EL FÚTBOL Y EL HÉROE / Alberto Tricarico VAMOS A HABLAR DE FÚTBOL (Y DE ALGUNAS COSAS MÁS)

Es apasionante el fútbol. Apasionante por lo que representa – o por lo que debería representar. El fútbol es ese deporte que a lo largo del siglo veinte fue cobrando cada vez más – y en más países – popularidad, masividad, y – ay – negocio. Especialmente en el nuestro, y más todavía cuando juega la selección argentina. La selección nos representa, y lo que es más importante – y no sucede mayormente con otras cosas del país – nosotros nos sentimos representados. Cuando juega el equipo nacional hay algo en juego que parece ser más que un mero juego de pelota de once contra once. Tal vez, este acto, o aspiración, sea un reemplazo de esas otras cosas en las que no nos sentimos representados, por ejemplo la política, la economía o la cultura. (1)

En cada presentación del seleccionado se anhelan dos cosas: ganar – propio de cualquier juego o deporte – y ser nosotros. Esto es que esa representación sea completa en modo argentino, que la forma y las cualidades expuestas nos representen, y que cada intérprete del conjunto sienta y exprese algo similar a cualquiera de nosotros. Nos referimos a una tradición cultural que inclusive va más allá de lo estrictamente futbolístico. Tiene que ver con nuestro sentir argentino, con nuestra pasión por las cosas, nuestro compromiso solidario, con el barrio y con algunas piezas que nos distinguen como país: nuestra historia, nuestro tango, nuestra literatura y nuestro cine. Nuestro arte: y en él, nuestros héroes.

Respecto a la obligación de ganar, más allá de que muchas veces representen frustraciones en otros campos, tiene que ver con que nuestro país cuenta a priori con una ventaja por sobre casi todos los demás: la calidad de los jugadores, de sus directores técnicos, y los planteles que conforman nuestros equipos. Aunque a veces la idolatría más baja se expresa en el gusto de tal o cual jugador porque juega o jugó en tal club, o por estadísticas que poco tienen que ver con sus partidos en la selección. Muchas veces, ciertos periodistas nos quieren hacer creer que tal jugador por su rendimiento europeo es mejor, más apto para ocupar un lugar en el seleccionado que uno que juega en Boca o en River. No estoy tan seguro de ello, aun de aquellos que se destacan mucho y cada fin de semana en ligas supuestamente mayores. El tema central es cómo juegan con la camiseta de la selección, cómo jugaron y cuánto rindieron, más allá de sus rendimientos individuales en otros equipos y otros contextos.

Vivimos en la era de las novedades, y el público – sobre todo los más jóvenes – se deslumbra por el fútbol del exterior: los estadios modernos y llenos, los campos de juego y entrenamiento en perfectas condiciones, y sobre todo los millones de dólares que vuelan de un lado para otro pagando precios exorbitantes por jugadores de medio pelo. No digo todo esto por Messi – vale la aclaración – ya que considero que Messi le ha dado a la selección más que ningún otro jugador en la historia. A propósito, el que menos necesita ganar un mundial para ser un héroe, en este equipo actual, es Messi, porque ya lo es desde hace rato. Sin embargo, es él, justamente, el que más quiere ganarlo. Pero después nos ocuparemos de Messi.

El tema central del asunto – en cuanto a los resultados obtenidos por la selección argentina sobre todo en mundiales – es el director técnico. El DT. Porque por más calidad que tengan nuestros jugadores, por más confiados que estén y por más que sean “los mejores del mundo”, tiene que haber una idea. Esa idea – la del director técnico – es la que puede (o no) convertir al jugador – o a varios – en un héroe. Muchas veces de manera independiente de la supuesta belleza del juego llevado a cabo.

La belleza del juego del fútbol es un tema tan polémico como problemático. Inclusive suele cambiar con los tiempos – y con los diversos campeonatos y equipos – los supuestos de belleza en las discusiones sobre el juego. El resultado – éxito o fracaso – suele cortar de cuajo ciertas disputas sobre ideas, formas y miradas. Lo que no se debe hacer es un análisis parcial, sino lo más amplio posible. Un equipo no debe jugar bien un ratito, o unos pocos partidos, o realizar un gol memorable. El jugar bien debiera estar relacionado con el objetivo, con el torneo o el fin por el que ese estilo, esa forma, es la que se cree indicada para lograrlo. Ahí puede aparecer o no lo heroico: el mejor representante de esa comunidad / equipo de fútbol.

