CASA EN SUEÑOS / Alicia Carosio (1954-2015)

Casi todas las noches apenas se dormía comenzaban sus sueños que se le presentaban de forma recurrente.

Había circunstancias distintas pero con un común denominador, playas desiertas, ciudades que aparecían y desaparecían bruscamente, personas conocidas que se transformaban en desconocidos, viajes que no la llevaban a ninguna parte, medios de transporte que no volvían o no iban a ningún lado, o que ni siquiera llegaban al lugar donde ella los esperaba.

Pero entre todas esas calamidades y sobresaltos varios que le impedían un buen descanso, también aparecía reiteradamente una casa. No se trataba de una vieja casona habitada de fantasmas y llena de telarañas, ni de una noche de tormenta donde el refugio podía ser esa mansión deshabitada y tenebrosa vista miles de veces en buenas y malas películas.

Por el contrario, era una bella y sencilla casa en medio de una ciudad llena de vida y habitada por unas personas sumamente amigables. Una casa acogedora, en donde a cualquiera le hubiera gustado permanecer todos los días de su vida. Grande, confortable, llena de salas, jardines y hermosas flores, decorada con una fineza propia de otro mundo, con un exquisito aroma a confituras y perfumes.

En los sueños de Pía esa casa aparecía muy pocas veces, pero cuando surgía en medio de las peores pesadillas, sentía una paz inigualable, una paz que jamás en su vida de vigilia había sentido.

De vez en cuando se había despertado justo en el momento en que estaba entrando a la casa y eso le provocaba una inmensa angustia. “¿Por qué ahora?” se preguntaba aunque sabía que no habría respuesta. “…los sueños, sueños son….”  Aún así volvía a dormir con la inútil esperanza de entrar finalmente: otra vez los océanos oscuros, las calles desiertas, las figuras de personas conocidas y desconocidas simultáneamente.

Una mañana decidió que no debía darle importancia a nada de lo que la mantenía ocupada en sus horas despiertas. Sabía que su remanso solo aparecía de vez en cuando al dormir y luego se interrumpía con lo cotidiano. Tal vez en algún momento se haría real. Y por tanto todo lo demás no debía tener el más mínimo sentido. Así como olvidaba el mar y las arenas desiertas, debería olvidar también, sea como sea, todos esos personajes que poblaban su vida sin causarle otra sensación más que angustia y desesperanza.

Le pareció excelente su reciente propósito; pero hacerlo posible en la vida diaria  significaba un esfuerzo extra para ella. Ya lo vería con el correr del tiempo; y decidió no darle más importancia al asunto.

Después de todo, pensó que era muy simple, se trataba de imitar la vida efímera de los demás; todo momento sería pasajero, aunque ese momento durara años, se trataba de salir del paso y vivir el presente sin recordar el pasado ni pensar en el futuro. En algún punto de su vida estaría la casa de sus sueños. Por ahora, el mar y las playas desiertas y las ciudades deshabitadas, y los trenes que no conducían a ninguna parte.

Pensó en contar todo esto a alguna persona de su entorno que lo entendiera, y comenzó el descarte; todos y cada uno representaban esos desiertos y esos lugares vacíos, su ex novio por ejemplo, Aníbal, cómo podría entenderla si vivía pensando en él y en cada una de sus nuevas conquistas; su amiga del alma, Marita, solo entendía de viajes y salidas con gente conocida o desconocida sin importarle cómo ni con quién; otras amigas menos cercanas pero que a veces frecuentaba seguirían hablando de sus hijos y nietos o de sus futuros promisorios sin jamás confesar preocupación alguna; sus compañeros de trabajo, comentando continuamente recurrentes temas ya más que habituales; sus hermanos, simulando cariño incondicional hacia sus esposas y  sus hijos, repitiendo cuestiones relativas a colegios, tareas para el hogar y útiles escolares. Recorrió mentalmente la lista de sus relaciones más cercanas y no pudo rescatar a nadie a quien confiar su preocupación por su manera inquietante de dormir.

 

Se dio cuenta que el sentido que tenía que dar a sus sueños, sean o no pesadillas, era el contrario. Vivir como sus conocidos que siempre parecían  tan bien descansados, imitarlos sin más, tomar de cada uno algo que le hubiera gustado tener de nacimiento y forzarse a hacerlo de la misma forma que lo harían ellos.

Como no tenía muchas ganas de casarse y tener hijos como sus hermanos, decidió que  los invitaría a su casa a comer con los chiquillos y les prepararía una buena pasta, hablaría de sus padres y de sus abuelos, de su infancia y de todo lo que a ellos les gustaría escuchar.

