“THEY DRIVE BY NIGHT”, MÁS ALLÁ DE LAS ROCAS ENTRECHOCANTES / Javier Lodeiro Ocampo

Tradicionalmente el héroe enfrenta una prueba, o una serie de pruebas de dificultad creciente, que según todas las evidencias parecen superarlo. El simbolismo que encierra este desafío progresivo se relaciona con todos nosotros de una manera principal, porque refiere a las posibilidades últimas que conlleva el hecho de ser un humano. La prueba es siempre un escalón que puede llevarnos a un estadio superior, más cercano a nuestro fin último y que ya existe en potencia en todos nosotros, pero que implica un riesgo, y por tanto una posibilidad de caída.

En la inolvidable “They drive by night” (La pasión manda, Raoul Walsh, 1940) tenemos otro hermoso ejemplo del uso de este simbolismo tradicional por parte de Hollywood.

Ida Lupino es la esposa de un magnate bonachón y vulgar al que desprecia, pero tolera, obvio decirlo, por su dinero. Ida está enfermizamente enamorada del mejor amigo de su cónyuge, George Raft, pero George la rechaza una y otra vez por lealtad hacia el amigo.

Llegado el clímax de su frustrada obsesión, Ida asesina al esposo abandonándolo adentro del garage en estado de inconsciencia etílica y con el auto en marcha. La declaración de la viuda es tan categórica que la justicia ni siquiera imagina la posibilidad de un crimen y decreta que la muerte fue un accidente. Más tarde, y ante la persistencia del rechazo de George, la mujer despechada modifica su testimonio y declara que fue él quien la obligó a matar al esposo, y así logra que lo encarcelen.

Esta mentira la pone también a ella en la cárcel, pero a estas alturas lo único que le importa es destruir al inconquistable George. Sin embargo, la asesina ha perdido algo en la escena del crimen, algo que es intangible y que por eso jamás podría haber sido requisado por la justicia, pero sin lo cual no podrá triunfar: la cordura.

Lo interesante es que la cordura, o la personalidad, no se le cayó a Ida del bolsillo a la salida del garage. Lo que perdió le fue arrebatado, o mejor dicho cercenado, por un objeto material de lo más prosaico: el portón automático del escenario del crimen. Tras el asesinato, Ida cae presa de una fascinación morbosa con las puertas automáticas en general hasta volverse loca, y termina declarando en el banquillo que fue el portón automático del garage el que la obligó al crimen. Esto la inhabilita para inculpar a George y así el acusado queda libre.

Pero volvamos a las puertas. El psicólogo del tribunal habrá explicado la obsesión de Ida con el portón porque ese objeto artificialmente animado representa, en su mente desequilibrada, el momento terrible del crimen. Sin contradecir esta hipótesis, a nosotros nos interesa destacar que el portón cumple, en el devenir del film, un papel simbólico de lo más significativo y que lo emparenta con una clase de relato iniciático que es patrimonio de la humanidad desde el alba de los tiempos.

Entre estos, tal vez el ejemplo más conocido sea el de las Rocas Simplégades de la mitología griega. Como se recordará, las Simplégades eran dos enormes peñascos móviles situados en el Mar Negro, en el estrecho en que casi se unían Europa y Asia, que “flotaban” y chocaban velozmente entre sí. Los primeros en superar este obstáculo imponente fueron los Argonautas, gracias al consejo de Fineo, quien les dijo que liberaran una paloma para que cruzara entre las rocas en el momento justo. La paloma cruzó con éxito, aunque perdió las plumas de su cola. Los argonautas remaron y lograron cruzar, pero no sin perder en la operación parte del ornamento del barco.

Este tipo de historias se encuentra también entre los celtas, los esquimales y muchas otras culturas antiguas. Los estudiosos del tema las llaman “de la puerta activa” y tienen como principal punto en común el hecho de que el que se propone el cruce —un marino, un caballero, una liebre que atraviesa el huerto custodiado por un sabueso—, pierde en el intento, indefectiblemente, una parte de sí. Ahora bien, en todas, lo que el héroe pierde en el cruce es algo superfluo o accesorio, y lo que logra su cometido es lo esencial de sí mismo. A pesar de su pérdida, o mejor dicho gracias a ella, el héroe logra avanzar hacia el objeto de sus afanes.

Dicho de otra manera: en el camino del conocimiento —o de la realización de su fin último—, el ser debe desprenderse de todo lo ilusorio antes de intentar acceder a lo trascendente.

Pero sin adentrarnos en las fascinantes implicancias de este aspecto de la cuestión, volvamos al film del que estamos hablando. Ida persigue lo que considera la felicidad, lo que ella identifica como la realización de sus expectativas más grandes. Y ahí reside todo el problema: lo que ella considera su fin último es la satisfacción de sus pasiones. Y las pasiones, por definición, no se pueden satisfacer más que temporalmente. El paraíso que persigue Ida es un paraíso ilusorio, atado a lo más terrenal y pasajero de la condición humana. El conocimiento que busca es exactamente el reverso de lo que está del otro lado de la “puerta activa”.

Ida es un héroe que va escaleras abajo y no escaleras arriba. Ella marcha ciega hacia el resplandor de un sol falso, como la polilla obnubilada por la luz de un tren a contramano. Así, al enfrentar la prueba definitiva las rocas entrechocantes la pulverizan, como no podía ser de otro modo, y en lugar de subir un escalón hacia la luz que está por encima de nosotros, los restos de su ser se dispersan a la deriva en las aguas oscuras de lo sub-humano.