Tradicionalmente, el héroe es que busca, el que necesita algo, el que va en busca de ese algo. Y en su periplo, da sentido a las cosas. En su camino debe cumplir una serie de pruebas, para las cuales tendrá ayudas, guías, oráculos. También despistes y trampas. Allí mostrará su falla, su talón de Aquiles, su limitación. El héroe está siempre tironeado por una bipolaridad entre este mundo y el otro. Porque lo oscuro acecha, y la mirada del héroe está por encima de la normalidad, ya que el héroe es aquel que renuncia a su individualidad inmediata en pos de un ideal más alto, atendiendo a sus deberes comunitarios. En el cine, el héroe es con quien nos identificamos, ya que porta el elemento mítico, ejemplar. En el fútbol es igual, o casi. Pensemos en la destreza física, la acción, el compromiso, el jugar a todo o nada.

Hay dos tipos de héroes en el fútbol, y en orden jerárquico. El director técnico que elige a los jugadores – es ante todo un seleccionador –, arma el equipo, ordena, impone determinado tipo de entrenamiento, decide e intenta imponer una forma de juego. Por otro lado, el jugador, la estrella, que ejecuta, a veces de manera brillante, aquella idea. El primero es un héroe oculto, a la sombra, secreto. El segundo – el jugador – es el que brilla, el que se ve en la cancha, así como vemos a los actores en la pantalla.

El director técnico de un equipo de fútbol es como el director de un film. Tiene una idea y organiza todos los recursos para llevarla adelante. Algunos dirán que uno es un juego – el fútbol – y como tal hay un oponente claro, con otra idea, donde gana uno o el otro, o empatan. Y entonces la idea se ve limitada. Es cierto. El cine, en cambio, es un arte y como tal no tiene nada que se lo oponga en su desarrollo y realización. No estoy tan seguro de eso. Al director de cine – sobre todo hoy en día – se le oponen varias cosas: la limitación de entendimiento, los supuestos culturales, los problemas presupuestarios, el periodismo. En esto es coincidente con el fútbol. Al director técnico también se le opone el periodismo deportivo, que muchas veces intenta disimuladamente – y no tanto – elegirle los jugadores y armarle el equipo. Esos oponentes son los cantos de sirena de una y otra actividad, que se parecen tanto más de lo que suele advertirse.

Tener una idea de juego es, sin más, saber cómo hacer para ganar un partido (o un campeonato). La idea no se relaciona de manera obligada con el lirismo o con algún tipo de forma preestablecida. No es algo romántico. Hay tantas ideas de juego como directores técnicos serios. Siempre y cuando ese modo, esa estructura táctica, se manifieste en la cancha y se extienda exitosamente en el tiempo. Algunos creen que la idea de juego es la de ellos, y los que no coinciden con ellos, entonces no tienen idea de juego. No es así. Una idea es eso: una idea. Algo a lo que uno aspira como ideal, platónicamente hablando. De hecho se ha ganado y se ha perdido con las más diversas ideas de juego, y ninguna garantiza el triunfo seguro. A veces la idea viene de arriba en un club – presidente o dirigentes e hinchas – y se busca sucesivamente entrenadores que se parezcan a esa idea buscada. En pocas selecciones de países sucede esto, en la nuestra seguro que no, por desgracia.

El tema es la capacidad del entrenador – y del director de cine – de seguir adelante con su idea, de desoír esos cantos de sirena, convencer a sus dirigidos y dar hasta la última gota de sangre en pos de eso que cree. De esa manera se convertirá en héroe – recorriendo cada paso correspondiente a su tarea – y logrará hacer heroico a su equipo y hacer brillar a sus estrellas. Cuando falla el que dirige – o porque no está convencido, o no convence, o porque es débil y se lo llevan puesto – falla la idea, falla el equipo y como consecuencia directa falla también el resultado. Lo mismo en el cine. Cuando acierta, cuando elige bien a los intérpretes, cuando impone su idea de juego, cuando se está en cada detalle, cuando no se subestima nada, ahí suele aparecer el equipo y los resultados esperados.