Debía comenzar rápidamente, el tiempo pasaba y no quería más pesadillas. Estaba segura que este era el camino para evitar esas noches insufribles y la continua espera de la casa maravillosa.

 

Cuando llegaron sus hermanos a almorzar un domingo con sus familias, ella tenía todo preparado. La mesa puesta, la salsa preparada, y la pasta para hervir. Hasta había comprado helado para los pequeños, calculó que eran tres pero en realidad eran cuatro y de diversas edades, que oscilaban entre los dos y los diez años.

Entraron a su comedor y de golpe todo se pobló de intrusos. ¿Cómo pensar que sus hermanos y sus familias eran intrusos? Hizo un esfuerzo supremo y los acomodó como pudo alrededor de la mesa. Los niños no tardaron dos minutos en invadirle todo su departamento, sus cuñadas permanecían indiferentes a los gritos de los chicos, solo se avocaban a la picada que ella había preparado con esmero, sus dos hermanos que apenas la saludaron se sentaron a beber y a pedir todo lo imaginable, desde palillos hasta cantidades industriales de salame y queso.

Ese larguísimo mediodía, al menos para Pía, terminó a las siete de la tarde. Se fueron todos con sus crías y sus mujeres diciendo por supuesto que agradecían mucho la invitación y que la próxima vez sería en alguna de sus casas.

Pía los descartó para siempre. No podía ni quería ser como ellos ni tan siquiera parecida. Además no necesitaría excusas para no ir a sus casas ya que seguramente no la llamarían para invitarla.

Continuó con Marita, ella no le podía fallar. Siempre había sido su gran amiga, confidente mil  veces de fracasos amorosos que Pía escuchaba con paciencia, hasta que su amiga encontró a un supuesto “hombre de su vida” y empezó a esquivar sus reuniones y llamados telefónicos. Decidió insistir hasta el punto de aguantar que apareciera con ese señor que había encontrado y con quien supuestamente pensaba ir a vivir al interior del país. Los invitó, no ya a su casa sino a un restaurante ubicado en el centro de la ciudad. Supuso que los gastos serían compartidos. Pero lo importante  sería pasar un buen momento con esa pareja y tratar de aprender algo que le fuese útil para su propia vida. Lo que necesitaba era ser y sentir que era una persona “normal”. Hasta sugirió a su amiga que trajera a otro muchacho para ver si podía armonizar en algo con alguien. Con variadas excusas Marita evitó esta posibilidad, ya que siempre había gozado con la exclusividad en cualquier caso que se presentara.

Allí estaban los tres, sin saber que decirse ni de qué hablar. Ella hizo lo posible para introducir diferentes temas, pero su amiga parecía haberse idiotizado y su compañero no contribuía en nada para amenizar aquel encuentro. Después de un tiempo considerable Pía decidió proponerles la partida, llamaron al mozo y ni Marita ni su novio amagaron pagar nada. En silencio  sacó su tarjeta de crédito y la entregó al mozo con resignación. En la puerta se despidió de la pareja que le ofrecía alcanzarla hasta su casa.

—Gracias, voy a caminar un rato— dijo escuetamente. Fue hasta la esquina y paró un taxi.

Otro fracaso, pensó, y se fue a su casa con un sabor amargo y recordando viejos momentos en que ambas lograban reírse juntas compartiendo similar  sentido del humor.

Continuó esas experiencias con sus otras amigas más lejanas. Nada resultó.

Ya en última instancia pensó recurrir a su ex novio. Tal vez él podría recordar viejos momentos y en función de eso acompañarla en la actualidad, aunque sea parcialmente.

Lo llamó tarde una noche, aún a riesgo de que estuviera acompañado. Eso no le importaba, lo que quería saber era cómo vivir esa vida que todos hacían y necesitaba para eso un modelo, alguien que aún sin saberlo le demostrara que se puede estar bien en este mundo y dormir sin pesadillas.

Las suyas continuaban y la casa no había vuelto a aparecer. Cada mañana se despertaba pensando si alguna vez la vería nuevamente.

Aníbal atendió después de varios timbrazos con voz de dormido.

—Hola Aníbal, habla Pía ¿cómo estás? Hace mucho que no hablamos— empezó convencionalmente la conversación.

—¡Qué sorpresa Pía! Perdí la cuenta de cuánto tiempo llevamos sin vernos ni charlar por teléfono. Siempre pienso en llamarte y por un motivo u otro se me va pasando. Estoy muy ocupado con mi estudio de arquitectura y diseño. Por suerte me va muy bien y he incorporado a dos socios porque el negocio se está ampliando y solo no doy abasto. ¿Y vos?

