¿HÉROES QUE SUEÑAN O DUERMEN? / Melina Cherro

1-JASÓN

Todo empieza en el café “Los Argonautas”. En ese bar en cuyo nombre se cifra una idea. Esa idea o mejor dicho esa fantasía, es la que acompaña aEmilio Gauna durante toda la novela. Pero es también una ambivalencia, una duda, una incomodidad. Pensemos en ese bar, con ese nombre. Y miremos muy bien qué cosas allí ocurren. Porque “Los Argonautas” es el lugar de la charla, el lugar de decir mucho, de tomar, de fanfarronear. Es el lugar de la chicana, de medirse con una cerveza en una mano y el taco del billar en la otra. Y después irse a casa, a descansar.

Lejos está ese bar de ser el Argo, aquél mítico barco que llevó a Jasón y a sus tripulantes –los argonautas– a esas tantas y maravillosas aventuras que los transformó en héroes.

Gauna tiene un sueño, o un recuerdo, o una predestinación. Ni él mismo lo sabe. Y en esa ambivalencia, en esa expectativa que lo tiene a la espera de aquello que entrevió luego de tres noches y tres días de fiesta carnavalesca, imagina que ese bar y que los muchachos son una transmutación de aquellos héroes.

Gauna vive incómodo, perseguido por ese deseo. Por  la sombra de esa duda. Si lo vivió, si su aventura fue real; su tragedia es no recordarla. Su busca –no tan incansable como el viaje de Jasón– es para volver a pasar por ella.Para tener la certeza, para saberse un héroe, para encontrar su lugar. Pero si esas imágenes que lo acechan por las noches –la pelea en el bosque, ese recorrido por lugares que le configuran esas tres noches como una gran aventura– no son un vago recuerdo, pero tampoco son tan sólo un sueño; entonces esas imágenes son el oráculo, son la predestinación.

Como todo héroe,Gauna debe ir a cumplir su destino.Y si el bar y los muchachos son una reconfiguración imaginaria del Argos y sus navegantes; Gauna es en el barrio como  Jasón en su regreso a Yolco, un completo extranjero. Porque Gauna es un huérfano que llega al barrio desprendido de su pasado; guardando apenas unos recuerdos confusos de una infancia un tanto solitaria; decidido sí, a forjarse un porvenir.Aunque ese porvenir resulte breve y su vida y su muerte transiten velozmente, al igual que ese barco mítico, el Argo, el más veloz de su época.

2- ORÁCULO

Pero Bioy lo sabe. Ni el bar es el Argo; ni los muchachos son los argonautas; ni Gauna es Jasón. La vida moderna, la ciudad, la rutina, han despojado a estos muchachos, los protagonistas de su novela, de esa predestinación heroica que Jasón y sus argonautas aceptaban sin zozobra. Gauna duda, porque no sabe; porque no encuentra la forma de ser un héroe.Si su día empieza en el taller y termina en el bar. Si su novia, Clara, se sabe cuidar sola a pesar de que se deje acompañar. Si su mejor amigo lejos de ser Hércules dispuesto a seguirlo en la aventura, es un joven enfermizo que prefiere quedarse tomando mate en la cocina de la pequeña y fría habitación en la que viven.

Y es esa incomodidad, la de Gauna que no se haya, es la que Bioy sabe poner en su escritura. Porque si cuando hablamos de cine hablamos de puesta en escena; cuando hablamos de literatura hablamos de las palabras y de las formas que estas palabras adquieren. Bioy le da cuerpo a esa incomodidad en la forma en que la novela está escrita.Si leemos con atención, encontramos que el autor no cierra los capítulos. Es decir, no los resuelve, no les da un final; pero tampoco son abiertos.

El final de cada capítulo es una frase incómoda; una pregunta; una falta. Esa pregunta, esa falta, cierra en cierta medida lo narrado en el capítulo –y elípticamente refiere a algo anterior o a lo que vendrá– sin embargo, no lo hace de la forma en la que el lector lo espera. Siempre es un final corrido. Levemente desviado, como si fuera al costado del carril. No es un carril paralelo, tampoco es uno perpendicular. Es un carril que se encuentra a un lado, aunque al leer no sabemos bien en qué lado ubicarnos. Llegamos al final de cada capítulo incómodos,  porque con cada frase de cierre tenemos que leer nuevamente. El sentimiento es de no saber bien donde estamos ubicados. Es como si no pudiéramos definirnos si es una cosa o es la otra. Si Gauna piensa certeramente o si Gauna está equivocado. Si lo que le dicen es verdad, o si lo que le dicen es una fabulación.