La casualidad no existe, y la suerte apenas. El tema es saber a qué se juega y qué se juega. Cómo manejar ciertas dinámicas del proceso – también creativo – y saber que el héroe ataca, pero también defiende. Y saber también cuál es la batalla que se presenta y cómo debe afrontarse la misma. Porque como todo futbolero sabe no es lo mismo un campeonato corto por eliminación que un campeonato largo por puntos. Se necesitan diferentes estrategias, diferentes cuidados, diferentes detalles y a veces diferentes soldados. El Mundial de fútbol es el torneo más importante que juega un seleccionado de este deporte.

El Mundial, que se juega cada cuatro años, implica determinados cuidados y atenciones especiales, distintas a otras competencias. Gana, por lo general, el que mejor se defiende. No el que mejor ataca (2). La eliminación directa a partir de la segunda fase no permite errores que pueden ser irreparables en noventa minutos. Esto no implica la obligación de planteos ultradefensivos necesariamente, pero sí evitar de todas las maneras posibles que el otro nos haga daño, que el rival nos llegue a nuestro arco. Puede ser por la acumulación de defensores o jugadores con características de marca, puede ser por el sostenimiento permanente de la pelota para que el otro no juegue, o por ambas combinadas. Pero si observamos en detalle los goles en contra de cada equipo campeón de un mundial – o subcampeón –, nos vamos a dar cuenta que se reducen a la mínima expresión, Y que el cero en el arco propio es garantía, o casi, de pasar a la siguiente fase. Por ejemplo, la España campeona del 2010 en Sudáfrica, halagada por su gran juego de equipo y muy vistoso, ganó los cuatro partidos eliminatorios de la segunda fase 1-0. Todos. El único gol que le hicieron en todo el mundial se lo hizo Suiza en su primer partido en la zona de grupos. Otro ejemplo: El único gol que recibió nuestra selección en la segunda fase del mundial pasado (2014) fue en la final, en tiempo suplementario, lo que hizo que no logremos salir campeones.

Por muchos de estos detalles, algunos consideramos que la figura de Carlos Bilardo (director técnico de nuestro seleccionado de 1983 a 1990) se agranda con el correr del tiempo y de los mundiales. Porque hizo de sus dos equipos que compitieron en los mundiales – de México en 1986 y en Italia en 1990 – unos cuantos héroes. Sabemos que el héroe secreto era él. Bilardo fue un adelantado a su tiempo: muchas de las preocupaciones tácticas de hoy, fueron experimento de Bilardo en los años ochenta del siglo pasado. También tiene su mérito en el momento en que cada jugador llega a su punto más alto de rendimiento para la competencia, como es el caso superlativo de Maradona en 1986. Había un equipo sólido que jugó en altísimo nivel cada partido y que sostuvo la idea para que el diez se luzca. Más mérito todavía en 1990, donde algunos jugadores no estuvieron a la altura de las circunstancias, donde el clima fue más que hostil, Maradona lesionado parte del mundial, y encima nos toca empezar perdiendo el primer partido contra Camerún. Así y todo, el equipo logra llegar a la final, y estuvo a poco de ganarla. Algo similar ocurrió – para no ser injustos – con el equipo de Alejandro Sabella del mundial pasado en Brasil. Ojalá en un futuro no muy lejano el Cholo Simeone pueda dirigir la selección argentina, porque tiene la misma pasta, el mismo detalle, los mismos cuidados, y similar impronta heroica a la de Sabella y Bilardo.

Sobre los hechos del pasado, aún los futbolísticos, solemos crear discursos cerrados y juzgados. Por lo general uno – aquello que también en el fútbol es la historia oficial. A veces, dos interpretaciones simétricas, que se oponen apenas en la superficie. Así, parece ser que el mundial de 1990 en Italia será siempre un papelón, Simeone un director técnico defensivo y sin ideas, Sabella un entrenador con suerte que llegó a una final por hacer lo que no quería, y tantas otras cosas delirantes que entre el periodismo torpe y el futbolero medio que compra, se arman y tergiversar la realidad creando un sinsentido. Parecería que sólo a esas miradas hay que obedecer, parecería que hay que repetirlas, a ver si algún día se transforman en verdad. Es muy argentino, últimamente, reescribir la historia como si fuera un guion, para hacerle decir lo que nos conviene o nos sirve.