—Bueno yo sigo en lo mío, algunas traducciones y la librería en la que estoy empleada desde hace cinco años. No me disgusta lo que hago pero quisiera emprender algo nuevo. Por eso pensé en vos, ya que podría contribuir en tu estudio para lo que te parezca que estoy capacitada.

—En este momento, la verdad es que no necesitamos a nadie pero de todos modos me gustaría verte para conversar un rato sobre nosotros ¿Estás disponible el jueves a la tarde?

—¿Tiene que ser el jueves?

—No necesariamente, decime vos.

—Calculo que la semana próxima el miércoles nos podríamos ver para tomar un café en el bar en que solíamos hacerlo años atrás.

—Está bien ¿a las ocho de la noche?

—Te espero allí —cerró Pía la conversación. Sería una prueba más de la inutilidad de sus encuentros, pero la haría. Necesitaba agotar todas las posibilidades con las personas conocidas.

Allí estuvo ese miércoles, a los diez minutos llegó Aníbal. No paró de hablarle de sus logros laborales, y tampoco ahorró detalles sobre sus últimas conquistas femeninas. Se notaba a todas luces que necesitaba demostrarle lo bien que le iba y lo cómodo que se sentía sin ella.

Evidentemente este hombre como las personas que había frecuentado antes  no serían para Pía un modelo de vida para evitar pesadillas y lograr su ansiada “normalidad”.

Si toda esta gente era la “normalidad” prefería seguir soñando con su casa ideal de tanto en vez y mientras esperaba su aparición, aguantar pesadillas. Las vidas de sus conocidos se le mostraban grises, vulgares e insignificantes y estaban lejos de constituirse en “modelos”.

Decidió por último abandonar este proyecto peregrino. No le valdría de nada saber ni pretender imitar a esos individuos que poblaban su entorno. Podría frecuentar a muchos más, todavía le quedaba una lista, por cierto no muy extensa, pero suficiente como para tener una idea de cómo viven aquellos sujetos que difícilmente pudieran tener sueños desagradables cuando se los veía tan satisfechos en su cotidianidad.

Seguramente ellos también tenían problemas. No era tan necia como para creer que nadie a su alrededor los tenía, pero estaba convencida que los resolvían de la manera más cómoda y menos molesta posible, o en su defecto los dejaban de lado sin más.

 

Decididamente siguió pensando en cómo encontrar esa casa que aparecía periódicamente en sus sueños. No tenía claro qué la llevaba a pensar que si lograba entrar allí se terminarían sus pesadillas.

Lo que debería hacer era caminar y caminar por la ciudad y sus alrededores, estaba convencida que la casa soñada existía realmente y que ella formaría  parte de la misma.

Un día, en una de sus innumerables recorridas la encontró, o al menos así lo creyó. Estaba simplemente en la otra cuadra del edificio donde ella vivía.

La vio y no tuvo un instante de duda, allí era. Tenía que lograr ingresar de cualquier forma. Desde afuera se oían voces y música y ninguno de esos sonidos se podrían definir como ruido. Al contrario se escuchaba una especie de placentera melodía que la detuvo a prestar atención desde la vereda de enfrente durante al menos media hora mientras pensaba en qué excusa podría esgrimir para tocar el timbre de la casa.

Cruzó la calle y el argumento buscado apareció en un cartel que decía: “Hostería Bienestar”.

Solo tendría que presentarse diciendo que necesitaba donde alojarse y así lo hizo.

Se abrió la puerta y apareció una señora de aspecto apacible y cordial.

—¿Qué se le ofrece señorita? —preguntó la mujer.

—Mi nombre es Pía del Valle. Llegué esta mañana del interior, dejé mi equipaje en casa de una tía y estoy buscando un hospedaje, ya que ella no tiene lugar en su casa y además yo prefiero tener mi independencia.

—No hay problemas mujer. En esta hostería no pedimos a los huéspedes explicaciones sobre sus vidas privadas. Solo nos interesa que se comporten con respeto hacia la casa, hacia mí que soy la dueña, y hacia los demás huéspedes. Mi nombre es María Isabel Puente.

—Mucho gusto señora Puente ¿Le molestaría mostrarme las instalaciones de la casa y las habitaciones que tenga libres en este momento?

—Llamame sencillamente María o Mary y te pido que no me trates de usted como tampoco lo haré yo. En esta residencia no acostumbramos a hacerlo. Cada uno conserva su lugar sin necesidad de protocolos ni de cortesías distantes. Como te dije al principio de nuestra charla, lo importante es el respeto mutuo. Respecto a conocer mi hogar, por supuesto te pido que pases. Verás que enseguida te vas a sentir cómoda aquí.