Tal vez esta incomodidad sea también la incomodidad de Gauna, que vive en el presente pero siempre añorando aquella noche, la aventura de los lagos y la mujer de la máscara. Entre la vigilia y el sueño Gauna anda incómodo; incómodo entre sus amigos; incómodo con Clara; incómodo con Valerga y con Taboada. Esa incomodidad Bioy se la transmite, se la traspasa, al lector que párrafo tras párrafo busca acomodarse, pero no puede, porque anda igual que Gauna, en la incertidumbre. Como Gauna, entre dos mundos.  Un poco soñando y otro poco despierto.

Y la incertidumbre es, quizá, el tema de la novela. O tal vez el destino.  Ese destino que Gauna prefigura en un sueño, como en un oráculo.

 

3-HERCULES

Y si hablamos del incómodo Gauna, tenemos que hablar también del impasible Larsen. Su mejor amigo, el de la infancia; el que lo llevó al barrio, a trabajar en el taller, a conocer a los muchachos y al doctor Valerga.

Larsen es otra incomodidad en el relato. Y es así porque en la dudosa memoria de Gauna, esa en la que guarda ciertos recuerdos de la infancia, Larsen aparece como aquél que en un terreno baldío, defendió el honor de su amigo frente a unos vecinos abusones. Pero es también el que guarda el recuerdo de una noche en la que el pequeño Emilio, puesta en escena mediante, ahuyentó a unos ladrones que querían asaltar la casa en la que Gauna vivía junto a sus tíos. Esas memorias incompletas, fabuladas, son las que construyen esa amistad invulnerable, esa complicidad, ese entendimiento que sólo tienen los héroes.

Pero como dijimos más arriba, Larsen no es Hércules. No es un valiente guerrero dispuesto a todo. Ni a la aventura, y ni siquiera –trágicamente–, a rescatar a su amigo cuando el fin está cerca. Quizá porque Larsen sabe que haga lo que haga, o lo que no, el oráculo –ese que Gauna vio en sus sueños, o aquél que le predestinó el Brujo Taboada–se cumplirá indefectiblemente.

Si el héroe en el relato mítico es pura potencia, es decir, es la capacidad de realizar las tareas más imposibles para cumplir con aquello que le han asignado; Larsen es en ese sentido, la impotencia. Larsen es quién presenta a Gauna ante los muchachos y el doctor. Y una vez que ha realizado este acto, se mantiene al margen, sin intervenir. No asiste a esa primera juerga de carnaval por un resfriado, dejándolo a su amigo en la más completa soledad, en manos ya del destino. Teniendo la posibilidad de subsanar aquella falta, repite nuevamente su ausencia. Esa ausencia que es su imposibilidad y que se proyecta doblemente cuando se niega a colaborar con Clara, en ese segundo rescate, una vez más, por cuestiones de salud.

Si es Gauna el que sale al mundo; el que trasnocha con los muchachos; el que quiere saber la verdad; el que se enamora de Clara y hasta el que va a la panadería; Larsen es esa quietud, esa inmovilidad que caracteriza la impotencia.

Y si elegimos esta palabra, no podemos dejar pasar aquella otra connotación, esa más referida a lo sexual.

Y esto nos lleva al asunto del doble.

 

4- LOS ANDRÓGINOS

Si cada uno de los muchachos tiene su apodo, es porque Bioy entiende que cada uno tiene un doblez:  Valerga es el Doctor y Taboada es el Brujo. Y ambos a su vez, son los opuestos que se completan.  Clara, lo sabremos más tarde, es la Máscara. Las primeras tres noches, tendrán sus segundas tres noches. Pero una vez más, no todo es tan directo, ni tan fácil. Porque Bioy lo sabe, la incomodidad, la indefinición es parte de su relato porque es, como hemos dicho, la ambivalencia de su protagonista.

Entonces los apodos en los muchachos no son intercambiables. Es decir que no se los nombra por su nombre o por el apodo, sino –generalmente– por los dos juntos. Así ese doblez está siempre presente, recordándonos incansablemente esa ambivalencia. Esa pregunta: ¿ocurrió o fue un sueño?

De la misma manera, el “doctor” de Valerga es cuestionado por Taboada: “¿Doctor en qué?” le pregunta a Gauna; y como corresponde, el joven no tiene respuesta. Por oposición, el “Brujo” de Taboada también genera sospechas y también supersticiones.

 

Así es que esa estructura doble sostiene el relato; esa estructura es desde luego, la estructura doble de los sueños. ¿Por qué, qué son los sueños sino otra esfera de nuestra existencia? ¿No es acaso ese deseo de Gauna de revivir aquello que el cree haber vivido, una experiencia doble y constante en la mente vivaz del lector?