De Bilardo hasta hoy han pasados varios entrenadores – sobre todo en el último tiempo –, algunos de ellos buenos y otros no tanto. Abundaron los charlatanes, los que explican todo pero el equipo no aparece, los que descuidan detalles importantes, los caprichosos y los débiles, los que no tienen en cuenta muchas de las enseñanzas que nos dejó Bilardo – y su discípulo Sabella.

El héroe se enfrenta a todo porque hay algo más alto por lo que pelea. No se deja amedrentar por silbidos, ni opiniones de afuera (Bilardo dijo una vez: “los periodistas no tiene arcos”), no se asusta, no se rinde, ni permite que las dificultades, los imprevistos y los errores, lo distraigan de su idea, de eso que está más alto, de eso otro por lo que luchan. Si es así, nos sentiremos plenamente representados, y la expectativa puede transformarse en realidad.

Volviendo a la analogía entre el entrenador de fútbol y el director de cine, nos concentraremos ahora en el héroe como la figura que vemos: el jugador (la estrella) – análogo claro, al héroe cinematográfico. El que sale a la cancha. A partir de la idea del entrenador, y ajustado a ella, brilla el héroe visible, la estrella futbolística que, en otros países y en otros tiempos, fue Pelé, Moreno, Di Stéfano, Cruyff, entre otros. La hazaña, el carácter de único, lo legendario, lo recordado cada vez que miramos para atrás… aquello que sobresale.

En nuestro país, más allá de grandísimos jugadores de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta, debemos empezar – si nos ajustamos a la figura heroica – por Mario Kempes. El héroe y campeón mundial con Argentina en el mundial de 1978 (3), jugado en nuestro país. Kempes era un jugador formidable: duro, habilidoso, fuerte, inteligente, y tácticamente brillante. Kempes hizo un mundial fenomenal, y de la mano de su desempeño – sobre todo en la segunda fase – logramos ganar aquella copa del mundo. Hacerse cargo de la situación en momentos difíciles es también característico del héroe.

El siguiente y obligado es Diego Maradona. Su brillo en el mundial de México en 1986 fue único. La influencia de su juego y habilidad fue determinante. Su guapeza, su preparación, su estado físico, su extrema habilidad, y el hecho de llegar a la cima de su carrera en medio de aquella copa del mundo. Los dos goles a los ingleses – los dos por diferentes motivos – quedarán en la memoria de los argentinos (y de los hinchas de fútbol en general) por siempre. El segundo es el mejor gol de la historia de los mundiales hasta ahora, y difícil de superar. Los dos goles a Bélgica en la semifinal de aquel mundial, y el pase formidable en la final con Alemania. También fue importante Maradona en el mundial de Italia en 1990. Por jugar lesionado varios partidos, por enfrentar tantas dificultades, por aquella jugada contra Brasil en octavos de final que terminó en el gol de Caniggia, y por la importancia para el grupo.

Hay héroes menores en la historia de nuestro fútbol, pero héroes al fin: Jorge Burruchaga, aquel que realizo la corrida y el gol contra Alemania en la final de 1986,  pero que también ha jugado de gran manera en los dos mundiales que le tocó participar. Sergio Goycochea, el arquero de las hazañas en los penales del mundial de 1990 que nos permitieron llegar a la final, además de ser campeón en las últimas dos veces que Argentina ganó la Copa América – en 1991 en Chile y 1993 en Ecuador –, jugando como titular en ambas y con buen rendimiento. Claudio Caniggia por el gol a Brasil en 1990 que hacíamos referencia más arriba, pero también por ser uno de los mejores jugadores que vistió la camiseta de la selección en los últimos treinta años. Además de aquellos dos golazos contra Nigeria en el mundial de Estados Unidos en 1994. Gabriel Batistuta fue un goleador tremendo, un jugador que daba hasta lo que no tenía y que hacía goles de todas las maneras. Fue el héroe de la Copa América en su tiempo, héroe y goleador. Campeón en 1991 y 1993, y de una influencia notable en ambos logros. Además de ser el jugador argentino que más goles hizo en campeonatos mundiales – hasta ahora – con diez tantos.