—Entremos entonces —confirmó Pía decididamente.

La casa tenía un pequeño zaguán con varias macetas a los costados y mayólica en sus paredes que conducía a un living o sala de estar muy amplia en la que se lucían otras macetas con plantas de interior y varios sillones y mesas ratonas esparcidas aquí y allá, sin ningún orden muy preciso. Al contrario, si bien el lugar era muy bello, no se destacaba por su prolijidad pero si por su impecable limpieza.

Había además varias bibliotecas llenas de libros hasta el tope, estanterías con pequeños adornos, lámparas de pie y de mesa todas encendidas y amplios ventanales sin rejas, solo con cortinas traslúcidas de colores muy claros que en ese momento estaban algunas desplegadas sobre los cristales y otras abiertas de par en par. Por allí se podía ver un frondoso jardín en el que se destacaban las plantas florecidas y los árboles de todo tamaño.

Tal como le había predicho Mary, Pía inmediatamente miró todo a su alrededor, tanto el interior como el exterior y tuvo una sensación de confort y de placer mayor aún que el provocado por sus reiterados sueños con la casa.

—¿Y qué te parece? —preguntó María.

—Todo esto es fascinante. Estoy francamente asombrada. No esperaba un lugar así —respondió Pía

Pensó inmediatamente que no debía exagerar su admiración ya que recién había conocido a la dueña de la casa y si su intención era permanecer allí unos días, aunque más no sea a modo de descanso, no quería que la señora en cuestión se abusara en el alquiler de una habitación. Analizó la forma de  amainar tanta alabanza.

—Seguramente hace muchos años que vivís aquí y has ido arreglando el jardín y el interior de esta casa de a poco. Tal vez el resto luzca menos luminoso y más modestamente poblado de muebles. Cuando quieras me seguís mostrando —dijo al fin.

—Por supuesto, ahora vamos al primer piso donde están las habitaciones.

Por una lustrosa escalera de madera de roble subieron a la planta alta. Había cinco piezas, cuatro de las cuales estaban cerradas. María la condujo directamente a la única que tenía la puerta abierta.

Si bien no era muy amplia, tenía las mismas características de la sala de estar, comodidad, luz, sillones a lo que se sumaba una cama muy amplia perfectamente tendida con muchos almohadones y un armario de la misma madera lustrada de la escalera. También tenía una gran ventana que daba al jardín y cortinas de un tenue color verde claro que entonaba perfectamente con el cubrecama de un suave amarillo y que combinaba con las paredes pintadas del mismo color.

Pía quiso mostrarse esta vez más discreta en cuanto a su asombro y fascinación.

—Parece contar con lo necesario y creo que me podría instalar acomodándome un poco a un nuevo ambiente. Tené presente que hace muy poco que llegué a esta ciudad, y por supuesto extraño mi pueblo, mi casa y sobre todo a mi familia.

—Entiendo perfectamente, eso mismo les pasa a todos los que llegan aquí, y no me refiero a la ciudad, sino precisamente a mi casa.

A continuación y una vez dado un vistazo general al baño contiguo a la pieza asignada para ella y luego al comedor y cocina compartidos por todos los huéspedes, pasaron a hablar del precio a convenir.

—¿Cuánto sale esta habitación semanalmente? —preguntó Pía.

—Te cuento querida Pía. No tengo por costumbre tener un precio predeterminado por las habitaciones. Suelo pedirle a los pensionistas que me den lo que tenían previsto gastar y de la forma que sea, diaria, semanal o mensual. ¿Entendés?

—Sí, pero me parece un poco extraño. Hasta en mi pueblo las pensiones y el único hotel que hay tienen sus tarifas establecidas. Desde luego que es conveniente para mí tu modalidad ¿lo es para vos María?

—Mirá, yo hago esto porque me gusta, la casa es muy grande para mi sola y prefiero compartirla. Te aclaro desde luego que aunque ustedes no lo noten, yo los selecciono. Y te aseguro que rara vez me he equivocado.

—Bueno, muchas gracias por lo que me toca, yo dispondría de doscientos por semana ¿te parece?

—De acuerdo, si querés andá a buscar tus cosas y te venís para acá y ya te acomodo en la habitación que viste.

Pía salió de la casa en un estado indefinible entre placer y asombro. Pensó que indudablemente era la misma que había soñado tantas veces y sintió un indescriptible deseo de vivir allí sin más demora.

Al poco rato volvió, María la condujo a su pieza y la dejó sola para que acomodase sus cosas. Una vez hecho esto bajó con premura. Quería conocer lo más pronto posible al resto de los habitantes de la hostería.