Esa estructura de dobles que son opuestos y complementarios es la que funciona entre Gauna y Larsen. Ninguno tiene apodo. Y esto es así porque respecto a los muchachos, ellos funcionan como par. Son Gauna y Larsen, los dos juntos. Y también son los dos que funcionan aparte, es decir, los que pueden recortarse –en más de un sentido– de ese sustantivo colectivo “muchachos”.

Y si Gauna es el héroe en potencia, Larsen es el amigo impotente. Es en esta forma de accionar, en la que se complementan. Mientras uno hace, el otro mira. Mientras Gauna se mueve en sus periplos mentales, imaginando escenas diferentes con Clara, con Baumgarten, con los muchachos y Valerga; Larsen se mantiene impasible, cebando mate. A veces, esa detención de Larsen lo vuelve inteligente, porque le devuelve a Gauna frases demoledoras, que lo dejan a Gauna, otra vez, en ese intermedio. Y es quizá, cuando Gauna queda suspendido, el momento en el que más se parece a Larsen. Porque la suspensión, le genera inacción. Es esa inacción la que lo lleva a Gauna a apresurar su destino.

Así, estos amigos inseparables que viven juntos cual matrimonio, se ven interferidos por la presencia femenina. Esa presencia que lo deja fuera a Larsen, y que lo lleva a ocupar los espacios que Gauna deja vacíos: acompañar a Clara cuando él no está, porque su busca lo convierte en ausencia. Ese lugar de tercero de Larsen, de pareja que no pudo ser, también lo vuelve impotente.

Es que Clara irrumpe en la vida de ambos, cortando con esa apacible vida masculina, con esa amistad íntima y viril que ambos muchachos mantienen en la fría habitación de la pensión en la que viven. Quizá entonces Larsen sabe, que pase lo que pase, ya ha perdido a Gauna, de una manera o de la otra. Y se sabe impotente, porque es incapaz de recuperarlo.

 

5-MEDEA

Y si Jasón tiene a su Medea, esa mujer maga, mujer fatal que los salva pero lo captura; Gauna tiene a Clara. La hija del brujo Taboada. Su filiación la vuelve bruja también, es la heredera de la predestinación. Herencia que la vuelve poderosa, pero también temible. Al menos es así a los ojos de Gauna, que preso de sus divagues y ensueños, pasa del resentimiento al amor; del desprecio y rechazo al deseo y la pasión. Clara le despierta todo eso. Tal como Medea a Jasón.

Porque Clara es perfecta, es bella, es poderosa. Pero es la que lo ha separado de Larsen y de los muchachos, y del Doctor. Y al separarlo de todos ellos, Clara lo aleja de su destino heroico. O de eso que Gauna cree que fue la gran aventura de su vida.

Gauna está tan dormido que no ve que tiene ante sus ojos a esa mujer que es única en el mundo. Porque Clara, que es la luz, es también aquella máscara –la de la noche y el carnaval– que lo deslumbró. Esa máscara que busca en cada mujer vulgar, de cabaret, de vida nocturna. El dormido Gauna no se da cuenta que esa mujer fascinante que anhela, es en realidad, su esposa. Preso de la rutina, de la vida moderna que lo obliga al trabajo, a la pequeña pieza de pensión, y a los frustrantes intercambios verbales en “Los Argonautas”; Gauna incorporó para si aquella mirada sobre la mujer que se instaló en la mentalidad burguesa a partir de la revolución industrial: la mujer ángel, la esposa, la pura, la diurna; y la mujer demonio, la oscura, la prostituta, la nocturna. Gauna mantiene esa representación mental de lo femenino; necesita separar a su mujer –Clara– de aquella otra mujer de la noche y de la fiesta. Por esto mismo, tampoco puede asumir que Clara tenga ese otro lado, el de la actriz que ensaya todas las noches una obra de teatro.

Gauna busca y encuentra motivos para imaginarse traiciones; para ver en Clara un doblez oculto, oscuro y mentiroso. Cuando en realidad, esa afición de Clara por la actuación no es más que una forma que ella tiene de poner en escena su verdadero doblez; el de esa otra forma de mujer, que habiendo heredado a su padre, conserva un conocimiento una forma de ver el mundo que es anterior a esa Buenos Aires moderna.  Gauna no puede ver lo evidente. No puede asumir que esa mujer que tiene a su lado es en realidad una síntesis de las dos. O más aún; es otra forma. Una diferente que él desconoce y que tardíamente quizá llega a comprender.