Nos queda Messi. Vivimos en la era Messi. Tenemos la oportunidad de verlo ahora, en vivo y en alta definición. Messi es el presente, y algo del futuro. Messi ya es un héroe, y va a ser recordado aún más que los nombrados más arriba. Por empezar, Messi podría haber jugado en la selección de España a la cual fue invitado a participar y él – de muy joven – decidió jugar para Argentina. No todos en su situación lo hacen, y eso habla muy bien de él. Estuvo siempre disponible – aún en el mundial de Alemania de 2006 jugando menos de lo que se merecía –, y dio la cara siempre y jugó siempre, y siempre bien. Messi mantiene un nivel desde 2007 hasta hoy – que lo coloca como el mejor jugador del mundo por lejos durante todo ese período – que es sorprendente. No decae, brilla siempre, hace goles siempre, es el mejor de su equipo y el mejor de nuestra selección siempre. Messi es el jugador que más goles ha hecho en la selección en la historia – y va a seguir haciéndolos por un tiempo más – y es uno de los jugadores que más goles ha hecho en la historia del fútbol mundial (ya ha pasado los seiscientos con treinta años de edad). Ay… los goles de Messi: Las definiciones mano a mano con cualquiera de sus dos piernas, los tiros libres, los penales, las gambetas, la ubicación en el área (sobre esto se debería hablar más y muchas veces se desatiende), los caños, los sombreros, las pisadas, el primer palo o el segundo (4). Pero además, Messi es el hoy, el presente, la posibilidad de volver a ser, la esperanza. Por Messi y  su salud rezamos antes de comenzar una competencia. Y qué bueno que sea Messi. Es enormemente placentero ser contemporáneo a Messi. Hay que agradecerlo cada día.

 

El héroe es la fuerza, el corazón, el líder, el que hace la acción física, vital. Es quien se hace cargo del destino que le toca. El héroe es quien se hace cargo de la comunidad y mediante su ejecución la lleva a lo más alto. Es quien interpreta ese destino y arrastra al resto hacia ese objetivo.

Se está jugando un nuevo mundial, en Rusia nada menos, y una vez más estamos atrapados por el fútbol. Fútbol un mes entero. Pasión por el fútbol. Piel de gallina por el fútbol. Fútbol representando a nuestro país. Veremos si los ídolos de acá o de allá se transforman en héroes.

 


(1) También nos han representado – aunque parcialmente – y por los mismos motivos, equipos, clubes y épocas que se hicieron grandes en su despliegue y que son recordados por sus hazañas deportivas del fútbol argentino: el Racing de Juan José Pizzuti (1966-67), el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía (1967-70), el San Lorenzo Bicampeón de Juan Carlos Lorenzo (1972), el Huracán de César Luis Menotti (1973), el Independiente multicampéon de América de los setentas (1972-75), el River de Ángel Labruna (1975-80), el Argentinos Juniors de Yudica (1985), el River del Héctor Veira (1985-87), el Vélez de Carlos Bianchi (1993-96), y el Boca también de Bianchi (1998-2003), entre otros.

Los dos primeros directores técnicos nombrados (Pizzutti y Zubeldía) fueron, junto a Menotti y Bilardo, los entrenadores más revolucionarios que tuvo nuestro fútbol y verdaderos adelantados a su tiempo.

(2) Nunca mejor que acá, el repetido dicho de que los equipos se arman de atrás para adelante.

(3) Contrariamente a lo que se supone, Argentina en 1978, fue – además de Francia en 1998 – el último campeón local de un mundial. Algo que era habitual tiempo atrás (Uruguay en 1930, Italia en 1934, Inglaterra en 1966, y Alemania en 1974), no se volvió a repetir desde 1978 hasta hoy.

(4) Messi es 9. Centro delantero, goleador. El mejor centro delantero de la historia del fútbol. No es mediocampista, ni armador, ni enganche, ni media punta. Messi es nueve. Probablemente termine siendo el jugador con más goles oficiales de la historia. Aún le queda cuerda para rato.