Estaba atardeciendo cuando eligió un sofá al lado de una lámpara y con un libro en sus manos se instaló allí cómodamente. No había nadie en la sala y no se escuchaba ruido alguno en la casa, solo el movimiento leve de las ramas de los árboles en el jardín.

Al poco rato bajó un hombre por la escalera, un señor de edad indefinible, elegante y de buen ver.

—Yo soy Lucas Santos. Me hospedo aquí desde hace un tiempo considerable. Veo que María recibió a otra persona ¿tu nombre?

—Mi nombre es Pía del Valle, es un gusto conocerte. Yo llegué hoy y todavía no sé hasta cuando me quedaré porque….

El la interrumpió cuando iba a seguir con sus explicaciones.

—No Pía, no me cuentes nada de tu vida. Ya te habrá comentado María Isabel que aquí no se estila hablar de nuestros asuntos personales.

—Está bien, trataré de acostumbrarme a esto. Mi experiencia al menos hasta ahora es que todo el mundo disfruta hablando se sí mismo, aunque sea la anécdota más trivial. Trato de no prestar demasiada atención a lo que me cuentan, salvo que me resulte francamente interesante. De otro modo sería imposible para mí retener tanta información intrascendente y hasta distinguirla de la que realmente vale la pena recordar —se explicó Pía.

—Te das cuenta, ya estás hablando de vos. Es difícil evitarlo. Pero bueno, además tampoco hay reglas tan fijas. No creas que la hostería Bienestar es un convento con personas que han hecho votos de silencio. Es todo muy flexible. Vos tendrás que distinguir qué es lo que puede ser interesante para el resto —replicó el tal Lucas.

—Y hablando de la hostería ¿y el resto de los huéspedes?

—Bueno, ya los irás conociendo. Por aquí no tenemos muchos horarios. Ahora está atardeciendo, o mejor dicho anocheciendo por lo que veo por la ventana. Mejor vamos al jardín, el clima acompaña.

Allá fueron y realmente lo pasaron muy bien, conversando sobre vegetales, animales, estrellas y demás astros hasta que se hizo la noche. Comenzaba a refrescar. Entraron.

—Hola ¿cómo les va? Te conocemos a vos Lucas pero no a tu compañera-dijo una mujer también de edad indefinible.

—Yo soy Pía del Valle, llegué ayer. Y estoy por aquí por un tiempito. Ya conozco a la dueña y a Lucas ¿Vos quien sos?

—Mi  nombre habitual es Magdalena Calleja, vivo aquí hace bastante tiempo. Me alegra que haya llegado otra mujer a instalarse con nosotros. Los pensionistas eran solo dos hombres y yo, y por supuesto está siempre María con nosotros, es como una madre. Pero yo necesitaba una hermana, te esperaba.

—Ojalá pueda desempeñar ese papel. De cualquier modo no sé cuánto tiempo me quedaré por aquí y sí que la regla es no hablar casi nada de uno mismo, de manera que no quiero preguntarte lo que no quieras contarme.

—¿Y vos quién sos? —preguntó Pía dirigiéndose al otro nuevo personaje.

—Me llamo Marcos Pescante. Como ya sabés que aquí no hablamos casi nada de nuestras vidas privadas no te voy a preguntar nada. Te doy mi bienvenida.

—Igualmente Marcos —dijo Pía y consideró que por el momento era suficiente lo que había conversado con los demás pobladores de su casa soñada.

Los cuatro le cayeron bien y sobre todo la dueña a quién más había podido tratar desde su llegada. Realmente María era una reina. Sabía manejar la casa de la manera más sutil posible sin hacer la menor alharaca.

Las comidas estaban a su tiempo, las habitaciones siempre limpias, la música era perfecta, la privacidad de los cuatro habitantes completamente respetada. No se podía pedir más.

Pía no recordaba casi nada de su vida anterior. Lo único sobre lo que tenía una vaga idea eran sus graves pesadillas y su sueño con esa casa donde ahora vivía y sobre todo su ansiedad por estar donde estaba ahora.

Transcurrió tiempo sin saber de horas y días; allí no había relojes, todos los habitantes se guiaban -si lo necesitaban —por la luz solar. El amanecer, el mediodía, la tarde, la noche. Nadie tenía la menor necesidad de saber en qué horario vivían.

Comenzaron las simpatías entre los dos hombres y las dos mujeres. Ninguno de ellos conocía su actual aspecto ya que así como no había relojes tampoco había espejos.

