ANOCHECER DE OCCIDENTE / Alberto Tricarico Sobre la serie “Homeland”, creada por Alex Gansa y Howard Gordon

¿Por dónde empezar a desgranar una serie tan compleja como Homeland? ¿Por la historia de amor de las primeras temporadas entre Carrie y Brody? ¿Por el complejo lugar de ciertos agentes de la CIA en algunos conflictos externos norteamericanos? ¿Por la política, por el patriotismo, por la traición? Se me ocurre el siguiente diálogo entre Carrie y Brody para ilustrar un comienzo de dos puntos de vista que luego la serie desplegará a lo largo de las ya siete temporadas:

EL: Ni siquiera podés imaginar eso, ¿verdad? Creyendo en alguien más grande que vos, más importante que vos. Estamos en guerra, yo soy un soldado.

Ella: Sos un terrorista.

El: Imagínate que estás sentado cenando con tu esposa e hijos. Desde el cielo, como arrojado por un dios furioso, un ataque no tripulado golpea y los destruye a todos. ¿Quién es el terrorista? Peleamos con lo que tenemos.

Ella: Pervertís las enseñanzas del Profeta y lo llamas una causa. Convertís a adolescentes en bombarderos suicidas.

El: Generación tras generación deben sufrir y morir. Estamos preparados para eso. ¿Vos estás preparada?

Ella: Lo que sea que se necesite.

El: ¿De veras? ¿Con tus planes de retiro y comidas orgánicas, tus casas en la playa y clubes deportivos? ¿Tenés la perseverancia, la tenacidad, la fe? Porque nosotros sí. Pueden bombardearnos, matarnos de hambre, ocupar nuestros lugares sagrados, pero nunca perderemos nuestra fe. Llevamos a Dios en nuestras almas. Morir es unirse a Él. Puede tomar un siglo, dos siglos, tres siglos, pero los exterminaremos.

Ella: Como dije… sos un terrorista.

Carrie Mathison (Claire Danes) es una agente de la CIA. Sabe que tiene una misión que la supera  pero no le puede dar nombre. Deja de lado cada momento importante de su vida privada cada vez que el deber llama. Y el deber llama a cada rato, pero no en el teléfono o el mail, sino en su misma cabeza. Carrie es bipolar, toma ciertos medicamentos para tratar su enfermedad, a la que no enfrenta del todo porque sabe que su tratamiento real la sacaría del juego, del juego de su misión, de su rol en el mundo.

Carrie se enamora de Brody en la primera temporada. Nicholas Brody (Damian Lewis) es un agente norteamericano que fue secuestrado por los árabes en Medio Oriente y estuvo en cautiverio por años, tal es así que lo dan por muerto. Un día regresa. Él dice haber escapado pero lo que se sospecha es que se convirtió al islamismo, y ahora es un contra agente encubierto que operará en Estados Unidos. Mientras Carrie y su gente lo investigan, ella se enamora de él, y él de ella.

Cada temporada tiene su identificación como avance de la historia, y un nuevo ribete en la misión de Carrie. La primera (2011) es el encuentro, la sospecha y la investigación sobre los verdaderos planes de Brody, y el enamoramiento de ambos. La segunda (2012) es la historia de amor, la doble misión (por un lado, sus responsabilidades en la CIA, y por otro, desactivar los planes de su novio y hacerlo volver a casa). La tercera temporada (2013) es el tercer mundo: aquellos países que Estados Unidos hubiera podido integrar si se hubiera convertido en el imperio que no fue – imperio en el sentido romano del término. También Carrie se entera de que está embarazada de Brody. La cuarta (2014) es la batalla en Medio Oriente. Casi toda la temporada transcurre en territorio islámico: Básicamente en Afganistán, pero también en Irak, Siria, Irán, Paquistán, etc. Toda la tecnología de Drones y otros avances técnicos al servicio de una guerra que claramente es otra cosa; y los árabes no son los vietnamitas, como dicen al pasar… La quinta temporada (2015) es Europa. Alemania. Berlín. La Europa venida a menos, la Europa de la doble moral, la Europa liberal que se propone como aliado pero abandona el juego en cuento se la ve complicada y pide ayuda. Este es el momento más crítico de la historia donde se muestra más claramente el resquebrajamiento de Occidente. La sexta (2016) es Washington, el centro del poder político. Una candidata a presidente (Elizabeth Keane) que recién gana las elecciones y que se propone desmembrar toda la red de espionaje que supuestamente costó tantas vidas, tanto dinero para los magros resultados obtenidos. La séptima temporada (2018) son los primeros meses de gobierno de Keane y la intervención de la inteligencia rusa para desmembrar el gobierno norteamericano desde adentro. Medio Oriente pasó a ser el lugar de disputa donde ciertos momentos de la guerra fría pasada se reviven casi de manera idéntica. El enemigo está en casa. Siempre lo estuvo de una manera u otra. Acá estamos ahora, entre Moscú y Washington. Ya terminando esta temporada. Habrá una octava y última temporada que se está realizando y se estrena en 2019.

