EL BUEN NOMBRE / Jorgelina Etze

Aquella  tarde de enero, el canto de las cigarras parecía aumentar el calor. Sobre el asfalto, cuando el sol le pegaba de lleno, refulgían espejismos.

Sólo ella se había atrevido a salir. Pensó que no era buena la soledad de la calle: cualquiera podría verla, oírla.

El repicar de sus tacos le recordó cómo la llamaban en el pueblo: la Claquera. El clac-clac de sus zapatos contra el piso, era la obvia razón.

A menudo se preguntaba por qué aún vivía en ese pueblucho perdido en medio del desierto. Por qué todavía no se había ido a una ciudad en donde a nadie le importara lo que hacían los demás, donde pudiera evaporarse entre las personas que se apoderaban de cada esquina como una infección, donde el clac-clac de sus tacos se ahogara en el rugido de los autos.

Pero eso se terminaba.

Se descalzó: no quería llamar la atención. Además podría correr más rápido. Con firmeza sostenía su cartera debajo de la axila; y avanzaba, ahora silenciosamente, en dirección a la terminal. Tenía que subirse al micro de las 4 sí o sí.

No pasaría mucho hasta que en joyería notaran su ausencia. Aún duraba la siesta, y la tienda permanecía cerrada; pero el señor Roitman solía llegar temprano.

En su huida se preguntó por qué lo había hecho. Porque había podido. Poder y atreverse eran cosas diferentes: poder sólo requería oportunidad, pero atreverse precisaba coraje. Y ella había tenido la oportunidad cuando Roitman se fue a almorzar, y también tuvo el coraje.

Roitman no estaba, los clientes brillaban por su ausencia, las piezas resplandecían dentro de la vitrina, y ella tenía la llave. ¿Qué más se necesitaba? Valor. Eso también lo tenía.

La habían educado en aquel pueblo, la habían alimentado con honorabilidad convenciéndola de que un buen nombre era todo lo que uno poseía en la vida. Y la verdad es que eso era todo lo que poseía. Sus padres, muertos ya, no le habían dejado nada. Ni siquiera un hermano.

Resoplando llegó a la terminal y se acercó a la ventanilla a comprar su pasaje.

─Ciudad Capital ─le pidió al empleado, quien la atendió más dormido que despierto─. Ida solamente.

Agarró una copia de La Gaceta: ella sabía que a pesar del nombre ostentoso,  no era  más que un pasquín que describía, en detalle, el chusmerío local.

Se abanicó con el ejemplar y se sentó a esperar al micro. No pudo evitar sonreír cuando pensó que al día siguiente su nombre y su foto aparecerían en primera plana. La Claquera era un buen apodo, y quedaría allí plasmado para siempre en la portada de La Gaceta.

Oscurecía. Una luz naranja apenas teñía el interior del micro.

Obviamente Roitman ya debería haber esparcido la noticia, pero a ella lo único que le importaba era no ser encontrada.

Tendría que comenzar otra vez: tan sólo se había llevado su cartera, a la que no soltaba. Todo su patrimonio resguardado dentro.

¡Durante tanto tiempo había deseado irse! Lo había soñado de todas las formas posibles. Todas menos esa, claro.

Nuevamente pensó en la oportunidad y en el coraje. Nuevamente pensó en la honorabilidad y en el buen nombre. Y también pensó en Roitman.

Seguro que el viejo se habría asustado al encontrarse con todas sus vitrinas abiertas, casi podía verle la cara blanca del susto… y volviendo a tomar color al descubrir que nada faltaba.

La nota que le había dejado no sería difícil de encontrar. Dentro de la caja registradora, junto al dinero.

Sr. Roitman:

Tuve la oportunidad, pude robarle, pero tuve el coraje de no hacerlo. No sé si pueda volver a contenerme. Me voy. No quiero perder lo único que tengo.

Al llegar a Ciudad Capital abrió su cartera: su documento estaba allí, y su buen nombre seguía intacto.