Y esto es quizá lo más trágico de la novela. Gauna, queriendo ser un héroe se propone una prueba inútil, una que no conduce al triunfo, más allá de su propio egoísmo. Ese deseo de escapar de la rutina, de la vulgar vida cotidiana; de revivir aquella pelea en los bosques frente a Valerga; lo conduce una y otra vez a olvidarse de ser el héroe –el verdadero– que Clara necesita. Ese que la acompañe en la gran noche del estreno de una obra, o en la difícil muerte de su padre. Ese que la acompañe en la aventura propia de tener un auto y salir a recorrer el pequeño mundo que los rodea. El que entienda que Clara es otra cosa y que por eso, toda vivencia junto a ella, será una real aventura.

Y como Gauna está soñando, es Clara la que debe rescatarlo. Pero no. Ella no nació para ser héroe. Nació para ser oráculo. Clara llega tarde a los bosques, porque no puede repetir la hazaña de salvar a Gauna. Si el héroe está dormido, la pitonisa no puede ocupar su lugar.

 

6- EXCURSO. EL OTRO HEROE DORMIDO

Pero Gauna no es el único héroe dormido de nuestra literatura. Si El sueño de los héroes es una de nuestras más grandes obras; Rosaura a las diez de Marco Denevi es tal vez otra. Ambas son un retrato sagaz de lo argentino. Un entendimiento profundo de nuestra mentalidad, de nuestro temperamento. No es casual entonces, que en Rosaura a las diez el mitologema del doble actúe como constructor del relato, del conflicto y de los personajes. Y el punto de partida, una vez más, es con un protagonista que sueña despierto.

Camilo Canegato sueña mucho. Sueña mucho por las noches, a tal punto que cada vez es una pesadilla, pero sueña también de día. Sueña despierto, imagina. Tan potentes son sus sueños que es capaz de crear una mujer. De inventarse una perfecta y preciosa Rosaura; con cuadro –es decir imagen– y todo. Si Camilo es doble desde su apellido; Rosaura lleva en su nombre a la flor que representa lo eminentemente femenino y a esa otra palabra “aura” que nos refiere a varias cosas. Por un lado es el nombre de una Ninfa que enamoró a Dionisio, pero que era tan veloz que se le escapaba –así como Rosaura parece escaparse de las manos de Camilo.Pero por el otro es ese extraño e incómodo estado que precede a un ataque de algún mal físico intenso (ataque de epilepsia, de asma, etc); es una conmoción, es casi ese estado de ensueño en el que vive Camilo. Así, en su creación, Camilo imagina a una mujer perfecta: bella y diurna, pura e infantil; pero también la que es capaz de desatar las pasiones más oscuras y prohibidas, que no teme manifestarlas. Quizá Camilo la sueña así porque en verdad no es capaz de aceptar ni a la una ni a la otra. ¿Alguien imagina en verdad a Camilo Canegato viviendo una pasión desenfrenada? Y esta pregunta es nuevamente parte de esa incomodidad, aquella similar a la de Gauna. Aunque en muchos sentidos Gauna y Canegato se parecen, en muchos otros son completamente opuestos: mientras que Camilo sólo quiere la apacible vida de la pensión junto a su amada Matilde; Emilio quiere ser un héroe en busca de la aventura de los lagos. Mientras Camilo es temeroso y cobarde; Emilio no hace más que buscar la confrontación para medir su valentía. Y sin embargo, ambos, despliegan sueños e imaginerías diurnas, fantaseando con vidas y personajes que quizá ni existan.

Canegato, preso de muchas cosas, vive imbuido en su mundo de ensueños sin darse cuenta que hay una mujer que necesita de un héroe. Porque la principal tragedia de Rosaura a las diez es que la verdadera y también doble Marta/María necesita ser rescatada. Rescatada de esa vida miserable de mujer de la calle, de pasado oscuro. Rescatada de sí misma que no puede verse de otro modo que no sea como una estafadora. Rescatada de las miserias del mundo que la confinaron a ser esa otra, a ser la mujer de la noche. Camilo, soñando con Rosaura y anhelando el amor de Matilde –aunque todos sabemos que hay un momento en donde quizá Matilde ya no importa, porque Rosaura es tan real que se devora a todos– sigue viendo en Marta/María a esa oscura mujer. Y esa etiqueta, esa definición, viene también por su causa. Camilo es la impotencia de accionar en la vida real, y la potencia de un sueño inexistente.

Será quizá muy argentina esta forma de mentalidad. Mientras más  producimos grandes periplos mentales, sueño imaginados, aventuras perfectas; más detenidos e impotentes nos quedamos.

Qué será de las Claras que andan silenciosas por ahí, vaticinando un posible futuro, mirando más allá de lo evidente. Qué será de las María/Marta que caen una y otra vez en los oscuro de la noche. Qué será, si nuestros héroes están dormidos, soñando una aventura inexistente.