Pía sintió una gran simpatía con Lucas, pasaban horas hablando dentro de la casa o en el jardín que cada vez se veía más poblado de hermosas flores.

 

Lucas cada mañana cuando se despertaba pensaba en Pía y en sus paseos y charlas interminables. Supo que la amaba y lo confesó a María.

Ella le recomendó discreción. No era por temas reglamentarios. No le aclaró las causas.

—Querido Lucas, no te entregues completamente, recordá lo que te dije cuando llegaste a mi casa. Paciencia —le confirmó  con cierto aire misterioso.

—¿A qué te referís María? —preguntó Lucas.

—Solo esperá el momento indicado —y partió hacia la cocina.

Casi simultáneamente Magdalena y Marcos comenzaron a estar cada vez más juntos, se entendían y seguían las reglas establecidas, no preguntar sobre los tiempos pasados. Solo les importaba el presente, podría decirse que ni siquiera el futuro.

Sin embargo María Isabel sentía que algo no andaba bien en la casa. Todo lo que ella se había propuesto al abrirla para sus huéspedes no tenía condecía con lo que sucedía entre sus cuatro habitantes. Su intención no era formar parejas, ni tampoco lo opuesto.

Caviló mucho sobre ese tema y llegó a la conclusión que con su famoso reglamento de no recordar lo pasado, estaba fomentando un presente ficticio. No podía intervenir en ambas parejas y menos aún en juzgar sus amores pero ¿quién era ella para impedirles que todos se contaran las historias  de sus vidas?

En una noche tormentosa decidió hacer una prueba, cuando los cuatro estaban sentados en el living.

—Gente —empezó Mary— me parece que es el momento ideal en medio de esta tormenta y con un coñac en nuestras manos para contarnos algunas cosas de nuestras vidas. Si no les parece mal empezaré yo para romper el fuego.

Relató su difícil infancia en esa confortable casa donde todos convivían, las peleas continuas de sus padres, la muerte inesperada de ellos en un viaje, su soledad a partir de ese momento, los años que  habían pasado antes de decidirse a arreglar las instalaciones, a comprar nuevos muebles, y mucho tiempo después a alquilar habitaciones que le sobraban para poblar un poco su vida además de sus gatos y sus plantas.

Los cuatro la escucharon con sumo interés y no interrumpieron su relato en ningún momento. Cuando parecía haber terminado de contar los principales acontecimientos sucedidos en sus años previos se quedaron todos mudos. Ninguno de ellos parecía querer empezar a relatar lo propio.

—Bueno —dijo la dueña— ahora les toca a ustedes ¿quién desearía empezar?

Inútil fueron sus esfuerzos para fomentar el sinceramiento de aquellas personas. Solamente se limitaron a mirarse entre sí con ojos interrogantes.

—Yo no recuerdo nada —dijo Pía— desde que entré a la casa olvidé todo lo anterior. Lo único que sé de mi misma con certeza es que ahora duermo bien, no tengo ninguna pesadilla, solo duermo. Y cada mañana cuando me despierto pienso si habrá florecido el jazmín y en cuanto tiempo podré volver a ver a los demás, sobre todo a Lucas. Podría afirmar que soy feliz, pero como no creo demasiado en esa palabra, solo diré que siento un enorme bienestar.

—Yo recuerdo muy bien todo mi pasado, pero es tan penoso que no quiero mencionarlo —tomó Lucas la palabra— desde que entré aquí supe que eso debería quedar atrás para siempre. Y lo logré. Y por si fuera poco encontré la excusa ideal para pensar que mi vida cobra un nuevo sentido, es Pía.

—¿Cómo excusa? ¿qué decís? ¿y todo lo dicho entre nosotros y todas las promesas y juramentos de amor eterno eran para vos “una excusa”? —reaccionó Pía con desconsuelo.

—Bueno, es posible que no haya sabido expresarme. Me siento bien con vos y sobre todo en esta casa —respondió Lucas.

—Me parece que no es este el rumbo que quise darle a nuestra conversación de noche lluviosa —dijo María arrepentida de su propuesta.

—Me voy a dormir —dijo Pía— para mí esta charla se terminó aquí. En todo este tiempo jamás se me ocurrió que mi rol en la vida de Lucas fuese una simple “excusa” para olvidar su pasado.

Esa noche volvieron sus pesadillas, ausentes desde que durmió por primera vez en su casa “soñada”. Estuvo inquieta toda la noche, y de madrugada pensó en que debería irse de allí. Tal vez la “felicidad”  no era para ella y lo tendría que entender de una vez por todas saliendo de la casa.

