremecía. Pero día a día se me iba haciendo más difícil verlo cuando se acercaba. Cada vez era más transparente. Al final ya ni siquiera podía olerlo, y por fin una noche me anunció que ya no volvería. Esa noche, de regreso al pueblo, la señora dijo que mi deber había terminado y que era libre para ir adonde quisiera. En vano le repetí que deseaba permanecer bajo su cuidado. Ella volvió a despedirme, prometiendo que tarde o temprano nos volveríamos a ver. “Nunca dejaré de faltar a mi cita en el bosque”, fueron sus palabras, “no pierdo la esperanza de que Héctor regrese, y ya no le tengo miedo al bosque ni a la oscuridad”.

Con esto el viejo Ramita dio por terminado su relato. El fogón de los peones hacía rato estaba muerto, y el silencio en el campamento era completo. La jauría permanecía inmóvil, mientras cada uno de sus integrantes rumiaba la increíble historia en privado. Poco a poco se fueron retirando, y por fin Ramita quedó solo en el centro de la toldería. Allí estuvo con los ojos abiertos, en silencio, hasta que una pequeña figura se le acercó caminando en la oscuridad, apenas iluminada por el resplandor de las estrellas.

—Ramita —le dijo la voz más dulce que había escuchado en su vida—. Hoy es un día feliz, ¡vamos!, alguien nos espera en el bosque.

Los perros fueron los únicos que notaron la ausencia de Ramita al día siguiente. Durante más de una semana, todo el campamento esperó en vano el paso de María Dina.