La puesta en escena de Homeland es exquisita. El mundo está en riesgo a cada momento y todo se arma únicamente mediante el fuera de campo. La construcción de los personajes y las situaciones, ciertas repeticiones en el accionar de Carrie, los permanentes contactos con la realidad del mundo en el que vivimos (y ojo: a veces de manera profética, anticipada), todo esto es de una perfección simétrica que asombra. La escritura de cada capítulo, los diálogos, las actuaciones, las ambientaciones son de un cuidado perfecto, sin llamar la atención, sin levantar la voz. La serie está filmada como pocas películas de este tiempo: los planos, el montaje, los tiempos, las relaciones, lo que se cuenta y lo que queda para que nosotros completemos a cada instante. La estructura de la serie y de cada uno de los capítulos es brillante. El orden, las simetrías, las tensiones, las idas y vueltas narrativas hacen que cada capítulo de Homeland tenga el valor de un film. La relación estructural y simbólica entre las diferentes temporadas es clara. La trama y la geografía varían, el tiempo pasa, pero Carrie –a medida que se va acrecentando su enfermedad– siempre va atrás de eso que no sabe qué es. Occidente cae, y los manotazos de ahogado de ciertas acciones no hacen mucho para que esa caída no se produzca. El problema es metafísico, no bélico ni político. O en tal caso, es política subsumida a una metafísica perdida.

Estados Unidos combate –piensa– desde una situación baja, mundana. Los norteamericanos cuidan, supuestamente, formas que tienen que ver con un modo de vida y con una serie de hábitos opuestos a la tradición que les dio origen, o al menos al camino que podrían haber tomado en algún momento. En esto su origen inglés y protestante tiene mucho que decir. Ahí la batalla es despareja. El diálogo citado como base del texto hace referencia a esto. Pero además, todo el desarrollo de la serie deja picando la idea de que ciertos personajes del lado americano entienden esto y luchan contra ese destino, aunque sea de manera confusa y a veces equivocada.

Carrie sabe que hay algo más, no sabe qué ni por qué… pero atisba algo en algún lugar que es aquello que la motiva a seguir por el camino ¿correcto? Cada vez que el deber llama, deja su vida privada (padre, hermana, hija, etc.) y corre hacia su (¿nueva?) misión. El primer capítulo de la quinta temporada comienza en una iglesia católica de Alemania. Carrie asiste a la misa. El sacerdote celebra la Eucaristía. Carrie, junto a otros fieles se acerca a comulgar. Luego se vuelve a su sitio y empieza a rezar. Allí comienza la acción. Hay en su confusión un resto de Tradición, en su bipolaridad hay una motivación espiritual y heroica. Hay un lugar a donde volver, o de donde arrancar… hay un punto de partida.

Hay en Carrie un complemento simétrico a la Sarah Connor de las dos primeras partes de “Terminator” de James Cameron. Su misión no comprendida, la relación con su hermana, su mirada puesta en otro lugar con un perfecto correlato en su capacidad física, la necesidad de ingeniárselas todo el tiempo para vivir en ambos mundo, la lucha contra el sentido común. Sin embargo, hay una diferencia elemental: la relación con ambos hijos. El hijo de Sarah es el Salvador. Cuidarlo es el centro de su misión. La hija de Carrie es su vida privada a la que debe desatender permanentemente. Además esa hija representa –veremos cómo se resuelve al final de la última temporada– esa unión entre Occidente y Oriente, ese camino ya, al parecer, imposible de reencausar, sobre todo desde la pérdida de sentido de lo tradicional.

El patriotismo al que se hace referencia de manera frecuente en la serie es varias cosas: por un lado –y como ya dijimos– es esa bipolaridad de Carrie tironeada entre el sentido común y su busca espiritual permanente. Busca que es acción como corresponde al cine. Por otro lado es la ética cerrada de Saúl (Mandy Patinkin), una especie de ángel guardián de Carrie, también el maquiavélico y complejo proceder de Dar (Murray Abraham), el sentido de sacrificio de Peter Quinn (Rupert Friend), la lealtad de Max, la voluntad de poder de la nueva presidenta, los enjuagues y ciertas tibiezas. Todos hablan de una patria que ya no es tal, si es que alguna vez lo fue. De hecho, el nombre de la serie –Homeland– quiere decir casa natal. Si bien el nombre de la serie tiene directa referencia con la historia de Brody en las tres primeras temporadas, esto tiene tanto o más que ver con Carrie y toda la situación de espionaje que atraviesa la serie hasta acá, y ese no lugar que resulta ser Estados Unidos en esa pelea, porque le falta el arma principal: la fe en otra cosa. Lo religioso. Ese algo más, que Carrie intuye aunque no logra nombrar, pero que su país perdió casi desde su nacimiento.

Así y todo, cuando hablan de Patria, hablan más de una situación que de un lugar. Más de una política que de una nación. Esto se ata de manera perfecta con lo dicho más arriba: no está claro por qué se pelea, no está claro contra qué se pelea, no está claro qué se es… no está claro, justamente, que de la caída de Occidente se trata… y parece no haber remedio.