Sin dudarlo preparó sus cosas y antes que nadie se despertara salió sigilosamente de allí. No quería más palabras ni aclaraciones ni disculpas ni lamentos.

Solo pensó en que si lo de afuera seguía siendo tan terrible como cuando abandonó su vida cotidiana anterior lo soportaría con resignación. Aquellas personas que poblaron su existencia durante un lapso imposible de determinar quedarían atrás y ni siquiera intentaría averiguar quiénes eran ni cómo los había encontrado.

A la vuelta de la esquina cuando se dirigía a la avenida más próxima que desde luego desconocía, se encontró con Magdalena y Marcos.

—¿Qué hacen acá? Si anoche no los escuché pronunciar una palabra sobre Lucas y yo, y menos sobre la propuesta de María.

—Nos vamos —dijo Magdalena con decisión.

—Sí, no queremos que nos pase lo mismo que a ustedes, y no sabemos si es la casa o María o ese asunto de no contarse el pasado ni pensar en el futuro el que termine definitivamente con nuestra relación y con el cariño que nos tenemos —aclaró Marcos.

—Pero… ¿Por qué se les ocurre que allí adentro somos todos iguales y nos tiene que pasar lo mismo? Les cuento que yo no estaba muy segura del cariño de Lucas y tampoco de la sinceridad de María. Pero seguía allí sobre todo a causa de mis sueños.

—¿A qué te referís? —preguntó Magdalena.

—No te preocupes, sería demasiado largo y trabajoso explicarlo. De todos modos el hecho de que yo haya decidido irme no significa que ustedes modifiquen para nada sus vidas. Seguramente serán muy felices allí.

—Ya no —dijo escuetamente Marcos.

Allí terminó su conversación y fue la última. Nunca más se vieron y ninguno de los tres tenía ningún dato para comunicarse ni la menor intención de hacerlo. Pía nunca supo si habían decidido volver a la casa o no. Y prefirió no saberlo.

Caminó lentamente hacia donde vivía antes. No había encontrado ninguna avenida donde tomar un taxi o tan siquiera un colectivo. Pero por fin llegó a su departamento.

Buscó inútilmente las llaves, no las encontró y tuvo que recurrir al portero que apenas la reconoció para que le abriera la puerta de entrada.

Cuando dejó sus cosas arriba de la cama sintió un alivio; era un regreso al fin. No tenía la menor seguridad de que fuera una buena decisión y hasta pensó en regresar. Algo la detuvo.

Sin embargo, extrañaba a Lucas y también a aquella casa y a María. ¿Debería volver?

Sintió que sí, que había algo inconcluso en ese lugar y debía ir hasta allí para comprobarlo.

Antes de decidirse a llevarlo a la práctica tomó la determinación de intentar nuevamente retomar sus anteriores relaciones con las personas que había dejado atrás. Comenzó con sus hermanos, los llamó para verse y charlar un rato de sus vidas. Ellos contestaron con evasivas, que tenían los chicos con fiebre, que su mujer tenía problemas de salud, que había asuntos laborales que atender. En fin, ambos quedaron en llamarla cuando tuviesen tiempo disponible y pudieran dedicarle un rato. De todos modos le pidieron que contara con ellos ante cualquier imprevisto o necesidad de toda índole. Para algo eran sus hermanos, le dijeron sin la menor convicción al respecto.

Luego recurrió a Marita, su amiga de toda la vida, nuevamente pensó que ella no podía fallar. No le pediría mucho y ni siquiera le contaría nada de la casa soñada en la que pasó una temporada. Como no tenía la menor idea de cuánto tiempo había estado allí decidió llamarla como si se hubieran visto poco días atrás.

—¿Qué haces, tanto tiempo, querida Pía? ¿Sabés todo lo que tengo para contarte? No tenía la menor idea de donde estabas pero no quise interrumpir un romance que me imaginé que tenías. Yo estaba feliz con mi propio enamorado hasta que pasó lo que pasó. Decime donde estuviste y cuando nos vemos, así te cuento todo en detalle.

—Sería largo de explicar donde estuve, pero no tiene mayor importancia. Mejor venite para casa y me contás lo tuyo y luego, si queda tiempo, yo te comento algo sobre lo que me pasó en el tiempo transcurrido desde la última vez que nos vimos.

—¿Por qué lo decís como si hubiera pasado tanto, si solo fue una o dos semanas? —respondió Marita levemente asombrada por el despiste de su amiga.

—Bueno, luego te explico. Es que estoy algo desorientada —respondió Pía.

—Te entiendo. Cuando uno se enamora todo lo demás queda en suspenso —así intentó Marita dar una explicación sobre lo dicho por su amiga.

—Claro, puede ser lo que vos decís… ¿Cuándo querés venirte para mi casa? O tal vez prefieras que cenemos juntas hoy por la noche.

—Sí, creo que esto último será lo mejor. Nos encontramos en el lugar de siempre a las nueve y media y ahí nos despachamos a gusto con nuestras historias.

—Te veré allí a esa hora —terminó Pía.

Esa noche cenó con Marita. Habló su amiga durante toda la comida, ella solo pudo mencionar al pasar a Lucas, desde luego sin aclarar lo de la casa ni lo de sus sueños ni nada que aludiera a la experiencia vivida. Cuando sonaron las doce dijo que estaba muy cansada y prefería irse. Llamó al mozo y se fueron, cada una por su lado. Marita que había llevado su auto le ofreció alcanzarla, pero Pía no aceptó. Nuevamente como tantas otras veces expresó que prefería caminar para despejarse y que su departamento estaba a unas pocas cuadras de allí.

Para finalizar esta prueba sólo faltaba  llamar a Aníbal.

—¿Cómo andás? —la atendió él una mañana algo sorprendido.

—Bien, quería saber cómo seguías vos, ya que después de nuestro último encuentro…

—Bastante bien con mi trabajo en el estudio de arquitectura que tengo con mis socios. En realidad regularmente, porque en estos últimos tiempos ha disminuido mucho la clientela. Pero bueno, además lo que tengo que contarte es que me casé hace poco y estamos esperando un bebé. Estoy contento, quería formar una familia como Dios manda según dice el dicho, aunque sabés que yo no tengo la menor idea ni me importa si hay algún dios. En fin estoy contento con esta nueva situación para mí y entenderás que ya no estoy para cafecitos ni para cenas o almuerzos con otras mujeres. Al menos por ahora, más adelante veremos. No me veo como un hombre para una sola mujer, pero esto debía hacerlo y lo hice con gusto.

—Bueno, te felicito —respondió Pía mientras confirmaba la falta de criterio y sensatez de su antiguo novio, no por haberse casado sino por darle todas esas inútiles explicaciones a ella que jamás se las hubiera pedido.

—¿Y vos, cómo andás? —preguntó Aníbal con notorio desinterés.

—Bastante bien. Sigo con mis cosas. Te repito que me alegra tu nueva situación. Por el momento me despido y te mando mis cariños. Te pido que los hagas extensivos a tu esposa. Hasta pronto —terminó Pía la charla inconsistente con semejante espécimen, pensando cómo pudo alguna vez sentir algo por él.

Dio por finalizado este recorrido exploratorio de relaciones con las personas que poblaron su vida en otro momento. Sentía una amargura infinita al pensar que su error fue creer que la casa soñada era la solución a sus problemas y la desilusión que trajo en consecuencia. Y que tampoco había forma de entender la vida como las personas que la rodearon durante tanto tiempo.

Creyó que ya no habría salida para ella. De todos modos quiso hacer un nuevo intento de volver a la casa.

Llegó sin problemas y sin preguntarse cómo había logrado seguir el camino a ese lugar del que no tenía más referencia que sueños y una imaginaria estadía placentera.

Tocó el timbre de la hostería Bienestar. Esperó que María Isabel abriera la puerta como lo había hecho en la primera oportunidad y deseó que Lucas aún estuviera allí.

La puerta nunca se abrió. Las persianas estaban bajas y la parte del jardín de atrás que podía verse desde la calle tenía plantas y árboles secos. No se escuchaban voces ni música. Evidentemente no había nadie allí. Con lágrimas en los ojos dio media vuelta para irse.

Estaba casi en la esquina cuando oyó una voz de hombre que la llamaba. Era Lucas parado en la puerta de la hostería.

—Hace mucho tiempo que te espero, ya pensé que nunca más vendrías —le dijo cuando ella se acercó.

—Dudé en volver pero era lo único que podía hacer si no quería vivir en una constante pesadilla. Además te extrañé mucho y también a los otros ¿dónde están? —preguntó Pía.

—Se fueron todos, hasta la dueña. Pero yo sabía que volverías y vine a esperarte todos los días a la hora en que llegaste por primera vez y te vi desde mi ventana —dijo Lucas en la entrada  de la casa abandonada.

Ninguno de los dos intentó tocar nuevamente el timbre. Solamente se miraron y regresando por el mismo camino que había tomado Pía para llegar hasta allí. Llegaron al departamento de ella conversando animadamente como lo habían hecho tantas veces en el jardín.

Esa noche y todas las siguientes durmieron juntos y apaciblemente. No hubo más pesadillas ni sueños con casas irreales.